Muestra 41 Moho-humedad-tierra
55%

Moho-humedad-tierra

———

Este era distinto de todos los anteriores y le llegó por debajo en vez de por arriba, y era el sótano de una casa cerrada.

Bodega de pueblo. Champiñón crudo. Tierra mojada de un tiesto que se ha regado de más y lleva tres días sin sol.

Cartón húmedo, y por debajo del cartón húmedo, muy al fondo, algo dulzón que no tenía nombre en el manual y que la lengua recogía después de tragar y que se quedaba.

Nieves trazó su raya, sorbió, metió aire, y no había nada por el lado bueno. Ni hoja, ni hierba, ni tomatera, ni manzana, ni amargo, ni picante. Frutado cero por sexta vez en seis semanas.

Los ocho terminaron a las nueve menos diez y los ocho habían escrito lo mismo, y la mediana de las ocho rayas cayó exactamente donde llevaba cayendo desde el dos de diciembre.

Acta de análisis sensorial 2026/0211. Muestra 119. Entrada: 14 de enero de 2026. Procedencia: Cooperativa Olivarera de Valdehelada, S.C.A. Panel de ocho catadores. Mediana del defecto principal: 3,5, identificado como moho-humedad-tierra. Mediana del frutado: 0. Categoría: aceite de oliva lampante.

———

A las once bajó al archivo, se sentó en la mesa de formica y sacó las seis copias del bolso, y las puso en fila encima del tablero por orden de entrada, de izquierda a derecha, con dos dedos de separación, que era exactamente lo que llevaba seis semanas sin permitirse hacer.

Después cogió un folio, lo puso debajo de la fila y escribió una columna.

63, atrojado. 71, atrojado y aceituna helada. 88, metálico. 104, esparto. 119, moho-humedad-tierra.

Y al lado de cada una, en la segunda columna, empezó a escribir lo que decía, y esto era lo que en veinte años y cuatro meses de profesión no había hecho nunca, porque a un catador se le paga por describir un olor y no por interpretarlo, y porque la línea que separa las dos cosas es la línea entera del oficio y ella la había defendido en dos auditorías y en una comisión.

Al lado de la 63 escribió: la 41. Al lado de la 71, la helada del 12 y el 13 de diciembre de 2011. Al lado de la 88, una máquina. Al lado de la 104, los capachos del almacén viejo, y lo escribió con la mano firme y sin pararse a pensarlo, porque llevaba seis semanas pensándolo.

Y llegó a la quinta, y puso la punta del bolígrafo en el papel, y ahí se quedó.

Porque las cinco anteriores eran fechas y eran cosas, y esta no.

Una aceituna huele a tierra cuando ha estado en la tierra.

Un aceite huele a bodega cerrada cuando ha estado en un sitio cerrado con la humedad quieta y sin aire, meses, años, y el aire de aquel sitio se le ha metido dentro y ya no se le va, porque un aceite es una esponja y coge todo lo que tiene alrededor y no devuelve nada.

Nieves tenía delante, en una mesa de formica de un archivo, cinco frascos de aceite fabricados a mano por alguien que se había tomado la molestia de congelar aceituna en un arcón para reproducirle a ella la helada negra de 2011. Cinco frases. Y la quinta decía dónde.

Y lo que había debajo de todo aquello, y que era la razón por la que llevaba doce segundos con la punta del bolígrafo apoyada en un folio sin escribir, no era una idea complicada.

Quien mandaba los frascos sabía que ella los iba a catar.

Sabía que la remesa de Valdehelada entraba los jueves, que la sala 2 la llevaba Nieves Sabariego desde 2016 y que aquellos ocho catadores no podían hablar entre sí hasta que hubieran escrito lo suyo, y sabía, por lo tanto, que un atrojado de 3,5 salido del pueblo iba a terminar delante de la única persona de aquella provincia que llevaba catorce años con ese olor puesto encima.

Había elegido el idioma sabiendo quién lo leía.

Y llevaba seis semanas escribiendo despacio, una frase cada doce días, con la paciencia de quien tiene toda la campaña por delante y ni un minuto más.

El bolígrafo estuvo en el papel doce o quince segundos y no escribió nada. Nieves lo tapó, lo dejó en la mesa, recogió las seis copias, las metió en el bolso, subió los veintidós peldaños y fue a por el chaquetón, que llevaba dos semanas colgado en el respaldo de su silla.

———

La calle Real de Valdehelada a las siete y media de la tarde de un catorce de enero era doscientos metros de fachadas encaladas, tres farolas, un gato y un calabobos que no era lluvia y no era niebla y que en dos minutos te dejaba el abrigo mojado por dentro.

La casa de los Zafra era la penúltima, con la puerta de la calle abierta y la cancela de hierro cerrada, y a través de la cancela se veía el pasillo y al fondo la cocina encendida y se oía la tele, y Loli Berlanga salió a abrir secándose las manos y no preguntó quién era: preguntó si había cenado.

— Anda, pasa, mujer, que te vas a quedar helada ahí fuera. ¿Tú eres la de Nati? Anda que no te pareces a tu madre. Pasa, pasa, que Aurelio está al llegar, que hoy paran a las ocho.

El pasillo tenía un mueble largo con un tapete y encima del tapete, en marcos, la vida entera de aquella familia.

La cocina estaba a veintitrés grados y olía a un guiso de carne con laurel y a lejía del suelo, y en la mesa había un cuaderno de cuadros abierto y una mochila del instituto, y en el sofá del salón de al lado había un chico de dieciséis años con los cascos puestos que levantó la mano sin mirar.

Loli Berlanga tenía cincuenta años y hablaba a la velocidad a la que su madre debía de hablar, y en cuatro minutos Nieves tenía delante un café con leche que no quería y no había conseguido devolver el chaquetón.

— Que se lo llevó al patio y allí se lo dejó, y luego dice que no encuentra las cosas. — Loli lo cogió, lo miró por dentro y lo dejó doblado en una silla—. Muchas gracias, hija. Este hombre le da un chaquetón a cualquiera y luego se pone el mío.

En el mueble del pasillo, cuando salieron, Loli fue diciendo la vida entera sin que Nieves preguntara nada, porque la gente de aquel pueblo hacía eso y era la manera que tenían de que no hubiera nada raro entre dos personas de pie en un pasillo.

El niño en la comunión. El niño en la feria de Huelma.

Los dos en la playa. La boda, en el noventa y siete, con Aurelio de traje y con veinticuatro años y una cara de susto que daba risa.

Y la niña, en la única foto en la que estaba con una bata de hospital: un bulto de manta con una cara pequeña y arrugada dentro y Loli con veinte años menos y el pelo pegado a la frente.

— Julia — dijo Loli—. Nueve de noviembre.

Nueve de noviembre del once, o sea que en noviembre hizo los catorce y todavía me está diciendo que le debo una fiesta, y yo le digo que la fiesta se la hago cuando apruebe las matemáticas.

— Se rió y le dio con el dorso de la mano en el brazo, que era como se puntuaban las frases en aquella casa—.

Mira, esa foto la hizo su padre. Y no estuvo, ¿eh?

En el parto no estuvo. Nueve de noviembre, con la campaña empezada.

Yo con los dolores en el hospital de Jaén y este en el patio, con los remolques.

Vino a las once de la noche y con las botas puestas.

Y yo se lo he sacado catorce años y se lo pienso sacar catorce más.

Y detrás de la puerta, en aquel momento, sonó la cancela.

———

Yeyo entró por el pasillo con la ropa de trabajo y el pelo aplastado del gorro, dijo el nombre de Nieves sin ninguna sorpresa, y antes de decir nada más, antes de quitarse el chaquetón, antes de sentarse, antes de tocar a su mujer o al chico del sofá o el cuaderno de cuadros de la mesa, fue derecho al fregadero de la cocina y abrió el grifo del agua caliente.

Se lavó las manos.

Con jabón de lavavajillas, que era lo que había, y una uña de las negras se le había puesto peor desde el treinta de diciembre, y estuvo el dorso, la palma, los nudillos, entre los dedos y las muñecas, con la cabeza un poco baja y los hombros quietos y el agua saliendo humeante en aquella cocina a veintitrés grados.

Cuarenta segundos.

— Míralo — dijo Loli, desde el pasillo, sin darle la más mínima importancia, señalándolo con la barbilla y hablando en el tono con el que se habla de un marido delante de una visita—.

Como un cirujano. Toda la vida igual. Yo le digo, Aurelio, que eres maestro de almazara, que no vas a operar a nadie. Y nada.

Yeyo cerró el grifo, cogió el trapo del asa del horno y se secó despacio, dedo por dedo, y las manos le quedaron rojas del agua caliente y absolutamente limpias.

— Nieves — dijo—. ¿Todo bien?

— Venía a devolverte el chaquetón.

— Ah.

Y no dijo más. Se sentó en la silla de la cocina, se quitó las botas, le preguntó al chico del sofá una cosa del instituto que el chico contestó con un gruñido, le dijo a su mujer que a las nueve tenía que volver un momento a cerrar, y en ningún instante de aquellos cuatro minutos hubo una sola cosa en aquella casa que un funcionario, un notario o un juez pudieran haber apuntado en ningún sitio.

———

La acompañó a la puerta, que en Valdehelada se hace siempre, y salieron los dos a la calle Real, y el calabobos seguía y las tres farolas tenían cada una su cono de bichos de agua dando vueltas, y en el escalón de la puerta, con la mano todavía en la cancela abierta, Yeyo se paró.

— Nieves, no vengas más al patio.

Lo dijo sin subir la voz, y no la subió porque aquel hombre no la subía nunca, y lo dijo mirándola de frente, con las manos colgando a los lados y los hombros caídos, y en la frase no había ni un adjetivo, ni un por qué, ni un si no, ni una sola palabra de más.

Lo dijo del mismo modo exacto en que le había dicho a Nieves «ponte a mi derecha» encima de ochenta y cuatro decibelios. Era una información.

— Aurelio.

— Es lo que hay.

Nieves lo miró tres segundos. Un metro ochenta y seis, en zapatillas de casa, en el escalón de su puerta, con la tele de su casa sonando detrás y su mujer fregando y su hijo en el sofá y su hija de catorce años en algún cuarto de arriba, en la calle Real de un pueblo de setecientas ochenta personas, bajo un calabobos de enero.

Después Yeyo se dio la vuelta, entró en el pasillo, y volvió a los cuatro segundos con un paraguas negro de los grandes, de los de golf, con dos varillas dobladas.

— Toma — dijo—. Que el coche lo tienes en la plaza y te vas a poner perdida.

Y se lo abrió él.