Muros de carga
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Capítulo 1 — Irene
El agua caía justo sobre el cuarto asiento de la fila siete, y Irene Sarmiento la había bautizado hacía semanas como «la gotera de las tres», porque tenía la puntualidad de un funcionario y la mala educación de un vecino del piso de arriba.
Aquel lunes de octubre llegó a las once y cuarto, adelantada, con el Coliseo oliendo a cera fría y a terciopelo viejo.
Irene estaba subida a la escalera de aluminio, con un cubo en una mano y un pincel del cuarenta entre los dientes, cuando oyó abrirse la puerta principal.
Ella misma la había cerrado con dos vueltas de llave.
—¿Hola? Buenos días. Me han dicho que podía pasar...
Se le cayó el pincel.
No necesitó girarse. Hay cosas que el cuerpo reconoce antes de que la cabeza haga la resta de los años: una voz grave y pulcra, que pronunciaba las eses como quien las plancha, y unos zapatos caros sobre un suelo que no estaba hecho para zapatos caros.
—Se equivoca de sitio —dijo, sin mirar—. La oficina de turismo está en la plaza y hoy no abre.
—Irene.
Ahí estaba. Su nombre, dicho como se dice el de una avería que uno ya ha diagnosticado.
Bajó los peldaños de uno en uno. Tuvo tiempo de odiar cada uno. Al llegar al suelo se limpió las manos en el mono, que ya llevaba dos manchas de ocre a la altura de la cadera, y se volvió por fin.
Adrián Roca estaba de pie en el pasillo central con una carpeta bajo el brazo y un casco blanco colgando de los dedos, como el accesorio de un disfraz.
Había ganado anchura de hombros, esa que les sale a los hombres que cargan cosas que no se ven.
Las mismas gafas de contable, más finas.
Canas en las sienes que ocho años atrás no estaban.
Una gabardina gris sin una sola arruga después de cuatro horas de carretera, lo cual, a juicio de Irene, debería ser delito.
—Tú —dijo ella.
—Yo —admitió él—. No me habían dicho que eras tú.
—A mí tampoco me han dicho que eras tú, y es el tipo de detalle que uno esperaría que avisaran.
Él miró alrededor. Irene le vio hacerlo y odió también eso, porque lo hizo bien: no como hacen los turistas, con la boca entreabierta, sino despacio, siguiendo con los ojos las líneas del edificio, las columnas de fundición, las vigas de madera que sostenían la bóveda, el anfiteatro colgado sobre la sala como un balcón de ópera en miniatura.
Hubo un momento, brevísimo, en que la expresión de él se desarmó. Después volvió a montarse.
—Grupo Ávalos ha sido contratado por el Ayuntamiento para la evaluación técnica del inmueble —dijo, abriendo la carpeta con el mismo gesto con que otros sacan un arma—.
Aquí tienes la carta de encargo. Vengo a hacer una inspección estructural completa.
Cinco semanas de trabajo, informe para el pleno del catorce de noviembre.
—Ya sé cuándo es el pleno.
—Entonces sabrás que la ordenanza obliga a que el titular de la cesión de uso, o su representante, acompañe la inspección.
—El titular de la cesión de uso era mi abuelo —contestó Irene—. Se murió en marzo. Lo que tengo yo es una prórroga provisional hasta el catorce de noviembre y un cubo para la gotera.
—Lo siento —dijo él.
Lo dijo sin adorno, y por eso, precisamente, ella no tuvo dónde agarrarse para enfadarse. Se quedó mirándolo con las manos en las caderas, dejándole en la carne de las palabras un silencio que él no supo llenar.
—Vale —dijo por fin—. Léeme la ordenanza.
Él se la tendió. Irene la leyó de pie, con el ceño hundido, mientras la gotera de las tres, con su perfecto sentido de la oportunidad, empezaba a caer sobre el asiento cuatro de la fila siete.
Plic. Plic. Plic. Apretó la mandíbula. El artículo once decía exactamente lo que él había dicho.
Decía, además, «podrá acceder a todas las dependencias» y «sin perjuicio de las medidas cautelares que el técnico considere», que era una manera educada de escribir «pueden prohibirte la entrada a tu propia casa».
—Esto lo ha redactado alguien con ganas de fastidiar.
—Lo ha redactado un abogado municipal en 1998, cuando se cayó el techo del frontón. —Se detuvo—. Irene, no he venido a...
—A destruirlo, no. A evaluarlo. Sé cómo se llama ahora.
—Yo no destruyo edificios.
—Tú calculas cuánto pesan hasta que dejan de ser edificios. —Devolvió los papeles con más fuerza de la necesaria—. Es una diferencia sutil. No me la tengas en cuenta, llevo tres días sin dormir bien.
Una gota le cayó a él en la lente izquierda de las gafas.
Fue una gota gorda, deliberada, con ganas de protagonismo.
Adrián se quedó completamente inmóvil, con los ojos abiertos detrás del cristal mojado, y Irene sintió que algo se le rompía dentro sin permiso, en el sitio donde guardaba la firme voluntad de no reírse.
Se tapó la boca con el dorso de la mano. No sirvió de nada.
—Eso —dijo Adrián, quitándose las gafas con toda la dignidad de que era capaz— es una filtración activa en la cubierta. Habrá que documentarla.
—Eso es una gotera, Roca. Se dice gotera.
—Se dice «filtración activa».
—Se dice «gotera de las tres» y no falla nunca. —Le señaló el asiento—. Si quieres documentarla, ponte a esperar. Vuelve a las tres.
Él se secó el cristal con la punta de la corbata. Tenía una corbata, en un teatro con goteras, un lunes de octubre. Ella lo anotó mentalmente en el apartado de las cosas que iba a reprocharle durante semanas.
—Tengo cinco semanas y cuatro días —dijo él, volviendo a ponerse las gafas—. Necesito acceso completo desde mañana. Sala, anfiteatro, escenario, cubierta y cabina de proyección.
Ella dejó de sonreír.
—La cabina, no.
—Es parte del edificio.
—Es parte de mi abuelo —dijo Irene—. Lo demás, mañana a las nueve. Y sin corbata. Te vas a manchar.
Se dio la vuelta, recogió el pincel del suelo y volvió a subir la escalera. Lo oyó quedarse allí un momento, quieto, con el casco en la mano. Después, por fin, los zapatos caros retrocediendo por el pasillo y la puerta que se cerraba.
Solo entonces se sentó en lo alto de la escalera, con los codos en las rodillas, y se permitió respirar como se respira después de un golpe que aún no duele.
Cinco semanas y cuatro días. Y él, precisamente él, con los dos números que ella había estado esperando durante ocho años para ponerle cara.