Noventa y seis mil
Encima de la mesa de la caseta, apartando el teclado a un lado, había una caja de cartón de las de folios con la tapa puesta y un rollo de papel de la impresora vieja encima, y al lado, cerrada con una goma elástica de las de los espárragos, una carpeta de anillas verde.
Y debajo de la carpeta, con las tapas de tela negra y las esquinas de piel gastadas hasta el cartón, un libro grande.
Fali no dijo buenos días. Estaba de pie, con el chaquetón puesto y las llaves en la mano, y en el ventanal no había nadie porque eran las siete menos cuarto de la mañana y la cola no se formaba hasta las ocho, y la niebla de fuera estaba tan pegada al cristal que la caseta parecía flotar en un vaso de leche.
— Tienes hasta las ocho menos diez — dijo Fali—. Y yo no te he dado nada, y esto no ha pasado, y como me lo eches encima algún día yo lo niego, y lo niego mirándote a la cara, que nos conocemos desde el colegio.
— Fali.
— Y no me des las gracias, que me pones mala. — Dejó las llaves encima de la torre del ordenador y se apartó hacia el ventanal, de espaldas, y se quedó allí, mirando la niebla, con las manos en los bolsillos—. Y date prisa.
———
Nieves puso el móvil en la mesa, encendió la linterna del techo porque el fluorescente tardaba, y empezó por los tickets, que era por donde había que empezar porque el ticket es lo único de todo aquello que tiene detrás a un hombre que cobra.
Diciembre de 2011, día 14. Veintiocho tickets, correlativos, del 1.
412 al 1.439, sin un solo hueco de numeración.
Veintiocho, y ninguno grande, porque en Sierra Mágina la tierra está partida en pañuelos y un socio de Valdehelada baja lo que le cabe en un remolque de dos ejes y vuelve al día siguiente: 08:12, cuatrocientos veinte.
08:26, seiscientos ochenta. 09:03, trescientos noventa.
Y así toda la mañana, con el goteo parándose a las dos y volviendo a las tres y media, y con dos o tres nombres repitiendo por la tarde.
El último, el número 1.439, a las 19:10: trescientos diez kilos.
Al pie del rollo, impreso por la propia máquina antes del corte, el resumen del día: veintiocho pesadas, once mil cuatrocientos kilos.
Y el siguiente ticket, el 1.440, era ya del 15 de diciembre de 2011, de las 07:40, y traía dos mil cuatrocientos kilos, de manera que entre las siete y diez de la tarde del catorce y las siete y cuarenta de la mañana del quince no entró por aquella valla ni un solo kilo de aceituna, y eso no era una interpretación de Nieves ni una teoría: era una máquina que imprime papeles numerados y que llevaba desde 1992 sin equivocarse.
Abrió la carpeta verde. Los partes de molturación de aquel diciembre eran hojas apaisadas con casillas, rellenas a bolígrafo con una letra grande y clara, una por turno, dos por día.
Los fue pasando desde el uno. Turno de día, turno de noche, turno de día, turno de noche, con sus kilos, sus rendimientos y su destino.
Fotografió los treinta y uno. Y luego volvió al catorce.
Parte de molturación. Cooperativa Olivarera de Valdehelada, S.C.A.
Turno de noche. Fecha: 14 de diciembre de 2011.
Entrada de turno: 19:00. Salida de turno: 15 de diciembre de 2011, 07:00.
Líneas 1 y 2. Aceituna molturada: 96.000 kg.
Rendimiento graso: 19,4 %. Aceite obtenido: 18.
624 kg. Destino: depósito 7. Maestro de almazara: B. Herrador. Jefe de patio: A. Zafra.
Nieves leyó los kilos. Leyó el rendimiento.
Leyó el destino. La mitad de abajo de aquella hoja, las dos líneas de las casillas de responsable, las pasó con los ojos igual que se pasa el pie de una factura, y siguió, porque lo que había subido a buscar a las siete menos cuarto de la mañana del nueve de enero eran kilos, y los kilos estaban arriba.
———
— Fali.
— Las ocho menos veinte.
— Fali, ven un momento.
Rafaela Rodenas se despegó del ventanal y se puso a su lado, y Nieves le puso el dedo encima de la casilla.
— Noventa y seis mil kilos — dijo Fali—. Sí. Un turno bueno.
— ¿Esta nave, en el once, cuántos kilos hacía a la hora?
Fali contestó sin pensarlo, porque llevaba treinta años contestando esa pregunta a los peritos del seguro, a los de la maquinaria y a su tío.
— Cuatro mil. Con las dos líneas a tope, sin atascos, sin parar a limpiar y con el decánter comportándose. Cuatro mil kilos a la hora, y eso los días buenos. Hasta el catorce, que se cambió la línea 2 y se puso en cinco mil y pico.
— ¿El catorce del año catorce?
— El año catorce, sí. Dos mil catorce. Cuando entró Yeyo de maestro.
Nieves cogió el bolígrafo de la mesa y escribió los números en el reverso de un ticket en blanco, y los escribió despacio, con la letra pequeña y seca, porque una cuenta que se hace de cabeza es una cuenta que se puede querer.
Cuatro mil kilos a la hora. Doce horas de turno, de las siete de la tarde a las siete de la mañana, sin comer, sin parar, sin un atasco, sin un cambio de partida, con las dos líneas a tope y el mundo perfecto. Cuarenta y ocho mil kilos.
El parte declaraba noventa y seis mil.
El doble. Exactamente el doble de lo que aquella nave podía moler en toda una noche aunque la hubieran empujado los ángeles.
— Y aquí no hay fruta — dijo Nieves.
— ¿Cómo que no hay fruta?
— Ese día entraron once mil cuatrocientos kilos en veintiocho pesadas. El último remolque a las siete y diez de la tarde. Y hasta las ocho menos veinte de la mañana siguiente, nada. Fali, ¿el catorce por la tarde qué había en los trojes?
Fali se quedó mirando la pantalla apagada del ordenador.
— Nada — dijo—. El catorce por la tarde no había nada.
Veníamos del lunes y del martes, que fue la helada negra, que se heló todo y bajó la comarca entera de golpe a descargar porque la aceituna helada o la mueles o la tiras.
Aquellos dos días metimos aquí más kilos que en un mes.
Y estuvimos moliendo a dos líneas, día y noche, sin parar, desde el lunes, para sacarlo.
— Se pasó la mano por la boca—. El miércoles a media tarde los trojes estaban barridos.
Barridos, Nieves. Yo me acuerdo de eso porque fue el único día de aquella campaña que cerré la báscula a mi hora y me fui a mi casa a cenar.
Once mil cuatrocientos kilos de aceituna. Un máximo físico de cuarenta y ocho mil. Un parte firmado que decía noventa y seis mil y dieciocho mil seiscientos veinticuatro kilos de aceite bajando por la tubería al depósito 7.
Nieves puso las dos hojas juntas, el ticket 1.439 de las 19:10 y el parte del turno de noche, y las fotografió las dos en el mismo encuadre, y el flash rebotó en la ventana y le devolvió durante un cuarto de segundo la caseta entera reflejada en el cristal con la niebla detrás.
Aquella noche, en aquella almazara, no se molió nada.
Aquella noche, entre las siete y las siete, la nave de Valdehelada estuvo apagada, o casi, y alguien se sentó en la oficina con un bolígrafo y una hoja de casillas y escribió un número que no existía y lo firmó, y luego lo archivó en una carpeta de anillas verde, y la carpeta estuvo catorce años en una estantería a doce metros de una báscula que llevaba desde 1992 imprimiendo la verdad en papel continuo, y nadie, nunca, puso las dos cosas encima de la misma mesa.
Fali se apartó, se sentó en su silla y encendió la torre, y el ordenador empezó a hacer el ruido que hacía todas las mañanas, y por el ventanal se vieron los primeros faros entrando por la valla.
— Las ocho menos diez — dijo Fali.
———
Nieves recogió. Metió las fotos en una carpeta del móvil, devolvió los tickets al rollo, cerró la carpeta verde con la goma de los espárragos y puso el libro de bodega encima, y ya lo tenía en la mano para dejarlo en la caja cuando se paró.
Un aceite no se mueve solo. Aquella noche no se molió y sin embargo el parte mandaba dieciocho mil kilos de aceite al depósito 7, y el 12 de diciembre, tres días antes, ocho catadores de Bética habían metido la nariz en el aceite del depósito 7 y habían escrito virgen extra.
Se sentó otra vez, con el libro todavía en las manos y sin abrirlo, porque lo que le acababa de pasar por la cabeza no estaba en aquel libro ni iba a estar en ninguno.
El 5 de diciembre de 2011, un lunes, alguien había sacado un frasco de aceite del grifo del depósito 7, le había pegado una etiqueta blanca y la había rellenado a bolígrafo con una letra pequeña, vertical, apretada, de las que hacen las personas que escriben mucho y deprisa y que aun así no se saltan un solo palo de una sola letra.
T. Extremera. Y lo había metido en una caja de plástico gris que salía los jueves para Jaén.
El 9 de diciembre, un viernes, Nieves Sabariego, veintinueve años, cuatro meses de hipoteca pagados de trescientos ochenta y cuatro, había metido la nariz en aquel frasco y había escrito una raya en el 3,5 y había dicho atrojado.
Y Higinio Cabrera, que se sabía el nombre de los hijos de todo el mundo y que se murió podando, le había dicho cuatro palabras, y las había dicho sin una gota de mala intención, y el 12 de diciembre habían catado una contramuestra que era otro aceite, y el 12 de diciembre Nieves había firmado, y el acta 2011/1203 había salido de aquel edificio con su nombre debajo, y había llegado a Valdehelada, y en Valdehelada la había visto la persona que había cogido el frasco.
Una mujer de veintiséis años con una libreta que no se le caía de la mano, que le hacía cuadrar a Fali los kilos hasta encontrar trescientos, que tenía una plaza para septiembre en Granada, que era exacta y era terca, y que un lunes de diciembre había hecho la única cosa valiente que se puede hacer en una almazara, que es coger tú misma la muestra y colarla en el envío sin pasar por gerencia.
Y tres días después le había llegado, en papel, con el membrete de un laboratorio acreditado y con una firma abajo a la derecha, la respuesta.
Que se había equivocado.
Y Trini Extremera no se equivocaba. Trini Extremera se pasaba media hora en una caseta buscando trescientos kilos. Trini Extremera, con un papel en la mano que decía que su nariz o su mano o su cabeza habían fallado, no se fue a su casa a llorar ni se fue al bar a quejarse ni escribió a nadie.
Volvió a por otra muestra.
El miércoles 14 de diciembre de 2011, a las nueve menos veinte de la noche, con menos dos grados, en una almazara que según sus propios papeles estaba moliendo noventa y seis mil kilos y que en realidad no estaba moliendo nada.
Nieves se levantó de la silla de Fali con el libro de bodega todavía en las manos.
Catorce años. Catorce años de mediana, de acta, de regla de diez centímetros, de firma corta y horrible del instituto.
Cuatro mil doscientas actas. Y una de ellas, la 2011/1203, era una hoja de papel que había cogido a una mujer de veintiséis años y la había llevado en volandas hasta un patio de hormigón, de noche, en diciembre, sola.
— Nieves — dijo Fali—. Que son las ocho menos cinco, hija, que están entrando.
———
Salió de la cooperativa a las ocho y tres minutos y cogió la carretera de Huelma hacia abajo, y en el kilómetro 2 había un remolque parado en el arcén con las luces de emergencia y tuvo que salir a la contraria, y en el kilómetro 4 y medio, en la recta que hay antes de la curva del transformador, puso el intermitente, se metió en el arcén, tiró del freno de mano y salió del coche sin cerrar la puerta.
Vomitó en la cuneta, agarrada al poste de una señal de curva peligrosa, con la mano izquierda apoyada en el metal helado y la frente casi tocándolo, y vomitó tres veces, y a la tercera ya no salía nada.
Se quedó allí agachada un rato. Menos tres. La escarcha en la hierba de la cuneta estaba entera y tenía cristales de dos milímetros, y desde aquella altura se veían uno por uno, y Nieves los estuvo mirando con las dos manos en las rodillas.
Debajo de la niebla, a doscientos metros, la almazara zumbaba. Un moscardón dentro de un vaso.
Se levantó, volvió al coche, se sentó al volante y cerró la puerta. Menos tres en el salpicadero. Se puso la mano en el cuello, en la carótida, y contó quince segundos con el reloj del cuadro y multiplicó por cuatro.
Ciento cuatro.
Apagó el motor y estuvo veintidós minutos sentada en el arcén de la carretera de Huelma, con las manos a las diez y diez encima del volante de un coche parado, mirando por el parabrisas una niebla que no dejaba ver nada a más de cuarenta metros, mientras pasaban los tractores.