La cuadrilla
— Ocho mil cuatrocientos veinte — dijo Fali sin levantar la vista, y golpeó dos teclas, y la impresora de agujas escupió el ticket con ese ruido de cremallera que llevaba sonando en aquella caseta desde antes de que existiera el euro—.
¡Antonio! ¡Que te lleves el papel, hombre, que luego venís en marzo diciendo que no os he pesado!
Rafaela Rodenas pesaba, tecleaba, imprimía, gritaba un nombre por el ventanal y volvía a empezar, y entre remolque y remolque tenía cuatro minutos, y en esos cuatro minutos, desde hacía tres semanas, tenía a Nieves Sabariego sentada en un taburete detrás de ella, con la espalda contra la pared y las manos en los bolsillos.
— Que no te vas a ir — dijo Fali.
— Todavía no.
— Ya.
Pitido. Otro tractor. Seis mil ciento ochenta.
———
Lo que Nieves había subido a explicarle aquella mañana lo llevaba escrito en un papel y lo dijo entero de una vez, sin adornos, aprovechando un hueco de la cola, porque a Rafaela Rodenas Latorre no se le podía dar un rodeo: era una mujer de cuarenta y cinco años que llevaba media vida convirtiendo camiones en cifras y que despachaba cualquier conversación de más de dos frases con un «ve al grano, bonita» que había hecho famoso en toda la comarca.
Un depósito no se equivoca. El 9 de diciembre de 2011, el aceite del depósito 7 tenía atrojado de mediana 3,5.
El 12 de diciembre de 2011, el aceite del depósito 7 era virgen extra con frutado 3,8.
Nieves había estado catorce años dando por hecho que la equivocada era ella, que es lo que le habían dicho y lo que había firmado, y desde el dos de diciembre tenía encima de la mesa una razón técnica para dejar de darlo por hecho.
Y si la equivocada no era ella, entonces entre el 9 y el 12 de diciembre de 2011 alguien cambió lo que había dentro de aquel depósito.
Y eso, en una almazara, no se hace con un truco de magia: se hace con aceituna, con horas de línea, con kilos y con bombas, y todo eso se apunta.
Se apunta en el ticket de báscula del socio, que es lo que cobra.
Se apunta en el parte de molturación del turno, que es lo que ha hecho la nave.
Se apunta en el libro de bodega, que es lo que hay en cada depósito y de dónde ha salido.
Tres papeles de un mes de hace catorce años, y ninguno de los tres era secreto, y ninguno de los tres estaba guardado bajo llave, y los tres estaban a menos de doce metros de donde las dos estaban sentadas.
Fali la escuchó entera sin dejar de mirar el ventanal, y cuando terminó estuvo un rato dándole vueltas a un bolígrafo entre los dedos.
— Los tickets están — dijo—. Los tickets están todos, desde el noventa y dos, aquí, en esa torre.
Y encima en papel, en las cajas de arriba, porque a mi tío, que llevaba esto antes que yo, le daba una desconfianza el ordenador que no veas y lo sacaba todo por la impresora.
Los partes de molturación están en la oficina, en las carpetas de anillas, las verdes.
Y el libro de bodega también está, que ese es un libro de verdad, de los de tapa dura, y sigue escrito a mano porque el maestro lo escribe a mano y punto, y llevamos así desde el cincuenta y siete.
— Entonces está todo.
— Está todo. — Fali dejó el bolígrafo—. Lo que pasa es que nadie ha pedido nada de eso en veinte años, Nieves.
Ni Hacienda. Ni el de la fusión, que ese lo que quiere son los balances.
Ni tú, hasta hace tres semanas. Está todo y no lo mira ni Dios, y eso hace que sea muy fácil sacarlo y muy difícil sacarlo sin que se entere el pueblo entero.
Pitido. Nueve mil setecientos. Fali gritó un apellido por el ventanal, imprimió, y el hombre del tractor levantó la mano desde la cabina y ella le devolvió el saludo sin mirarlo.
———
A las diez y media la niebla seguía igual y la cola se había reducido a cuatro.
Fali puso una cafetera italiana encima de la estufa de cuarzo, que era lo único para lo que servía aquella estufa, y sacó dos vasos de plástico de un cajón lleno de vasos de plástico, y por primera vez en tres semanas se sentó.
— ¿Tú qué quieres saber del once? — dijo—. Del once te lo cuento yo ahora mismo y te ahorro las cajas.
Y se lo contó, y lo contó como se cuentan las cosas del pueblo, es decir, empezando por el final y saltando cuatro veces, y Nieves no la interrumpió ni una sola vez, porque llevaba dos meses aprendiendo que a la gente de Valdehelada se la escucha entera o no se la escucha.
En el once mandaba Chano, que llevaba tres años de presidente y que ya entonces se pasaba la vida en Jaén y en Córdoba y en cenas, con el todoterreno blanco, y que por el patio aparecía a las once de la mañana con las gafas de sol puestas en enero.
El maestro de almazara era Tolo, que llevaba en aquella nave desde el setenta y nueve y que entonces todavía tenía pulmones y subía la escalera de dos en dos.
En el patio mandaba Yeyo, que tenía treinta y ocho años y era el jefe de patio, y jefe de patio quiere decir que era suyo todo lo que había desde la valla hasta la boca del molino: los trojes, las tolvas, las cintas, la báscula y la gente.
En la báscula estaba Fali, que entonces llevaba nueve años. Y en el laboratorio estaba Trini.
— Trini llevaba el laboratorio ella sola — dijo Fali—.
Acidez, humedad, rendimientos y las muestras vuestras.
Tenía veintiséis años y una libreta que no se le caía de la mano.
A mí me sacaba de quicio, te lo digo de verdad, porque bajaba aquí a las siete y media y me hacía cuadrar los kilos de la entrada con los kilos que le salían a ella de la línea, y yo le decía, criatura, que eso no cuadra nunca, que se pierde por todos lados, que se queda fruta en la cinta, que hay hoja, que hay tierra.
Y ella nada. Ella con la libreta. Ella me tenía aquí media hora buscando trescientos kilos.
Fali se rió sola un segundo y luego se le acabó la risa a mitad y le dio un sorbo al café.
— Y luego el personal. En el once éramos ocho fijos y en campaña te ponías en veinte, veintidós. Los de dentro, los de la nave, esos son de aquí de toda la vida, los mismos que ahora pero con menos tripa. Y luego la cuadrilla.
Nieves la dejó hablar y fue apuntando de cabeza, porque sacar una libreta en aquella caseta habría sido lo mismo que sacar una cámara.
Una almazara de pueblo en campaña es una cosa muy rara vista desde fuera y muy sencilla vista desde dentro: hay cuatro personas que mandan en algo y sesenta que pasan por allí, y las cuatro que mandan en algo llevan mandando en ello veinte o treinta años, y no hay organigrama, ni hay actas, ni hay nadie a quien preguntarle por escrito quién estaba dónde un miércoles de diciembre de hace catorce años.
Lo que hay es la memoria de una mujer de cuarenta y cinco años que pesaba remolques entonces y pesa remolques ahora, sentada en seis metros cuadrados con una estufa fundida, comiéndose una galleta.
— ¿La cuadrilla?
— La del campo. Los del vareo. Esos venían con el capataz de una finca o de otra y descargaban aquí, y echaban una mano dentro cuando había atasco, que había atasco todos los días.
— Fali hizo un gesto con la mano, hacia fuera, hacia la niebla, hacia el olivar que había detrás de la niebla—.
Nieves, de aquellos no sabíamos ni el nombre.
Yo te lo digo como es. Venían en noviembre, se iban en febrero y al año siguiente eran otros.
Yo apuntaba la matrícula del remolque y el nombre de la finca.
Del que se bajaba a echar la aceituna, ni el nombre.
— ¿Ninguno?
— Alguno se quedó. — Se estiró para alcanzar el paquete de galletas de encima de la torre del ordenador y siguió hablando de espaldas, con medio cuerpo torcido—.
Brahim, por ejemplo. Ese ya estaba entonces, que llevaba dos o tres campañas viniendo.
Y ese sigue por aquí, ¿eh? Ese está en Torredonjimeno, a veinticinco kilómetros, con cuadrilla propia, de encargado, con su furgoneta y sus papeles y todo.
Te lo digo porque el otro día vino a por unas mallas y estuvimos aquí de charla media hora, y qué cosa más rara, ¿no?
, veinticinco kilómetros toda la vida y hace catorce años estaba ahí, en ese patio, con veintitantos años y sin un duro. Anda, coge una galleta.
Nieves cogió una galleta, y mientras se la estaba comiendo un tractor entró en el puente de la báscula y las agujas del display saltaron de golpe hasta los once mil, y Fali se levantó y volvió al ventanal y gritó un nombre, y el ticket salió con su ruido de cremallera, y el asunto de la cuadrilla se acabó allí y no volvió a nombrarse.
———
A las doce menos cuarto la niebla empezó a deshacerse por arriba y se vio, por primera vez en toda la mañana, la ladera de enfrente: el olivar plateado hasta la cuerda del cerro, las mallas verdes extendidas debajo de los árboles, y arriba, en la línea, tres o cuatro figuras y el ruido de un vibrador, que a esa distancia se oye como un moscardón dentro de un vaso.
Nieves lo estuvo mirando por el ventanal el tiempo que tardó Fali en pesar dos remolques, y cuando habló no se dio la vuelta.
— Fali. Necesito los tickets del 14 de diciembre de 2011. Los partes de molturación de ese mes. Y el libro de bodega.
Fali no dijo nada.
— No me hace falta que me los des a mí — siguió Nieves—. Me hace falta verlos y fotografiarlos. Una tarde. Aquí mismo, si quieres, y sin que salga nada de esta caseta.
Fali se quedó de espaldas, con las dos manos apoyadas en el borde de la mesa y la cabeza baja, mirando el ticket que acababa de salir sin leerlo, y estuvo así siete segundos, que Nieves contó con el reloj de la pared porque el reloj de la pared de aquella caseta hacía un clic seco en cada minuto y era imposible no contar.
Cuando se dio la vuelta lo hizo despacio, y no estaba enfadada, y no estaba asustada, y lo que hizo fue bajar la voz, y aquello fue lo peor de todo, porque en tres semanas Rafaela Rodenas no había bajado la voz ni una sola vez, ni siquiera para hablar del cáncer de la del estanco.
— Nieves. — Se apoyó en la mesa y se cruzó de brazos—. ¿Tú sabes lo que me estás pidiendo?
— Te estoy pidiendo tres papeles.
— Me estás pidiendo tres papeles del catorce de diciembre.
— Fali levantó una mano y la dejó a medias, y volvió a bajarla—.
Llevas tres semanas subiendo aquí. Preguntas por el once.
Preguntas por el depósito 7. Preguntas por Trini.
Y ahora me pides los partes del turno de noche.
Yo seré la de la báscula, pero de tonta no tengo un pelo, hija.
El reloj hizo clic. Fuera, el tractor de los once mil arrancó y salió del puente.
— Yeyo es primo mío — dijo Fali.