CAPÍTULO 23 — La verdad frente al mar #2
—Más justo.
—No.
—Más cobarde.
—No.
—No importa.
Delacroix se acercó a la barandilla.
—No estoy aquí para demostrar que yo habría elegido mejor.
Silencio.
—Estoy aquí porque usted eligió.
Marina cerró los ojos. La frase quedó. El mar seguía. La casa también. La ciudad más allá.
—¿Se arrepiente? —preguntó Delacroix.
Marina abrió los ojos.
—No sé.
—Sí.
—No.
—Entonces dígalo.
La mujer respiró.
—Me arrepiento de Clara.
—Bien.
Ella lo miró con dureza.
—No diga...
—Es importante.
Marina cerró los ojos.
—Me arrepiento de haberla involucrado.
—Sí.
—De haber mentido a Beatriz.
—Sí.
—De Andrés.
—¿Por qué?
—Porque lo utilicé.
—El agua.
—Sí.
—¿Algo más?
—No.
—¿De Leandro?
Silencio. La mujer miró el mar.
—No sé.
Delacroix esperó.
—A veces sí.
—¿Cuándo?
—Cuando recuerdo que pidió ayuda.
—Sí.
—Cuando no.
—Cuando recuerdo a Javier.
Silencio.
—Entonces sigue colocando a uno frente al otro.
—¿Cómo quiere que no?
—No quiero nada.
—Miente.
—No.
—Quiere que diga que Leandro no merecía morir.
Delacroix pensó.
—No.
Marina se volvió.
—¿No?
—No sé qué merecía.
Silencio.
—Eso no me corresponde.
—Entonces.
—Sé que usted no tenía derecho a decidirlo.
La mujer sonrió amargamente.
—Eso sí.
—Sí.
—Siempre vuelven a lo mismo.
—Porque es el centro.
Marina miró la silla.
—¿Y quién tenía derecho a decidir lo que pasó con mi padre?
—Nadie.
—Pero lo hicieron.
—Sí.
—¿Con Javier?
—Nadie.
—Pero ocurrió.
—Sí.
—¿Conmigo?
—Nadie.
—Pero Leandro lo intentó.
—Sí.
La mujer se acercó.
—Entonces por qué el derecho importa solo cuando muere él.
Silencio. La pregunta era buena. Delacroix no la esquivó.
—No importa solo entonces.
—Parece.
—Porque llegamos tarde a los otros.
—Exactamente.
—Eso no convierte la siguiente muerte en una corrección.
Marina no respondió.
—Solo añade otra.
Silencio. La mujer miró hacia la silla.
—Él no era Javier.
—No.
—Lo sé.
—Sí.
—Lo sabía entonces.
Delacroix se quedó inmóvil.
—Eso importa.
—No.
—Sí.
Marina cerró los ojos.
—Cuando estaba allí...
Señaló la silla.
—Sí.
—Cuando dijo mi nombre...
La voz cambió.
—Sí.
—Por un momento no vi a Leandro.
Delacroix esperó.
—Vi a un hombre.
Silencio.
—Asustado.
—Sí.
—Viejo.
—Tenía cincuenta y cuatro.
—Entonces no viejo.
—No.
—Pero lo parecía.
—Sí.
Marina respiró.
—Podía haber llamado.
—Sí.
—Lo sé.
—Sí.
—Tuve tiempo.
—Sí.
—Más de una vez.
—Sí.
La mujer miró hacia el mar.
—Eso es lo peor.
Delacroix no respondió.
—Si hubiera muerto de inmediato...
—No tuvo esa suerte.
Marina volvió la cabeza.
—No.
—Ni usted.
Silencio. La frase quedó.
—Pudo detenerse.
—Sí.
—Cuando pidió ayuda.
—Sí.
—Cuando dijo que podía arreglarlo.
—Sí.
—Cuando volvió a pedir por favor.
Marina cerró los ojos.
—Sí.
—Y no.
—No.
Delacroix sostuvo la mirada.
—Por eso no fue solo la medicación.
—No.
—Fue también aquí.
—Sí.
—Otra decisión.
—Sí.
El viento movió ligeramente una cortina dentro de la biblioteca. Montalbán permanecía allí. Invisible desde cierto ángulo. Como tantas cosas en aquella casa.
—¿Por qué no llamó? —preguntó Delacroix.
Marina tardó. Habían llegado. No al motivo. A la decisión.
—Porque si llamaba...
Se detuvo.
—Sí.
—Podía vivir.
—Sí.
—Y si vivía...
—Podía destruirla.
—Sí.
—¿Eso fue todo?
Silencio. Marina negó.
—No.
—Entonces.
La mujer miró la silla.
—Porque quería que supiera.
Delacroix frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que esta vez no podía comprar la salida.
Silencio. Ahí estaba. No solo miedo. No solo supervivencia. Castigo.
—Quería que entendiera que era usted.
—Sí.
—Que sabía.
—Sí.
—Que no iba a ayudar.
—Sí.
—Entonces quiso verlo comprender.
Marina cerró los ojos.
—Sí.
La palabra fue casi un susurro. Delacroix permaneció inmóvil.
Ese era el punto. La parte que Marina había intentado cubrir con todo lo demás.
No solo había querido detener a Leandro.
Había querido que supiera por qué moría.
Que el hombre acostumbrado a controlar versiones tuviera unos minutos sin poder modificar la última.
—Eso no fue defensa —dijo.
—No.
—Ni miedo.
—No.
—Fue venganza.
Silencio. Marina abrió los ojos.
—Sí.
La palabra llegó. Por fin completa. Montalbán se movió dentro. Muy poco. Delacroix no apartó la mirada.
—Gracias.
—Otra vez.
—Sí.
Marina soltó aire.
—¿Ahora está satisfecho?
—No.
—Entonces nunca lo estará.
—Probablemente.
Ella casi sonrió.
—Eso sí le queda bien.
Delacroix miró hacia el mar. Durante unos segundos, ninguno habló.
La verdad ya estaba. No perfecta. No limpia.
Pero completa. Marina había descubierto un crimen antiguo.
O, al menos, un conjunto de actos que habían destruido a su familia.
Había descubierto la indiferencia de Leandro después de la muerte de Javier.
Había sabido que preparaba una acusación contra ella.
Había temido por su libertad. Quizá por su vida.
Todo era cierto. Y aun así. Había alterado la medicación.
Había comprobado el efecto. Había continuado.
Había visto a Leandro pedir ayuda. Había decidido no llamar.
Y había querido que supiera por qué. Venganza.
No justicia. La diferencia no borraba el dolor.
Solo impedía utilizarlo como absolución.
—Hay algo que todavía no entiendo —dijo Marina.
Delacroix la miró.
—¿Qué?
—Por qué le importa tanto Leandro.
—No me importa.
—Miente.
—No.
—Ha dedicado días.
—Al caso.
—A él.
—No.
—Entonces.
Delacroix pensó.
—Leandro está muerto.
—Sí.
—No necesita que lo defienda.
—No.
—Usted está viva.
Silencio.
—Eso es peor.
Marina frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque todavía puede convertir lo que hizo en otra cosa.
—¿Qué cosa?
—En algo inevitable.
Silencio.
—Y no lo fue.
La mujer bajó la mirada.
—No.
—Podía marcharse.
—Sí.
—Hablar con Lucía.
—Sí.
—Con Montalbán.
Marina soltó una risa breve. El comisario dentro no reaccionó.
—Sí —dijo Delacroix—. También.
—No me habría creído.
—Puede.
—Armand.
—Probablemente no al principio.
—Entonces.
—Eso sigue sin ser lo mismo que no intentar.
Silencio. Marina apretó los labios.
—Podía huir.
—Sí.
—Leandro habría ganado.
—Quizá.
—No.
—No lo sabemos.
—Yo sí.
Delacroix la observó.
—Ahí.
—¿Qué?
—Otra vez.
Marina frunció el ceño.
—Necesitaba controlar el final.
Silencio. La frase cayó. Leandro y Marina. Más parecidos de lo que ella quería admitir. El hombre que había pasado la vida decidiendo versiones. La mujer que finalmente había decidido que él no escribiría la última.
—No soy como él.
—No.
—Entonces.
—Durante unos minutos sí.
La expresión cambió. Delacroix no levantó la voz. No necesitaba.
—Él destruyó a su familia.
—Sí.
—Y usted decidió que eso le daba derecho a convertirse en él durante unos minutos.
Silencio. Marina dejó de moverse. La frase quedó entre ambos. El mar detrás. La silla. La casa. Todo.
—No —dijo ella.
Delacroix esperó.
—No.
—Entonces qué hizo.
La mujer respiró.
—Decidí.
—Sí.
—No controlé una vida entera.
—No.
—No destruí una familia.
—No.
—Maté a un hombre.
—Sí.
Silencio.
—No es lo mismo.
—No.
—Entonces.
Delacroix sostuvo la mirada.
—Pero utilizó la misma idea.
—¿Cuál?
—Que el daño recibido le permitía decidir cuánto valía la vida de otro.
Marina cerró los ojos. No respondió.
—Eso fue lo que hizo Leandro.
—No.
—Sí.
—Él no...
—No importa cuánto.
Silencio.
—Ni cuántas personas.
—No.
—Ni cuántos años.
—No.
—La lógica es la misma.
Marina abrió los ojos. Había lágrimas. No muchas. No cayeron.
—Lo odio.
Delacroix asintió.
—Sí.
—A usted.
—También parece popular.
Una risa inesperada salió de ella. Pequeña. Rota. Duró poco.
—No cambia.
—No.
—Ni siquiera ahora.
—No sé hacerlo.
—Miente.
Delacroix casi sonrió.
—Probablemente.
La mujer miró el mar.
—¿Qué ocurrirá?
—Montalbán se lo explicará.
—No le pregunto legalmente.
Delacroix guardó silencio.
—¿Entonces?
—No sé.
—Sí.
—No.
—¿Beatriz?
—Seguirá viviendo.
—Álvaro.
—También.
—Lucía.
—Publicará una parte.
—¿Cuál?
—La que pueda demostrar.
—Entonces no todo.
—No.
Marina sonrió con tristeza.
—Leandro gana.
—No.
—Parte quedará fuera.
—Sí.
—Entonces.
—La verdad no necesita ser pública entera para haber existido.
—Eso suena conveniente.
—Mucho.
—Y Javier.
Silencio.
—¿Qué pasa con él?
Marina miró hacia la silla.
—Nadie sabrá.
—Lucía puede escribir sobre las tierras.
—No sobre el incendio.
—No sin pruebas.
La mujer cerró los ojos.
—Entonces seguirá siendo accidente.
—Oficialmente, quizá.
—Eso era lo que Leandro quería.
—Leandro está muerto.
—No cambia los papeles.
—No.
—Entonces.
Delacroix miró el mar.
—No puedo darle una verdad que no puedo demostrar.
Marina lo observó.
—Aunque crea.
—Sí.
—Eso es cruel.
—Sí.
La respuesta la sorprendió.
—Pero es necesario.
Silencio. Marina bajó la mirada.
—Entonces Javier no tendrá justicia.
Delacroix pensó.
—No sé.
—Miente.
—No.
—Leandro murió.
—Eso no fue justicia para Javier.
La mujer cerró los ojos. La frase llegó donde debía.
—No.
—Fue su venganza.
—Sí.
—Javier sigue siendo otra cosa.
Silencio. Marina respiró.
—Sí.
Por primera vez, parecía haber aceptado la separación. No completamente. Quizá nunca. Pero suficiente. Montalbán salió de la biblioteca. La conversación había terminado. No porque no quedaran palabras. Porque las importantes ya estaban. El comisario se acercó.
—Tenemos que irnos.
Marina asintió. No protestó. Delacroix miró la silla.
—Un momento.
Montalbán cerró los ojos.
—Armand.
—Uno.
El comisario soltó aire. Marina permaneció. Delacroix se volvió hacia ella.
—La primera noche dijo que algunas cosas solo cambian de dueño.
La mujer lo miró. Recordó.
—Sí.
—¿Lo sigue creyendo?
Marina pensó.
—No sé.
—Sí.
Ella sonrió débilmente.
—Algunas.
—¿El dolor?
—También.
—No.
Marina frunció el ceño.
—¿No?
—Puede pasar.
—¿A quién?
Delacroix miró la casa. Beatriz. Álvaro. Clara. Andrés. Lucía. Cervera. Todos cargando partes que no habían tenido antes.
—A demasiados.
Silencio. Marina bajó la mirada.
—Lo siento.
La frase fue inesperada. Montalbán la observó. Delacroix también.
—¿Por Leandro?
Ella levantó la vista.
—No.
—Entonces.
—Por los demás.
Silencio. Aquello era algo. No todo. No hacía falta.
—Bien —dijo Delacroix.
Marina cerró los ojos.
—Ahora sí puede decirlo.
Él casi sonrió.
—Sí.