CAPÍTULO 24 — Los que siguen bailando #2
—Parte.
—¿Y el resto?
—A Lucía.
Delacroix levantó una ceja.
—Eso sorprenderá a Álvaro.
—Mejor.
—¿Por qué?
Beatriz guardó silencio.
—Porque llevo demasiado tiempo protegiendo a hombres adultos de las consecuencias de sus decisiones.
Delacroix no respondió.
—Eugenio primero.
—Sí.
—Álvaro después.
—Sí.
—Quizá yo también necesitaba dejar de hacerlo.
—Quizá.
Ella lo miró.
—No le queda bien.
—Lo sé.
Beatriz sonrió. Después miró la caja.
—¿Cree que Marina me odiaba?
Delacroix pensó.
—A veces.
La respuesta la sorprendió.
—¿A veces?
—Sí.
—¿Y otras?
—No.
—Eso parece peor.
—Probablemente.
Beatriz bajó la mirada.
—Trabajó aquí tantos años.
—No para usted.
—Lo sé.
—Pero.
—Sí.
Silencio.
—No sabía.
Delacroix la observó.
—No todo.
—Suficiente.
La frase de Marina. Todos sabían suficiente. Beatriz cerró los ojos.
—Eso me dijo.
—Sí.
—Y tiene razón.
—En parte.
—No.
—Sí.
Ella levantó la vista.
—No me absuelva.
—No lo hago.
—Entonces.
—Saber algo incompleto no es lo mismo que saberlo todo.
—Pero puede ser suficiente para preguntar.
Silencio. Delacroix no respondió. Beatriz sonrió sin humor.
—Ahí.
—¿Qué?
—No tiene respuesta.
—Sí.
—¿Cuál?
—Tiene razón.
La mujer se quedó inmóvil. Delacroix continuó.
—A veces no hace falta saber todo para preguntar más.
Silencio. Beatriz miró hacia la caja.
—Y yo no pregunté.
—No.
—Porque temía la respuesta.
—Sí.
La mujer asintió. No hubo más. No hacía falta.
—¿Volverá a Villa Almenara? —preguntó Delacroix.
Beatriz pensó.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando deje de parecerme una escena.
—Eso puede tardar.
—Tengo tiempo.
Delacroix la miró.
—Eso no siempre ayuda.
—No.
Beatriz sonrió apenas.
—¿Se marcha hoy?
—Sí.
—¿Volverá a Marbella?
—No.
Ella levantó una ceja.
—Miente.
Delacroix casi sonrió.
—Probablemente.
—Ahora sí le queda.
Se levantó. Beatriz también. No se dieron la mano inmediatamente. Después ella la extendió.
—Gracias.
Delacroix la miró.
—No.
—No me diga...
—No me agradezca que una mujer vaya a prisión.
Silencio. Beatriz bajó la mano.
—Entonces por qué.
Delacroix pensó.
—Porque la verdad ya no depende de Leandro.
Beatriz lo observó. Después asintió.
—Eso sí.
Se estrecharon la mano. Delacroix salió. Andrés Rivas estaba trabajando en otro hotel. Delacroix lo supo por Elena. No fue a buscarlo. Andrés lo encontró primero. Apareció en la estación poco antes de la salida del tren. Llevaba una chaqueta demasiado grande.
—Monsieur.
Delacroix levantó la vista.
—Andrés.
El muchacho parecía incómodo.
—Quería despedirme.
—Eso parece excesivo.
Andrés sonrió.
—Sí.
Se sentó a su lado.
—Montalbán me dijo que no tengo que volver a declarar por ahora.
—Bien.
—Eso ha dicho.
Delacroix lo miró.
—No.
Andrés rió.
—Está pegando fuerte.
—Demasiado.
El muchacho miró la estación.
—He devuelto el dinero.
—¿A Álvaro?
—Sí.
—¿Todo?
—Casi.
Delacroix levantó una ceja.
—Me gasté una parte.
—Entonces no todo.
—No.
—Bien.
Andrés lo miró.
—Ahora sí.
Delacroix sonrió apenas.
—¿Por qué lo devolvió?
El muchacho pensó.
—Porque me pesaba.
—El dinero no suele.
—Ese sí.
Silencio.
—¿Álvaro lo aceptó?
—No quería.
—¿Entonces?
—Lo dejé.
Delacroix asintió.
—Bien.
Andrés cerró los ojos.
—Ahora lo hace a propósito.
—Sí.
El muchacho rió. Después se quedó serio.
—¿Yo ayudé?
Delacroix lo miró.
—¿A qué?
—A Marina.
Silencio.
—Llevé el agua.
—Sí.
—Después mentí.
—Sobre Álvaro.
—Sí.
—Me fui.
—Sí.
Andrés bajó la mirada.
—Entonces.
Delacroix esperó.
—No sabía.
—No.
—Pero.
—No.
El muchacho levantó la vista.
—¿No?
—No convierta cada error en una participación en un asesinato.
—Pero ayudé a confundir.
—Sí.
—Entonces.
—Como todos.
Andrés guardó silencio.
—¿Eso me hace sentir mejor?
—No debería.
—Entonces.
—Aprenda.
Silencio. El muchacho asintió lentamente.
—Eso sí puedo.
Delacroix observó.
—Sí.
Anunciaron el tren. Andrés se puso de pie.
—Monsieur.
—¿Sí?
—La próxima vez que trabaje en una fiesta...
Delacroix esperó.
—Voy a mirar menos.
Silencio.
—No.
Andrés sonrió.
—¿No?
—Mire igual.
—Entonces.
—Pero no crea que ver significa entender.
El muchacho pensó.
—Eso suena complicado.
—Lo es.
—Bien.
Delacroix levantó una ceja. Andrés sonrió.
—Ahora yo.
Se marchó. Lucía apareció cinco minutos antes de la salida. Naturalmente. Delacroix la vio caminar por el andén con la carpeta bajo el brazo.
—Otra vez.
—Sí.
—Ya nos despedimos.
—No.
—¿No?
—Hablamos.
—Es parecido.
—No.
Delacroix casi sonrió. Lucía se detuvo frente a él.
—El artículo sale mañana.
—Bien.
Ella lo miró.
—No diga nada.
—No pensaba.
—Miente.
—Sí.
Lucía sonrió.
—He quitado su nombre.
—Excelente.
—No completamente.
Delacroix cerró los ojos.
—Lucía.
—Una referencia.
—No.
—A un investigador extranjero.
—Peor.
—No.
—Sí.
—No se preocupe.
—Eso nunca ayuda.
La periodista dejó la carpeta sobre el banco.
—También escribí sobre las operaciones actuales.
—Costa Serena.
—Sí.
—Julián.
—Con cuidado.
—Viktor.
—Más cuidado.
—Gabriel.
—Muchísimo.
Delacroix la observó.
—Quiere seguir viva.
—Mucho.
—Saludable.
—No.
Silencio. El tren seguía esperando. Lucía miró hacia las vías.
—¿Mereció la pena?
Delacroix no respondió inmediatamente.
—¿Qué?
—Todo.
—Eso es amplio.
—La investigación.
—Sí.
—Marina irá a prisión.
—Probablemente.
—Leandro sigue muerto.
—Sí.
—Javier no tendrá una causa distinta en los papeles.
—No por ahora.
—Las tierras no volverán.
—No.
—Los responsables antiguos están muertos o protegidos por el tiempo.
—Muchos.
—Y Marbella seguirá igual.
Delacroix miró hacia la ciudad que no podía verse desde allí. Pero estaba. Siempre.
—Probablemente.
Lucía lo observó.
—Entonces.
Silencio. Delacroix pensó en la terraza. En Leandro. En Marina. En todos los años. En la cantidad de daño que una verdad no podía deshacer.
—Para la ciudad, probablemente no.
Lucía permaneció inmóvil.
—¿Entonces?
Delacroix miró hacia ella.
—Para el muerto tampoco.
Silencio. La periodista esperó. Delacroix continuó.
—Esa es la desgracia de la justicia, mademoiselle Barral.
Lucía levantó una ceja.
—¿Cuál?
—Siempre llega tarde.
Silencio. El ruido del tren. Las voces. Un silbato. Lucía miró hacia las vías.
—Eso es bastante deprimente.
—Sí.
—¿Y aun así?
Delacroix tomó el sombrero.
—Llegar tarde sigue siendo preferible a no llegar nunca.
La periodista lo observó. Esta vez no sonrió inmediatamente. Después sí. Muy poco.
—Eso también puedo utilizarlo.
—No.
—Demasiado tarde.
Delacroix cerró los ojos.
—Naturalmente.
El revisor llamó. Lucía recogió la carpeta.
—Adiós, Armand.
—Adiós, Lucía.
Ella dio dos pasos. Se detuvo. Volvió.
—Una cosa.
—Siempre.
—¿De verdad no le gusta Marbella?
Delacroix pensó.
—No.
Lucía sonrió.
—Miente.
El detective la miró.
—No completamente.
—Peor.