La báscula
A las siete y diez de la mañana, en la cola de la cooperativa, hay dieciocho pares de faros encendidos dentro de la niebla y ni una sola persona con prisa.
Es la hora más honrada de la campaña: los hombres están recién levantados, no han discutido con nadie todavía, llevan el termo en la cabina y el primer cigarro a medias, y a esa hora se saludan todos con la mano sin sacarla del volante, tractor por tractor, en un orden que no ha escrito nadie y que no se salta ninguno.
Nieves aparcó fuera y entró andando por el carril de los coches, con el chaleco reflectante que le había dado Yeyo diez días antes y que se había dejado en el maletero, y le pareció que aquello era, técnicamente, un modo de decir que iba a volver.
— Buenos días. Nieves Sabariego, del laboratorio de Jaén.
— Ya sé quién eres. — La mujer no levantó la vista de la pantalla—. Eres la de Nati. Fali. Pasa y cierra, que se me va el calor.
———
El puente de pesaje son dieciocho metros de chapa estriada empotrada en el hormigón, con cuatro células de carga en las esquinas, y aguanta sesenta toneladas.
Entra el tractor con el remolque cargado, para encima, y Fali le da a una tecla y le sale el bruto.
El hombre va, descarga en la tolva y vuelve.
Para otra vez encima, Fali le da a la misma tecla y le sale la tara.
La diferencia son los kilos de aceituna de aquel socio aquel día, y de esos kilos sale, tres meses después, lo que ese hombre cobra por un año entero de su vida.
Rafaela Rodenas llevaba en aquella caseta desde 1996.
Cuarenta y cinco años, la voz ronca de fumar en una caseta de tres metros con la ventana abierta, unas manos rojas y un teclado con las letras borradas de la fila del medio.
Trabajaba sin mirar el teclado y sin mirar apenas la pantalla: miraba por la ventana, reconocía el tractor, decía el nombre y tecleaba el número de socio de memoria.
— Buenos días, Paco. — Tecla. Papel—. Cuatro mil ochocientos veinte. Anda, si has traído más que el jueves.
— Es que el jueves llovía.
— El jueves llovía. — Tecla—. Toma. Que te vaya bonito.
Y así dieciocho veces mientras Nieves estaba allí de pie, con la espalda contra el radiador y las manos en los bolsillos, sin decir nada, mirando cómo aquella mujer despachaba un tractor cada setenta segundos sin equivocarse una vez.
Por la ventana de la caseta se veía todo lo que hay que ver de una comarca en invierno.
Detrás de los tractores, en la ladera de enfrente, cuando la niebla se abría un momento, aparecían las cuadrillas: ocho o diez personas por olivo, las mallas verdes extendidas en el suelo desde el tronco hasta la punta de la copa, dos hombres con los vibradores de mano y el ruido de motor de gasolina que sube por la vaguada y se oye desde la carretera, y el resto arrastrando, cribando, embolsando.
En Sierra Mágina el olivar es de montaña y está en pendiente, y una máquina cabalgante de esas que en la campiña se comen una hectárea en una hora aquí no puede subir, y por eso allí seguía habiendo gente.
Gente a las siete y media de la mañana, con dos grados, con las manos partidas, cobrando el jornal del convenio y esperando que no lloviera, porque si llueve no se vare, y si no se vare no hay jornal, y en un pueblo de setecientas ochenta personas la diferencia entre una campaña de setenta días y una de cuarenta la nota hasta el que vende el pan.
Todo aquello, ocho personas por olivo, tres meses, cuatro términos municipales, dos mil hectáreas y un pueblo entero conteniendo la respiración desde noviembre hasta marzo, terminaba en una fila de números blancos sobre fondo azul en la pantalla de una caseta de tres metros por tres.
— Tú vienes por lo del lampante — dijo Fali, entre el nueve y el diez, sin volverse.
— Vengo por lo del lampante.
— Menudo disgusto le has dado a este hombre.
— El disgusto se lo ha dado el troje.
Fali soltó una risa corta por la nariz, de las que no llegan a la cara, y sacó otro ticket.
———
Le enseñó el programa cuando bajó la cola, sobre las nueve y media, con esa generosidad automática de la gente que lleva treinta años haciendo una cosa que no le interesa a nadie y a la que un día alguien le pregunta.
Era un programa feo, de fondo azul y letras blancas, hecho por una empresa de Jaén que ya no existía, y llevaba encima once años de un parche que le puso el sobrino de alguien para que exportara a Excel.
— Aquí está todo — dijo Fali—. Todo, todo. Entradas, socio, matrícula, kilos, hora, día. Y el rendimiento cuando llega de laboratorio, que lo meto yo a mano.
— ¿Desde cuándo?
— Desde el noventa y dos. — Le dio a un desplegable y salió una lista de campañas que llenó la pantalla entera y siguió bajando—. Del noventa y dos al noventa y siete está pasado a mano, que lo pasé yo de los libros cuando entré, en los ratos muertos. Y de ahí para acá, según entraba.
— ¿Y esto lo mira alguien?
— Esto no lo mira ni Dios. — Fali cogió el vaso de café con leche, lo miró, se lo bebió frío y lo dejó—.
Aquí baja el gestor en junio, mira el total de la campaña, dice muy bien, y se va.
Y ahora los de la fusión, que quieren los totales de cinco años en un papel.
Los totales. Treinta años de tickets aquí dentro, uno a uno, con el nombre y la hora, y lo que quiere todo el mundo es la suma.
Lo dijo sin queja y sin orgullo, como quien informa de la altura de una pared.
Nieves miró la pantalla. Treinta y tres campañas. Un millón de líneas, o dos, o las que fueran, cada una con un hombre, un remolque, una hora y unos kilos, en un ordenador de una caseta de tres por tres a la que no bajaba nadie.
———
— Aquí no se puede mentir — dijo Fali, y lo dijo mientras metía un número, sin darle ninguna importancia, del mismo modo en que había dicho que había subido el pan—.
Eso es lo que no entiende la gente de fuera.
En una cooperativa se puede discutir de todo.
Del precio, del rendimiento, de la fusión, de si el aceite de este año está mejor o peor que el del año pasado, de quién manda y de quién se cree que manda.
De todo. Pero aquí abajo no. Aquí un kilo es un kilo.
Se sube el hombre, se pesa, se baja, se pesa, y la resta es la resta.
Y esa resta no la discute ni Dios, porque la resta la hace la báscula, y la báscula la verifica un señor de industria una vez al año y le pone un precinto.
— ¿Y el resto?
— ¿Qué resto?
— Lo que se muele — dijo Nieves—. Lo que entra por la tolva.
Fali se rió por la nariz otra vez.
— Ah, eso es otro libro. — Sacó un ticket, lo cortó por la línea y lo dejó en el mostrador—. Eso es el parte de molturación. Eso lo lleva el maestro, en la nave. Cuántos kilos han pasado por la línea en cada turno, cuánto aceite ha salido, cuánto rendimiento. Eso es de ellos. Yo lo mío.
— ¿Y cuadran?
— ¿Cuadrar? — Fali se giró en la silla, con una ceja levantada, y por primera vez en toda la mañana pareció que se lo estaba pasando bien—.
Hija, eso no cuadra nunca. Ni aquí ni en ningún sitio.
Aquí entra fruto y aquí se muele fruto, pero es que entre lo uno y lo otro está el troje, y el troje es un agujero.
Yo peso hoy cuatro mil kilos de Paco y esos cuatro mil kilos a lo mejor se muelen mañana, o pasado, o el lunes, mezclados con los de otros seis.
Y luego está la hoja, y la tierra, y lo que se cae, y lo que se queda pegado.
Al final de la campaña, en junio, alguien suma lo mío y suma lo del parte y sale una diferencia, y esa diferencia se llama merma, y si la merma es normal nadie dice nada, y si es rara pues se mira. Y ya está.
— ¿Y quién la mira?
— Pues... — Fali se quedó pensando un segundo de verdad—. Pues el gestor. En junio. Cuando le da tiempo.
Volvió a la pantalla. Fuera pitó un tractor.
— Dos libros — dijo Nieves.
— Dos libros — dijo Fali—. Dos libros y dos personas. Y cada una a lo suyo, que bastante tiene.
———
— Enséñame la del cuatro — dijo Nieves—. La de este año.
Fali filtró por depósito y salió una tabla. Nieves fue leyendo, apoyada en el respaldo de la silla sin brazo.
Del 27 de noviembre al 1 de diciembre, la cooperativa había recibido ciento noventa y seis mil kilos y había molturado ciento cuarenta y dos mil.
Cincuenta y cuatro mil kilos se habían quedado en los trojes el puente entero, del jueves a la noche al lunes por la mañana, porque la nave para cuando para el personal y el personal libró el puente como libra todo el mundo.
— Cuatro días — dijo Nieves.
— Cuatro días — dijo Fali—. Y aquí a nadie le gusta, eh. Que se lo dijeron al Chano en la asamblea y el Chano dijo que la gente tiene derecho a un puente. Que también es verdad. Pero luego sale eso.
Todo cuadraba. El atrojado de la muestra 63 estaba explicado, medido, fechado y documentado en la pantalla de aquella caseta, con los kilos exactos y las horas exactas, y era exactamente lo que Yeyo Zafra le había dicho de pie en el patio en una sola frase el 5 de diciembre por la mañana.
Cincuenta y cuatro mil kilos de fruto amontonados cuatro días en un troje de hormigón sin techo dan atrojado, y lo dan siempre, y lo dan en todas las almazaras de este país, y el que diga lo contrario miente o no ha entrado en una nave en su vida.
Nieves lo habría firmado en cualquier juzgado.
Todo cuadraba, y a Nieves no le servía de nada, porque el problema no era el atrojado de la 63. El problema era que la 71 llevaba dentro una aceituna congelada en un año en el que la mínima de la comarca había sido de un grado y cuatro décimas.
———
— Fali.
— Dime.
— ¿Puedes sacarme una campaña vieja?
— Puedo sacarte lo que quieras. Otra cosa es que tarde. — Fali se giró en la silla por primera vez en dos horas y la miró de arriba abajo, sin ninguna hostilidad, con la curiosidad plana de una mujer que lleva media vida viendo entrar gente por aquella puerta—. ¿Cuál?
— La del once. La once-doce.
— La del año de la helada. — Fali volvió a la pantalla y bajó por el desplegable, y las campañas fueron pasando hacia atrás, año a año, en letras blancas sobre azul—.
Esa fue mala. Esa fue de las malas de verdad.
Aquí se descargó todo en cuatro días, hija.
Todo. Toda la sierra a la vez. Yo estuve once días sin salir de aquí más que a dormir.
— ¿Y está entera?
— Está entera. Aquí está todo entero. — Marcó la campaña y pulsó—. ¿Qué quieres, el total?
— No.
Nieves se apartó del radiador. Fuera, en el patio, un remolque volcó cuatro mil kilos en la tolva 1 y el ruido de granizo sobre chapa entró por la ventana corredera y llenó la caseta durante nueve o diez segundos, y las dos esperaron a que se acabara sin mirarse.
La helada negra había caído las noches del 12 y del 13.
La noche del 13 al 14 se rompió y a la mañana siguiente, con el fruto ya reventado por dentro y el reloj en marcha, cuatro términos municipales se echaron a la carretera con los remolques cargados a la vez, y en Valdehelada había cincuenta y cuatro mil kilos esperando desde el puente y unos trojes que ya no daban más de sí.
El primer día en que todo aquello tuvo que entrar por una sola boca fue el miércoles 14.
— Quiero los tickets del catorce — dijo Nieves—. Del 14 de diciembre de 2011. Todos. El día entero.
Fali dejó las manos quietas encima del teclado.
— ¿Del catorce? — dijo, y se giró otra vez, y esta vez tardó bastante más en volver a la pantalla—. Qué cosa más rara me pides.