Capítulo 2 — Adrián
Adrián Roca tenía una lista para cada situación, y la de aquella tarde llevaba escrito arriba, con su letra de ingeniero, un único punto subrayado: Mantener el objetivo.
Lo repitió en voz baja, sentado dentro del coche de alquiler aparcado frente al puerto, con las manos en el volante y el motor apagado. Por el parabrisas veía una hilera de barcas de colores desconchados y una gaviota que caminaba por el muelle con las manos a la espalda, como un inspector.
El móvil vibró. Ricardo Ávalos.
—¿Ya has estado dentro?
—Esta mañana.
—¿Y?
—Tiene una bóveda de madera de luz considerable, un anfiteatro en voladizo que no me gusta nada y una cubierta que hace agua. —Se apretó el puente de la nariz—. También tiene una restauradora que no me deja entrar en la cabina.
—Vaya, ya ha aparecido la nieta. —Se oyó cómo Ricardo se reclinaba en su silla de cuero, a cuatrocientos kilómetros—.
Escucha, Adrián, no me hagas una tesis. El informe preliminar está redactado.
Tú mides, comprobamos los números, firmas, y el Ayuntamiento tiene su base jurídica para la demolición.
Son cinco semanas, cobra tu tarifa y vuelve a Madrid.
El proyecto del hotel es de esos que cambian una carrera. Ya sabes de qué carrera hablo.
Sabía. Se llamaba socio. Había pasado once años con esa palabra pegada a la nuca como un pósit.
—Entendido —dijo.
—No me digas «entendido», dime «hecho».
—Haré las mediciones.
Ricardo soltó una risa corta, sin humor.
—Eres el hombre más honesto que conozco y por eso te tengo aquí. Que no se te vaya la mano con los sentimientos.
Colgó. Adrián se quedó mirando la gaviota, que se había detenido junto a un cubo de pescado. Había una manera de leer esa conversación en la que él era un técnico y nadie le pedía nada que no fuera medir. Y había otra. Prefirió quedarse con la primera.
Recordó, sin querer, la sala. Las columnas de hierro pintadas de un verde pálido que ya no se fabricaba.
Las molduras de yeso. La luz sucia y dorada cayendo por una claraboya rota.
Recordó también la cara de ella, manchada de pintura, con un lápiz clavado en el moño, mirándole desde el pie de una escalera como se mira a un cobrador de impuestos.
Irene Sarmiento. Ocho años y seguía sabiendo exactamente cómo entrar en una habitación para ocuparla entera.
En el máster de Patrimonio la habían emparejado con él para el proyecto final.
La ermita de San Telmo, en Soria: un templo del siglo XIII con la cubierta de madera podrida y los muros abiertos como una fruta pasada.
Ella quería conservar hasta la última viga original, hasta la última capa de cal, y hablaba de la madera como si la madera pudiera oírla.
Él había hecho los cálculos y el techo, tal como ella lo proponía, no aguantaba una nevada seria.
Se lo dijo delante de todo el tribunal. Con números, con gráficos, con la corrección de un cirujano que amputa.
Ella se puso de pie en mitad de la sala y le dijo que él no sabía lo que era un edificio, que solo sabía lo que pesaba.
Que iba a matar todo lo que no entendía.
Nunca habían vuelto a hablarse.
Adrián arrancó el coche.
* * *
El Ayuntamiento de Puerto Vallín era un edificio blanco con un reloj que iba diez minutos adelantado y una escalera de mármol gastada por generaciones de vecinos con quejas.
El alcalde, Aurelio Cifuentes, lo recibió con las dos manos, con la sonrisa ancha de quien vende algo y con un apretón que duró más de lo normal.
—Ingeniero, qué alegría. Ya nos ha contado Ricardo que viene usted con toda la solvencia. Aquí necesitamos gente seria. Este pueblo lleva quince años esperando que alguien tome una decisión sobre ese cine.
—Voy a evaluar el estado de la estructura, señor alcalde.
—Claro, claro, evalúe. —Le dio una palmada en el hombro—. Pero no se me ponga sentimental, eh. Aquí todos han visto una película en ese cine. Hasta yo. Pero un pueblo no vive de la nostalgia.
Adrián se limitó a asentir. Había aprendido a asentir a los alcaldes hacía tiempo. Salió de allí con un sello en la carta de encargo y la sensación de que alguien le había cargado en la espalda una mochila que no era suya.
Pilar Cuesta, la dueña del Bar Marinero, alquilaba habitaciones en el piso de arriba. Tenía unos setenta años, el pelo teñido de un rojo prohibido por la naturaleza y una manera de mirar que le recordó a los tribunales de oposiciones.
—Habitación tres. Tiene vistas al puerto y el colchón es duro. A las siete se cena. El baño se comparte con el señor Casimiro, que es sordo y canta.
—Perfecto.
—Usted es el del informe.
No era una pregunta.
—Soy el ingeniero encargado de la evaluación, sí.
—Anselmo Sarmiento pasó cuarenta y un años en esa cabina —dijo Pilar, apoyada en el mostrador con los brazos cruzados—. Puso las películas para tres generaciones de este pueblo. Yo fui a mi primer baile porque me lo dijo él. Lo digo para que sepa dónde se mete.
—Lo tendré en cuenta —dijo Adrián, y era verdad, y fue una de esas verdades que uno dice sin saber todavía cuánto van a costar.
En la habitación tres, abrió la maleta, ordenó los calcetines por colores y alineó los bolígrafos sobre la mesita.
Cuando terminó, se dio cuenta de que llevaba diez minutos dedicado a colocar cosas en vez de pensar.
Se quitó los zapatos, se sentó en la cama dura y abrió el portátil para revisar el informe preliminar de Ricardo.
Estaba muy bien escrito. Ese era el problema. Recomendaba la demolición, citaba los coeficientes correctos, mencionaba «indicios de patología estructural severa en el anfiteatro y la cubierta» y estaba fechado con una semana de antelación a la visita.
Cerró la tapa del portátil despacio.
Se acercó a la ventana. Abajo, el puerto estaba negro y lleno de luces pequeñas, y al fondo, al final de la calle, el Coliseo se recortaba contra el cielo con su fachada estrecha y desconchada, con la marquesina vacía de letras. En una de las ventanas altas había luz.
Alguien seguía allí dentro.