Muros de carga Capítulo 3 — Irene
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Capítulo 3 — Irene

Las normas las escribió al día siguiente, a las nueve menos cinco, en el reverso de un ticket de la ferretería, porque no había encontrado otro papel. Se las tendió a Adrián en el vestíbulo sin saludar.

—Uno: no se toca nada sin que yo lo vea. Dos: cada medición que hagas me la enseñas y me quedo con una copia. Tres: la cabina se queda cerrada. Cuatro: si dices «patología» delante de mí, pagas un café.

Adrián leyó el ticket con la seriedad con que se lee un contrato.

—Acepto tres de cuatro. La cabina la negociamos.

—No hay negociación.

—Entonces la cabina la inspeccionaré con orden judicial. Llegado el caso. —Le devolvió el papel—. Y añado dos normas mías: no tirar objetos. Y casco puesto, siempre.

—¿Cuándo te he tirado yo un objeto?

—Hace ocho años me tiraste un portaminas en una sala de tribunal. Me dio en la solapa.

—Ese portaminas iba a tu frente y fallé —dijo Irene—. No me hagas repetir la prueba.

Él no sonrió, pero algo se le movió en la comisura de la boca, algo que se apagó enseguida. Le tendió el casco. Ella se lo puso con el gesto de quien acepta una humillación menor a cambio de una mayor, y subieron juntos al anfiteatro.

El anfiteatro del Coliseo era su lugar favorito del mundo.

Diecisiete filas de asientos de madera, tapizados en un rojo que el tiempo había vuelto color vino rancio, colgando sobre la sala en una curva perfecta.

Desde arriba se veía la pantalla, la bóveda de madera y, si uno miraba con paciencia, los restos de un cielo pintado entre las vigas que solo ella y su abuelo habían tenido la costumbre de mirar.

Adrián no miró el cielo. Miró la cornisa.

Se movió a lo largo del borde con una ligereza que a ella le pareció deshonesta en un hombre de su tamaño.

Sacó un martillo pequeño y golpeó el yeso en varios puntos, escuchando.

Tomó una fotografía. Pasó la yema de los dedos por una grieta que corría en diagonal por el muro, y la sostuvo un segundo, con los ojos entornados, como quien lee algo escrito en braille.

Irene se dio cuenta de que le estaba mirando las manos y apartó la vista con violencia.

—Es una grieta —dijo—. Hay cientos.

—Esta se ha movido. —Señaló—. Hay una diferencia de cota de milímetro y medio entre los dos labios. Mira cómo el plano del yeso no coincide. Eso no es de hace noventa años. Eso es de este invierno.

—Con el temporal de febrero. Lo sé.

—Entonces sabías que está viva y no me lo dijiste.

—No me lo preguntaste.

—Irene. —Se giró hacia ella—. El voladizo carga sobre unas ménsulas de hormigón que no están armadas como debieran, y la cornisa está descolgándose. No puede entrar nadie aquí. Nadie. Ni tú, ni yo, ni la limpiadora. Si esto se viene abajo con gente dentro...

—Lleva noventa años sin venirse abajo.

—Que un edificio no se haya caído no prueba que no vaya a caerse.

Lo dijo con una serenidad que ella conocía bien, esa serenidad que no admite discusión porque está construida sobre cifras. La misma con que había dicho, en aquella sala de tribunal de Madrid, este techo no aguanta.

Sintió el mismo calor subiéndole a las mejillas.

—Ya empezamos —dijo—. Calculas que algo va a caer y por tanto hay que derribarlo. Es la lógica del bombero pirómano.

—No he dicho nada de derribar.

—Lo estás pensando tan fuerte que se te ve en la frente.

—Lo que estoy pensando —dijo él, apretando cada palabra— es que hay una fisura activa sobre una zona con aforo de trescientas personas y que, si algo pasa, será responsabilidad mía por no haberlo dicho a tiempo. No de tu abuelo. No tuya. Mía.

Aquello tenía un peso extraño. Irene lo notó, y precisamente por eso se defendió peor de lo que debía.

—Tú no sabes lo que es un edificio —dijo—. Solo sabes lo que pesa.

El silencio que siguió duró exactamente tanto como la caída del trapo. No recordaba haberlo agarrado. Estaba en su mano y luego estaba volando y luego le golpeó a él en el casco con un sonido seco y ridículo.

Adrián se quedó inmóvil.

—Norma cinco —dijo, muy serio—. No tirar objetos.

—Ya, bueno. —Irene sintió que le temblaba la voz—. Era un trapo. Un trapo no cuenta.

—Cuenta si es un trapo con pintura.

Se miraron. Ella vio, con una claridad que le dio ganas de gritar, que él estaba luchando contra algo en la cara, con toda su fuerza de voluntad, y que estaba perdiendo.

Le tembló el labio de abajo. Se quitó las gafas para limpiarlas y ella pensó, con absoluta lucidez, no te rías, Irene, no te rías, es tu enemigo.

Se rió.

Fue una risa mala, corta, que le salió por la nariz, y él soltó la suya casi a la vez, una carcajada grave, breve y sorprendida, como si se le hubiera escapado una moneda del bolsillo.

Duró tres segundos. Los dos se callaron a la vez, y la sala del Coliseo, que había oído en noventa años risas de todos los tamaños, tuvo el buen gusto de no comentar nada.

—Sigue habiendo una fisura —dijo él.

—Lo sé.

—Voy a instalar unos fisurómetros. Me hace falta tu permiso para taladrar el yeso.

—Con una condición.

—Dime.

—Que taladres donde yo te diga. Ahí sí que hay pintura antigua debajo y lo vas a destrozar con esa mano de elefante.

Él asintió sin discutir. Y fue eso, no la risa, lo que la inquietó: que hubiera aceptado sin discutir.

Más tarde, a media mañana, mientras él medía la luz de las cerchas con un aparato láser, Irene se percató de que había dejado de vigilarlo.

Se había puesto a lijar una moldura, y solo lo miraba de reojo cuando él se agachaba o daba un paso por una viga.

Entonces, cuando bajó del anfiteatro a la sala, vio que él se detenía ante la puerta pequeña de madera que daba a la escalera de caracol.

La escalera de la cabina.

Se puso delante de la puerta antes de saber que se había movido.

—No.

—Solo mirar.

—He dicho que no.

Adrián levantó las manos, despacio, con las palmas abiertas.

—Vale —dijo—. Hoy no.

Aquel «hoy» se le quedó atravesado toda la tarde, como un hueso de aceituna.