Muestra 41 Alperujo
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Alperujo

Y en la última columna no escribió nada, y cerró el cuaderno, y se fue a trabajar.

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La muestra de control interno de Bética era un aceite de referencia que se guardaba en la nevera en frascos de veinte mililitros, cerrado bajo nitrógeno, con un defecto de avinado conocido y certificado, y se metía en las sesiones de vez en cuando sin avisar, entre las muestras de cliente, para ver si el panel seguía siendo el panel.

Nieves lo hacía cuatro o cinco veces por campaña y era la única persona de aquella casa que sabía qué día tocaba, porque si lo hubiera sabido alguien más habría dejado de servir para nada.

Aquel lunes lo metió en la posición tres de la sesión de las nueve y veinte. Y luego, a las once y cinco, con la sala vacía, se sentó ella sola en la cabina uno y lo repitió.

A las nueve y veinte había escrito 2,5.

A las once y cinco escribió 3,4.

Se quedó mirando las dos hojas encima del pupitre, con la regla de diez centímetros al lado, y midió las dos rayas otra vez, y las dos rayas seguían donde estaban.

Novecientas milésimas de diferencia en la misma nariz, con el mismo aceite, con la misma copa, en la misma sala, con una hora y cuarenta y cinco minutos de separación.

Su dispersión histórica en muestras repetidas, que también estaba escrita, en otro cuaderno, era de 0,2, y llevaba veinte años sin pasar de 0,3.

El valor certificado de aquel aceite, el que venía en el papel del proveedor, sellado y con su número de lote, era 2,4: ni el de las nueve y veinte ni el de las once y cinco.

Nieves recogió las dos hojas, las llevó a su mesa, las metió en la carpeta de incidencias del panel, y en la hoja de incidencias escribió con letra clara que la jefa de panel había repetido el control interno con una desviación de 0,9 y que se retiraba de las sesiones hasta nuevo aviso por causa personal, y lo firmó y lo fechó y lo dejó en la bandeja de dirección. Tardó cuatro minutos.

Después bajó al archivo, sacó el cuaderno de hule del bolso, lo abrió por la página del 12 de enero y escribió, en la última columna, la letra que llevaba desde las siete de la mañana esperando.

C.

Y al lado, porque el cuaderno era el único sitio del mundo donde no se podía mentir, escribió también: primera vez en 20 años que la desviación supera 0,5. Causa: sueño y ayuno. No es la nariz.

Se quedó mirando esa última frase un rato largo. Después la tachó con una raya y volvió a escribirla debajo, igual, palabra por palabra, porque era verdad.

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Sole la encontró a la una y veinte en la escalera de incendios, que era donde iba a fumar Fede Anguita y donde no iba nunca nadie más, sentada en el tercer peldaño con el abrigo puesto y el cuaderno cerrado encima de las rodillas, y no dijo nada al principio: subió los tres peldaños, se sentó al lado, apoyó los codos en las piernas y estuvo callada.

Sole Torrecillas tenía treinta y cuatro años y una incapacidad congénita para irse de una habitación cuando algo no le cuadraba, y aquello, técnicamente, no era una habitación.

— Te has quitado del panel — dijo Sole.

— Sí.

— Nieves, llevas desde después de Reyes viniendo con el abrigo puesto todo el día.

Llevas tres semanas comiendo media manzana.

Y hoy has hecho un control interno tú sola con la sala vacía, que eso no lo hace nadie, y luego has bajado con la cara de una persona a la que se le ha muerto alguien. — Se giró un poco—. ¿Qué te pasa?

— Nueve horas en cuatro noches.

— Eso no es lo que te he preguntado.

— Es la única parte que te puedo contestar.

Sole se quedó mirando la pared de enfrente, que era una pared de gotelé pintada de verde institucional con una mancha de humedad en la esquina que tenía forma de nada.

— Vale — dijo—. Pues yo te digo una cosa y ya está. Aquí dentro hay ocho narices y siete son buenas. La tuya es la que dice si las otras siete valen. Y si tú te caes, aquí no hay panel: hay ocho personas oliendo aceite. Eso es lo que hay.

— Ya lo sé.

— Vale.

Sole se levantó, bajó dos peldaños y se paró.

— Y a mí me lo puedes contar — dijo, sin darse la vuelta—. Que llevo cuatro años sentada a tres metros de ti y todavía no me has contado nada de nada, y ya me está bien, porque tú eres así y a mí me la trae al pairo. Pero hoy te lo digo. Se puede.

Y se fue por la puerta de la escalera, y la puerta hizo el ruido metálico que hacía siempre, y Nieves se quedó en el tercer peldaño con el cuaderno de hule encima de las rodillas y no la llamó.

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El piso de la avenida de Andalucía tenía sesenta y cuatro metros cuadrados, tercero, sin ascensor, y no olía a nada.

Eso costaba una vida entera: nada de suavizante, nada de ambientador, nada de flores, nada de fruta en un cuenco, las ventanas abiertas de par en par cuarenta minutos por la mañana y cuarenta por la noche los trescientos sesenta y cinco días del año, y el frigorífico con los tres cajones de arriba vacíos porque un frigorífico lleno es un olor.

Las visitas entraban, miraban alrededor buscando qué era lo raro y no lo encontraban.

Su ex, en su día, lo había dicho de una manera que a Nieves le había parecido injusta durante mucho tiempo y que había dejado de parecérselo, y no se hablaban desde 2021 y no había mucho más que decir de aquello.

Llegó a las ocho y diez. Abrió las ventanas del salón y del dormitorio, se quedó de pie en mitad del salón con el abrigo puesto y las llaves todavía en la mano, y estuvo así hasta las ocho y media.

Fuera, Jaén. La avenida, los coches, un cubo de basura, el aire de enero bajando de la sierra a cuatro grados y limpio como un cuchillo.

Ni rastro del olor de la vega. En la capital, en el centro, no llegaba: la inversión lo pegaba al suelo de la campiña y lo repartía por la carretera hasta el polígono, y allí se paraba, y en un tercero de la avenida de Andalucía se podía vivir tres meses de campaña sin saber que a treinta kilómetros había cuatrocientas almazaras trabajando de noche.

De un decánter salen tres cosas. Sale el aceite, que es el dos por ciento de lo que ha entrado por la puerta y es lo único de todo aquello que tiene nombre y precio.

Sale el orujillo, que se seca y se quema.

Y sale el alperujo, que es la pasta parda que queda cuando le has quitado a la aceituna lo que valía: agua, hueso molido, piel, pulpa reventada y un cinco por ciento de aceite que no ha habido manera de sacar.

En Valdehelada se apilaba detrás de la nave hasta que venía el camión de la orujera, y era lo que se estaba oliendo la comarca entera desde noviembre, y era lo que no notaba nadie.

Nieves se sentó en el suelo del salón, con la espalda contra el sofá y las ventanas abiertas y menos algo entrando por ellas, y sacó el móvil y contó los días con el calendario abierto.

Del 12 de enero al 28 de febrero: cuarenta y siete.

Cuarenta y siete días de campaña. Después la molienda para, la almazara se limpia, la gente se va, y el sábado 28 de febrero, aprobado en asamblea por cuatrocientos doce socios y presupuestado y aplaudido, se echa el hormigón del patio nuevo.

Y después ya no hay aceite. Y después no hay nada que catar.

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La llamó a las nueve y cuarto, que era una hora decente en un pueblo de setecientas ochenta personas y un poco tarde para una mujer de setenta y ocho años, y el teléfono dio siete tonos.

— ¿Sí?

— Sagrario. Soy Nieves Sabariego. La hija de Mateo, la del laboratorio de Jaén, la que subió el diecinueve.

— Sé quién es usted.

Y luego nada. Sagrario Zafra Millán tenía una manera de callarse por teléfono que no era un silencio incómodo ni una pausa: era una mujer esperando, con la mano en el auricular, y llevaba catorce años haciéndolo.

— Sagrario, quiero pedirle una cosa y quiero que sepa antes que no le puedo prometer nada, y que a lo mejor no sale de esto absolutamente nada, y que si le digo otra cosa le estoy mintiendo.

— Nieves tenía el cuaderno de hule en la mano izquierda y se estaba clavando la esquina en la palma—.

Su hija lo apuntaba todo. Llevaba una libreta.

Yo necesito ver los papeles de Trini. Las libretas, los cuadernos, lo que hubiera escrito de la almazara. Lo que sea que se quedara en su casa.

Al otro lado se oyó un televisor de fondo y luego se oyó cómo lo apagaban.

— Aquí no se ha tocado nada — dijo Sagrario—. Su cuarto está como está. Y la cerradura es la misma, que no la he cambiado, y no la voy a cambiar, y ya sé lo que dice la gente.

— No he llamado por eso.

— Ya. — Otro silencio, más corto—. Los cuadernos están. Están en un cajón.

— ¿Puedo subir a verlos?

Y entonces Sagrario Zafra, que llevaba catorce años contestando a preguntas que no le había hecho nadie, tardó cuatro segundos en decir una cosa que Nieves no había preguntado, y la dijo despacio, y la dijo entera, y no la dijo como quien confiesa: la dijo como quien repite.

— El abrigo lo tengo yo.