Muestra 41 Metálico
30%

Metálico

La tercera llegó el lunes de la semana de Navidad, en una remesa de once frascos, y Nieves la estaba esperando desde el jueves, que es una manera bastante mala de trabajar y la única que le quedaba.

Volvió a la copa, sorbió, metió aire, lo repartió por el paladar y lo escupió, y allí seguía, entero, alto y sin nada que lo tapara ni por arriba ni por los lados.

Escribió la raya donde le pedía la mano, puso el frutado en cero y anotó en la casilla de descriptores libres, con su letra pequeña y seca, tres palabras que no había escrito en catorce años: hierro húmedo, moneda, lata.

———

En su mesa, con la puerta cerrada y la pantalla apagada, Nieves abrió la libreta cuadriculada por la página del arcén y escribió una lista de tres renglones con el número, la fecha y la palabra, que era exactamente el modo en que aquella mujer llevaba veinte años poniendo en orden lo que se le desordenaba.

63. Dos de diciembre. Atrojado. 71. Diez de diciembre. Atrojado y aceituna helada. 88. Veintidós de diciembre. Metálico.

Tres palabras. Tres palabras del vocabulario oficial de cata, que es un vocabulario cerrado de dieciséis defectos y siete atributos positivos, que está en la tabla de la última página del manual y que se sabe de memoria cualquiera que se haya sentado en un panel: atrojado, moho-humedad-tierra, vino-vinagre, ácido, avinado, metálico, rancio, aceituna helada, alpechín, esparto, gusano, pepino, borras, basto, salmuera, tierra. Dieciséis palabras. Un alfabeto.

Y con dieciséis palabras se puede decir cualquier cosa, si el que las lee sabe leerlas.

Nieves llevaba veinte años usando aquella tabla para una sola cosa, que era poner categorías comerciales en un acta, y tres semanas antes, si alguien le hubiera preguntado para qué sirve el vocabulario oficial de cata, habría contestado sin pensarlo que para que un aceite se llame igual en Jaén que en Tesalónica y para que dos personas que no hablan el mismo idioma puedan discutir por teléfono sobre un camión cisterna.

Dio la vuelta a la hoja y escribió, arriba del todo:

¿Qué me estás diciendo?

Y debajo, tres palabras: atrojado, helada, máquina. Y las miró, y no le dijeron nada, porque una lengua no se aprende en tres palabras: se aprende cuando llevas dentro la suficiente cantidad como para que empiecen a rozar unas con otras.

Cerró la libreta, la guardó en el cajón de abajo, le dio la vuelta a la llave por primera vez en nueve años y bajó a la reunión con la cara que se pone para las reuniones.

———

La visita empezó a las once y duró cincuenta y cinco minutos y catorce diapositivas, y Nieves las contó todas, las diapositivas y los minutos, porque contar era lo único que le apetecía hacer allí dentro.

Ignacio Latorre Millán tenía cuarenta y siete años, un traje azul que le sentaba bien, unos zapatos que no habían pisado un patio en su vida y esa cordialidad rápida y sin fondo de la gente que hace cuatro reuniones al día.

Gerente de Olivar de Mágina, S.C.A., la grande, la de abajo, la que iba a absorber a Valdehelada y a otras tres antes del verano y a la que en el pueblo llamaban «la de Huelma» con una entonación que valía por un párrafo.

Puso café, puso pastas de mantequilla en una bandeja, puso el proyector, apagó dos de los cuatro fluorescentes y puso una diapositiva con dos logotipos y una flecha del uno al otro.

— Nosotros venimos a lo que venimos — dijo—. Que es a que esto salga bien para todo el mundo y a que no haya sustos.

Y a partir de ahí habló de sinergias, de volumen, de posicionamiento, de canal moderno y de una palabra que dijo nueve veces y que Nieves apuntó en el margen la novena porque le pareció un dato: trazabilidad.

Ramón Alcalá escuchaba con las manos cruzadas encima de la mesa y no movía un músculo de la cara, y Nieves llevaba nueve años sabiendo lo que significaba eso.

En la diapositiva ocho, que era una línea de tiempo con cuatro hitos y un banderín rojo al final, llegó lo suyo.

— La fusión se firma el uno de marzo — dijo Nacho Latorre—.

Y para el uno de marzo yo necesito, de las cuatro cooperativas, todas las certificaciones al día y limpias.

Todas. Las de ustedes, las de calidad, las de producto, las medioambientales, las de prevención, todas.

Porque cuando esto entre en el consejo rector de Mágina y en el banco, lo primero que va a pasar es que va a haber un señor con unas gafas mirando papeles, y ese señor no entiende de aceite, entiende de papeles.

Y si hay un papel que no está, se cae la operación.

Y si se cae la operación, cuatrocientos doce socios de Valdehelada se quedan como estaban, que es como estaban.

— Las certificaciones de Valdehelada están limpias — dijo Ramón.

— Ya lo sé. Y así se tienen que quedar. — Nacho sonrió a la mesa entera con una sonrisa perfectamente sincera—. Hasta el uno de marzo. Después de marzo, ustedes hagan lo que tengan que hacer.

Lo dijo sin ninguna maldad y sin bajar la voz y sin mirar a nadie en particular, y era, palabra por palabra, la frase más limpia que Nieves había oído en su vida, y no había en ella absolutamente nada que se pudiera repetir en ningún sitio.

———

La diapositiva once era un plano de la planta de la cooperativa de Valdehelada, dibujado en gris, con la nave, la bodega, los trojes y la caseta de la báscula en su sitio, y encima, en un amarillo chillón que se comía media pantalla, una superficie grande y rectangular pegada al muro trasero de la nave.

— Y esto es lo bonito — dijo Nacho Latorre, y se le puso una cara de niño que en cincuenta minutos no había tenido—.

Esto es lo que le va a cambiar la vida a esa gente.

Patio de recepción nuevo. Cuatro mil metros cuadrados, cuatro tolvas, dos líneas de descarga, dos básculas.

Se acabó la cola de la carretera. Ahora mismo, a las siete de la mañana, esa gente tiene dieciocho tractores parados en el arcén de una comarcal, con niebla y con los faros puestos, y eso un día nos va a dar un disgusto de los gordos.

Con esto, un hombre entra y sale en once minutos.

Pasó a la doce sin dejar de hablar, y en la doce había una fotografía tomada a ras de suelo en un día claro: un descampado de hierba seca y amarilla, con dos zarzas creciendo en una esquina, un cartel oxidado del que no se leía nada, y al fondo, cerrando el encuadre, el muro trasero de la nave con su mancha de humedad subiendo desde el zócalo.

— Y aquí está el chollo — dijo—. Esto es la balsa de alpechín vieja.

Sesenta por cuarenta, tres metros de hondo.

Se dejó de usar cuando pusieron el decánter de dos fases y se selló y se cubrió de tierra en abril del doce, con su plan de clausura del año diez, todo en regla, todo con sus papeles y todo aprobado.

Y llevan catorce años con cuatro mil metros cuadrados de terreno compactado ahí muertos de risa, criando hierba y zarzas.

En la trece salió el mismo rectángulo de la foto con una capa de color plano por encima y una cota acotada en un lateral, y Nacho Latorre se puso de pie y la señaló con el bolígrafo, que era la primera vez que se levantaba de la silla.

— La subbase ya está hecha. No hay que mover un metro cúbico de tierra.

Se limpia, se compacta, se echan cuarenta centímetros de hormigón encima y ahí tienes el patio nuevo.

Yo he pedido dos presupuestos: haciéndolo en el otro lado, con excavación, movimiento de tierras y transporte a vertedero, ciento veinte mil euros.

Encima de la balsa, cuarenta mil. — Abrió las dos manos—.

Ochenta mil euros. Ochenta mil euros de ahorro para cuatrocientas doce familias, por poner el patio dos metros más a la izquierda.

Ramón Alcalá hizo con la garganta ese ruido corto de aprobación que hacen los directores técnicos cuando les enseñan un número bueno, y alguien dijo al fondo que qué bien, y por la mesa corrió durante unos segundos ese murmullo satisfecho de la gente que asiste a una buena noticia que no le cuesta nada.

— Y esto lo aprobó la asamblea en octubre — dijo Nacho—, por unanimidad, que en una cooperativa es más difícil que ganar la lotería.

Y lo aprobaron porque el que lo explicó, subido a una silla, en el salón de actos, fue el maestro de almazara, que es el que saca el tractor cuando nieva la carretera de Huelma.

Cuando ese hombre dice una cosa en Valdehelada, allí ya no habla nadie más.

La catorce fue otra vez el logotipo con la flecha, y Nacho Latorre siguió de pie, con el bolígrafo en la mano y el tono de quien está a punto de irse a otra reunión.

— El hormigón se echa el 28 de febrero — dijo—. Sábado. Con la campaña ya parada y la nave limpia. Un día. Vienen ocho cubas de Mancha Real, se echa por la mañana, y el uno de marzo firmamos con el patio nuevo empezado, que eso en una foto vale un dinero.

Y ahí estaba la cuenta atrás, servida en una sala de reuniones con café y pastas de mantequilla, con dos fechas y sin ninguna amenaza.

El 28 de febrero se echaba el hormigón. El 1 de marzo se firmaba la fusión.

Y en medio, sin que lo dijera nadie porque no hacía falta decirlo, estaba la única fecha que le importaba a Nieves y que no salía en ninguna diapositiva: el día en que Valdehelada dejara de moler.

Una campaña de montaña se acaba cuando se acaba el fruto, y este año el fruto venía corto.

Cuando parase la nave, se acabarían las muestras.

Se acabarían las remesas de doce frascos y las cajas precintadas y las furgonetas de las cinco de la tarde, y se acabaría la única razón por la que una jefa de panel del laboratorio de Jaén podía subir a un patio de la carretera de Huelma sin que a nadie le pareciera raro.

Nieves hizo la cuenta en el margen de la libreta, con el bolígrafo, mientras en la pantalla seguía el logotipo con la flecha. Del 22 de diciembre al 28 de febrero hay sesenta y ocho días. Y la nave iba a parar antes.

Cerró el portátil. Todo el mundo se levantó y se puso a coger tazas de café con leche y a hablar de las vacaciones y del puente y de qué iban a hacer en Nochebuena, y Nieves se quedó sentada en su silla, con la libreta cuadriculada delante y el bolígrafo en la mano, en una sala de reuniones a veintitrés grados con olor a café y a pastas de mantequilla, escribiendo una fecha que le acababa de dictar, encantado de la vida y con una sonrisa de niño, un hombre que no sabía absolutamente nada.