Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 23 — La verdad frente al mar #3
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CAPÍTULO 23 — La verdad frente al mar #3

Los agentes se acercaron. Montalbán no utilizó esposas. Otra vez. No por indulgencia. Porque ya no era necesario. Marina caminó hacia la biblioteca. Antes de entrar, se detuvo. Volvió la cabeza.

—Monsieur Delacroix.

—¿Sí?

—Cuando lo vio aquella noche.

—¿A Leandro?

—Sí.

—Desde la biblioteca.

—Sí.

—¿De verdad creyó que estaba vivo?

Delacroix miró la silla.

—Sí.

—¿Nunca sospechó?

—No.

Marina lo observó.

—Eso me ayudó.

—Sí.

—Lo siento.

Delacroix sostuvo la mirada.

—No por eso.

La mujer cerró los ojos. Asintió. Después se marchó. Montalbán permaneció. Los agentes. Los pasos. La puerta. El automóvil. Finalmente, silencio. Delacroix seguía frente al mar. El comisario se acercó.

—Ahora sí terminó.

—Casi.

Montalbán cerró los ojos.

—No.

Delacroix sonrió apenas.

—Sí.

El comisario lo miró.

—¿Sí?

—El caso.

—Gracias a Dios.

—También.

Montalbán soltó una risa. Pequeña. Cansada.

—¿Y qué falta?

Delacroix miró las luces que empezaban a encenderse en Marbella.

—Irme.

—Eso sí puedo organizarlo.

—No parecía tan entusiasmado al principio.

—He aprendido.

Silencio. Montalbán apoyó las manos en la barandilla.

—¿Cree que se arrepiente?

—A veces.

—No es suficiente.

—No.

—¿Cree que tenía miedo?

—Sí.

—¿Que Leandro podía destruirla?

—Sí.

—Entonces.

Delacroix lo miró.

—No.

Montalbán sonrió.

—Empiezo a conocerlo.

—Eso es preocupante.

—Mucho.

El comisario miró la silla.

—¿Habría podido salvarse?

—Leandro.

—Sí.

Delacroix guardó silencio.

—No lo sabemos.

—Cervera tampoco.

—No.

—Entonces toda esta diferencia entre dejarlo morir y matarlo...

—No depende de si habría sobrevivido.

Montalbán volvió la cabeza.

—¿Entonces?

—Depende de que Marina decidió que no merecía la oportunidad.

Silencio. El comisario asintió lentamente.

—Sí.

—Eso fue el crimen antes de saber el resultado.

—Sí.

Montalbán miró hacia el mar.

—No me gusta.

—Es saludable.

—No empiece.

Delacroix sonrió apenas. La tarde había terminado.

Las primeras luces se encendían. No las de Villa Almenara.

Las de Marbella. Hoteles. Restaurantes. Casas.

Automóviles. La ciudad volvía a prepararse para otra noche.

Delacroix pensó en Leandro. En Marina. En Javier.

En todos los que habían mentido. La solución no había convertido a nadie en inocente.

Eso era quizá lo más honesto. Álvaro seguía siendo un heredero dispuesto a manipular una casa entera para recuperar documentos.

Gabriel seguía escondiendo negocios. Viktor financiando operaciones que prefería no explicar.

Julián comprando futuro sobre tierras con pasado.

Cervera cargando una falsedad antigua. Beatriz viviendo con lo que Eugenio había permitido.

Sofía con Daniel. Andrés con el precio de su silencio.

Lucía con la certeza de que no podría publicar todo.

Montalbán con una ciudad que nunca podía investigar por completo.

Y Marina. Con una muerte que había decidido llamar final.

Nadie salía limpio. Solo la verdad. Y ni siquiera ella.

Porque llegaba tarde. Siempre. Delacroix miró la silla vacía.

Pensó en la primera noche. En el hombre sentado frente al mar.

En lo fácil que había sido imaginar vida donde solo había postura.

Eso era lo que las personas hacían. Completábamos lo que no sabíamos.

Poníamos intención en un gesto. Inocencia en un apellido.

Culpa en un silencio. Vida en un cuerpo inmóvil.

Y después llamábamos verdad a la historia que mejor nos permitía continuar.

Marina había hecho lo mismo. Durante veintitrés años había necesitado una explicación.

Cuando la encontró, creyó haber encontrado también una sentencia.

No era lo mismo. Delacroix se puso el sombrero. Montalbán lo miró.

—¿Adónde va?

—Al hotel.

—¿A hacer la maleta?

—Sí.

—¿Cuándo se marcha?

—Mañana.

El comisario sonrió.

—Por fin una buena noticia.

Delacroix se volvió.

—Miente.

Montalbán cerró los ojos.

—Váyase.

Delacroix caminó hacia la biblioteca. Antes de entrar, miró una última vez la terraza.

La silla. El mar. La luz. La escena no había cambiado.

Eso era lo extraño. Después de toda la investigación, seguía siendo el mismo lugar.

Nada en la piedra explicaba el crimen. Nada en el horizonte.

Nada en la silla. La muerte no dejaba significado en los objetos.

Se lo daban los vivos. Y Marina Roldán había querido que aquella terraza fuera un tribunal.

Leandro frente al mar. Ella detrás. Javier entre ambos.

Pero no había sido un tribunal. No había habido juez.

Ni defensa. Ni justicia. Solo una mujer.

Un hombre. Una decisión. Y unos minutos durante los que todavía era posible hacer otra cosa.

Eso, pensó Delacroix, era lo que ningún motivo conseguía borrar.

La posibilidad. Siempre la posibilidad. Marina podía haber llamado.

Podía haber gritado. Podía haber corrido hacia Cervera.

Podía haber entregado las cartas. Podía haber huido.

Podía haber perdido. Podía haber vivido con la derrota.

Eligió otra cosa. Y esa elección, no Leandro, no Javier, no las tierras, no el incendio, no la amenaza, era lo que finalmente la llevaba fuera de Villa Almenara custodiada por la policía.

Delacroix entró en la biblioteca. Montalbán apagó la luz.

La terraza quedó a oscuras. Esta vez no había ningún muerto sentado frente al mar.

Y, por primera vez desde que había llegado a Marbella, Armand Delacroix no sintió la necesidad de preguntar quién estaba aprovechando la oscuridad.