CAPÍTULO 22 — Una fiesta para un muerto #2
Montalbán bajó la vista. Delacroix sintió el peso de cada palabra. No necesitaba elevar la voz. La repetición bastaba.
—La noche de la fiesta, Marina sabía que Leandro podía sufrir una crisis grave.
—Sí.
—Y sabía que el frasco no era lo que él creía.
—Sí.
—Cuando preguntó si lo había cambiado...
La mujer cerró los ojos. Delacroix recordó. ¿Lo has cambiado? ¿Qué? El frasco. No. La primera mentira visible. Antes del cuerpo. Antes del apagón.
—Usted dijo que no.
—Sí.
—Pero lo había hecho.
—Sí.
Silencio. Lucía no escribía. Nadie lo hacía.
—Leandro tomó la medicación.
Delacroix señaló la terraza principal, invisible desde allí.
—Después habló con Julián.
Julián levantó la vista.
—Con Sofía.
Ella no se movió.
—Con Gabriel.
Gabriel asintió apenas.
—Y empezó a empeorar.
Cervera intervino.
—Probablemente antes.
Delacroix lo miró.
—Sí.
—La crisis pudo empezar de manera progresiva.
—Sí.
—Dolor.
—Sí.
—Sudoración.
—Sí.
—Dificultad para respirar.
—Sí.
Delacroix se volvió hacia Gabriel.
—Usted lo vio.
—Sí.
—En la biblioteca.
—Sí.
—Vivo.
—Sí.
—Esa es la última conversación demostrada.
Marina miró al suelo. Delacroix continuó.
—Después de Gabriel, Leandro salió a la terraza.
—Solo —dijo Marina.
Todos la miraron. Delacroix permaneció quieto.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Lo vio salir?
—Sí.
—Entonces estaba cerca.
—Sí.
—¿Lo siguió?
Marina tardó.
—Después.
—¿Cuánto?
—No sé.
—No importa.
La mujer lo observó. Delacroix caminó hasta la terraza lateral. Todos lo siguieron. No demasiado cerca. La noche era parecida. No idéntica. Ninguna noche lo era. Delacroix se sentó en la silla.
—Leandro llegó aquí.
Marina permaneció en la puerta.
—Se sentó.
El mar frente a él.
—La crisis avanzó.
Cervera no intervino.
—Y usted vino.
Marina cerró los ojos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quería saber.
—¿Qué?
La mujer abrió los ojos.
—Si estaba muriendo.
Silencio. Beatriz dio un paso atrás. Delacroix no se movió.
—No si estaba enfermo.
—No.
—Si estaba muriendo.
—Sí.
La noche pareció hacerse más quieta.
—¿Qué encontró?
Marina miró la silla. No a Delacroix. A Leandro.
—A un hombre asustado.
Silencio.
—¿Consciente?
—Sí.
—¿Podía hablar?
—Sí.
—¿Qué dijo?
La mujer cerró los ojos.
—Mi nombre.
—Después.
—Que llamara a Emilio.
Cervera bajó la cabeza.
—¿Algo más?
Marina tardó.
—Que algo estaba mal.
Delacroix quedó inmóvil.
—¿Con la medicación?
—Sí.
—¿Lo dijo?
—Sí.
—¿Exactamente?
La mujer respiró.
—Dijo: «El frasco».
Silencio. Ahí. Una frase no conocida por nadie. No la primera duda de la fiesta. Otra. La última. Delacroix no reaccionó. Pero Montalbán sí. Muy poco.
—¿Qué más? —preguntó Delacroix.
—Nada.
—Miente.
Marina lo miró.
—No.
—Leandro no era un hombre que muriera con una sola palabra.
Silencio. La mujer soltó una risa rota.
—No.
—Entonces.
Marina volvió la vista hacia el mar.
—Dijo que podía arreglarlo.
Nadie habló. Delacroix observó. Por supuesto. Hasta el final.
—¿Qué podía arreglar?
—Todo.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—¿Las cartas?
—Sí.
—¿La acusación?
—Sí.
—¿Su familia?
La mujer cerró los ojos.
—No.
—¿Entonces?
—Lo que estaba pasando.
—Su muerte.
—Sí.
—¿Pidió el estuche?
—Sí.
Silencio. Delacroix miró su mano izquierda.
—¿Lo tenía?
—No.
—¿Quién?
Marina no respondió.
—Usted.
—Sí.
La palabra quedó.
—Entonces la marca de la mano.
—Lo intentó coger antes.
—¿Antes de que usted llegara?
—Sí.
—¿Se le cayó?
—Sí.
—¿Dónde?
Marina miró el suelo.
—Junto a la silla.
Montalbán bajó la vista.
—Y usted lo recogió.
—Sí.
—¿Antes de que muriera?
—Sí.
—¿Se lo dio?
Silencio.
—No.
La respuesta fue casi inaudible. Cervera cerró los ojos. Delacroix permaneció sentado.
—Entonces Leandro no solo pidió que llamara a Cervera.
—No.
—También pidió la medicación.
—Sí.
—Y usted se la negó.
—Sí.
—¿Habría servido?
Marina miró a Cervera. El médico respondió antes de que nadie preguntara.
—No lo sabemos.
Silencio.
—Podía no servir —continuó—. Podía incluso no ser suficiente. Pero necesitaba asistencia.
Marina bajó la vista. Delacroix no apartó la mirada.
—Usted sabía que quizá no podía salvarlo.
—Sí.
—Pero también sabía que pedir ayuda podía hacerlo.
—Sí.
—Y decidió no saber cuál de las dos posibilidades era cierta.
Marina cerró los ojos.
—Sí.
Aquello era quizá lo peor. No una certeza de muerte. La decisión de no comprobar si todavía podía evitarse.
—¿Cuánto tardó?
Marina respiró.
—No sé.
—¿En morir?
—Sí.
—¿Minutos?
—Sí.
—¿Usted estuvo aquí?
—Sí.
Beatriz comenzó a llorar. No por Leandro. Delacroix lo sabía. Por todo.
—¿Dijo algo más?
Marina no respondió.
—Marina.
La mujer abrió los ojos.
—Preguntó por qué.
Silencio.
—¿Usted respondió?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Marina miró hacia Beatriz. Después hacia la casa.
—Javier.
La palabra llegó. Solo el nombre. Nada más. Delacroix permaneció inmóvil.
—¿Leandro entendió?
—Sí.
—¿Qué hizo?
Marina apretó los labios.
—Dijo que no había matado a mi hermano.
—¿Le creyó?
—No.
—¿Tiene pruebas de que lo hiciera?
—No.
—Entonces.
La mujer lo miró.
—No importaba ya.
Delacroix sostuvo la mirada.
—Sí importaba.
—Para usted.
—Para la verdad.
Marina sonrió sin humor.
—La verdad llegó veintitrés años tarde.
—Sí.
—Entonces no me hable de puntualidad.
Silencio. Delacroix no respondió. Porque tenía razón en una parte. Solo en una.
—¿Qué ocurrió después?
Marina miró la silla.
—Dejó de hablar.
—¿Inmediatamente?
—No.
—¿Se movió?
—Poco.
—¿Intentó levantarse?
—No.
—¿Volvió a pedir ayuda?
Marina cerró los ojos.
—Sí.
La segunda petición. Eso tampoco estaba en ninguna declaración.
—¿Qué dijo?
—«Por favor».
Silencio. Sofía se llevó una mano a la boca. Álvaro miró hacia otro lado. Beatriz lloraba. Marina no.
—¿Y usted?
—Nada.
Delacroix se levantó lentamente de la silla.
—Después murió.
—Sí.
—¿Cómo lo supo?
Marina abrió los ojos.
—Porque dejó de respirar.
Silencio. Aquello era conocimiento. No deducción.
No una figura vista de lejos. La última persona.
La única. Delacroix miró a Montalbán. El comisario entendió.
La prueba final no era una marca. Era el conjunto de detalles que Marina había ocultado y que solo podía conocer quien había permanecido allí hasta el final. Pero todavía no había terminado.
—¿Qué hizo después? —preguntó.
Marina miró sus manos.
—Recogí el estuche.
—Ya lo tenía.
—Sí.
—¿Y el frasco?
—Dentro.
—¿Lo guardó?
—Sí.
—¿Dónde?
—En mi bolso.
—Antes del apagón.
—Sí.
Delacroix sintió que una última pieza encajaba.
—Entonces la oscuridad no le sirvió para retirar la medicación.
—No.
—¿Para qué?
Marina miró hacia la casa.
—La carpeta.
Todos permanecieron inmóviles.
—La azul.
—Sí.
Beatriz cerró los ojos.
—La había dejado en la biblioteca.
—¿Por qué?
—Leandro me la había enseñado.
—Con los documentos preparados contra usted.
—Sí.
—¿La tomó?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes de salir a la terraza.
—Entonces cuando Sofía la vio.
—La llevaba.
Sofía bajó la mirada.
—¿Por qué no se la llevó de la casa?
Marina respiró.
—Porque después de que muriera comprendí que me señalaría.
—Motivo.
—Sí.
—Entonces necesitaba devolverla.
—Sí.
—¿Pero había gente?
—Sí.
—Y llegó el apagón.
Marina cerró los ojos.
—Sí.
Delacroix miró a Álvaro. El heredero permanecía inmóvil. Su crimen había entregado un regalo a otro. Sin saberlo.
—¿Qué hizo cuando se apagaron las luces?
—Fui al despacho.
—¿Por dónde?
—El corredor interior.
—Por eso Andrés no la vio.
—Sí.
—Sofía era la figura de la puerta lateral.
—Sí.
—¿Cuánto tardó?
—No sé.
—Treinta segundos.
—Puede.
Montalbán abrió la boca. Delacroix levantó una mano. El comisario lo miró con odio. Lucía casi sonrió.
—Dejó la carpeta en el compartimento.
—Sí.
—¿Por qué allí?
—Porque era donde había estado.
—Y regresó.
—Sí.
—A dar órdenes al servicio.
—Sí.
—Como si nada.
Silencio. Marina miró hacia la casa.
—No como si nada.
—¿Entonces?
—Como si todo.
La frase quedó. Delacroix comprendió. Para los demás, el apagón había durado noventa segundos. Para Marina, había ocurrido después de ver morir al hombre al que llevaba catorce años organizando la vida. No necesitaba fingir normalidad interior. Solo exterior.
—Después volvieron las luces —dijo.
—Sí.
—Sofía reapareció.
—Sí.
—Gabriel salió con una carpeta negra.
—Sí.
—Álvaro fingió una avería.
—Sí.
—Viktor terminó su reunión.
—Sí.
—Andrés siguió trabajando.
—Sí.
Delacroix miró a todos.
—Y Leandro continuó sentado.
Silencio.
—Muerto.
Marina no respondió.
—Sofía lo vio.
—Sí.
—Yo también lo vi desde la biblioteca.
—Sí.
—Gabriel lo observó después desde el mismo lugar.
—Sí.
—Andrés le llevó agua.
—Sí.
—Y ninguno se acercó.
—No.
Delacroix miró a Sofía.
—Usted vio a un hombre que no quería volver a enfrentar.
Sofía asintió.
—Yo vi una cita para el día siguiente.
Delacroix volvió la mirada hacia Gabriel.
—Usted vio una conversación que podía esperar.
Gabriel permaneció inmóvil.
—Y Andrés vio a un invitado que no debía molestar. El muchacho bajó la vista.
Silencio.
—Cada uno añadió vida a una postura.
Marina lo observó.
—Y usted lo sabía.
—Sí.
—¿Planeó dejarlo así?
—No.
—¿Entonces?
—No sabía qué hacer.
Delacroix sostuvo la mirada.
—Eso no es completamente cierto.
—No.
—Sabía que necesitaba tiempo.
—Sí.
—Entonces pidió a Andrés que llevara agua.
Marina cerró los ojos.
—Sí.
La copa. Por fin.
—¿Por qué?
—Para que pareciera...
Se detuvo.
—¿Qué?
Marina abrió los ojos.
—Atendido.
Silencio. No vivo. Atendido. La diferencia era importante.
—No para demostrar que bebía.
—No.
—Sino para que nadie pensara que llevaba demasiado tiempo solo.
—Sí.
Delacroix observó. La copa reciente. El hielo. La ilusión. No era una prueba de vida. Era una marca de atención reciente. Y todos la habían convertido en actividad.
—Después dijo que había hablado con él.
—Sí.
—Movió la hora.
—Sí.
—Hasta después de todas las conversaciones reales.
—Sí.
—Cerca del apagón.
—Sí.
—Porque el apagón daba una ventana.
—Sí.
—Una ventana falsa.
—Sí.
La reconstrucción estaba completa. No hacía falta nada más. Pero Delacroix continuó.
—¿Qué hizo con el estuche?
Marina miró hacia el mar.
—Lo destruí.
—¿Dónde?
—No importa.
Montalbán dio un paso.
—Sí.
Delacroix levantó una mano.
—No.
El comisario lo miró.
—Armand.
—No necesitamos localizar cada fragmento.
—Para la prueba.