El abrigo
La calle Cava era la de abajo, la que va paralela al barranco, y era la única del pueblo que no tenía acera en el lado de los pares porque las casas estaban clavadas en la roca.
La de Sagrario Zafra era la tercera, con dos escalones de piedra gastados en el centro, una puerta de madera pintada de verde y, encima del segundo escalón, un cartel de plástico escrito a mano con rotulador permanente que llevaba allí más años que el rotulador: HAY HUEVOS.
Nieves llamó a las cinco y cuarto de la tarde, y la niebla ya se estaba echando otra vez porque a las cinco y cuarto de un treinta de enero en Valdehelada se acaba el día, y Sagrario Zafra abrió con el mandil puesto, la miró de arriba abajo desde el escalón de arriba, que le daba doce centímetros de ventaja que no necesitaba, y no dijo hola.
— Pase.
———
Los cuadernos estaban encima de la mesa camilla, apilados, y estaban allí desde antes de que ella llamara: Sagrario Zafra los había subido del cajón y los había puesto en la mesa y había apartado el brasero y había puesto una silla.
Eran seis, de espiral, de cuadros, de los de toda la vida, con las tapas de colores y las esquinas dobladas, y en el lomo de cada uno, con rotulador, ponía una campaña. 08/09. 09/10. 10/11. 11/12.
— Ahí está todo lo que escribía — dijo Sagrario—. Yo los he mirado. Los he mirado muchas veces. Ahí no pone nada.
Nieves se sentó y estuvo veinte minutos, y al cabo de los veinte minutos Sagrario tenía razón, y la tenía de una manera absoluta y sin ningún consuelo posible: en aquellos seis cuadernos no ponía nada.
Eran números. Columnas de números, escritos con una letra pequeña, vertical, apretada, de las que hacen las personas que escriben mucho y deprisa y que aun así no se saltan un solo palo de una sola letra, y todos los renglones eran iguales: fecha, hora, depósito, acidez, humedad, rendimiento, y a la derecha una columna de kilos con sumas hechas a mano y algún resultado rodeado con un círculo.
Había una página, en el cuaderno del 09/10, en la que aparecía la misma resta hecha cuatro veces con cuatro cifras distintas, y al lado, en el margen, un número solo: 312.
Y nada más. Ni una palabra. Ni un nombre.
Ni un adjetivo. Ni un me pasa, ni un creo, ni un tengo miedo, ni un no me lo explico.
Trinidad Extremera Zafra había pasado tres campañas en un laboratorio de doce metros cuadrados apuntando kilos, y no le había contado nada a ningún papel, porque no era una mujer que le contara cosas a los papeles: era una mujer que les hacía cuentas.
El último cuaderno, el del 11/12, se acababa en mitad de una página cuya fecha estaba puesta arriba a rotulador, 14/12/2011, y en la que la columna de la izquierda tenía nueve renglones con sus horas y sus acideces y un décimo escrito hasta la mitad, y después de aquel renglón a medias había cuarenta hojas de cuadros en blanco y una tapa.
Nieves lo cerró, lo puso encima de los otros cinco y los dejó igual que se los había encontrado, alineados por el canto.
— Ya se lo dije — dijo Sagrario, desde la puerta de la cocina, donde llevaba veinte minutos de pie sin sentarse—. Ahí no pone nada.
— No pone nada.
— Todo el mundo quiere papeles. — Se limpió las manos en el mandil, una vez, aunque las tenía secas—.
En el doce vino uno del cuartel y estuvo aquí sentado en esa misma silla, y era buena persona, ¿eh?
, y me preguntó si mi hija había dejado escrito algo.
Una nota. Y yo le dije que mi hija no escribía notas, que mi hija escribía kilos. Y él lo apuntó. Y se fue.
———
El abrigo estaba en el armario del cuarto del fondo, que era el cuarto de Trini, y Nieves no entró: Sagrario le dijo que esperara y cerró la puerta detrás de ella, y Nieves se quedó en el pasillo, delante de una puerta de contrachapado, oyendo a una mujer de setenta y ocho años abrir una puerta de armario y mover perchas, y cuando la puerta se abrió otra vez Sagrario Zafra venía con la bolsa cogida por abajo con las dos manos, del modo en que se lleva una bandeja llena.
Era una bolsa de plástico de las gordas, de las de antes, de un supermercado que ya no existía, con el asa reforzada y las letras cuarteadas, y estaba cerrada con un nudo y por encima del nudo con dos vueltas de cinta de embalar amarillenta.
Se veía la lana por dentro, apretada contra el plástico, y en el pliegue de abajo el plástico había cogido un tono ambarino que en catorce años no le coge una bolsa por sí sola: se lo pone el aceite.
Sagrario la dejó encima de la mesa camilla y retiró la mano deprisa.
— La he abierto dos veces — dijo—. En el trece y en el diecinueve. Y las dos veces la volví a cerrar.
Nieves puso la mano encima del plástico. Debajo se notaba el cuello, la costura del hombro, un botón grande.
— Sagrario, escúcheme antes de que la abramos, porque cuando la abramos ya no hay marcha atrás y quiero que lo sepa usted y no yo sola.
— Se dejó la mano encima—. Todo lo que huele está en el aire.
Está en el aire porque se ha escapado de la cosa.
Ese abrigo lleva catorce años soltando dentro de esa bolsa, y como la bolsa está cerrada, lo que ha soltado se ha quedado ahí dentro, encima de la lana, apretado, sin poder irse a ninguna parte.
Catorce años de una cosa llenando un espacio del tamaño de una bolsa.
— Y cuando la abra.
— Cuando la abra, sale. Y en tres segundos se ha mezclado con el aire de esta casa, y en dos minutos ya no está, y no vuelve. — Nieves la miró—. Yo tengo una. Una nada más. Después me quedará la lana, y la lana también dice cosas, pero lo bueno se va en la primera.
Sagrario Zafra se quedó mirando la bolsa.
— ¿Y usted lo va a poder oler?
— Si me deja hacerlo bien, sí.
— Pues hágalo bien.
———
Lo hizo bien, y le costó veintidós minutos, y en esos veintidós minutos Sagrario Zafra hizo todo lo que le fue diciendo sin discutir ni una vez.
Apagaron el fuego de la cocina, donde había un puchero, y sacaron el puchero al patio de atrás y cerraron la puerta.
Apagaron el brasero de la mesa camilla y lo sacaron también.
Abrieron la ventana del comedor de par en par y la puerta que daba al pasillo, para que hiciera corriente, y estuvieron catorce minutos con la casa entera a cuatro grados y la niebla entrando por la ventana como una cosa que se pudiera coger, sentadas las dos en el comedor con el abrigo puesto, sin hablar, mientras el aire de aquella casa se llevaba el laurel, el aceite frito, la lejía del suelo y los setenta y ocho años de Sagrario Zafra y los dejaba en la calle Cava.
Después cerraron. Nieves se lavó las manos con el jabón neutro que llevaba en el bolso y se las secó al aire, y esperó cinco minutos más a que se le fuera el jabón, de pie, con las manos separadas del cuerpo, y Sagrario la miró hacerlo y no dijo nada.
A las seis y cinco, con el comedor a nueve grados y oliendo a la niebla de fuera y a nada más, Nieves cortó la cinta de embalar con las tijeras de la costura, que era lo único que había, y deshizo el nudo con los dedos.
— Sagrario, si quiere salir, salga.
— No.
Nieves puso las dos manos en las asas, separó el plástico despacio, cuatro dedos, cinco, hasta que la boca de la bolsa estuvo abierta como un tarro, y metió la cara dentro y respiró.
———
Y ahí estaba, y estaba entero, y estaba en el orden en el que estaba y no en otro.
Llegó primero por arriba, fugaz, casi cortés, y detrás vino todo lo demás pegado a él: fondo de saco.
Esparto húmedo. Ropa mojada dentro de una bolsa cerrada dos días.
El olor que sube de un montón de aceituna que lleva once o doce días amontonada en un troje, fermentando por dentro a temperatura de compost mientras por fuera parece que no pasa nada.
Atrojado.
Y debajo, sosteniéndolo, ancho, sin nada por encima que lo tapara: nuez vieja. Linaza. Cartón. Cera de una vela apagada hace mucho. El altillo de la casa de sus abuelos, la balda alta que no llegaba nadie, la lata con el tapón mal puesto.
Rancio.
Y por debajo de los dos, en el suelo de todo aquello, el sótano de una casa cerrada, el champiñón crudo, la tierra mojada de un tiesto que se ha regado de más y lleva tres días sin sol.
Tierra.
Nieves sacó la cara de la bolsa, se apartó, respiró dos veces por la boca contra la manga del abrigo para limpiarse, volvió y respiró una segunda vez, más corta, y ya casi no estaba, y a la tercera ya no estaba, y no iba a volver a estar nunca.
Se sentó en la silla de la mesa camilla con las dos manos abiertas encima del hule.
La lana es una fibra animal y una fibra animal es una esponja.
Un abrigo de lana de kilo y cuarto tiene dentro kilómetros de fibra rizada con escamas, y en esas escamas se mete todo lo que hay en el aire de una habitación y no se va con dos sacudidas ni con un cepillo ni con quince años.
Por eso la ropa de lana huele a la casa en la que vive.
Por eso a una persona que fuma se le nota en el abrigo y no en la camisa.
La lana coge, guarda y devuelve, y devuelve mucho tiempo después, y devuelve en el mismo orden en que lo cogió.
Aquel abrigo había estado dentro de un troje.
No pasando al lado. No cruzando el patio.
No de pie en la puerta de una nave a veinte metros de la boca de una tolva, que eso te deja la ropa oliendo a campaña y se te va en dos días colgada en una terraza.
Para meter un atrojado de esa intensidad en la lana hay que estar dentro.
Hay que estar de pie encima del montón, o inclinado sobre él, con la cara y el pecho y los brazos metidos en el aire caliente y quieto que sale de una masa de aceituna que lleva once días fermentando, y hay que estar así un rato largo, y hay que estar así más de un día.
Y una auxiliar de laboratorio no entra en un troje.
Una auxiliar de laboratorio saca la muestra del grifo del depósito, que está en la bodega, a diecisiete grados, con la ropa limpia.
Se tarda cuarenta segundos y se hace con dos dedos.
Nieves lo había hecho mil veces y lo había visto hacer diez mil, y el 30 de diciembre se lo había visto hacer a un hombre de un metro ochenta y seis con un vaso de plástico y un cuarto de vuelta.
En un troje se mete uno cuando no se cree lo que le están contando.
Trini Extremera, con veintiséis años, en diciembre de 2011, se había subido a un montón de aceituna con un abrigo de lana de su madre puesto, más de una vez, y había metido la cara en él, y había respirado, y luego había bajado a la bodega y había cogido un frasco del grifo del depósito 7 y le había pegado una etiqueta blanca y la había rellenado a bolígrafo con una letra pequeña, vertical, apretada.
Y aquel abrigo llevaba catorce años en un armario del cuarto del fondo de una casa de la calle Cava, dentro de una bolsa de plástico de un supermercado que ya no existía, a doscientos metros de la almazara.
Un juzgado no puede hacer nada con esto.
Un olor no se guarda en una bolsa. Nieves tenía delante, encima de un hule de flores, la bolsa de plástico en la que un olor había estado guardado catorce años, y sabía perfectamente que aquel hombre tenía razón y que aquello no era ni la sombra de lo mismo, y le daba exactamente igual.
———
Sagrario Zafra no se había movido de la puerta de la cocina.
Tenía las manos cogidas por delante del mandil y no lloraba, y no había llorado en catorce años delante de nadie, y estaba muy quieta, con esa quietud que tienen las personas que han aprendido a no pedir nada porque han pedido mucho y no les han dado.
— ¿Qué huele usted? — dijo.
Y Nieves Sabariego, jefa de panel apartada de la dirección de su panel, con una raya en una hoja de cata sin ocho rayas debajo, sin acta, sin mediana, sin contramuestra, sin Ramón, sin Higinio y sin nadie que se lo firmara, con cuatro mil doscientas actas en la planta baja de un edificio del polígono de Los Olivares y una firma corta y horrible del instituto, dijo en voz alta, por primera vez en su vida, lo que olía.
— Huelo que su hija estuvo en el troje. Y que no se fue a ninguna parte.