Capítulo 4 — Adrián
El Bar Marinero a las nueve de la noche era un organismo con vida propia: una barra de madera oscura pulida por codos, cuatro mesas de formica, una televisión encendida sin sonido, y un coro de sesenta años de experiencia en comentar la vida ajena.
Adrián entró y todas las conversaciones bajaron medio tono. No dejaron de hablar; se pusieron, simplemente, a hablar de él.
—Cena de menú —dijo Pilar, poniéndole delante un plato de sardinas sin preguntar—. Hoy hay eso o hay eso.
—Sardinas, entonces.
—Buena elección.
Había un chico joven, veinticinco años quizá, con un tatuaje de un carrete de película en el antebrazo, apoyado en la barra con un botellín. Lo miraba con una curiosidad menos hostil que el resto.
—Tú eres el que viene a hacer el informe —dijo, acercándose con el botellín—. Soy Nico. Ayudo a Irene con el cine. Bueno, ayudo, sostengo la escalera y cargo latas. Me dejó la llave del proyector el mes pasado, para engrasar las poleas. Me dio pena.
—¿Pena por qué?
—Por lo del abuelo. Ella no se fía de que nadie toque nada.
Adrián cortó la sardina con cuidado.
—¿Estuviste con él? Con Anselmo.
—Desde que tenía doce años. Me enseñó a cambiar bobinas antes que a atarme los zapatos. —Nico se sentó en el taburete de al lado—. Murió en marzo, en el hospital. Un viernes. Y el sábado había sesión de tarde con la de Chaplin, la de la lata de sardinas, ¿cómo se llama?
—La quimera del oro.
—Esa. Y Irene bajó del pueblo de al lado donde vivía y puso la película. Ella sola. Con los ojos como dos pelotas. Y no dijo una palabra en toda la sesión. Y luego cerró la sala y no ha vuelto a abrirla al público.
Adrián dejó el tenedor.
—Nadie me había contado eso.
—Porque no le gusta que se cuente.
En la barra, una señora de cabello blanco se giró hacia ellos con un aire de infinita autoridad.
—Y tú, muchacho —dijo, señalando a Nico con el dedo—, deja de darle conversación al que va a echar abajo el cine.
—Yo no voy a echar abajo nada —dijo Adrián.
—No, claro. Lo hará el hotel.
Nadie dijo nada más, pero el murmullo aumentó de golpe, y Adrián supo que en aquella palabra, hotel, cabía todo lo que el pueblo pensaba de él. Pilar apareció con una jarra de agua y le rellenó el vaso sin mirarle.
—Esas cosas se hablan a la cara —dijo, en voz muy baja—. No a la espalda. Aquí la gente es tonta pero no cobarde. Coma.
Comió.
* * *
Salió del bar con la sensación de que le pesaban los zapatos.
La noche olía a sal, a gasoil y a algas.
Caminó sin rumbo por el paseo del puerto, con las manos en los bolsillos de la gabardina, y descubrió que sus pies conocían el camino, porque quince minutos después estaba frente a la puerta lateral del Coliseo, en un callejón lleno de contenedores.
Había una rendija de luz debajo de la puerta.
No debía. Lo sabía. Tenía una lista mental de cosas que no debía hacer, y estaba encabezada por no espiar a la restauradora que te odia. Pero la puerta, cuya cerradura hacía tiempo que había perdido el pestillo, cedió unos centímetros bajo el peso de su mano y se abrió una rendija.
Dentro, la sala estaba en penumbra. Solo una lámpara de trabajo, de esas de obra, iluminaba un círculo amarillo sobre el escenario.
Irene estaba sentada al borde, con las piernas colgando en el vacío, comiéndose un bocadillo envuelto en papel de aluminio.
Tenía el pelo suelto. Era la primera vez que se lo veía suelto desde que había llegado, y era más largo de lo que recordaba, de un castaño rojizo que la luz convertía en cobre.
Hablaba.
—...y de todos los ingenieros de España, Abuelo.
De todos. Había mil doscientos, o dos mil, no sé cuántos, en el colegio profesional.
Y me manda el Ayuntamiento al único que...
—Mordió el bocadillo, masticó con furia—.
Ya sabes cuál. El de la ermita. Sí, ese.
El que tiene cara de estar diciendo siempre «con todos mis respetos».
Adrián se quedó rígido junto a la puerta.
—No, no es feo. No he dicho que sea feo.
Estoy diciendo que es insoportable. Es distinto.
—Hizo una pausa y se pasó la muñeca por los ojos con un gesto rápido, de quien se seca una cosa que no quiere admitir—.
Hoy me ha dicho que el balcón se puede caer.
Y tenía razón, Abuelo. Ese es el problema.
Tenía razón y me dio igual. Me dieron ganas de tirarle algo.
Adrián notó que se le había formado una sonrisa involuntaria y que, a la vez, le dolía algo detrás del esternón.
—Le tiré un trapo. Te habría gustado. Era el trapo de los barnices. —Se rió, sola, con una risa pequeña que se rompió a la mitad—. Voy a perderlo, ¿verdad? El cine. Voy a perderlo y va a ser por culpa de un tipo con corbata y gafas de contable que además, encima...
No terminó la frase. Se quedó mirando la nada, con el bocadillo colgando de los dedos, y Adrián dio un paso atrás para irse antes de oír lo que no debía.
Su talón encontró una tabla suelta.
El crujido fue como un disparo en aquel espacio vacío. Irene levantó la cabeza. La lámpara le cegaba, y él se vio entero ante ella, una silueta larga en una puerta abierta. Durante un segundo terrible los dos se quedaron congelados.
—¿Quién está ahí?
Adrián hizo lo único racional que se le ocurrió. Echó a correr.
Corrió por el callejón, esquivó un contenedor, resbaló en una mancha de humedad y se agarró a una farola para no caerse.
Cuando por fin se detuvo, junto a las barcas, con la respiración entrecortada y el corazón golpeándole el pecho como un martillo, se dio cuenta de que se estaba riendo.
Solo, en mitad del muelle, con la gabardina torcida.
La gaviota inspectora lo miraba desde una bita.
—Ni una palabra —le dijo.
Pero mientras subía a su habitación, mientras se lavaba los dientes y se metía en la cama dura, seguía oyendo la voz de ella en la sala vacía. Tenía razón y me dio igual. Y una frase suya, dicha al techo, que no lograba apartar: No es feo. No he dicho que sea feo.
No debía significar nada. Apagó la luz. Estuvo mucho rato despierto.