Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 23 — La verdad frente al mar
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CAPÍTULO 23 — La verdad frente al mar

Marina Roldán volvió a la terraza a las seis y veinte de la tarde. Sin esposas. Sin agentes a cada lado. Montalbán no estaba de acuerdo. Delacroix tampoco le había pedido permiso. Eso había empeorado la conversación.

—Está detenida —dijo el comisario.

—Sí.

—No es una invitada.

—No.

—Entonces no puede llevarla a pasear por una villa.

—No vamos a pasear.

—Armand.

—Necesito hablar con ella allí.

—Puede hablar aquí.

—No.

Montalbán cerró los ojos.

—Naturalmente.

Delacroix permaneció de pie frente al escritorio.

La caja encontrada en las ruinas estaba cerrada dentro de una bolsa de prueba.

El frasco había sido fotografiado. Recogido.

Analizado de forma preliminar. Los restos encontrados en su interior eran compatibles con la medicación alterada.

No hacía falta más para saber lo que significaba.

Marina lo había conservado. Lo había trasladado.

Había intentado recuperarlo antes de que la policía llegara.

Y, al hacerlo, había terminado de unir la preparación con la muerte.

—No va a confesar más porque vea el mar —dijo Montalbán.

—No.

—Entonces.

—No quiero que confiese.

El comisario lo miró.

—Miente.

Delacroix sonrió apenas.

—No completamente.

—Peor.

—Quiero que deje de explicarse.

Silencio. Montalbán se reclinó.

—¿Qué diferencia hay?

Delacroix pensó. Mucha. Durante días Marina había contado la verdad por capas.

Una familia destruida. Un hermano muerto.

Un padre culpado. Un hombre poderoso. Una amenaza.

Una medicación. Una espera. Una petición de ayuda.

Cada capa era cierta. Eso era precisamente lo peligroso.

Porque juntas podían construir algo parecido a una absolución.

—Hasta ahora —dijo— todo lo que ha contado responde a por qué.

—Sí.

—Falta quién.

Montalbán frunció el ceño.

—Sabemos quién.

—No ella.

El comisario permaneció inmóvil. Después comprendió.

—Sigue hablando como si el crimen hubiera ocurrido alrededor de ella.

—Sí.

—Como si Leandro hubiera ido empujándola.

—Exactamente.

—Y usted quiere.

—Que admita el último paso.

Silencio. Montalbán miró hacia la ventana.

—No sé si eso importa para un tribunal.

—No.

—Entonces.

—Importa para la verdad.

El comisario soltó aire.

—Siempre vuelve a eso.

—Sí.

—Un día voy a aprender a no preguntar.

—No.

—Miente.

Delacroix sonrió apenas. Finalmente, Montalbán aceptó. No porque le gustara. Porque el caso ya estaba suficientemente cerrado como para permitirse una conversación. Dos agentes esperarían dentro. Él también. Marina no quedaría sola. Solo lo suficiente.

Villa Almenara estaba vacía. Beatriz había decidido marcharse aquella mañana.

No por miedo. Por cansancio. Álvaro estaba con ella.

El servicio había recibido el día libre.

La casa, por primera vez desde la fiesta, parecía demasiado grande.

Marina entró sin mirar alrededor. Eso fue lo primero que Delacroix notó.

No miró el salón. Ni la biblioteca. Ni el despacho.

Caminó directamente hacia la terraza lateral.

Como si supiera. Montalbán se detuvo junto a la puerta.

Los dos agentes permanecieron más atrás.

Delacroix salió con ella. La silla de Leandro seguía allí. Marina la miró.

—No.

Delacroix se detuvo.

—¿Qué?

—No voy a sentarme.

—No se lo he pedido.

—Lo iba a hacer.

—No.

—Miente.

Delacroix casi sonrió.

—Está aprendiendo demasiado tarde.

La mujer miró el mar. El sol empezaba a descender. Todavía quedaba luz. Mucha. Quizá demasiada para una conversación sobre una muerte. Delacroix se apoyó en la barandilla. No quiso ocupar la silla.

—Encontramos el frasco.

Marina cerró los ojos.

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque estoy aquí.

—Podía haber sido otra cosa.

—No.

Delacroix observó.

—Clara no sabía.

—No.

—Le pidió trasladar una caja.

—Sí.

—Sin decirle qué contenía.

—Sí.

—Podía haberla implicado.

—No quería.

—Pero lo hizo.

Silencio. Marina miró hacia el mar.

—Sí.

—Otra persona pagando por una decisión ajena.

La mujer volvió la cabeza.

—No.

—Sí.

—No es lo mismo.

—Nunca lo es para quien decide.

Silencio. Aquello la golpeó. Muy poco. Pero llegó. Delacroix no insistió. Todavía.

—El frasco conserva restos compatibles con la mezcla encontrada en sangre.

Marina no respondió.

—La farmacia confirma la compra.

Nada.

—La agenda confirma que Leandro notaba cambios.

Nada.

—Su anotación dice esperar.

Marina cerró los ojos.

—La caja estaba junto a la fotografía de Javier.

Silencio.

—¿Por qué?

La mujer abrió los ojos.

—Ya lo sabe.

—No.

—Sí.

—Sé lo que puedo imaginar.

—Eso suele bastarle.

—No.

Marina sonrió sin humor.

—Eso no es cierto.

—No.

—Lleva toda la investigación imaginando.

—Y comprobando.

—A veces.

—Siempre que importa.

La mujer apartó la vista. Delacroix esperó.

—¿Por qué el frasco junto a Javier?

Marina respiró.

—Porque pertenecían a la misma historia.

—No.

Ella se volvió.

—¿No?

—A la misma historia que usted construyó.

Silencio.

—Javier no conoció ese frasco.

—No.

—Leandro sí.

—Sí.

—Entonces unirlos fue decisión suya.

—Sí.

—¿Por qué?

Marina miró el horizonte.

—Porque Leandro creyó que Javier había terminado.

—Sí.

—Que había muerto.

—Había muerto.

Ella cerró los ojos.

—Ya sabe a qué me refiero.

—Sí.

—Entonces.

—Quiero oírla.

Marina soltó aire.

—Quería que hubiera algo que los uniera.

—¿A quiénes?

—A los dos.

—¿Por qué?

—Porque Leandro había estado en la vida de Javier sin que Javier supiera siquiera quién era.

Delacroix permaneció inmóvil.

—Y yo quería que, al final, Javier estuviera en la suya.

Silencio. Ahí estaba. No justicia. No reparación. Simetría. El deseo de construir un círculo.

—Por eso conservó el frasco.

—Sí.

—Como prueba.

—No.

—Como recuerdo.

—No.

—Entonces.

Marina tardó.

—Como final.

Silencio. Delacroix miró el mar.

—Los finales son peligrosos.

—Lo sé.

—No parece.

—Ahora sí.

—No.

La mujer lo observó.

—¿No?

—Ahora conoce las consecuencias.

—Sí.

—No es lo mismo que comprender la decisión.

Marina endureció la expresión.

—¿Para qué me ha traído?

—Para hablar.

—Ya hablamos.

—No.

—Durante días.

—Sobre Leandro.

—Era el muerto.

—Precisamente.

Silencio. Marina se volvió completamente hacia él. Delacroix continuó.

—Hemos hablado de lo que hizo.

—Sí.

—De las tierras.

—Sí.

—De Javier.

—Sí.

—De su padre.

—Sí.

—De su madre.

—Sí.

—De las cartas.

—Sí.

—De la amenaza.

—Sí.

—De los documentos falsos.

—Sí.

—De la medicación.

—Sí.

—De la terraza.

—Sí.

—De que pidió ayuda.

La mujer cerró los ojos.

—Sí.

—Y en todas esas historias, Leandro hace algo.

Silencio. Marina abrió los ojos.

—Porque lo hizo.

—Sí.

—Entonces.

—Y usted responde.

—Sí.

—Siempre.

La mujer lo miró. Delacroix bajó la voz.

—Eso es lo que falta.

—No entiendo.

—Sí.

—No.

—Ha contado el asesinato como una respuesta.

Silencio. Marina no se movió.

—Leandro destruye.

—Sí.

—Usted descubre.

—Sí.

—Leandro amenaza.

—Sí.

—Usted prepara.

—Sí.

—Leandro insiste.

—Sí.

—Usted continúa.

—Sí.

—Leandro pide ayuda.

La mujer bajó la vista.

—Y usted no llama.

Silencio.

—Siempre él primero.

Marina levantó lentamente la cabeza.

—Porque él empezó.

—Veintitrés años antes.

—Sí.

—Entonces su muerte estaba decidida desde el incendio.

—No.

—Bien.

La palabra salió. Marina frunció el ceño.

—No diga bien.

—Entonces no fue Javier quien decidió.

Silencio. La mujer lo observó.

—No.

—Tampoco su padre.

—No.

—Ni su madre.

—No.

—Ni Eugenio.

—No.

—Ni Beatriz.

—No.

—Ni Leandro.

Marina endureció el rostro.

—Leandro hizo...

—No he preguntado qué hizo.

Silencio. Delacroix dio un paso.

—He preguntado quién decidió matarlo.

Marina no respondió.

—No quién creó el motivo.

Nada.

—No quién hizo el daño.

Nada.

—No quién amenazó.

Nada.

—Quién decidió que la muerte era la respuesta.

La mujer miró el mar.

—Yo.

La palabra llegó. Pequeña. Delacroix no se movió.

—Otra vez.

Marina cerró los ojos.

—Yo.

Silencio. Montalbán permanecía dentro. No intervino.

—¿Quién alteró la medicación?

—Yo.

—¿Quién continuó después de saber que Leandro notaba algo?

—Yo.

—¿Quién compró el segundo medicamento?

—Yo.

—¿Quién decidió no llamar a Cervera?

La voz tardó.

—Yo.

—¿Quién retiró el estuche?

—Yo.

—¿Quién inventó la conversación?

—Yo.

—¿Quién utilizó el apagón?

—Yo.

Silencio. Delacroix la observó. No había satisfacción. Solo precisión.

—Eso era lo que faltaba.

Marina sonrió con amargura.

—¿Ahora se siente mejor?

—No.

—Miente.

—No.

—Entonces para qué.

—Porque Leandro fue responsable de muchas cosas.

—Sí.

—Pero no de esta.

La mujer lo miró.

—Fue responsable de estar allí.

—No.

—Sí.

—Fue responsable de llevarla hasta el punto en que podía odiarlo.

—Sí.

—De darle motivos.

—Sí.

—De amenazarla.

—Sí.

—De intentar destruirla.

—Sí.

Delacroix sostuvo la mirada.

—No de la decisión.

Silencio. Marina apartó la vista.

—No.

—Esa fue suya.

—Sí.

La palabra llegó distinta. Sin defensa. Delacroix respiró.

—Gracias.

Marina volvió la cabeza.

—No me agradezca.

—No.

—Entonces.

—Era para la verdad.

La mujer soltó una risa breve.

—Siempre.

—Sí.

—Debe de ser agradable vivir así.

Delacroix levantó una ceja.

—¿Cómo?

—Creyendo que la verdad existe separada de las personas.

—No lo creo.

—Sí.

—No.

—Entonces.

—La verdad existe dentro de las personas. Por eso cuesta tanto sacarla.

Marina guardó silencio.

—Y por eso llega tarde.

La mujer miró el mar.

—Muy tarde.

—Sí.

—Veintitrés años.

—Para Javier.

—Sí.

—Para mi padre.

—Sí.

—Para mi madre.

—Sí.

—Para mí.

Delacroix no respondió inmediatamente.

—También.

Marina sonrió sin humor.

—Entonces entiende.

—Mucho.

—No parece.

—Comprender no es absolver.

—Ya lo ha dicho.

—Porque sigue siendo cierto.

La mujer cerró los ojos.

—Qué cómodo.

—No.

—Para usted sí.

—No.

—Puede mirar todo esto desde fuera.

Delacroix guardó silencio.

—Puede decir que Leandro destruyó mi familia y que yo no tenía derecho a matarlo.

—Sí.

—Puede separar las cosas.

—Debo.

—Porque no vivió ninguna.

—Correcto.

La respuesta la sorprendió. Delacroix continuó.

—No sé qué habría hecho si hubiera vivido su vida.

—Entonces.

—Eso no cambia lo que hizo usted.

Silencio.

—No necesito imaginarme mejor.

Marina lo observó.

—¿Qué?

—No sé si habría sido más fuerte.

—No.