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Sesenta y uno

Treinta kilómetros y medio separaban la puerta del polígono Los Olivares de la puerta de la cooperativa, y Nieves los había hecho tantas veces desde diciembre que el coche se sabía la subida mejor que ella: la recta de Mancha Real con los invernaderos a la izquierda, el cambio de rasante donde la niebla empezaba siempre a los novecientos metros, y los dos últimos kilómetros de la carretera de Huelma en los que el pueblo aparecía de golpe, sin aviso, una fila de bombillas colgadas dentro de un algodón.

Cuarenta minutos exactos, puerta a puerta. Los había cronometrado en diciembre por curiosidad y desde entonces no había hecho ni uno menos.

Aparcó fuera del recinto, en la cuneta, detrás de un remolque vacío con la lona atada.

Menos uno en el salpicadero. Al abrir la puerta le entró en la cara todo el orujo de la comarca, esa cosa dulce y podrida y caliente que salía de la chimenea de la orujera de Cambil y que a esas horas la inversión térmica aplastaba contra el suelo del valle y repartía casa por casa.

Nieves llevaba dos meses subiendo y todavía lo olía cada vez.

Nadie más lo olía. Había preguntado en el bar en Nochebuena, medio en broma, y la del bar la había mirado igual que se mira a quien pregunta si el agua está mojada.

La nave sonaba. Desde la cuneta, con la niebla puesta, la molturación era un zumbido de dos tonos, el grave de los molinos y el agudo de las centrífugas, y encima el traqueteo de una cinta con la banda mal tensada que llevaba así desde noviembre.

Un turno de noche de verdad suena. Ese era el dato que Nieves llevaba veinticuatro días masticando y que no había sabido explicarle a nadie sin quedar como una lunática: que un turno de noche se oye desde la cuneta y desde la calle Real y desde la cama, y que en un pueblo de setecientos ochenta habitantes es imposible que doce horas de molienda no las oiga nadie.

Fali la esperaba en la puerta de la oficina con el anorak encima de la bata y las llaves en la mano.

— Diez minutos — dijo Fali—. Y las fotos las haces tú, que yo no toco tu teléfono.

— Diez minutos.

— Y una cosa. — Fali no se movió del quicio—. Si esto sale a algún sitio, yo no te he abierto. Yo cerré a las siete y me fui a mi casa a hacer la cena.

— Cerraste a las siete y te fuiste a tu casa.

— Lo digo en serio, Nieves.

— Y yo te contesto en serio.

Fali la miró tres segundos largos antes de meter la llave. Nieves los contó, porque contar era lo único que sabía hacer con la gente cuando la gente se ponía así.

———

La oficina eran dieciocho metros cuadrados de contrachapado, una mesa de melamina con el ordenador de la báscula, un calendario de una casa de fertilizantes de hacía tres años y un armario metálico verde de dos cuerpos.

Olía a papel, a tóner y a colilla vieja de cuando en las oficinas se fumaba.

Fali encendió solo el fluorescente del fondo y dejó la persiana bajada.

— Lo de arriba es lo tuyo — dijo, y sacó del armario una caja de cartón con una etiqueta escrita a rotulador: 2011. Pesaba. La dejó en la mesa y se apoyó de espaldas a la puerta, con los brazos cruzados, sin sentarse.

Dentro había cuatro carpetas de gomas, y las gomas estaban resecas y se partieron todas al tirar de ellas.

Libro de bodega. Partes de molturación. Albaranes de salida.

Y una libreta de tapas duras, del tamaño de la palma de la mano, con un rótulo de máquina de escribir pegado al lomo: PARTES DE VEHÍCULO.

Nieves la abrió por el principio. 1998. Un renglón por día, la fecha, el kilometraje de salida, el kilometraje de vuelta, el gasoil, el motivo y una casilla estrecha a la derecha para el nombre del que conducía. Veinte años de letras distintas apretadas en un centímetro y medio.

— Ese es el todoterreno — dijo Fali—. El verde, el de la casa, el que sigue ahí fuera con doscientos y pico mil kilómetros encima.

Lo tenía la cooperativa para las mallas, para llevar a los de la cuadrilla al tajo y para bajar al pueblo a por bombonas.

Cuatro kilómetros al día, cinco. Los buenos, diez.

— ¿Nunca salía del término?

— ¿Ese? — Fali se rio con la boca cerrada—. Ese no pasaba del cortijo de arriba. No tenía ni radio. Cuando había que ir a Jaén iba el presidente con lo suyo, o iba yo con el mío, o iba el que fuera con el suyo. Aquí cada uno pone el coche y luego pasa la nota. Eso también lo tengo, si lo quieres.

— Lo quiero.

— Lo suponía.

Nieves fue pasando hojas hacia adelante.

2003. 2007. La letra cambiaba de página en página y volvía.

Y los números eran siempre pequeños, honestos, aburridos: 4, 6, 3, 11, 5, 4, 4.

Un vehículo que hacía la vida entera dentro de un cuadrado de tres kilómetros de lado, y que lo escribía todos los días.

Llegó a diciembre de 2011 y bajó el dedo por la columna sin tocar el papel.

Del 1 al 11, la rutina: cuatro, cinco, seis, cuatro. El día 12 y el día 13 estaban en blanco, y en el margen alguien había escrito con bolígrafo azul, sin más comentario, HELADA. El día 14 tenía un renglón normal por la mañana, siete kilómetros, mallas, gasoil no.

Y debajo, en el renglón de la noche, con la fecha partida a la manera de los partes de turno, 14/15, la columna de motivo decía una sola palabra que no decía nada: SERVICIO.

Y la columna de kilómetros decía 61.

Nieves se quedó quieta. Se le ocurrieron seis explicaciones en cuatro segundos y las fue tirando una detrás de otra, porque todas necesitaban que alguien hubiera cargado algo, y para cargar algo hay un albarán, y para gastar gasoil hay un ticket, y la casilla del gasoil de aquella noche estaba vacía.

Sesenta y un kilómetros sin combustible declarado, sin carga, sin motivo, en mitad de una noche de menos cuatro grados, en un coche que hacía cuatro kilómetros al día y no tenía ni radio.

— Fali. Sesenta y uno.

— Ya lo he visto.

— ¿Puede ser un error de transcripción?

— Puede — dijo Fali, y se despegó de la puerta y se acercó a la mesa por primera vez en toda la noche—.

Puede que se equivocara. Y puede que se equivocara justo esa noche y justo en esa casilla y justo en el turno que no existió.

Yo llevo treinta años apuntando números y te voy a decir una cosa: los números no se equivocan solos. Se equivoca la mano.

Nieves hizo tres fotos: la página entera, el renglón, y la columna de kilómetros con el dedo de Fali fuera del encuadre porque Fali lo apartó a tiempo.

— ¿Y esto por qué lo apuntaba nadie? — dijo Nieves—. Si es un cacharro de la casa, si no lo mira ni el seguro.

— Porque lo mandó el maestro. — Fali dijo maestro con la mayúscula puesta, como se dice en un pueblo el nombre del cargo del que ya no está—.

Tolo. Cuando yo entré en el noventa y cinco, aquí lo primero que te enseñaban era que en esta casa se apunta todo, aunque no sirva para nada, aunque no lo lea nadie nunca.

Aceituna que entra, aceite que sale, kilómetros que se andan.

Él decía que un libro es un libro. Y desde que él se fue, ese libro se dejó de rellenar en cuatro meses.

— ¿Y quién apuntaba la noche?

— El que cerraba.

El fluorescente del fondo zumbaba en un tono que Nieves llevaba diez minutos oyendo sin oír. Fuera, la cinta de la banda floja seguía dándole al mismo golpe cada dos segundos y pico. Nieves contó doce golpes antes de hacer la única pregunta que quedaba.

— ¿Y quién cerraba el 14 de diciembre de 2011?

Fali no contestó. Le dio la vuelta a la libreta sobre la mesa, con dos dedos, y la puso de manera que el renglón quedara del lado de Nieves y la casilla de la derecha, la estrecha, la del nombre, quedara justo debajo del fluorescente.

En veinte años de libro, aquella casilla no tenía ni un solo tachón. Ni uno. Setecientos y pico renglones y cada uno con su nombre puesto a la primera, porque escribir quién conduce un todoterreno que hace cuatro kilómetros no es una decisión que haya que pensarse.

En el renglón del 14 al 15 de diciembre de 2011 había dos nombres tachados.

No rayados de cualquier manera: tachados a conciencia, ida y vuelta, ida y vuelta, hasta que el bolígrafo había levantado el papel y había dejado dos rectángulos de tinta azul del tamaño de una uña.

Y encima de los dos rectángulos, apretando mucho, con una letra grande y torcida de hombre que escribe de pie y con frío, había un tercer nombre.

Nieves acercó la cara hasta los ocho o diez centímetros.

Puso la linterna del teléfono en rasante.

Movió la libreta. La tinta de encima y la tinta de debajo eran del mismo bolígrafo y del mismo día, y se habían comido la una a la otra, y lo que quedaba era un borrón con una hache dentro, o una be, o nada.

— ¿Se lee? — dijo Fali, y no se acercó.

— No.

— Pues ya está.

— No está. — Nieves siguió con la linterna—. Esta letra la conoces.

Fali tardó. Se metió las manos en los bolsillos del anorak y miró la casilla desde donde estaba, a metro y medio, sin agacharse, y no le hizo falta más, porque llevaba treinta años metiendo albaranes en ese armario y las letras de esta casa se le habían quedado dentro igual que a Nieves se le habían quedado los defectos.

— Esa es de Tolo — dijo—. Esa te la firmo yo. La ele con el garabato de arriba, esa la hace él y no la hace nadie más. — Se calló. Luego, más bajo—: Los dos tachones también son de él. Es el mismo boli.

— Entonces escribió dos nombres, los borró y escribió otro.

— Eso pone.

— ¿Por qué haría eso un hombre que apuntaba hasta las bombonas?

Fali se fue hacia la puerta y le dio a la llave del fluorescente sin apagarla, solo por tener la mano en algo.

— Nieves, yo te he abierto por los números — dijo—. A la cabeza de Tolo Herrador no te puedo entrar yo. Ahí no entra nadie desde que se murió Josefa.

Nieves guardó las cuatro carpetas en la caja.

Dejó la libreta de los partes fuera, encima de la mesa, abierta por diciembre, y la miró desde arriba mientras se ponía el abrigo, y luego la cerró y la puso también en la caja, porque una libreta que se echa de menos es una libreta que alguien viene a buscar.

Sesenta y un kilómetros. Alguien salió de este patio y volvió a este patio la noche en que aquí no se molturó nada, y anduvo sesenta y un kilómetros con un coche que hacía cuatro, y el hombre que lo apuntó todo durante treinta y cinco años escribió el nombre del que conducía y luego lo tachó, y escribió otro, y luego tachó ese también, o no, y ya no se sabía.

En la calle, la niebla se había cerrado tanto que el cartel luminoso de la báscula, que estaba a doce metros, era una mancha naranja sin bordes. Fali echó la llave y probó el picaporte dos veces, como hacía todas las noches desde el noventa y cinco.

— Nieves.

— Dime.

— Cuando lo tengas. — Fali tenía las llaves en el puño y no la miraba—. Cuando tengas lo que estés buscando. Avísame el día antes. Solo el día antes. Que yo tengo que decirle algo a mi madre.

Se fue calle abajo con las manos en los bolsillos y en cuatro pasos ya no estaba.

Nieves se quedó sola en la cuneta, sin la caja, que se había quedado dentro del armario metálico, con tres fotos en el teléfono y un número.

En el pueblo, a esa hora, no se oía ni un perro.

Solo la nave: el grave, el agudo y el golpe de la banda floja cada dos segundos y pico.

Nieves los contó hasta cien y luego se metió en el coche y bajó a Jaén con la ventanilla abierta, a menos uno, treinta kilómetros y medio, para quitarse el orujo de la ropa antes de llegar a un piso que no olía a nada.