Ausencia voluntaria
Aquella mañana tardó cuarenta minutos en hacer cuatrocientos metros, y la niebla no tuvo nada que ver, porque a Nieves Sabariego se le había metido en la cabeza un procedimiento de los que no se le explican a nadie: preguntar por la misma persona en tres sitios distintos, siempre hablando de otra cosa, y comparar las tres respuestas.
Era exactamente lo que hacía un panel de cata con ocho cabinas cerradas, y era lo único que aquella mujer sabía hacer cuando quería saber algo.
En la panadería compró media hogaza y pagó y, mientras le daban la vuelta, dijo que su madre le había hablado de una chica que trabajaba en el laboratorio de la cooperativa hace años, una tal Trini.
— La Trini Extremera — dijo la mujer, sin levantar la vista de la caja—. Esa se fue.
En la plaza se cruzó con un hombre que había ido a la escuela con su padre y que se paró a preguntarle por su madre y por la fusión, y Nieves dejó caer lo mismo.
— ¿La Trini? Uy. Esa se largó, hija. Hace la tira. Dejó el coche en Jaén y se fue.
En la farmacia, esperando a que le sacaran unas cajas para su madre, se lo dijo a la que despachaba, que tenía cincuenta y pocos y que se quedó pensando un segundo.
— La niña de Sagrario. — Le puso las cajas en el mostrador—. Se fue a Granada a estudiar y no volvió. Y la madre venga a decir que no. Pobre mujer.
Tres personas, tres calles, cuarenta minutos.
Tres veces la misma frase, dicha en el mismo tono, con la misma cara: la cara que se pone cuando alguien te pregunta por qué el cielo es azul.
La frase no tenía bordes. No tenía duda, no tenía morbo, no tenía chisme.
En un pueblo de setecientas ochenta personas, donde a Nieves le habían contado sin que preguntara lo del padre de la Manoli, lo del coche de la vecina, lo de los nichos del cementerio y lo del sobrino de no sé quién, no había ni una sola versión alternativa de qué le pasó a Trinidad Extremera.
Se fue. Punto. Ocho catadores en ocho cabinas cerradas, sin hablar entre sí, y los ocho habían escrito exactamente el mismo número, y cuando eso pasa en la sala 2 el resultado se da por bueno y se firma y se manda, porque un panel que coincide es un panel que acierta.
Eso es lo que dice el método. Eso es lo que Nieves llevaba veinte años firmando.
———
La calle Cava está en la parte baja, detrás de la iglesia, y es una calle de casas pequeñas con el zócalo pintado y un escalón alto en cada portal. En el número 4 había un cartel de cartón plastificado colgado de un clavo, escrito a rotulador, con una letra grande y torcida:
Huevos.
Nieves llamó, y Sagrario Zafra Millán tardó en abrir lo que tarda una mujer de setenta y ocho años en cruzar un pasillo largo desde una cocina que está al fondo.
Abrió la puerta entera, de par en par, que en aquella calle es lo que se hace cuando no se tiene ya ninguna razón para tener miedo de nada, y se quedó de pie en el escalón: pequeña, con una rebeca negra encima de otra rebeca gris, unas manos con manchas de la edad y unos ojos que iban directos y sin rodeos a la cara de quien tuviera delante.
— Buenos días. Soy Nieves, la hija de Nati Ariza, de la calle Real.
— Ya sé quién eres. — Sagrario no se movió del escalón—. Trabajas en el laboratorio de Jaén.
— Vengo a por huevos.
— Docena o media.
— Docena.
La mujer se metió para dentro sin decir nada y dejó la puerta abierta, que en Valdehelada es lo que se hace en vez de decir pase usted.
———
El zaguán era un pasillo estrecho con el suelo de baldosa hidráulica y una bombilla desnuda, y al fondo se veía el corral, con el emparrado pelado del invierno y el gallinero de tela metálica.
Olía a cal, a paja, a gallina y a leña. Un olor limpio, sin dobleces, un olor honrado de casa vieja de pueblo, y Nieves lo registró entero en dos segundos y le duró tres días.
En la pared del zaguán, a la altura de la cabeza, había un cuadro de la Virgen y, debajo, en un marco de plástico de los de las tiendas de todo a un euro, una foto escolar ampliada de una chica de unos veinte años, con el pelo negro muy liso, gafas de pasta y la cara seria de la gente a la que no le gusta que le hagan fotos.
Nieves se quedó delante de aquella foto todo el rato que Sagrario tardó en ir al corral, abrir el gallinero, coger los huevos de uno en uno y volver por el pasillo con la caja de cartón, que fueron cuatro minutos largos, y en cuatro minutos delante de una fotografía escolar ampliada se ven muchas cosas: se ve que la ampliación se hizo de un carnet, se ve el grano, y se ve que la única foto que hay en aquella pared de una chica de veintitantos años es la que le hicieron en el instituto.
— Doce — dijo Sagrario—. Tres euros.
Nieves pagó. Sagrario se guardó el dinero en el bolsillo de la rebeca de dentro y no se movió, y las dos se quedaron de pie en el zaguán, y no era el zaguán de una mujer que quisiera cerrar la puerta.
— ¿Es su hija? — dijo Nieves.
— Es mi hija — dijo Sagrario—. Trinidad. Trini.
— Mi madre me ha dicho que trabajaba en el laboratorio de la cooperativa.
— Lo llevaba ella sola. — La mujer lo dijo del tirón, sin entonación, como quien recita el peso de un saco—.
Acidez, humedad, rendimientos. Y las muestras que se mandaban a Jaén, a donde tú estás.
Eso lo hacía ella. Se lo enseñó Tolo Herrador cuando entró, y luego ya lo hacía ella sola.
Le salían los números a la primera. Era muy suya. Lo apuntaba todo.
———
— Se fue el catorce de diciembre — dijo Sagrario—. De dos mil once.
Y a partir de ahí Nieves no tuvo que preguntar nada, porque aquella mujer llevaba catorce años contándolo y lo tenía tan liso y tan gastado como la barandilla de una escalera. Lo contó de pie, en el zaguán, con las manos cruzadas por delante y sin una sola pausa en el sitio equivocado.
Que salió de casa a las ocho y media de la noche y dijo que iba un momento a la cooperativa.
Que se llevó el coche, el utilitario blanco y viejo que era de su padre y que se lo quedó ella cuando su padre murió en el nueve.
Que no volvió a dormir. Que al día siguiente Sagrario fue a la cooperativa y allí le dijeron que aquella noche no había estado.
Que al tercer día apareció el coche en Jaén, junto a la estación de autobuses, aparcado bien, con el bolso dentro, en el asiento, con la cartera y el documento nacional de identidad y ochenta euros.
Que la Guardia Civil de Huelma vino, preguntó, tomó nota.
Que tenía una plaza para un máster en Granada en septiembre.
Que se lo había dicho a dos personas del pueblo, que estaba hasta el moño de aquí.
Que en marzo del doce le dijeron que el caso se cerraba, y le dijeron unas palabras que ella no entendió entonces y que se aprendió después y ya no se le olvidaron.
— Ausencia voluntaria — dijo Sagrario—. Así se dice.
— Sí.
— Yo esas dos palabras no las había oído juntas en mi vida.
— La mujer se miró las manos un momento y volvió a subir la vista—.
Y ahora me las sé mejor que el padrenuestro.
Ausencia voluntaria. Se lo pregunté al de Huelma, al sargento, que era un hombre educado y que me atendió bien, eso lo digo siempre.
Y me lo explicó. Me dijo que una persona mayor de edad tiene derecho a irse.
Que si a una persona mayor de edad le da la gana de coger y desaparecer, eso no es un delito, y que ellos no pueden ir detrás de todo el que se va, porque se va mucha gente, señora, se va muchísima gente. Y es verdad. Se va muchísima gente.
Sagrario se quedó callada dos segundos exactos.
— Y él tenía razón en todo — dijo—. Menos en una cosa.
— Es que se dice bonito — dijo la mujer—. Ausencia voluntaria. Es como si te dijeran que se ha ido a la playa.
Se quedó mirando la foto de la pared un momento y luego volvió a Nieves, con los mismos ojos directos y sin rodeos.
— Mi hija tenía un coche que se le calaba en las cuestas y no lo iba a dejar en Jaén ni loca — dijo—.
Mi hija tenía la carpeta de la matrícula de Granada encima de la mesa de su cuarto y no se la llevó.
Mi hija tenía cuatrocientos veinte euros en la Caja y no los sacó.
Eso lo dije yo. Eso lo dije en Huelma, sentada en una silla, con un señor apuntando. Y el señor apuntó.
Nieves esperó.
— Y les dije otra cosa — dijo Sagrario—. La única que hacía falta. Les dije que era catorce de diciembre y que en este pueblo el catorce de diciembre hay dos grados bajo cero a las nueve de la noche. Y que mi hija salió de esta casa con un jersey.
Puso la mano en el marco de la puerta.
— A mi hija no la buscó nadie porque se fue. Eso me dijeron. Que se fue. Y yo les dije que mi hija no se iba sin el abrigo.
———
En el zaguán, la bombilla desnuda zumbaba un poco. Nieves tenía la caja de doce huevos entre las manos y notaba el cartón en las yemas de los dedos y no era capaz de decir absolutamente nada.
Porque aquello era una medida. Eso fue lo que hizo que se quedara allí de pie, en un pasillo de baldosa hidráulica, delante de una mujer de setenta y ocho años que vendía huevos a tres euros la docena.
Sagrario Zafra no había dicho que su hija fuera buena, ni que la quisiera, ni que aquella niña no se habría ido nunca sin despedirse de su madre, que es lo que dice todo el mundo y lo que no vale para nada.
Había dicho que a las nueve de la noche del 14 de diciembre, en un pueblo a novecientos cuarenta metros, hace dos grados bajo cero, y que su hija salió con un jersey.
Eso es un dato. Se puede comprobar. Está en la misma tabla de la misma estación agroclimática que Nieves había tenido abierta en la pantalla cuatro días antes, y decía menos dos coma uno.
Una mujer sin estudios, en 2011, sentada en una silla en un cuartel de Huelma, había hecho exactamente lo único que había que hacer: había puesto encima de la mesa una magnitud. Y el señor apuntó.
Sagrario abrió la puerta de la calle. Y antes de que Nieves saliera, con la mano en el picaporte, dijo lo que llevaba veinte minutos sin decir.
— La cerradura es la de entonces — dijo—.
No la he cambiado. Se han roto dos llaves y he mandado hacer copias de la vieja, que eso cuesta más que una cerradura nueva, y el de Huelma me mira como me mira.
Pero es la de entonces. Mi hija tiene su llave.
Se la llevó en el bolsillo del pantalón y en el bolso no estaba, que eso lo miré yo.
Se apoyó en el quicio.
— Y usted — dijo, y era la primera vez en veinte minutos que le hablaba a Nieves y no a la pared, y le cambió la voz—. ¿Por qué viene ahora?
— Yo venía a por huevos.
— Usted no venía a por huevos. — Sagrario no se movió—. Aquí viene todo el mundo a por huevos y nadie se para delante de esa foto. ¿Es que ha encontrado alguien algo?
La niebla entraba por la puerta abierta en una lengua baja que se deshacía a un metro del escalón. Nieves se quedó en la calle Cava, en el escalón alto, con doce huevos en las manos y una mujer de setenta y ocho años esperando una respuesta que llevaba catorce años esperando.
Tenía dos actas, dos hojas de cata, una tabla de temperaturas mínimas y una libreta cuadriculada. Y todo eso, junto, apretado, reducido a lo que era de verdad, cabía en una frase de cinco palabras que no se le podía decir en un zaguán a la madre de nadie.
He encontrado un olor.