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Nieves llegó a las diez menos cuarto para una cita de las diez y estuvo veinticinco minutos en la segunda silla con el abrigo puesto y el móvil en la mano.

Lo que tenía en el móvil eran ciento nueve fotografías.

Treinta y una de partes de molturación, hechas con calma.

Nueve de tickets, hechas con calma. Y luego, al final, catorce fotos torcidas, con el flash reventando el papel por un lado y una sombra de su propia mano por el otro, hechas de pie, en veinte segundos, con Rafaela Rodenas diciéndole que eran las ocho menos cinco y que estaban entrando los tractores.

Ahí estaba. Escrito a mano, con la misma letra grande y clara de los partes, en su renglón, con su fecha, tan tranquilo, catorce años esperando a que alguien pusiera el dedo encima.

Nieves pasó a la página siguiente y siguió bajando por la columna de los kilos, buscando la salida, porque un depósito que recibe dieciocho mil kilos que no existen tiene que soltarlos por algún sitio y ese sitio también se apunta.

15/12/2011. Depósito 7. Vaciado, baldeo y limpieza. -

La casilla de los kilos estaba en blanco. Un guion.

Vaciado. El dedo de Nieves se paró en la palabra vaciado, que era exactamente la que iba buscando, y se quedó allí, y estuvo un rato entero rumiando lo que significaba que el 15 de diciembre de 2011, a la mañana siguiente, alguien hubiera sacado del depósito 7 dieciocho mil kilos de aceite fantasma, y adónde, y en qué, y con qué papel, y si eso se podía seguir.

Las otras dos palabras del renglón las leyó y no las leyó, del mismo modo que se leen las palabras que están al lado de la que uno busca.

— ¿Sabariego? — dijo un chico jovencísimo desde el mostrador—. Pase usted.

———

El sargento Emiliano Poyatos tenía cincuenta y cinco años, el pelo blanco al dos, un despacho de nueve metros cuadrados con una ventana que daba al aparcamiento y un montón de carpetas encima de la mesa que no era una decoración.

La saludó de pie, le dio la mano, le señaló la silla y se sentó, y lo primero que hizo fue mirar el reloj de la pared y decirle que tenía media hora y que a las once tenía que estar en Cambil.

Nieves se lo contó en catorce minutos, ordenado, sin adjetivos, como se presenta un informe.

Empezó por los papeles, porque los papeles eran lo único que aquel hombre podía tocar.

El parte de molturación del turno de noche del 14 de diciembre de 2011: noventa y seis mil kilos.

La capacidad física de aquella nave en 2011: cuatro mil kilos a la hora, doce horas, cuarenta y ocho mil kilos máximo teórico.

Los tickets de báscula de aquel día: veintiocho pesadas, once mil cuatrocientos kilos, último remolque a las 19:10, ninguna entrada hasta las 07:40 del día siguiente.

Y el libro de bodega: dieciocho mil seiscientos veinticuatro kilos de aceite entrando en un depósito, de un aceite que no se hizo.

Poyatos la escuchó entero. Tomó notas en un folio, a boli, y las notas eran de verdad: escribía cifras y las subrayaba, y en dos ocasiones le hizo repetir una hora.

Y cuando Nieves terminó, el sargento dejó el bolígrafo encima del folio, se echó hacia atrás en la silla, que crujió, y se pasó la mano por la cabeza rapada.

— Vamos a ver — dijo—. Eso que me ha traído usted, si es como usted lo cuenta, y no le digo yo que no lo sea, es un fraude.

Eso es papel falso. Y eso es del once y está prescrito.

— Se encogió de hombros una vez, y no fue un gesto de desdén: fue un gesto de hombre que está diciendo lo que hay—.

A mí me lo trae usted hoy y yo se lo mando al juzgado y el juzgado me lo devuelve con una hoja.

Y no porque no le crean. Porque no se puede.

— No he venido por el fraude.

— Ya sé a lo que ha venido usted.

Poyatos abrió el cajón de la izquierda, sacó una carpetilla azul de las de gomas, la puso en la mesa y no la abrió. Era fina. Se veía a un metro que era fina.

— Lo otro no prescribe hasta dentro de mucho — dijo—.

Lo otro no prescribe casi nunca. Pero para lo otro hace falta un cuerpo, señora Sabariego.

Yo no puedo abrir una investigación por una muerte si no consta que se haya muerto nadie.

En ese pueblo no falta nadie. En ese pueblo hay una señora de setenta y ocho años cuya hija se fue en 2011 a Granada, o a donde fuera, y que no ha vuelto. Eso es lo que consta.

— Eso no es lo que pasó.

— Eso es lo que consta — repitió, sin cambiar el tono ni un grado—. Que no es lo mismo y yo sé que no es lo mismo, y lo sé desde hace catorce años, y me lo llevo a mi casa. Pero yo trabajo con lo que consta.

———

Y entonces, sin que se lo pidiera nadie, sin que hubiera ninguna razón de procedimiento para hacerlo y sin decir por qué lo hacía, el sargento Poyatos abrió la carpetilla azul, y mientras el hombre buscaba dentro el folio que buscaba, Nieves fue contando los que había desde su silla, del revés, por el canto. Nueve.

— Diciembre de 2011 — dijo Poyatos—. Denuncia de la madre, el diecinueve.

Cinco días después, que eso ya le dice a usted algo del pueblo y de la madre, porque la mujer estuvo cinco días llamando a la gente por su cuenta antes de venir aquí, y cuando vino ya estaba convencida de que no le íbamos a hacer caso.

Y tenía razón. — Fue pasando los folios con dos dedos, sin dárselos—.

El coche apareció el veintitrés en Jaén, en la estación de autobuses, aparcado en línea, cerrado, con el bolso dentro y con la cartera dentro del bolso.

Sin llaves. Sin sangre. Sin nada. Un utilitario blanco de los de entonces.

Estuvo nueve días allí hasta que el ayuntamiento avisó por la grúa.

— Una mujer que se va a Granada no deja el bolso en el coche.

— Una mujer que se va a Granada no deja el bolso en el coche — repitió Poyatos—.

Eso lo puse yo. Está en el folio cuatro.

Y luego pregunté, y en Granada tenía plaza para septiembre del doce y estaba pagada, y en el pueblo dos personas me dijeron, sin que yo les preguntara y con estas palabras, que la muchacha estaba hasta el moño de aquello y que se quería ir.

Dos. Y ninguna de las dos tenía nada contra ella, ¿eh?

, que eran dos vecinas, dos mujeres normales, y me lo decían con pena.

Poyatos cerró la carpetilla.

— ¿Usted sabe cuántas denuncias de desaparición hay al año en España?

— dijo—. Y de esas, ¿usted sabe cuántas son personas mayores de edad, con sus papeles, con su cuenta corriente, con su vida, que un día deciden que hasta aquí hemos llegado y se van?

Porque irse no es delito. Un adulto se puede ir.

Y cuando yo tengo un coche en una estación de autobuses, un bolso, un máster en Granada y un pueblo entero que me dice que la chica quería irse, yo tengo una historia.

Y la historia se sostiene. Yo no me la inventé, señora Sabariego. Me la contaron y encajaba.

— Y usted la cerró.

— La cerré en marzo del doce. Ausencia voluntaria. — Poyatos la miró de frente, sin apartar los ojos, y no había ni un gramo de defensa en aquella cara, y eso era lo peor de toda la mañana—. Y llevo catorce años pasando por delante de la casa de la calle Cava.

———

— Sargento, hay algo más — dijo Nieves, y puso las dos manos abiertas encima de la mesa—.

Y esto es lo mío, y por esto he venido de verdad.

Desde el dos de diciembre están entrando en mi laboratorio muestras de aceite de esa almazara con defectos que no se pueden producir por accidente.

Uno de ellos es aceituna helada en un año en que no ha helado.

Otro es esparto en una almazara que no tiene capachos desde 1998.

Están fabricados. Alguien los está haciendo a mano y los está metiendo en la caja de muestras y los está mandando a mi mesa, y me está contando lo que pasó aquí en 2011.

Poyatos no se rió. Eso hay que decirlo de aquel hombre: no se rió, y no puso cara, y estuvo pensándolo unos segundos de verdad, con el bolígrafo entre los dedos.

— ¿Y cómo lo sabe usted?

— Porque lo huelo.

— Ya. — Poyatos dejó el bolígrafo—. ¿Y con qué me lo prueba usted a mí? ¿Con un olor?

En la ventana, detrás de él, un coche patrulla salía marcha atrás del aparcamiento y el pitido entró en el despacho.

— Se lo pregunto en serio, ¿eh? — siguió Poyatos, y se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en la mesa—.

No se lo pregunto para reírme de usted. Yo la creo a usted.

Se lo digo así de claro: yo me creo que usted huela eso, que para eso lleva veinte años y a mí de aceite me tiene que explicar hasta qué es lo verde.

El problema es otro. El problema es que yo cojo eso y lo pongo en un atestado, y el atestado va a un juzgado, y en el juzgado hay un señor que lee: la jefa de panel dice que huele a que aquí pasó algo.

Y ese señor no puede hacer nada con eso.

No es que no quiera. Es que no hay por dónde.

Un olor no se guarda en una bolsa. Un olor no se le enseña a nadie.

Usted no me puede traer aquí lo que huele y ponérmelo encima de la mesa.

— Le puedo traer el aceite.

— Y el aceite lo huele usted. — Poyatos abrió las manos—. ¿Y quién dice que lo que usted huele es lo que hay? Usted. Y ya está.

———

Se levantó. Miró el reloj y dijo que tenía que salir para Cambil, y le dio la mano otra vez, y Nieves ya tenía el bolso en el hombro y la mano en el picaporte cuando Poyatos dijo su apellido.

— Sabariego.

Había vuelto a abrir la carpetilla azul y estaba sacando un folio de en medio, con dos dedos, y lo puso encima de la mesa, girado hacia ella, y le dio un golpecito con el índice.

— Yo, en el doce, pregunté en la cooperativa. Es de las primeras cosas que se hacen. Pregunté si la muchacha había tenido algún lío allí, con alguien, con un jefe, con un compañero, si había pasado algo en el trabajo. Y me contestaron por escrito, muy amables, y me mandaron esto.

Era una fotocopia, y la tinta era gris y quebrada por la parte de arriba de las letras, y Nieves la reconoció desde el otro lado de la mesa antes de leerla, porque llevaba seis semanas con aquellas dos hojas dentro de la cabeza.

Acta de análisis sensorial 2011/1203. Muestra 41-B, contramuestra.

Entrada: 12 de diciembre de 2011. Procedencia: Cooperativa Olivarera de Valdehelada, S.C.A.

Depósito 7. Sesión: 12 de diciembre de 2011.

Mediana del defecto principal: 0. Mediana del frutado: 3,8, identificado como frutado verde.

Categoría: aceite de oliva virgen extra.

Y abajo a la derecha, en la casilla de firma del catador responsable de la toma de datos, la firma corta y horrible del instituto, con la ese cerrada en un garabato y la línea de debajo yéndose hacia arriba en el extremo.

— Me lo mandaron con una nota — dijo Poyatos—.

Y en la nota ponía que la muchacha había mandado a Jaén una muestra por su cuenta, sin decírselo a nadie, diciendo que el aceite estaba malo.

Y que el laboratorio la había repetido. Y que el aceite estaba perfecto.

Y que la muchacha se había llevado un disgusto muy grande, porque era muy suya y muy cabezota, y que llevaba desde entonces diciendo que se iba.

Se puso la gorra y cogió las llaves de la mesa.

— Aquí pone que aquel aceite estaba perfecto, señora Sabariego. Y lo firma usted.