Muestra 41 Esparto
42%

Esparto

Escribió su raya. Sorbió. Nada de frutado, nada de amargo, nada de picante. Un aceite mudo otra vez.

Puri Molinillo, de pie en la sala de al lado con el café, dijo que aquello era imposible y lo dijo con la naturalidad de quien comenta el tiempo.

Nieves firmó el acta a las once y veinte y a las doce y cuarto ya estaba en la carretera de Huelma.

———

Su madre le abrió la puerta con el mandil puesto y la sartén encendida al fondo, porque Nati Ariza no había recibido a nadie en su vida con el fuego apagado, y estuvo cuarenta minutos contándole el pueblo entero sin que Nieves tuviera que preguntar nada, que era el sistema.

La del estanco. El nieto de la Consuelo, que se ha echado novia en Jódar.

Los de la fusión, que vienen con sus corbatas.

Que si en marzo van a hacer un patio nuevo y que van a poner el suelo de hormigón y que ya era hora, hija, que aquello parecía un solar.

Comió medio plato de unas patatas fritas en tres dedos de aceite y a la una y media dijo que se pasaba un momento por la cooperativa, y su madre no le preguntó a qué, porque su madre llevaba tres semanas sin preguntarle a qué y eso, en Nati Ariza, era la cosa más ruidosa del mundo.

Tolo Herrador estaba donde estaba siempre, sentado a media escalera de la oficina, en el cuarto peldaño, con las manos en las rodillas y la respiración de un hombre de setenta y uno con los pulmones de un hombre de noventa.

Cuatro peldaños arriba, un descanso. Cuatro peldaños abajo, otro.

Llevaba una gorra de pana, un chaquetón que le venía grande y unas botas limpias, y a su lado, en el peldaño, un cigarro encendido apoyado en el borde, del que salía un hilo de humo recto.

— La hija de Mateo — dijo Tolo.

— Bartolomé.

— Tolo. Bartolomé era mi padre y ese está muerto.

Nieves se sentó dos peldaños por debajo, que era el único sitio donde uno podía hablar con aquel hombre sin obligarle a levantarse, y le enseñó el móvil con la foto del acta, y le explicó lo del esparto en cuarenta palabras, sin decir de dónde venía la muestra porque no hacía falta, y Tolo estuvo escuchando con la vista puesta en la cola de remolques y sin mirar la pantalla ni una vez.

— Ven — dijo.

Y se levantó del cuarto peldaño en tres tiempos, agarrado a la barandilla, y echó a andar por el patio a la velocidad a la que anda un hombre que tiene que decidir cuántos pasos le quedan.

———

El almacén viejo estaba al final del patio, detrás de la nave, en el edificio de mampostería de 1957 que era la almazara entera antes de que fuera nada más.

Tolo sacó del bolsillo un llavero de esos de anilla de acero con una chapa de cuero y buscó una llave larga, de las antiguas, y la metió, y la puerta se abrió de un empujón de hombro con un ruido de arena.

Dentro había ocho grados menos que fuera y una luz gris que entraba por dos ventanucos altos con la reja cegada de telarañas. Y estaba la prensa.

Era una torre de hierro colado de tres metros y medio, con dos columnas estriadas y una placa de fundición en la base donde ponía el año en relieve, 1957, y encima, todavía enroscado, el plato de empuje.

Alrededor, la geología de una almazara muerta: bidones, un motor eléctrico del tamaño de un ternero, cadenas, una báscula de platillos, dos vagonetas de hierro, tres o cuatro capazos rotos, y encima de una mesa de obra, tapado con un hule de cuadros, un sistema de extracción de laboratorio de los pequeños, con su molinillo, su termobatidora de acero y su prensita de sobremesa con el husillo de volante, de esos que hay en trescientas almazaras de la provincia y que sirven para sacarle el aceite a dos kilos de aceituna y saber lo que hay antes de meter una partida en la línea.

Nieves lo miró tres segundos y siguió andando, y no fue por descuido: fue porque en el suelo, contra la pared del fondo, apilados en una columna de metro y medio, estaban los capachos.

Debía de haber ochenta o noventa. Discos de esparto trenzado de un metro de diámetro, con el agujero central para el eje y el borde cosido, negros de aceite viejo por la cara de arriba y rubios todavía por el canto, apilados uno encima de otro desde 1998 y respirando en aquel almacén el frío de veintisiete inviernos.

Tolo se apoyó en la prensa con el hombro y esperó, y no dijo nada, porque el hombre entendía que ahí no hacía falta decir nada.

Nieves se acercó y puso la mano encima de la pila. La fibra estaba seca y dura y le rascó la palma. Cerró la mano, apretó, y la abrió, y se llevó los dedos a la nariz.

Cuerda nueva. Vegetal. Rubio y seco por arriba, y por debajo, muy al fondo, el aceite oxidado de veintisiete años, que era otro asunto y que ya vendría.

— Eso huele — empezó Tolo, y se paró en mitad de la frase, y se ajustó la gorra, y volvió a empezar de otra manera—. Eso olía. Cuando estaban nuevos, olía media hora antes de entrar por la puerta. Se compraban por veintenas. Los traía uno de Bedmar en un remolque y venían apretados con alambre.

— ¿Cuánto duraba uno?

— Depende de cómo lo trataras. — Se quedó pensando y le salió una risa corta que se le convirtió en tos, y la tos le duró quince segundos y terminó con la mano abierta en el pecho—. Lo mismo que todo, niña. Lo mismo que todo.

———

Estuvieron veinte minutos allí dentro y Tolo Herrador habló más en esos veinte minutos que en las tres veces anteriores juntas, y no habló de máquinas.

Habló del aceite del sesenta y ocho, que fue un año de mosca y que salió tan malo que hubo que venderlo para jabón y que sin embargo se lo comió el pueblo entero porque no había otro.

Habló de un depósito que se picó en el ochenta y tres y que estuvo dos años dando un metálico que se metía por debajo de todo.

Habló de los capachos, y de que un capacho mal lavado le pegaba al aceite del año siguiente lo que se había comido el año anterior, «como las personas», dijo, sin ninguna gracia, apoyado en tres metros y medio de hierro colado.

Y de ahí, sin cambiar de tono, sin subir la voz y sin darle a la frase ni medio grado más de importancia que a lo del remolque de Bedmar, dijo:

— Aquí el aceite tenía atrojado. Todos los años. El del sesenta, el del setenta, el del ochenta. Un poquillo o un muchillo, pero lo tenía. Y venía la gente de fuera y arrugaba la nariz, y nosotros nos lo comíamos con pan y decíamos que ese era el sabor de aquí.

— Era un defecto.

— Era. — Tolo se separó de la prensa y echó a andar hacia la puerta, despacio, contando los pasos igual que los contaba en la escalera—. Un defecto que se cata todos los días deja de llamarse defecto, Nieves. Se llama tipicidad.

Y salió al patio, y Nieves se quedó dentro tres segundos más de la cuenta, en el frío, mirando la pila de esparto.

———

Tolo cerró con la llave larga, empujando con el hombro para que encajara, y volvió a guardarse el llavero en el bolsillo del chaquetón, y en el segundo que tardó en hacerlo Nieves le contó las llaves porque las llaves estaban a la altura de sus ojos y porque contar era lo que hacía.

Tres. La larga del almacén viejo. Una plana, moderna, de las de puerta de aluminio, igual que la que colgaba de la alcayata del laboratorio de la bodega. Y una pequeña, de armario, con la cabeza pintada de rojo.

Un hombre de setenta y uno, jubilado desde 2014, que venía cada campaña a echar una mano y al que nadie le discutía nada, con las llaves de un edificio en el que ya no trabajaba nadie.

Volvieron por el patio en silencio hasta la escalera, y Tolo subió los cuatro peldaños hasta el cuarto y se sentó y le dijo adiós con la barbilla, y Nieves cruzó la niebla hasta el coche y se sentó al volante y no arrancó.

Se miró la mano derecha. La tenía marcada de la fibra, tres rayas paralelas en la base de los dedos, y estaba negra en las yemas del aceite viejo de la cara de arriba de los capachos.

Se la llevó a la nariz.

En el asiento del copiloto, encima del bolso, estaba la copia del acta 2026/0032, doblada, con la mediana del defecto principal escrita a máquina en la línea nueve.

Nieves respiró tres veces seguidas, despacio y con la boca cerrada, que era la única manera decente de tomarle la temperatura a nada, y lo que le subió de su propia mano fue exactamente, en el mismo orden y con la misma intensidad, la muestra 104.