CAPÍTULO 22 — Una fiesta para un muerto #3
—Tenemos la confesión.
—Parcial.
Marina volvió la cabeza.
—Lo quemé.
Silencio.
—¿Dónde? —preguntó Montalbán.
—En una pequeña estufa de mi casa.
—¿El frasco también?
—No.
—¿Entonces?
Marina guardó silencio. Delacroix la observó.
—Ahí.
Montalbán se volvió.
—¿Qué?
—El frasco.
Marina no respondió.
—No lo quemó.
Nada.
—¿Por qué?
Silencio.
—Porque no pudo.
La mujer cerró los ojos. Delacroix entendió antes de que respondiera. Vidrio. No se destruye igual.
—¿Dónde está?
Marina no respondió. Montalbán dio un paso.
—Marina.
Nada. Delacroix la observó.
—Lo conserva.
La mujer abrió los ojos.
—No.
—Sí.
—No.
—La caja de su casa tenía la marca de un frasco.
Silencio.
—Pero estaba vacía.
—Sí.
—Entonces lo movió.
Nada.
—¿Después del registro?
Marina no respondió. Montalbán se tensó.
—¿Cómo?
Delacroix pensó. La casa había sido registrada. Pero antes de su detención formal, Marina había tenido tiempo. Oficina. Villa. Casa. ¿Dónde podía dejar algo que nadie asociara con ella? La carpeta azul. No. La primera Marbella. Los archivos. La fotografía de Javier. Un lugar antiguo.
—La finca —dijo.
Marina quedó inmóvil. Muy poco. Suficiente. Lucía levantó la vista.
—¿Qué finca?
Delacroix no apartó los ojos de Marina.
—La que fue de su familia.
Silencio.
—No existe ya.
—Parte sí.
Lucía intervino.
—La construcción del incendio.
—¿Sigue?
—Ruinas.
Marina cerró los ojos. Montalbán comprendió.
—¿Lo llevó allí?
Nada.
—Marina.
La mujer abrió los ojos.
—No van a encontrarlo.
Delacroix sostuvo la mirada.
—No porque lo haya destruido.
Silencio.
—Porque lo escondió.
Nada.
—¿Por qué conservarlo?
La mujer no respondió. Delacroix recordó la nota detrás de la fotografía. Frasco nuevo. Fecha. Hora. No un registro. Un recuerdo.
—No como prueba —dijo.
Marina lo miró.
—Como recuerdo.
La respiración cambió.
—No.
—Sí.
—No sabe nada.
—No necesitaba conservar el estuche.
—No.
—Ni la etiqueta.
—No.
—Pero el frasco.
Silencio.
—El objeto que Leandro reconoció.
Nada.
—Lo último que sostuvo.
Marina cerró los ojos.
—Lo último que usted le negó.
La mujer bajó la cabeza. Delacroix supo que tenía razón. No había planificado conservarlo al principio. Lo había hecho después. Un trofeo sería una palabra vulgar. No era eso. Una prueba personal. Una reliquia de la decisión. Algo que unía a Javier con Leandro. El pasado con la muerte.
—¿Dónde? —preguntó Montalbán.
Marina no respondió. Delacroix miró al comisario.
—No ahora.
—Armand.
—Mañana.
Marina levantó la vista. Aquella palabra la sorprendió.
—¿Qué?
Delacroix la observó.
—Mañana iremos a buscarlo.
Silencio.
—No lo encontrarán.
—Sí.
—No.
—Marina.
La mujer sostuvo la mirada.
—¿Qué?
—Usted va a intentar llegar antes.
Montalbán quedó inmóvil. Lucía también. Marina no reaccionó. Delacroix continuó.
—No puede evitarlo.
—Estoy detenida.
—Por ahora.
Montalbán se volvió.
—Armand.
—No.
—¿Qué está haciendo?
—Esperando.
El comisario cerró los ojos.
—Naturalmente.
Marina miró a Delacroix.
—No voy a ir a ninguna parte.
—No.
—Entonces.
—Pero alguien sí.
Silencio. Marina volvió la vista. Demasiado rápido. Delacroix lo vio.
—Ahí.
Montalbán se acercó.
—¿Quién?
La mujer no respondió.
—Marina.
Delacroix pensó en las posibilidades y descartó de inmediato la idea de un cómplice en el asesinato.
Nadie había ayudado a Marina a matar, pero alguien podía haber recibido después una instrucción sin saber qué estaba protegiendo: una empleada, un antiguo conocido, cualquier persona que creyera estar moviendo un objeto personal y no una prueba.
—Su secretaria —dijo.
Marina cerró los ojos. Ahí. Montalbán se volvió.
—¿La de la oficina?
—Sí.
Delacroix miró a Marina.
—Le pidió que recogiera algo.
Silencio.
—No.
—Después de que empezó la investigación.
—No.
—Antes de que la detuvieran.
Nada.
—¿Qué?
La mujer no respondió. Montalbán ya caminaba hacia el teléfono. Delacroix lo detuvo.
—No.
—¿No?
—Que la vigilen.
El comisario frunció el ceño.
—Armand.
—Si la arresta, no nos llevará.
Silencio. Montalbán comprendió. Marina miró a Delacroix.
—Está utilizando a una mujer que no sabe nada.
—No.
—Sí.
—Estoy evitando que destruya una prueba.
—No sabe que vaya a hacerlo.
—Usted sí.
Silencio. La noche cambió. La reconstrucción había terminado.
Pero el crimen todavía tenía una última consecuencia en movimiento.
No un conspirador. No un segundo asesino.
Una persona obedeciendo una instrucción sin conocer su verdadero significado.
Tal como tantos habían obedecido a Leandro durante años. Montalbán se acercó.
—¿Nombre?
Marina no respondió. Delacroix lo sabía.
—Clara.
La secretaria. La mujer que había abierto la puerta de la oficina. Marina cerró los ojos.
—No tiene nada que ver.
—Lo sé.
—Entonces déjela.
—Cuando sepamos dónde va.
Silencio. Montalbán salió. Dos agentes detrás. Lucía se acercó a Delacroix.
—¿Qué acaba de hacer?
—Esperar.
—Eso ya lo ha dicho.
—Sí.
—¿Y si no va?
—Entonces buscaremos.
—¿Y si Marina la llamó para otra cosa?
—Puede.
Lucía lo miró. Delacroix levantó una mano.
—Sí.
Ella cerró los ojos.
—No cambia.
—No.
Marina permanecía junto a la terraza. Delacroix se acercó.
—No necesitaba involucrarla.
—No la involucré.
—Le pidió mover un objeto.
—Sí.
La admisión llegó.
—Sin decirle qué era.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ayer.
—Antes de la detención formal.
—Sí.
—¿Desde dónde?
—Mi oficina.
—¿Qué le dijo?
Marina miró hacia la casa.
—Que había una caja que debía llevar a un lugar.
—¿Cuál?
—No.
—La finca.
Silencio.
—Sí.
—¿Y después?
—Esperar.
Delacroix la observó. La palabra. Otra vez. Esperar. Toda la historia parecía haber quedado atrapada en ella.
—¿Por qué ahora?
—Porque sabía que registrarían mi casa.
—¿Y no su oficina?
—Ya lo habían hecho.
—Entonces el frasco estaba allí.
—Sí.
—¿Dónde?
—No importa.
—No.
—Armand.
—No importa para la reconstrucción.
Marina lo miró.
—Pero sí para la prueba.
—Sí.
Ella sonrió sin humor.
—Por fin.
Delacroix no respondió. Beatriz se acercó. Había permanecido apartada.
—Marina.
La mujer cerró los ojos.
—No.
—Necesito...
—No.
—Solo una cosa.
Marina abrió los ojos. Beatriz la miró.
—¿Por qué trabajar conmigo después de saberlo?
Silencio. La pregunta no era sobre Leandro. Era sobre ella. Sobre Eugenio. Sobre la casa. Sobre los años. Marina tardó.
—Porque usted no era él.
Beatriz dejó de respirar un instante.
—Pero sabía.
—No todo.
—Suficiente.
Marina miró hacia la terraza.
—Todos sabían suficiente.
La frase atravesó la habitación. Julián. Gabriel. Viktor. Cervera. Beatriz. Álvaro. Lucía incluso. Todos. Suficiente para sospechar. No suficiente para detener. O eso se habían dicho.
—Eso no es una absolución —dijo Beatriz.
—No.
—¿Entonces?
—Es la verdad.
Beatriz cerró los ojos.
—Lo siento.
Marina la miró. Esta vez no le pidió que callara.
Pero tampoco respondió. Delacroix observó.
No era reconciliación. No debía serlo. Algunas cosas no se arreglaban.
Leandro había pasado la vida fingiendo lo contrario.
La llamada llegó a las once y cuarenta y siete.
Montalbán respondió. Escuchó. Miró a Delacroix.
—Ha salido.
Marina cerró los ojos.
—¿Clara?
—Sí.
—¿Con qué?
—Una caja pequeña.
Silencio.
—¿Adónde?
Montalbán escuchó.
—Carretera del oeste.
Lucía se puso de pie. Delacroix tomó el sombrero. Marina lo miró.
—No.
—Sí.
—No encontrará nada.
—Eso empieza a perder fuerza.
Montalbán dio órdenes. No arrestar. Seguir. Esperar. Delacroix salió. Lucía detrás.
—No.
—Sí.
—Lucía.
—No me voy a quedar aquí después de pasarme días desenterrando la historia de esas tierras.
Delacroix la miró.
—Eso ha sonado casi personal.
—Lo es.
—Peor.
—Mucho.
Subieron al automóvil de Montalbán. La carretera hacia el oeste estaba casi vacía. La noche de Marbella quedaba atrás poco a poco. Luces. Hoteles. Música. Después oscuridad. Terrenos. Construcciones nuevas. Viejas fincas partidas por caminos. Lucía miraba por la ventanilla.
—¿Dónde está exactamente?
—Lo sabremos.
—¿La antigua finca principal?
—Probablemente.
Montalbán, al volante, cerró los ojos un instante.
—No puede hacer eso mientras conduce.
—Cállese.