CAPÍTULO 24 — Los que siguen bailando
A la mañana siguiente, Marbella amaneció sin parecer culpable de nada.
Delacroix la observó desde la terraza del hotel.
El mar. Las palmeras. Los automóviles. Las mesas preparándose para desayunos tardíos.
Un hombre leía el periódico con gafas oscuras.
Dos mujeres reían junto a una piscina. Un camarero colocaba copas sobre una bandeja.
Nadie sabía todavía que Marina Roldán había sido acusada formalmente de la muerte de Leandro Varela.
O quizá algunos sí. En Marbella la información no se difundía.
Se filtraba. Era distinto. Las noticias llegaban primero a las personas que podían hacer algo con ellas.
Después a quienes podían perder algo. Finalmente, si todavía quedaba interés, al resto.
Delacroix tomó café. Solo. El camarero dejó la taza sin preguntar.
Eso era lo más parecido a una relación estable que había conseguido durante su estancia.
—Gracias.
El hombre se quedó inmóvil.
—¿Monsieur?
Delacroix levantó la vista.
—¿Sí?
—Me habían dicho que no daba las gracias.
—Le han informado mal.
El camarero sonrió.
—Eso también ocurre mucho aquí.
Se marchó. Delacroix miró la taza. Marbella mejoraba. Demasiado tarde. Lucía Barral apareció a las nueve y doce. No había llamado. Eso tampoco mejoraba. Llevaba un periódico bajo el brazo y una carpeta en la mano.
—Se marcha.
—Sí.
—No me avisó.
—Ahora lo sabe.
—Eso no es avisar.
—Funciona.
Lucía se sentó.
—No.
Delacroix levantó una ceja. Ella sonrió.
—Esta vez yo.
—Mal.
—Pero sirve.
Dejó la carpeta sobre la mesa.
—He escrito el artículo.
—¿Cuál?
—No se haga el francés.
—Eso parece difícil.
Lucía cerró los ojos.
—El de los Roldán.
Delacroix miró la carpeta.
—¿Todo?
—No.
—Bien.
Ella lo observó.
—No diga bien.
—Es importante.
—Sí.
Silencio. Lucía abrió la carpeta. Había páginas mecanografiadas. Correcciones. Nombres tachados. Otros rodeados.
—No puedo probar el incendio.
—No.
—No puedo decir que Leandro matara a Javier.
—No.
—Puedo explicar las deudas.
—Sí.
—Las sociedades.
—Sí.
—Las conexiones.
—Sí.
—La participación de Eugenio.
Delacroix guardó silencio. Lucía también.
—Sí.
—Beatriz lo sabe.
—Sí.
—¿Ha hablado con ella?
—Esta mañana.
—¿Y?
Lucía miró hacia el mar.
—Me dijo que publicara.
Delacroix levantó la vista.
—¿Todo?
—Lo demostrable.
—Entonces está aprendiendo.
—No abuse.
Ella sonrió apenas.
—Álvaro no está de acuerdo.
—Naturalmente.
—Quiere proteger el apellido.
—Naturalmente.
—Beatriz le dijo que el apellido llevaba demasiado tiempo protegiéndose solo.
Delacroix permaneció inmóvil.
—Eso ha sido bueno.
—Mucho.
Lucía cerró la carpeta.
—No publicaremos las acusaciones sobre el incendio como hecho.
—Bien.
Ella lo miró.
—Otra vez.
—Sí.
—Pero sí que hubo presiones.
—Si puede demostrarlo.
—Puedo.
—Las cartas.
—Sí.
—Y que Leandro siguió adelante después de la muerte.
—Sí.
—Eso basta.
Lucía lo observó.
—¿Para qué?
Delacroix tomó la taza.
—Para algo.
—Qué preciso.
—Nunca dije que bastara para todo.
Silencio. La periodista miró las páginas.
—Marina quería que Javier tuviera justicia.
—Sí.
—No la tendrá.
—No sabemos.
Lucía lo miró.
—Armand.
—No sabemos qué significa justicia para un muerto.
—Eso ha sonado evasivo.
—Probablemente.
—Oficialmente seguirá siendo un accidente.
—Sí.
—Entonces.
Delacroix miró hacia el mar.
—Oficialmente no es lo mismo que realmente.
Lucía sonrió sin humor.
—Eso parece una frase peligrosa viniendo de alguien que ha pasado días exigiendo pruebas.
—No.
—Sí.
—Las pruebas establecen lo que podemos afirmar.
—¿Y lo que creemos?
—Nos obliga a vivir con ello.
Silencio. Lucía bajó la vista.
—No me gusta.
—Eso es saludable.
—No empiece.
Delacroix casi sonrió. La periodista volvió a abrir la carpeta.
—Tampoco voy a publicar todos los nombres.
—¿Por qué?
—Porque algunos no están suficientemente conectados.
—Bien.
—Armand.
—Sí.
—Y porque si publico todo, el artículo parecerá una conspiración.
Delacroix la miró.
—No hubo una.
—Lo sé.
—Entonces.
—Eso es lo difícil.
Lucía cerró la carpeta con más fuerza.
—La verdad real es menos limpia.
—Siempre.
—Un hombre organiza préstamos.
—Sí.
—Otro pone un apellido.
—Sí.
—Un abogado crea sociedades.
—Sí.
—Otros compran años después.
—Sí.
—Nadie hace todo.
—No.
—Pero al final una familia pierde todo.
—Sí.
Lucía respiró.
—Eso es mucho más difícil de contar que un villano.
—También más útil.
—Para quién.
Delacroix no respondió inmediatamente.
—Para cualquiera que esté dispuesto a no apartar la mirada antes de terminar.
Lucía permaneció en silencio. Después sonrió.
—Eso sí puedo utilizarlo.
—No.
—Demasiado tarde.
Delacroix la observó.
—No me cite.
—Naturalmente.
—Miente.
—Sí.
Los dos miraron el mar. Durante unos minutos, el caso no estuvo presente. O fingieron. Montalbán llegó después. Él sí había llamado. Lucía no se marchó. El comisario la miró.
—¿Sigue aquí?
—Sí.
—Naturalmente.
Delacroix sonrió.
—Se contagia.
Montalbán se sentó. Parecía más cansado que el día anterior. Eso era normal. Resolver un asesinato no reducía el trabajo. Solo cambiaba su naturaleza.
—Marina ha hecho una declaración completa —dijo.
Lucía dejó de moverse. Delacroix no.
—¿Completa?
—Suficiente.
—No es lo mismo.
—Armand.
—Sí.
Montalbán cerró los ojos.
—Ha reconocido la manipulación de la medicación.
—Sí.
—La compra.
—Sí.
—La sustitución.
—Sí.
—La decisión de continuar después de que Leandro notara los efectos.
—Sí.
—La falta de asistencia.
—Sí.
—La desaparición del estuche.
—Sí.
—La falsa conversación.
—Sí.
—La devolución de la carpeta azul durante el apagón.
—Sí.
Lucía respiró.
—Entonces confesó todo.
Montalbán miró a Delacroix. Él respondió.
—Casi.
El comisario cerró los ojos.
—No.
—¿No?
—Hoy no.
Delacroix casi sonrió.
—Está mejorando.
Montalbán continuó.
—El frasco será analizado por completo.
—Sí.
—Los registros de farmacia se incorporarán.
—Sí.
—La nota de la agenda.
—Sí.
—La declaración de Valdés.
—Sí.
—Los documentos falsificados.
—Sí.
—La caja encontrada en la finca.
—Sí.
Lucía observó al comisario.
—¿Y Clara?
—No será acusada.
—Bien.
Delacroix miró a Lucía. Ella levantó una mano.
—No.
—Está aprendiendo.
Montalbán soltó aire.
—Clara no sabía qué transportaba. Cooperó en cuanto comprendió la situación.
—¿Andrés?
—Tampoco será acusado por el dinero de Álvaro.
—¿Por qué?
—No me obligue a explicar cada decisión policial.
—No.
—Armand.
—Sí.
—No.
Delacroix sonrió apenas.
—Álvaro sí tendrá problemas —continuó Montalbán.
Lucía levantó la vista.
—¿Por el apagón?
—Manipulación de la instalación, obstrucción, pagos a un testigo.
—No quería comprar su silencio sobre un asesinato —dijo Delacroix.
—No.
—Pero sí sobre sus propios actos.
—Sí.
—Entonces.
Montalbán lo miró.
—Entonces tendrá problemas.
—Bien.
El comisario cerró los ojos. Lucía rió.
—Eso sí se está volviendo insoportable.
—Mucho —dijo Montalbán.
Delacroix miró a ambos.
—Preocupante.
Montalbán continuó.
—Gabriel entregó más documentos.
Lucía abrió mucho los ojos.
—¿Voluntariamente?
—No exagere.
—Perdón.
—Viktor también ha enviado abogados.
—Eso suena más normal.
—Julián niega haber sabido todo sobre el origen de algunas tierras.
—Probablemente miente.
Montalbán miró a Delacroix. Él levantó una mano.
—Sí.
El comisario asintió.
—Gracias.
—¿Y Cervera? —preguntó Lucía.
Silencio. Montalbán se reclinó.
—Habrá una investigación separada.
—Daniel Ocaña.
—Entre otras cosas.
Lucía dejó de escribir.
—¿Se reabrirá?
—No sé.
Delacroix miró al comisario. Montalbán levantó una ceja.
—Ni una palabra.
—No.
—Bien.
Delacroix casi sonrió.
—Eso también fue bueno.
Montalbán ignoró el comentario.
—No prometo resultados.
—Nadie debería —dijo Delacroix.
Lucía miró hacia él.
—Eso suena extraño viniendo de un detective.
—No.
—Sí.
—Resolver un caso no significa reparar todo lo que lo rodea.
Silencio. Montalbán observó.
—Ahí está el problema.
—Siempre.
El comisario miró la ciudad.
—Abrimos una muerte y salieron diez cosas.
—Sí.
—Fraudes.
—Sí.
—Sobornos.
—Sí.
—Documentos.
—Sí.
—Un informe médico falso.
—Sí.
—Amenazas.
—Sí.
—Y ahora la gente cree que investigaremos todo.
—¿Lo harán?
Montalbán soltó una risa sin humor.
—No.
Lucía lo miró.
—Rafael.
—No porque no quiera.
—Entonces.
—Porque no puedo.
Silencio. Aquello era más honesto de lo que muchos policías habrían dicho. Delacroix lo observó.
—¿Cuánto sí?
Montalbán pensó.
—Lo que tenga pruebas.
—Bien.
El comisario lo miró.
—Esta vez sí.
—Sí.
Lucía cerró los ojos.
—Dios.
Nadie comentó. Montalbán respiró.
—Hay otra cosa.
Delacroix esperó.
—Marina preguntó por usted.
—¿Qué quería?
—No dijo.
—Entonces.
—Le dije que se había marchado.
Silencio. Lucía levantó la vista. Delacroix miró al comisario.
—Miente.
Montalbán sonrió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Quería ver qué hacía.
—¿Y?
—Nada.
—Entonces.
—Dijo que era mejor.
Delacroix permaneció inmóvil. No sintió nada concreto. Alivio. Tristeza. Nada que mereciera nombre.
—¿Quiere verla? —preguntó Montalbán.
—No.
Lucía lo miró.
—¿Seguro?
—Sí.
—Eso ha sido rápido.
—No queda nada que decir.
Montalbán asintió.
—Eso pensé.
Delacroix lo observó.
—Entonces por qué pregunta.
—Porque quería oírlo.
Silencio. El detective casi sonrió.
—Está aprendiendo demasiado.
—Váyase.
—Eso pensaba hacer.
Beatriz de Almenara recibió a Delacroix antes del mediodía. No en Villa Almenara. En una casa más pequeña, propiedad de una amiga. Eso ya decía algo. La viuda estaba sentada junto a una ventana. Álvaro no estaba.
—Se ha ido a Málaga —dijo.
Delacroix no había preguntado.
—¿Por la policía?
—Por mí.
—¿Qué hizo?
—Le pedí que se marchara unos días.
—Eso parece razonable.
—No lo es.
—Entonces.
Beatriz miró hacia el jardín.
—No puedo verlo sin pensar en Eugenio.
Silencio. Delacroix se sentó.
—No son la misma persona.
—No.
—Entonces.
—Pero las familias tienen una manera desagradable de repetir errores creyendo que están inventándolos.
Delacroix observó.
—Eso ha sido bueno.
Beatriz sonrió apenas.
—No se acostumbre.
Silencio. Sobre una mesa había una caja. No azul. Cartón corriente.
—¿Qué es?
—Documentos.
Delacroix la miró.
—¿Otra vez?
—Los que quedan.
—¿Va a entregarlos?
—Sí.
—¿A Montalbán?