Muestra 41 Repítela
61%

Repítela

— Está avinado — dijo Sole—. No mucho. Pero está.

———

— Va al panel a las nueve y cuarto.

— Es un cribado. Lo ha hecho una persona. — Ramón levantó la hoja dos centímetros y la volvió a bajar—. Una copa mal lavada, un resto en la pared del cristal, la sala que ayer estuvo abierta por lo de la limpieza. Eso pasa.

— Eso pasa.

— Pues eso. — Y se giró hacia el pasillo, y lo dijo sin una gota de mala intención, y no la tenía, y no la había tenido nunca en dieciséis años, y era un hombre que se sabía el nombre de los hijos de todo el mundo—. Repítela, niña. Eso es contaminación de la copa.

———

Hay un reloj en la pared de la sala de cata 2 y hace un clic seco cada minuto y es imposible no contarlo.

Nieves Sabariego se quedó de pie delante de un carro de acero inoxidable con ocho copas azules servidas y ocho vidrios de reloj encima, en una sala a veintiún grados que olía a nada, un lunes 19 de enero por la mañana, con cuarenta años, tres meses y quince días de más que la última vez que había oído aquellas cuatro palabras.

Miró a Sole, que estaba en el pasillo, detrás de Ramón, y que no había abierto la boca, y que tenía treinta y cuatro años y las manos metidas en las mangas del jersey y la cara de una persona a la que le acaban de decir en voz alta, delante de su jefa, que a lo mejor no ha lavado bien una copa.

Tres segundos. El reloj hizo clic una vez y ese fue el primero.

En el segundo, Nieves lo tuvo todo delante, y lo tuvo con una claridad que no le hizo ningún favor: que Ramón tenía razón en el procedimiento, porque un cribado es una nariz y una nariz se contamina; que en el noventa y ocho por ciento de las veces que un jefe dice repítela, la repetición sale limpia y no pasa nada y nadie se acuerda; que Higinio Cabrera había dicho aquello mismo, con las mismas palabras, en aquel mismo edificio, y que Higinio Cabrera no era un mal hombre y se murió podando; que ella, el 12 de diciembre de 2011, con veintinueve años, la había repetido, y había firmado, y que aquella firma había ido a un pueblo y había entrado en una casa y había convertido a una mujer de veintiséis años que no se equivocaba nunca en una mujer que se había equivocado.

Y en el tercer segundo le vino una cosa mucho más pequeña y mucho más práctica, que fue la que decidió, y que no tenía nada que ver con 2011 ni con Higinio Cabrera ni con una mujer de veintiséis años: que la raya la había puesto Sole, y que a la raya de Sole no le pasaba absolutamente nada.

— No — dijo Nieves—. Al panel.

— Nieves.

— Ramón, la muestra está servida, la sala está a veintiuno, las copas las he lavado yo esta mañana y las he lavado en la de la sala 2, no en la de abajo. Si el problema es la copa, el panel lo va a decir en nueve minutos con ocho narices en vez de con una. Y si no es la copa, también.

Ramón Alcalá se quitó las gafas.

— ¿Tú entiendes lo que estás haciendo?

— Perfectamente.

———

Los ocho entraron a las nueve y cuarto y se sentaron y se acabó de hablar.

Nieves les puso el lote 12 en la posición cinco, entre dos aceites limpios de Bedmar, y no dijo de dónde venía ninguna, porque las muestras van ciegas y numeradas y ni el jefe de panel se salta eso, ni siquiera cuando el jefe de panel se está jugando el puesto en la posición cinco.

Cató ella también. Le llegó igual que le había llegado a Sole: un vino que se ha quedado en un vaso desde anoche, ese punto agrio de barril viejo que sube por encima del frutado y lo estropea todo, no mucho, no de una manera escandalosa, pero ahí, sosteniéndose en las tres inhalaciones y volviendo después de tragar. Puso su raya.

Los ocho terminaron a las nueve y treinta y cinco.

En la sala de al lado, de pie, con el café ya permitido, Nieves recogió las ocho hojas, midió las ocho rayas con la regla de diez centímetros, una por una, y cantó los números en voz alta mientras Puri Molinillo los apuntaba, porque a la mediana se llega sumando y ordenando y no discutiendo.

Uno coma seis. Uno coma ocho. Dos coma cero. Dos coma uno. Dos coma uno. Dos coma tres. Dos coma cinco. Dos coma ocho.

Ocho de ocho. Ordenados, la mediana caía en 2,1.

El coeficiente de variación robusto, por debajo del quince por ciento: el panel más apretado de toda la campaña.

Ninguna de las ocho personas de aquella sala se había ido por su cuenta, ninguna había hablado con ninguna, y ninguna sabía de dónde venía aquel aceite.

Fede Anguita silbó bajito. Nadie más dijo nada.

Nieves redactó el acta en once minutos y la firmó abajo a la derecha con la firma corta y horrible del instituto, que era la misma que aparecía en cuatro mil doscientas actas archivadas en la planta baja de aquel edificio.

Acta de análisis sensorial 2026/0287. Lote 12. Procedencia: Olivar de Mágina, S.C.A. Depósito 3. Panel de ocho catadores. Mediana del defecto principal: 2,1, identificado como avinado-avinagrado. Mediana del frutado: 3,2. Categoría: aceite de oliva virgen.

———

Ramón la llamó a las cuatro y no bajó a su mesa: la llamó por teléfono, y eso, en dieciséis años, era lo normal, y por eso fue peor.

Encima de la mesa del despacho del director técnico había un folio impreso y una carpeta. La carpeta era la de incidencias del panel. Ramón no dio la vuelta a la mesa: estaba ya sentado cuando ella entró, y le señaló la silla, y le dio la vuelta al folio.

— Léelo tú.

Nieves lo leyó. Era su propia hoja de incidencia del 12 de enero, escaneada, con su letra clara, con su firma y con su fecha: la jefa de panel repite el control interno con una desviación de 0,9 y se retira de las sesiones hasta nuevo aviso por causa personal.

— Y esta es la otra — dijo Ramón, y le puso la segunda encima—. Del 14. Dos días después. Te reincorporas tú sola, con un control interno que te haces tú, en una sala vacía, a las ocho menos cuarto de la mañana, sin que te lo revise nadie, y firmas tú que estás apta.

— Salió 2,4. El certificado dice 2,4.

— Ya sé lo que salió. — Ramón juntó las manos encima de la mesa—.

Nieves, escúchame, y esto te lo digo sin ninguna gana.

Yo no te estoy diciendo que la tuya sea peor nariz que hace un mes.

Yo me juego el sueldo a que sigue siendo la mejor de esta provincia.

Te estoy diciendo lo que hay en un papel.

Y en un papel hay una jefa de panel que hace siete días escribió, de su puño y letra, que se había desviado nueve décimas y que se retiraba.

Y que se dio el alta a sí misma. Y que hoy, siete días después, ha mandado al panel el lote más grande del año del cliente más grande de esta casa, en contra del criterio del director técnico, tres semanas antes del uno de marzo.

— El acta es correcta. Ocho de ocho.

— El acta es perfecta. El acta la voy a firmar yo esta tarde y la voy a defender en Mágina yo mismo, con esos ocho valores en la mano, y Nacho Latorre se va a comer su virgen y va a decir que muy bien, porque para eso nos paga. — Ramón se echó hacia atrás—. El acta no es el problema.

Y ahí Nieves no dijo nada, porque no había nada que decir, porque el hombre tenía razón otra vez.

Un organismo de acreditación no lee narices.

Lee papeles. Y en aquellos dos papeles, firmados los dos por ella, había una mujer inestable, y daba igual que aquella mujer llevara veinte años y tres meses sin ponerse un apta que no le tocara y que no lo supiera nadie porque el cuaderno de hule no se lo había enseñado nunca a nadie.

— Provisionalmente — dijo Ramón—. Te aparto de la dirección del panel.

Provisionalmente y por escrito, y lo firmo yo, y el motivo que pongo es el de la incidencia del doce y no otro, y eso te lo debo.

Sigues en plantilla, sigues catando cuando te toque, sigues cobrando lo mismo.

La dirección la lleva Puri hasta que yo diga.

— ¿Hasta cuándo?

— Hasta que dejes de bajar al archivo. — Se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa con las patillas abiertas, y se apretó el puente de la nariz con dos dedos, y estuvo así siete u ocho segundos—.

Y no me mires así, que llevamos dieciséis años.

Yo no quiero esto. Yo lo que quiero es que vuelvas.

———

En el aparcamiento, a las siete menos cuarto, con menos uno en el aire y el olor de la orujera cruzando el polígono a la altura de las farolas, Sole Torrecillas estaba apoyada en el maletero del coche gris con las manos en los bolsillos, y llevaba allí un rato, porque tenía la coleta mojada.

— Se ha enterado todo el mundo — dijo.

— Ya.

— Nieves, que el lote 12 lo he puesto yo. Que eso lo he hecho yo. Y si tú la llegas a repetir y sale limpio, aquí no ha pasado nada y yo mañana estoy cribando otra vez y tú sigues llevando el panel. — Se despegó del maletero—. ¿Por qué has hecho eso?

Nieves abrió la puerta del coche, metió el bolso en el asiento del copiloto y se quedó de pie con la mano en el techo.

— Porque a mí no me lo hicieron.