Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 22 — Una fiesta para un muerto #4
93%

CAPÍTULO 22 — Una fiesta para un muerto #4

Delacroix casi sonrió. La radio del coche emitió una voz. El vehículo seguido había girado por un camino secundario. Montalbán aceleró. No mucho. No querían llegar antes. Querían llegar después de que la secretaria mostrara el lugar.

—¿Ella sabe? —preguntó Lucía.

—No —dijo Delacroix.

—¿Seguro?

—No.

Montalbán apretó el volante.

—Esta vez no.

—Bien.

Delacroix levantó una ceja.

—No diga nada.

Llegaron a un camino de tierra. Más adelante, unas luces pequeñas. Un automóvil detenido. Una mujer. Clara. La secretaria. Llevaba una caja. Caminó hacia una construcción en ruinas. Montalbán detuvo el coche a distancia. Esperaron. La mujer entró.

—Ahora —dijo.

Los agentes avanzaron. Clara gritó cuando los vio. No corrió. La caja cayó al suelo. Delacroix llegó después. La mujer estaba pálida.

—Yo no he hecho nada.

—Lo sabemos —dijo Montalbán.

—La señora Roldán me pidió...

—Lo sabemos.

—Dijo que eran cosas personales.

—Lo sabemos.

Clara miró a Delacroix.

—¿Qué ocurre?

Él observó la caja. Pequeña. Oscura. Montalbán se puso guantes.

La abrió. Dentro había tela. Una fotografía antigua.

Javier Roldán. Y un frasco. Pequeño. Vacío.

Silencio. Lucía no se movió. Montalbán levantó la vista.

Delacroix observó. No necesitaba tocarlo.

El envase. El que Leandro había reconocido como distinto.

O uno de ellos. El objeto que Marina había conservado.

Junto a la fotografía de Javier. Pasado y muerte. La unión.

—¿Eso es? —preguntó Lucía.

Delacroix miró el frasco.

—Sí.

Montalbán respiró lentamente.

—Ahora sí.

Esta vez Delacroix no discutió.

—Sí.

El comisario lo miró.

—¿Sí?

—Sí.

Lucía cerró los ojos.

—Por fin.

Clara seguía sin comprender.

—¿Qué hay en el frasco?

Montalbán lo cerró de nuevo dentro de la caja.

—Nada.

Delacroix miró las ruinas. Aquello era lo extraordinario.

El frasco estaba vacío. Y, sin embargo, contenía todo.

La sustitución. La mentira. La decisión.

La memoria. El motivo. Marina podía haberlo destruido.

No lo hizo. Lo había guardado junto a la fotografía de Javier.

No como un trofeo. No exactamente. Como una sentencia privada.

Una prueba que no debía ver nadie porque no estaba destinada a convencer al mundo.

Solo a ella. Delacroix miró la antigua construcción.

Quizá allí había muerto Javier. Quizá no exactamente en aquel punto.

No importaba. Veintitrés años después, Marina había llevado hasta las ruinas el objeto con el que había comenzado la muerte del hombre al que culpaba de haber destruido a su familia.

Un círculo. Eso había querido. Los círculos eran atractivos.

Por eso resultaban peligrosos. Hacían parecer inevitable lo que siempre había sido una elección.

—Volvamos —dijo.

Montalbán asintió. Lucía permaneció mirando las ruinas.

—Armand.

—¿Sí?

—¿Ya está?

Delacroix observó la caja. Después la fotografía. Después la oscuridad.

—No.

Lucía cerró los ojos.

—Naturalmente.

—Falta que ella lo diga.

—Ya ha dicho casi todo.

—Casi.

—¿Qué falta?

Delacroix pensó en la terraza. En Leandro pidiendo ayuda. En Javier. En el frasco. En una mujer que había pasado toda la investigación entregando verdades parciales como si pudiera elegir qué parte de un asesinato merecía existir.

—Que deje de contarlo como si hubiera ocurrido solo.

Silencio. Lucía comprendió.

—La responsabilidad.

—Sí.

Montalbán cerró la caja.

—Mañana.

Delacroix miró hacia Marbella. Las luces de la ciudad aparecían a lo lejos.

—Sí.

Por primera vez, la palabra no significó una promesa de Leandro que jamás llegaría.

Significó otra cosa. La verdad ya no necesitaba más tiempo.

Solo necesitaba que alguien tuviera el valor de pronunciarla completa.

La fiesta de Villa Almenara había terminado hacía días.

Pero, en cierto modo, aquella noche seguían todos allí.

Álvaro esperando la oscuridad. Gabriel buscando documentos.

Sofía huyendo de un muerto antiguo. Viktor cerrando un negocio.

Julián calculando tierras. Beatriz protegiendo un apellido.

Cervera protegiendo una carrera. Andrés intentando no mirar demasiado.

Delacroix creyendo que tendría una conversación al día siguiente.

Y Marina Roldán junto a un hombre que todavía podía pedir ayuda.

Nadie había conspirado. Nadie había preparado el apagón con ella.

Nadie había decidido protegerla. Todos habían hecho algo mucho más sencillo.

Habían mirado hacia sí mismos. Y, mientras lo hacían, Leandro Varela permaneció sentado frente al mar durante el tiempo suficiente para que un muerto pareciera vivo.

El crimen no había tenido una conspiración.

Había tenido algo mejor. Una casa llena de personas culpables de otras cosas.

Y una asesina que, durante noventa segundos de oscuridad, comprendió que no necesitaba que nadie la ayudara.

Solo necesitaba que todos los demás siguieran pensando en sí mismos.