Atrojado
La carretera de Huelma sube desde la vega en veintiséis kilómetros y en tres tramos que Nieves se sabía de memoria, y el tercero, el de las curvas cerradas a partir del kilómetro dieciocho, se lo hizo entero dentro de una nube.
Niebla de inversión, la de todos los inviernos, esa que no es niebla de valle sino un techo bajo y quieto que se instala a novecientos metros y que no levanta hasta las doce, si levanta, y que convierte el olivar en una cosa gris de la que solo se ven las tres primeras filas de árboles y unas mallas verdes tendidas en el suelo que aparecen y desaparecen en los claros.
Su madre la esperaba a las nueve. Le había dicho por teléfono el miércoles que subía a llevarle el aceite de oliva del laboratorio y la compra grande de la semana, que era mentira solo en la mitad: la compra iba en el maletero, en cuatro bolsas, y el aceite también.
Estuvo en la casa de la calle Real doce minutos.
Nati Ariza tenía setenta y cuatro años, ni un tornillo suelto y una manera de hablar que consistía en empezar cuatro frases y terminar la segunda.
Le contó lo del hijo de la Manoli, lo de la obra del cementerio, lo de que a la vecina le habían quitado el coche los del seguro y algo del sobrino de no sé quién, todo en doce minutos y sin sentarse.
Nieves colocó la compra en la despensa, comprobó que la caldera tenía presión, dijo que a mediodía volvía y salió.
— ¿Y adónde vas ahora? — dijo Nati desde la puerta.
— A la cooperativa. Es trabajo.
— Ay, hija. Vienes al pueblo a trabajar.
Se lo dijo sin veneno, que era lo peor de su madre: llevaba setenta y cuatro años sin ponerle veneno a nada y acertando igual, y esa puntería sin munición era la razón por la que Nieves subía a Valdehelada con la compra hecha, la despensa colocada y la caldera comprobada, y se marchaba antes de que a las dos les diera tiempo a sentarse en la misma habitación.
———
La Cooperativa Olivarera de Valdehelada está en el kilómetro dos de la carretera de Huelma, a la salida del pueblo, y a las nueve y veinte de la mañana de un cinco de diciembre había once remolques en la cola, todos con los faros encendidos dentro de la niebla, todos con el motor al ralentí, y una fila de hombres apoyados en las ruedas de los tractores con vasos de plástico en la mano y las gorras caladas hasta las orejas.
Nieves aparcó el coche fuera, contra la valla, y se quedó tres segundos con la mano en la manilla antes de bajar.
El olor la cogió antes de cerrar la puerta del coche, y aquello era otra cosa.
En la vega, el orujo era un ambiente, una capa fina repartida por veinte kilómetros de carretera.
Allí, en el patio, era una habitación. Dulzón, denso, húmedo, con el agua de vegetación por debajo y la aceituna caliente por arriba, y al fondo, atravesándolo, el gasoil de once motores parados en cola y el humo de la caldera de la orujera pequeña.
Le entró por la nariz y le bajó hasta el estómago, y Nieves se quedó de pie contra la puerta del coche respirando por la boca durante veinte segundos, que era el tiempo que tardaba una nariz entrenada en dejar de servir para nada en un sitio así.
Al minuto ya no lo olía. Eso pasa siempre y con todo el mundo, y es la razón por la que un catador no cata nunca dentro de una almazara.
La pituitaria se satura, levanta las manos y se rinde, y a partir de ahí puedes pasarte ocho horas dentro de un olor y jurar por tus muertos que allí no huele a nada.
Es un mecanismo de la especie y es bueno: si el olfato no se apagara, no se podría vivir en una ciudad, ni al lado de un río, ni con otra persona.
La nariz está hecha para avisar de lo que cambia y para callarse con lo que se queda, y por eso el peligro que se queda deja de ser un peligro y pasa a ser el sitio donde vives.
Los del patio llevaban dentro desde el quince de noviembre.
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Cruzó el patio pisando la costra de aceituna machacada que se forma en el hormigón y que en enero se pone del color del betún.
La báscula estaba a la izquierda, con la caseta encendida y la ventanilla corrida.
Las dos tolvas de recepción, enfrente, en un cuerpo de obra abierto por arriba, con las rejillas de vaciado y las cintas subiendo hacia la limpiadora.
La nave, al fondo, con el zumbido continuo de los molinos que se oye desde la carretera y que en el patio se te mete en el esternón.
La tolva 1 estaba tragando. Un remolque volcado por delante, la aceituna cayendo en cascada con el ruido de granizo sobre chapa que hacen cuatro mil kilos de fruto entrando de golpe, y una nube de polvo y de hoja saliendo hacia arriba y quedándose parada dentro de la niebla, sin poder subir.
La tolva 2 estaba parada. Y la rejilla de seguridad de la tolva 2, esa parrilla de barrotes soldados que va encima de la boca para que no se cuele una piedra, ni un palo, ni una bota, ni una persona, estaba en el suelo, apoyada de canto contra la pared del cuerpo de obra, con dos hojas de olivo pegadas en un barrote y el hierro brillante en los cantos de tanto quitarla y ponerla, de manera que la boca se había quedado abierta del todo: un metro y medio por tres, y tres metros de caída limpia hasta el sinfín.
Nieves la rodeó por la izquierda, sin acercarse al borde, y siguió andando.
En el patio había, sin contarla a ella, catorce personas.
Ninguna la miró. Ninguna dijo nada. En todas las almazaras de la provincia de Jaén, en campaña, la rejilla de alguna tolva está en el suelo, porque el fruto helado hace bóveda y hay que picarla, y para picarla con la barra hay que llegar, y para llegar hay que quitar la rejilla.
Lo hace todo el mundo. Se lo dice el técnico de prevención todos los años en la reunión de octubre y todos los años se lo dicen que sí con la cabeza.
———
El maestro de almazara salió de la nave secándose las manos en un trapo, la vio de pie en mitad del patio con la carpeta debajo del brazo, y en vez de seguir hacia la caseta se desvió y se paró a dos metros de ella, y esperó, que es una cosa que en un patio de recepción en campaña no hace absolutamente nadie.
— Usted es la hija de Nati — dijo.
— Nieves Sabariego. Del laboratorio de Jaén.
— Ya sé de dónde es usted. — Se guardó el trapo en el bolsillo del pantalón—. Aurelio Zafra. Aquí me llaman Yeyo.
Medía uno ochenta y seis y ocupaba el aire de una manera que no tenía que ver con la estatura sino con la quietud: era un hombre grande que estaba completamente parado, con los brazos colgando, sin hacer ni un gesto de más.
Las manos las tenía deformadas, con los nudillos como avellanas y dos dedos de la derecha que no acababan de cerrar, que es lo que le hacen treinta años de nave a unas manos.
Cincuenta y dos años. Chaquetón azul de faena, pantalón de faena, botas.
Olía a orujo y a gasoil.
Eso fue lo que Nieves registró de él, antes que la cara, antes que la voz, antes que el apellido: que olía a orujo y a gasoil, exactamente y en la proporción correcta, y que no había nada más.
Ni colonia encima. Ni suavizante peleándose con la faena.
Ni ese estrato de tabaco frío que llevan los que fuman a escondidas.
Yeyo Zafra olía a lo que era, con la misma honradez con la que un aceite bueno huele a aceituna, y a las nueve y media de la mañana de un cinco de diciembre, en un patio con niebla, Nieves Sabariego le dio a aquel hombre un crédito que no le había dado a nadie en veinte años y no se enteró de que se lo estaba dando.
— Venía por la 63 — dijo—. La primera muestra de ustedes. Ha salido lampante.
Yeyo se quedó callado tres segundos. Después dijo:
— Ya lo sé. Me llegó ayer el acta.
— Es un atrojado de manual. Mediana tres y medio. Frutado cero.
— Sí.
— ¿Le sorprende?
— No. — Miró hacia la cola de remolques y volvió—. El puente. Se cerró el jueves y se abrió el lunes y ahí se quedó lo que se quedó. Cuatro días. Y esto está a novecientos cuarenta metros pero el troje no se entera de la altura.
Hablaba bajo y corto, sin adornar, y no daba explicaciones que no le hubieran pedido.
Nieves llevaba veinte años tratando con maestros de almazara y la mitad de ellos, con un acta de lampante encima de la mesa, se ponían a hablar de la mosca, del ayuntamiento, de los precios y de la madre que parió a la cadena de distribución.
Aquel hombre había dicho «sí», había dado la causa en una frase y se había callado.
— Voy a mirar los trojes, si no le importa.
— No me importa. Póngase eso. — Le alcanzó un chaleco reflectante de un montón que había en un bidón—. Y por las cintas no pase.
———
La escalera exterior de la nave sube en dos tramos hasta la pasarela de las batidoras, y en el descansillo del primer tramo, sentado en el peldaño con la espalda contra la barandilla y las piernas estiradas, había un viejo con un cigarro.
Nieves lo conocía de toda la vida sin haber hablado con él más de cuatro veces.
Bartolomé Herrador, Tolo, que fue maestro de aquella almazara desde el setenta y nueve hasta el catorce, que se jubiló hacía once años y que seguía subiendo al patio todas las campañas «a echar una mano», cosa que en Valdehelada no le discutía nadie porque era más fácil discutirle a la sierra.
Setenta y uno. Flaco, con las manos enormes y el cuello suelto de los hombres que fueron fuertes.
Respiraba con una máquina averiada dentro, en dos tiempos, y por eso se sentaba a media escalera: porque el primer tramo se lo había ganado y el segundo se lo tenía que pensar.
— Buenos días, Tolo.
Tolo levantó la barbilla dos centímetros, que era su manera de saludar, y la miró con unos ojos muy claros y sin ninguna prisa.
— La niña de Mateo.
— Esa.
— Tu padre me enseñó a mí a dar marcha atrás con un remolque. — Se quedó un rato con eso, dándole vueltas—. Y no aprendí.
El cigarro se le había consumido cuatro centímetros él solo, apoyado en el filtro contra la barandilla, sin que le diera ni una calada, y la ceniza le cayó entera en la pernera del pantalón.
Tolo no la miró. Se la sacudió con el dorso de la mano, con el gesto lento de quien lleva años sacudiéndose ceniza de la pernera, y volvió a ponerse el cigarro en la boca.
— ¿Sube usted todavía a la pasarela?
— Yo subo a mirar. — Tosió, y la tos le duró siete u ocho segundos y se acabó sola—. Mirar no cansa.
———
Los trojes eran seis y estaban en línea, detrás de la tolva 1, cada uno con su número pintado con plantilla en la pared, en amarillo, medio comido. Cubículos de hormigón de seis por seis, sin techo, con la solera en pendiente hacia un canalillo.
El 1 y el 2 estaban llenos hasta la mitad de fruto de vuelo, limpio, verde, con hoja.
El 4 tenía un fondo. El 5 y el 6 estaban vacíos y baldeados.
Nieves se paró en cada uno, se agachó, cogió un puñado y lo olió, y en el 2 el fruto ya empezaba a calentarse por abajo, que es lo que pasa en cuanto lleva dos días amontonado y por eso los trojes son un mal necesario y por eso todo el mundo intenta moler en veinticuatro horas y casi nadie puede.
El troje 3 tenía la boca tapiada con dos tableros de encofrar clavados en cruz y una malla verde por delante, sujeta con alambre.
Los tableros estaban grises de intemperie y el alambre, oxidado y romo, se había comido su propio agujero en la madera.
Detrás de la malla, el cubículo estaba vacío, baldeado y seco, con una capa de tierra en la solera y un charco de agua de lluvia en la esquina, y las paredes de hormigón manchadas hasta un metro de altura de ese negro que dejan quince años de aceituna.
Yeyo Zafra estaba a diez metros, en la boca de la nave, con la vista puesta en la cinta de la limpiadora y las manos en los bolsillos del chaquetón, y Nieves tuvo que levantar bastante la voz para que la oyera por encima de los molinos.
— ¿Y el tres?
Yeyo no se giró.
— Ese troje no se usa desde hace años.