Tipicidad
Nieves aparcó a la puerta porque en la calle Real se aparca a la puerta, y antes de bajar se quedó dentro del coche con el motor parado y la ventanilla bajada cuatro dedos.
Menos uno. La niebla del mediodía se había caído sobre el pueblo a las seis de la tarde y ahora colgaba entre las farolas en unos filamentos amarillos que se movían muy despacio, y el olor estaba allí, entero, sin un hueco: orujo, alperujo, agua de vegetación, el humo de la caldera del kilómetro dos y por debajo, muy abajo, la leña de encina de cuarenta chimeneas.
Espeso hasta el punto de tener textura. Una cosa que se podía cortar y poner en un plato.
Su madre abrió la puerta antes de que llamara, porque llevaba desde las siete y media detrás del visillo, que era un dato que Nieves tenía comprobado desde los quince años y que no había fallado nunca: el visillo de la calle Real se movía cuando el coche entraba en la calle, no cuando paraba.
— Ay, hija, qué frío. Pasa, pasa, que se va todo el calor. ¿Has cenado? No has cenado. Si no cenas nunca.
La casa de la calle Real olía a la casa de la calle Real, que era un olor que Nieves podía reconstruir con los ojos cerrados a doscientos kilómetros: aceite de freír caliente, tomate, cal, brasero de picón, ropa tendida dentro, y ese fondo de armario cerrado y madera vieja que tienen todas las casas de aquel pueblo y que no se va con nada porque forma parte de la estructura del edificio.
— Mamá, esto huele a fritanga que te caes.
— ¿Sí? — Nati Ariza estaba ya de vuelta en la cocina, con el mandil puesto—. Yo no huelo nada.
———
Freía berenjenas. Las freía en una sartén honda con dos dedos de aceite hirviendo, que era dos veces y media lo que hacía falta, y Nieves llevaba treinta años diciéndoselo y su madre llevaba treinta años contestándole que el aceite ni se gasta ni se pierde, que se queda ahí y luego se cuela, cosa que era rigurosamente falsa y que a estas alturas ya se decían las dos con la misma entonación de siempre, como quien reza.
Y había una segunda parte de aquella discusión que tampoco se resolvía nunca.
El aceite de la sartén de Nati Ariza era el que le llevaba Nieves de Jaén, en garrafa de cinco litros, un virgen extra de frutado cuatro coma dos y picante tres, de una almazara pequeña de la sierra que ganaba premios y del que en aquella cocina se hacía exactamente el mismo uso que del de dos euros: se ponían dos dedos en la sartén, se calentaba hasta que humeaba y se freían berenjenas.
Nieves se lo llevaba igual. Cinco litros cada seis semanas, desde 2009, sabiendo perfectamente lo que iba a pasar con ellos, y esa era, si alguien se lo hubiera preguntado, la definición más exacta que podía dar de su relación con su madre.
Nieves se sentó en el taburete de la esquina, entre el frigorífico y la ventana, que era su sitio desde los seis años y desde el que se veía la sartén, la puerta y el trozo de calle, y su madre empezó.
— ...que le han dado el alta al padre de la Manoli, que ya era hora, tres semanas en Jaén, y la Manoli en el hospital todos los días en el autobús de las siete, que digo yo que un taxi entre los tres hermanos, pero ahí cada uno mira lo suyo.
Y ha subido el pan. Cinco céntimos ha subido.
Y en la fusión esa, hija, en la fusión están todos revueltos, que dicen que la de Huelma se queda con todo y que aquí vamos a ser una sucursal, y el Chano en la asamblea diciendo que no, que qué va, que es al revés, que somos nosotros los que...
y todo el mundo aplaudiendo, porque a ese hombre le aplauden hasta cuando estornuda.
Y luego en el bar se ríen. Que aquí se aplaude delante y se raja detrás, eso siempre ha sido así...
— Mamá.
— ¿Qué?
— Que se te queman.
— Que no. — Le dio la vuelta a una berenjena con dos dedos, sin pinza, sin quemarse, con una habilidad de setenta y cuatro años —.
Y el cementerio. ¿Tú has visto lo del cementerio?
Que van a hacer nichos nuevos arriba, en lo alto, donde el ciprés grande, y los de abajo están todos que trinan porque dicen que se va a hundir la ladera.
Y a lo mejor se hunde, eh. Y la del estanco se ha jubilado, que ya tiene sesenta y siete y no puede con las piernas.
Y el pobre Tolo Herrador está hecho un cristo, hija, ese ya no levanta cabeza, que sube al patio a que le dé el aire porque en su casa se ahoga.
Que desde la pulmonía de hace unos años no huele ni el humo, fíjate, ni el humo huele.
Se le queman las cosas en la lumbre y no se entera.
Tiene que ir la de al lado a decírselo, que un día va a arder la calle Real entera por ese hombre.
Y con el hijo en Alemania, en un puerto de esos del norte, que va con el camión arriba y abajo.
Que llama los domingos, eso sí. Los domingos a las siete, como un reloj.
Y digo yo que un hijo tiene que estar...
Nieves cogió una berenjena de la fuente con los dedos, se quemó las yemas, se la comió igual y no oyó ni la mitad de lo que le estaban contando, porque su madre hablaba a una velocidad a la que solo se puede escuchar del modo en que se escucha la radio del coche: dejando que pase todo y despertándose cuando suena una palabra que te toca.
———
— ...y el Yeyo se ha comprado una máquina de esas de podar que va con batería, que dice la Loli que le ha costado un dineral, pero ese hombre es un santo, eh, que cuando nevó lo de la carretera de Huelma, lo del año pasado, ese estuvo con el tractor desde las cinco de la mañana abriendo, y no cobró un duro, y luego bajó a la Antonia al hospital que se puso mala de madrugada.
A las cuatro de la mañana, en su coche. Es que ese hombre no dice que no a nada.
Y la Loli es Berlanga por parte de padre, que es prima segunda mía, por la rama del tío Frasco, o tercera, yo qué sé, aquí ya...
Y él es Zafra. Los Zafra son todos primos, hija, todos, aquí no puedes tirar una piedra sin darle a un Zafra.
Que se casan entre ellos desde el año la pera.
Y luego pasa lo que pasa, que sale la gente con cosas.
— ¿Qué cosas?
— Cosas. — Nati sacó las berenjenas a la fuente con la espumadera—. Cosas.
Y ahí se acabó, porque su madre tenía dos velocidades y aquella era la segunda: setenta y cuatro años soltando el pueblo entero a doscientas palabras por minuto y, de vez en cuando, una puerta que se cerraba sin ruido y de la que no había llave.
Nieves lo conocía desde niña. En aquella casa se hablaba de todo el mundo y de todo, del dinero, de las enfermedades, de los divorcios, de quién bebía y de quién no le hablaba a quién desde el año ochenta y seis, y había, repartidas por la conversación como piedras en un camino, cuatro o cinco cosas que se decían así: «cosas», y se cambiaba de tema, y no se volvía nunca.
— Y cómete otra, anda, que estás en los huesos.
Nieves miró por la ventana. Desde la cocina de su madre se veía, entre dos tejados, un trozo de la carretera de Huelma y las luces de sodio de la cooperativa, encendidas a dos kilómetros, colgadas en la niebla en una mancha naranja sin bordes.
Estaban encendidas todas las noches desde el quince de noviembre hasta primeros de marzo, y su padre había mirado aquella mancha desde aquella misma ventana durante cuarenta años.
— Y a la Sagrario le tienes que comprar huevos, que me ha preguntado por ti.
— ¿Qué Sagrario?
— La de los huevos, hija. La de la calle Cava. La madre de la Trini.
Y Nieves, con la berenjena en la mano, se quedó parada.
———
— ¿Qué Trini? — dijo.
— Ay, hija, mira que eres. La Trini. La Trini Extremera. La que estaba en el laboratorio de la cooperativa, la del pelo negro, la de las gafas. La que se fue.
El aceite de la sartén seguía haciendo ruido en el fuego, un chisporroteo fino de dos dedos de aceite a ciento ochenta grados, y su madre había puesto una tanda nueva y estaba con el tenedor pinchando la que quedaba.
Trini Extremera.
T. Extremera, en una letra pequeña, vertical y apretada, en la casilla de toma de muestra de una etiqueta blanca grapada a la primera página del acta 2011/1187.
— ¿Se fue? — dijo Nieves.
— Se fue. Se largó. Dejó el coche en Jaén, en la estación de los autobuses, con el bolso dentro y todo, y se fue.
— Nati hablaba mirando la sartén—. Iba a hacer un máster en Granada, una cosa de esas.
Y estaba hasta el moño de aquí, que se lo dijo a más de uno.
Y un día se fue y no ha vuelto. Catorce años.
— ¿Y nadie la buscó?
— ¿Buscarla? — Su madre se giró con el tenedor en la mano—.
Hija, si se había ido ella. Vinieron los civiles de Huelma, preguntaron por aquí, preguntaron por allá, y todo el mundo les dijo lo mismo, que aquella niña se quería ir.
Y era verdad, eh. Que se lo decía a todo el mundo.
Que era muy suya, muy seria, no salía, no tenía novio, siempre con los papeles y los números.
Y la madre, la pobre, que sigue diciendo que no, que su hija no se fue.
Todos los años baja al patio en la campaña, a ver si alguien se acuerda.
Todos los años. Y la gente la saluda, claro. Qué le vas a decir.
Nieves dejó la berenjena en la fuente y se limpió los dedos en un papel de cocina, despacio, uno por uno, empezando por el pulgar, mientras su madre seguía pinchando berenjenas con el tenedor y la sartén seguía sonando en el fuego y en aquella cocina no pasaba absolutamente nada.
Catorce años. En catorce años, aquel nombre no le había llegado ni una sola vez: ni por su madre, que se lo contaba todo, ni por el bar, ni por la calle, ni por nadie. En Valdehelada no se hablaba de Trini Extremera, del mismo modo que en Valdehelada no se hablaba del olor.
— ¿Cuándo se fue? — dijo.
— Pues por diciembre. — Nati echó otra tanda de berenjenas al aceite y la sartén rugió—. El año de la helada.
———
Catorce años. En catorce años, aquel nombre no le había llegado ni una sola vez.
Ni por su madre, que le contaba lo que cobraba el hijo de la Manoli y lo que le había costado a la Loli una máquina de podar.
Ni por el bar. Ni por la calle. Ni por su padre, que estuvo vivo siete años más y que se sentaba en aquella misma mesa camilla a contarle la cooperativa entera, socio por socio, hasta que se murió en 2018.
Ni una vez. Y no era un secreto, porque los secretos se guardan y aquello no lo guardaba nadie: se lo acababa de contar su madre en cuarenta segundos, con la sartén en la mano, entre los nichos del cementerio y la máquina de podar de Yeyo Zafra, sin bajar la voz y sin mirar a la puerta.
Estuvieron un rato calladas, que en aquella cocina era una anomalía estadística de las gordas. Su madre acabó las berenjenas, apagó el fuego, puso la fuente en la mesa camilla del salón, sacó dos platos y una botella de gaseosa que llevaba abierta desde el domingo.
Nieves se sentó a la mesa camilla, metió las piernas debajo de las faldas, notó el calor del brasero en las espinillas y no comió, y su madre no se lo dijo, que era la única señal fiable que daba aquella mujer de que se había enterado de algo.
— ¿Tú te acuerdas de ella? — dijo Nati, sentándose enfrente y metiendo las piernas bajo las faldas de la mesa—. Es más pequeña que tú. Tres años o cuatro. Iba con las de la Puri chica.
— No.
— Pues ella sí que se acordaba de ti, mira.
— Nati cogió una berenjena, la mojó en la miel y se la comió entera, y siguió hablando con la boca llena, que era una de las tres cosas que le hacía a Nieves ver a su padre en la mesa—.
Que cuando entraste tú en el laboratorio de Jaén, la madre me lo dijo aquí mismo, en esta mesa: mi Trini dice que la hija de Nati está en el laboratorio bueno.
Nieves se quedó mirando la fuente de berenjenas, que estaba en el centro de la mesa camilla, encima de un salvamanteles de corcho que llevaba allí desde que ella era pequeña, con la miel corriéndose por un lado y formando un charco fino en la loza.
— Y eso lo mismo fue por lo de la muestra — dijo Nati.
— ¿Qué muestra?
Su madre se limpió las manos en el mandil y la miró con la cara de una mujer que está explicando algo obvio a alguien que trabaja demasiado.
— Esa niña os mandó una muestra a vosotros unos días antes de irse. ¿No te acuerdas?