El Eco de Mágina
El bar La Báscula está enfrente de la cooperativa, al otro lado de la comarcal, y es el único edificio de Valdehelada que no está en Valdehelada: está a dos kilómetros del pueblo, pegado a la carretera, y existe por la misma razón por la que existen las gasolineras.
En campaña, de doce a tres, allí no cabe un alfiler.
Nieves entró a la una y veinte, con la excusa de un café y con la esperanza de cruzarse con Fali, que llevaba ocho días sin contestarle al mensaje y que a la una y media salía a comer.
Dentro había cuarenta personas, una televisión puesta muy alta que no miraba nadie, dos hombres jugando al dominó con esa violencia con la que se juega al dominó, y un olor que era, técnicamente, el peor de la provincia: fritanga de mediodía, tabaco de treinta años metido en la pintura, aguardiente, ropa de faena mojada secándose encima de un radiador, café quemado en la placa, y por encima de todo, entrando por la puerta cada vez que alguien la abría, el orujo del patio de enfrente.
Pidió un café solo y no se lo bebió, porque nadie con su trabajo se bebe un café en un sitio así, y se quedó de pie en la esquina de la barra, junto al pasillo de los servicios, que era el único metro cuadrado libre del local.
Y allí estaba el tablón.
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El tablón de corcho de La Báscula ocupa dos metros de pared y tiene veinte años de Valdehelada clavados con chinchetas, unos recortes encima de otros, en tres capas, amarilleados por el sol de la ventana y curvados por la humedad de tres mil campañas de aliento.
Casi todos eran de El Eco de Mágina, el semanario de la comarca, que salía los viernes, tenía dieciséis páginas y llevaba desde 1988 fotografiando exactamente las mismas cosas.
Nieves los fue leyendo mientras esperaba, porque a la una y veinte en aquel bar no había otra cosa que hacer con los ojos.
La nevada de 2005, con dos hombres subidos a un montón de nieve y el campanario de Santa Ana detrás.
El equipo de fútbol sala del pueblo, campeón de algo, en dos filas.
La cabalgata. Un socio enseñando a la cámara un ramón cargado con una cara de orgullo que no le cabía.
Un cheque enorme de cartón. La procesión.
Una excavadora y cinco señores con casco y el pie de foto de una obra que ya no se acordaba nadie.
La procesión otra vez. Un aula nueva. La virgen.
El equipo de fútbol sala, otra vez, esta vez perdiendo.
Un pueblo de setecientas ochenta personas fotografiado durante veinte años los viernes por un semanario de dieciséis páginas, y todo lo que había pasado allí en veinte años cabía en dos metros de corcho: una nevada, dos obras, cuatro campeonatos, doscientas procesiones y ni un solo día malo.
Nieves conocía aquella pared desde niña, cuando su padre la traía los sábados y la sentaba en un taburete con un refresco mientras él se tomaba el suyo, y le habría sabido decir, sin mirar, que la foto de la nevada estaba a la izquierda y que el cheque de cartón estaba en el centro.
Los recortes de arriba estaban blanqueados del sol de la ventana hasta el punto de que ya no se les veían las caras: eran manchas grises con forma de gente.
Y entre la capa de abajo y la de en medio, con una chincheta en cada esquina y el papel del color del té, una foto de veinte hombres de pie en dos filas, en una sala con manteles blancos, todos con chaqueta y algunos con corbata, todos con esa cara de foto de después de cenar.
Debajo, en cuerpo pequeño, con la tipografía apretada de El Eco:
La Asociación Provincial de Almazaras celebró el pasado día 14 su cena anual en el hotel Alcuza de la capital, con asistencia de medio centenar de representantes del sector.
En la imagen, tercero por la izquierda en la fila superior, el presidente de la Cooperativa Olivarera de Valdehelada, S.C.A.
, Feliciano Valenzuela, junto a los presidentes de las entidades de Huelma, Cambil, Bedmar y Pegalajar. 16 de diciembre de 2011.
Nieves miró la foto tres segundos, calculó que el tercero por la izquierda de la fila de arriba era un hombre con la cara redonda y una copa en la mano, y pasó al recorte siguiente, que era de una carrera popular.
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Chano Valenzuela entró a la una y media y el bar se enteró.
No porque gritara, aunque gritaba. Entró diciendo el nombre de cuatro personas desde la puerta, le dio una palmada en la espalda a un hombre que estaba de espaldas comiendo, le dijo algo al del dominó que hizo reír a los cuatro de la mesa, y al llegar a la barra levantó dos dedos y dijo que a esa mesa lo que quisieran, que hoy pagaba él, y en Valdehelada eso no se dice: se hace, y por eso se dice.
Cincuenta y ocho años, uno setenta y dos, una tripa honrada, una camisa de cuadros por fuera del pantalón y un anorak abierto. Presidente de la cooperativa desde 2008, cuatro mandatos, y ni uno solo disputado.
Aparcado fuera, de morro a la puerta y ocupando dos plazas, había un todoterreno blanco recién lavado.
— ¡Pero bueno! — Ya venía hacia ella con los brazos abiertos—. ¡Pero si es la niña de Mateo Sabariego!
Y le puso la mano en el hombro.
———
El olor llegó cuarenta centímetros antes que la mano.
Nieves lo desmontó entero sin querer, en dos segundos y medio, con la precisión de veinte años de oficio, y ese fue el problema: que no supo no hacerlo.
Arriba, una colonia cara. Cara de verdad, de las de setenta euros el frasco, con la salida de bergamota y de pimienta ya volada y el fondo abierto del todo, ámbar, vainilla, madera dulce. Puesta hacía siete u ocho horas.
Debajo, sudor. Sudor de un hombre grande, de tres días, el de la camisa que se ha puesto encima de otra, con su amoníaco y su ácido y su fondo de cebolla.
Y las dos cosas no se mezclaban. Ese era el detalle.
Un olor a persona limpia es una cosa sola.
Un olor a persona sucia es una cosa sola y Nieves había estado dos horas en un zaguán con gallinas y se había ido tan contenta.
Aquello eran dos estratos separados, uno encima del otro, sin tocarse, con el dulce de la vainilla flotando por arriba y el ácido saliendo por debajo, atravesándolo, y entre los dos una franja donde se encontraban y hacían una tercera cosa que no era ninguna de las dos y que no tenía nombre en ningún manual del mundo.
A Nieves se le cerró la garganta.
Fue físico, medible y humillante. La saliva se le puso espesa, el estómago le subió tres centímetros y tuvo que apretar la mandíbula y respirar por la boca cuatro veces seguidas mientras aquel hombre le hablaba a diez centímetros de la cara, con la mano en su hombro, encantado de verla.
Contó las cuatro respiraciones. Se agarró al canto de la barra con la mano izquierda.
En veinte años de oficio había olido aceite podrido a las ocho de la mañana, alpechín en agosto, un depósito de borras de tres años y una vez, en un peritaje, cuatrocientos litros de aceite con gusano, y no se había mareado nunca.
— ¿Qué te pongo, hija? ¿Un vinito? — Chano ya estaba pidiendo—. Ponle un vinito.
— Estoy trabajando.
— ¡Que estás trabajando! — Se rió con toda la boca y con toda la tripa y se giró a la barra a buscar público, y lo encontró, porque siempre lo encontraba—. Que está trabajando, dice. Aquí, en el bar. Ay, esta gente de laboratorio.
———
Le habló ocho minutos sin parar y sin soltarle el hombro más que para coger el vaso.
Le habló de su padre, que era un fenómeno y un caballero.
De la fusión, que era lo mejor que le podía pasar a este pueblo, y que él lo había peleado solo contra todos, y que ya lo verían.
Del patio nuevo. De Nacho Latorre, que era un chaval listísimo y al que había que atarlo corto, y se rió.
Del subdelegado, al que tuteaba. De lo que se está pagando el kilo y de la vergüenza que es.
De su hijo, que estaba en Sevilla. De la cena de Nochebuena.
Nieves contestó cuatro veces con monosílabos y en ningún momento dejó de mirarle las manos, que eran unas manos gordas, blandas y limpias, con un anillo, y que no habían cogido una barra ni una llave inglesa ni un capacho en cuarenta años.
Y mientras tanto, el bar entero trabajaba para él.
Ese era el fenómeno y Nieves lo estuvo midiendo desde su esquina de la barra con la frialdad con la que se mide todo lo demás: cuando Chano Valenzuela hablaba, los de la mesa del dominó bajaban la voz sin darse cuenta; cuando Chano Valenzuela se reía, se reían cuatro personas que no habían oído el chiste; y cuando Chano Valenzuela se giró a pedir, el camarero, que llevaba veinte minutos sin atender a un hombre que esperaba en el otro extremo con un billete en la mano, le puso el vaso antes de que terminara la frase.
Nieves contó tres personas que se acercaron a saludarlo en ocho minutos y ninguna que se acercara a saludar a nadie más.
Aquello no lo compraba el dinero. Aquello se lo daba el pueblo gratis, todos los días, desde 2008, por cuatro mandatos y ni uno disputado, y se lo habría dado igual aunque no hubiera invitado a nada.
Y mientras aquel hombre hablaba, con la mano en su hombro y el vaho de la vainilla y el amoníaco entrándole en la nariz a diez centímetros, a Nieves le llegó todo junto, redondo, ordenado y perfecto, y le llegó con la forma que tienen las conclusiones cuando llevas tres semanas trabajando: en 2011, en aquella cooperativa, había un solo hombre que tuviera el poder, la firma y el motivo.
Un presidente firma. Un presidente decide qué se muele y qué no.
Un presidente sabe lo que hay en cada depósito y lo que se dice de cada depósito, y un presidente es el único que tiene algo que perder si un laboratorio de Jaén le pone un tres y medio a un depósito entero en la segunda semana de campaña.
La chica del laboratorio de la cooperativa mandó una muestra a Jaén sin pasar por gerencia, y esa muestra salió lampante, y esa chica se fue del pueblo nueve días después y no volvió.
Y esto lo pensó Nieves Sabariego con la cabeza, o eso le pareció a ella, mientras a cuarenta centímetros de su cara una colonia de setenta euros se le peleaba con el sudor de tres días de un hombre de ciento y pico kilos y le cerraba la garganta.
— ...porque aquí lo que hace falta es tamaño, hija.
Tamaño. — Chano ya iba por el segundo vaso y no había soltado el hombro—.
Que nos han tenido cuarenta años vendiendo a granel a los de fuera, y los de fuera vienen aquí con la furgoneta, se llevan nuestro aceite a cuatro euros, lo meten en una botella bonita y lo venden a doce.
Doce. Y el que lo compra en Madrid se cree que eso lo ha hecho un señor con boina en la Toscana.
Y el señor con boina soy yo, mujer. El señor con boina somos nosotros.
Y llevamos cuarenta años poniendo el aceite, la tierra, el agua y la espalda para que el dinero se lo lleve un tío con una etiqueta.
Pues se acabó. Con la fusión somos veinte millones de kilos y con veinte millones de kilos ya no te viene nadie a decirte a cómo te lo compra: se lo dices tú.
Y en eso, hasta con la garganta cerrada, Nieves tuvo que darle la razón, porque era verdad y llevaba siendo verdad desde antes de que ella naciera.
— ...y yo se lo digo a todo el mundo, ¿eh? Que esta cooperativa hace el mejor aceite de esta sierra y lo hace desde el cincuenta y siete. Que aquí no ha habido nunca un problema. Nunca. Ni uno.
— Este año les ha salido un lampante — dijo Nieves.
— ¡Un troje, mujer! ¡Un troje en un puente! — Le apretó el hombro, cordial, sin ninguna fuerza—. Eso le pasa hasta al Papa.
— Y en el once les salió otro.
Y Chano Valenzuela se paró.
Fue medio segundo. Fue tan poco que si Nieves hubiera estado mirándole la cara en vez de las manos no lo habría cogido: se le quedó el vaso a la altura del pecho y los ojos se le fueron una décima a un punto de la barra que no era nada.
Y luego se echó a reír, y se rió de verdad, con la tripa, con la boca abierta y con los ojos cerrados, y le dio dos palmadas en el hombro y buscó otra vez el público de la barra y lo encontró.
— Ay, Nieves, hija. — Se limpió un ojo con el dorso de la mano—. Si tú firmaste nuestro aceite del año de la helada. Que ya llovió.