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Manos limpias

Llegó a las ocho menos cuarto y aparcó fuera, pegada a la valla, porque el patio a esa hora era de los remolques y no de los coches.

La niebla de inversión estaba a la altura de las farolas y no pensaba levantar hasta las doce, y dentro de ella había ocho o nueve tractores en cola con los faros puestos, cada uno con su penacho de vapor saliendo del escape y su hombre dentro de la cabina con la radio y el termo, esperando turno para la báscula.

El aire olía a orujo, a gasoil quemado y a aceituna partida, en ese orden, y a los cuatro minutos ya no olía a nada, porque así funciona la pituitaria de cualquiera, incluida la suya.

———

— Nieves — dijo Yeyo, y dejó el rastrillo apoyado en la chapa.

Un metro ochenta y seis y ancho por todas partes, con el chaquetón azul de la cooperativa abierto encima de un jersey de cuello vuelto y las manos desnudas a menos uno.

Las manos eran lo primero que se le miraba a aquel hombre, porque no se parecían a unas manos: eran dos herramientas, con los nudillos ensanchados y los dedos torcidos hacia fuera desde los treinta años de nave, y con dos uñas negras de un golpe reciente.

Estaban limpias. Se las miró Nieves mientras le explicaba lo del manual y la página cuarenta y uno, y estaban limpias del todo, sin una raya de grasa en los pliegues ni una sombra debajo de las uñas, y a su alrededor había once hombres a los que se les veía el oficio en las manos a un metro de distancia.

La del rastrillo, la del volante, la de la pala.

Manos de campaña. En Valdehelada, en diciembre, se le daba la mano a cualquiera y se llevaba uno un poco de la cooperativa en la palma hasta la noche.

— Pues vamos — dijo Yeyo cuando terminó de escucharla, y no preguntó por qué, ni para qué, ni si eso lo sabía el presidente—. Empezamos por donde empieza.

Empezaba en la báscula. La aceituna entra, se pesa el conjunto, se descarga, se vuelve a pesar el vacío y la resta es el fruto, y de ahí sale el ticket, y del ticket sale lo que cobra el socio.

De la báscula a la tolva, de la tolva a la cinta, de la cinta a la limpiadora, que quita la hoja con un ventilador y hace un ruido de tormenta seca, y de ahí a la lavadora, y de la lavadora a la tolva de espera de línea.

Yeyo lo iba diciendo sin adornos y sin mirarla, andando, señalando con la barbilla, y cada tres frases se paraba a resolver algo que le preguntaba alguien: dónde iba la partida del de Cambil, si se abría la dos, que el de la limpiadora tenía el ventilador raro.

Los trojes estaban en el lado norte, seis, en fila, numerados con pintura blanca encima del dintel, y eran seis cajones de hormigón de tres metros de alto con el suelo en pendiente hacia una boca y una compuerta de guillotina en el frente.

Un troje es un sitio donde se aparca la aceituna cuando la nave no da abasto, y todo el mundo sabe lo que le pasa a una aceituna aparcada, y por eso en 2025 un troje bien llevado es un troje vacío: entra el remolque, se pesa, se descarga y se muele, y si se muele en tres horas el aceite sale vivo, y si se queda cuatro días amontonada a dos metros de altura, la de abajo se calienta con el peso de la de arriba, empieza a fermentar por dentro y no hay decánter en este mundo que arregle eso.

El 1 y el 2 tenían fruto de aquella misma mañana.

El 4 estaba a medias. El 5 y el 6 estaban vacíos y con las compuertas subidas.

El 3 también estaba vacío, y estaba barrido.

Yeyo pasó por delante sin mirarlo y sin decir nada, y Nieves lo miró de refilón al pasar: el suelo de hormigón limpio, la pendiente sin un resto, una escoba de brezo apoyada en la esquina y la compuerta bajada del todo.

En seis trojes de una almazara en plena campaña, uno barrido.

En la puerta de la nave le dio unos cascos amarillos de un colgador y se puso los suyos, y dentro ya no se podía hablar de ninguna manera.

Ochenta y cuatro decibelios en la aplicación del móvil, que Nieves abrió con el aparato dentro del bolsillo del abrigo porque era incapaz de estar en un sitio ruidoso sin ponerle un número.

Dos líneas continuas trabajando a la vez.

Los molinos de martillos, que son la parte violenta de todo aquello y suenan a lo que son, a piedra machacada; las batidoras girando despacio, con la pasta caliente subiendo y bajando en las cubetas y el olor saliendo de ahí en oleadas de verde partido; los decánters, que son un tubo horizontal a tres mil revoluciones separando aceite, agua y hueso; y al fondo las centrífugas verticales, que sacan el aceite limpio y lo mandan a bodega por una tubería de acero que cruza la nave a tres metros del suelo.

Treinta y ocho grados en la pasta de la batidora.

Nieves lo leyó en el display y lo apuntó de memoria, porque a más de veintisiete se pierde el verde y a más de treinta se pierde la mitad de lo que hace que un aceite valga dinero, y treinta y ocho es lo que se hace cuando lo que entra ya no vale nada y solo se quiere sacar rendimiento.

Yeyo le puso la mano en el hombro, sin apretar, y la movió medio metro. Se inclinó y le habló al oído, y hasta que no lo tuvo así, con la boca a cuatro dedos de la oreja, no cayó en que llevaba diez minutos poniéndose ella misma en el sitio equivocado.

— Ponte a mi derecha — dijo Yeyo—. Que del izquierdo no oigo nada. Treinta años aquí dentro.

— ¿Nada de nada?

— Nada. En la nave voy por la vista.

Y se apartó, y siguió andando, y no volvió a mencionarlo, porque un hombre que lleva treinta años sordo de un oído no le da a eso más importancia que a una talla de zapato.

———

La bodega estaba al otro lado de un tabique y allí el ruido bajaba a sesenta y algo y se podía volver a hablar.

Catorce depósitos de acero inoxidable, del 1 al 14, cada uno con su escalerilla, su boca de hombre y su grifo de toma en la parte baja, y el aire a diecisiete grados y con ese olor limpio y ancho que tiene el aceite bueno cuando está quieto en un sitio cerrado, que es de las pocas cosas de este mundo que Nieves habría cambiado por una casa.

— Aquí — dijo Yeyo, y abrió un grifo de un cuarto de vuelta, y salió un hilo verde oscuro que recogió en un vaso de plástico y le pasó—. Del cuatro. De ayer.

Nieves lo giró en la mano, lo templó con la palma, metió la nariz y luego un sorbo con aire. Hoja, alcachofa, un amargo que llegaba tarde y se quedaba, un picante que subía por la garganta y le hizo toser una vez.

— Está bien — dijo.

— Está bien — repitió Yeyo, y lo dijo sin ninguna satisfacción, como quien confirma la hora.

Y ahí, con el vaso todavía en la mano, Nieves preguntó lo que había subido a preguntar. Quién toma la muestra oficial. Cómo. Cuándo. Dónde duerme.

Yeyo cerró el grifo, se limpió el chorretón con un trapo que llevaba en el bolsillo y la llevó al laboratorio, que estaba pegado a la bodega y tenía doce metros cuadrados, una centrífuga de sobremesa, una estufa, un refractómetro, una encimera de resina negra con dos quemaduras redondas y un fluorescente que parpadeaba antes de encender.

En una estantería, una caja de plástico gris con divisiones, y en las divisiones, de pie, once frascos de cristal topacio con sus tapones y sus etiquetas.

— La toma la chica que lleva esto ahora — dijo Yeyo—. Del grifo, como te lo he sacado yo. Los deja ahí. El jueves por la mañana los baja el de la furgoneta a Jaén.

— ¿Y del miércoles al jueves?

— Ahí se quedan.

— ¿Con llave?

Yeyo miró la puerta. Era una puerta de aluminio con un pomo y una cerradura de las de toda la vida, y en el marco, colgado de una alcayata, a la altura de la mano, había un cordel con una llave.

— Con llave — dijo Yeyo—. Ahí la tienes.

Nieves estuvo mirando la alcayata unos segundos.

— ¿Y cuánta gente tiene copia?

— Yo. El presidente. La chica. El del mantenimiento, creo.

Y luego la que hay ahí colgada, que lleva colgada ahí desde que yo entré.

— Se encogió de hombros, y en aquel hombre encogerse de hombros era casi un discurso—.

Nieves, esto es una cooperativa de un pueblo de setecientas ochenta personas.

Aquí entra quien quiere. Aquí ha entrado siempre quien ha querido.

Y tenía razón, y lo había dicho sin una gota de vergüenza, porque no había nada de qué avergonzarse: en trescientas almazaras de aquella provincia la llave del laboratorio estaba colgada de una alcayata al lado de la puerta, y en las trescientas era razonable, y en las trescientas nadie había tenido nunca ni un problema.

Nieves había subido treinta kilómetros y medio a auditar una cadena de custodia y había tardado cuarenta minutos en averiguar que no había cadena de custodia, y que no la había habido nunca, y que a nadie le había hecho falta.

Once frascos de topacio en una caja de plástico gris, en una habitación de doce metros, una noche entera, con la llave en el marco de la puerta.

———

A la salida, en el patio, la niebla seguía a la altura de las farolas y Nieves llevaba dos horas y media allí dentro con un abrigo de ciudad, y le castañeteaban los dientes de una manera que no se podía disimular.

Yeyo entró en el vestuario y salió con un chaquetón azul de la cooperativa doblado en el brazo, de los buenos, forrado, con el nombre bordado en el pecho y el cuello levantado.

— Está limpio — dijo, y se lo puso encima de los hombros sin preguntar—. Me lo devuelves cuando subas.

— Aurelio, no hace falta.

— Hace falta.

Y con el chaquetón puesto, oliendo a detergente barato y a nave, en mitad de aquel patio, con los tractores en cola y el pitido de la báscula sonando cada cuatro minutos, Nieves hizo la pregunta que llevaba tres semanas sin hacerle a nadie que estuviera dentro de aquella almazara.

— Aurelio. ¿Tú te acuerdas de Trini Extremera?

No pasó nada. Yeyo no se puso rígido, ni miró para otro lado, ni tardó en contestar. Lo que hizo fue darse la vuelta y andar los seis o siete metros que había hasta el grifo de la pared de la nave, el de la manguera, y abrirlo, y meter las dos manos debajo del chorro.

Y las tuvo allí. Sin jabón, porque no había jabón. A menos uno, con el agua saliendo de una tubería que iba por fuera, frotando el dorso de una con la palma de la otra, los nudillos, entre los dedos, las muñecas, con la cabeza un poco baja y los hombros quietos.

Nieves lo contó, porque contar era lo que hacía cuando no entendía algo. Cuarenta segundos.

Después cerró el grifo, se sacudió el agua con dos golpes secos y volvió a los seis metros de patio, y las manos le habían quedado rojas del frío y absolutamente limpias.

— Era prima mía — dijo Yeyo—. Segunda. Se fue a Granada.