Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 22 — Una fiesta para un muerto
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CAPÍTULO 22 — Una fiesta para un muerto

La marca en la palma de Leandro Varela no resolvió el asesinato.

Delacroix lo agradeció. Las pruebas que resolvían un caso por sí solas solían llegar demasiado tarde o ser tan perfectas que merecían desconfianza.

La marca, en realidad, apenas era una zona de presión más clara que el resto de la piel, situada cerca de la base de los dedos.

Cervera la había anotado porque anotaba cosas.

Al principio no le había concedido importancia. Ahora seguía sin concedérsela mucha.

—Pudo sujetar algo —dijo.

—Eso ya lo sabemos —respondió Montalbán.

—No. Sabemos que pudo.

El comisario miró a Delacroix.

—Está empezando a hablar como usted.

—Lo siento —dijo Cervera.

—No.

Delacroix observó la fotografía ampliada. La mano izquierda de Leandro. Dedos ligeramente flexionados. Nada dentro.

—¿Forma?

Cervera soltó aire.

—No suficientemente definida.

—¿Redonda?

—Puede.

Montalbán cerró los ojos. El médico lo miró.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Qué pasa?

—Continúe.

Cervera volvió a la imagen.

—Podría corresponder al borde de un objeto pequeño. Un frasco. Una caja. Incluso un objeto sin relación.

—¿El estuche?

—Podría.

—¿El frasco?

—También.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Podía estar sujetándolo mientras moría?

—Sí.

—¿Y caer?

—Claro.

—Pero no había nada en el suelo.

—No.

Montalbán cruzó los brazos.

—Entonces alguien lo retiró.

Cervera lo miró.

—O cayó y alguien lo recogió.

—Es lo mismo.

—No necesariamente.

El comisario cerró los ojos. Delacroix casi sonrió. El contagio empezaba a resultar grave.

—¿Puede demostrar qué objeto era? —preguntó.

—No.

—¿Puede demostrar quién lo retiró?

—No.

—Entonces no es la prueba final.

—No.

Montalbán soltó aire.

—Magnífico.

Delacroix dejó la fotografía.

—Pero nos dice algo.

—¿Qué?

—Que quizá Leandro intentó utilizar la medicación otra vez.

Cervera frunció el ceño.

—Puede.

El comisario abrió la boca. Delacroix levantó una mano.

—No.

Montalbán se detuvo.

—¿No qué?

—No empiece.

—Usted dice puede cada treinta segundos.

—Exactamente.

Cervera observó a ambos.

—No sé cuál de los dos es peor.

—Él —dijeron al mismo tiempo.

Silencio. Montalbán cerró los ojos. Delacroix miró otra vez la fotografía.

Leandro en la terraza. La crisis avanzando.

El cuerpo intentando responder. Una mano que quizá había buscado un frasco.

Una persona junto a él. Una persona que sabía que la medicación no iba a ayudar.

Quizá porque era precisamente el problema.

—No necesitamos demostrar qué tenía en la mano —dijo.

Montalbán lo miró.

—Entonces para qué hemos venido.

—Para dejar de necesitarlo.

El comisario soltó aire.

—Naturalmente.

Delacroix tomó el sombrero.

—Esta noche volvemos a Villa Almenara.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿Para qué?

Delacroix miró a Cervera.

—Para contar la verdad.

Beatriz no quiso invitados. Delacroix le dijo que no eran invitados.

Aquello no mejoró su disposición. A las nueve de la noche, Villa Almenara volvió a llenarse de algunas de las personas que habían estado presentes cuando murió Leandro.

No todas. No hacía falta. Beatriz. Álvaro.

Gabriel. Sofía. Viktor. Julián. Cervera.

Lucía. Montalbán. Andrés. Y Marina. La última llegó acompañada por dos agentes.

No esposada. Montalbán había considerado hacerlo. Delacroix le pidió que no.

—¿Por qué?

—Porque no va a huir.

—Eso no puede saberlo.

—No.

—Entonces.

—Y porque esta noche necesito que mire.

Montalbán lo observó.

—¿Qué?

—La casa.

—Eso ha sonado dramático.

—Probablemente.

El comisario había aceptado. Marina entró.

Beatriz se puso de pie. Ninguna habló. Durante un instante, la recepción pareció regresar.

Las luces. Los camareros. La música. Los vestidos.

Leandro todavía vivo en algún lugar de la casa.

Pero ahora no había ciento veinte personas.

Solo las necesarias. Delacroix permaneció junto a la puerta de la biblioteca. Lucía se acercó.

—¿Va a acusarla?

—No.

—Armand.

—Mañana.

La periodista frunció el ceño.

—Entonces qué es esto.

—Una reconstrucción.

—Otra.

—La última.

Lucía lo observó.

—Miente.

Delacroix casi sonrió.

—Probablemente.

Ella cerró los ojos.

—Lo hizo a propósito.

—Sí.

Montalbán llamó a todos. Las conversaciones se detuvieron. Delacroix miró los rostros. La primera noche, todos habían intentado averiguar qué necesitaban de Leandro. Ahora sabían que no volverían a obtener nada. Aquello los hacía más sinceros. No mejores. Solo más libres.

—Leandro Varela murió aquí —dijo Delacroix.

Nadie respondió.

—Eso ya lo sabemos.

Álvaro cruzó los brazos.

—Prometedor.

Beatriz lo miró. Él cerró la boca. Delacroix continuó.

—Lo que no sabíamos era cuándo.

Marina permaneció inmóvil.

—Durante varios días supusimos que murió en el apagón.

Montalbán estaba junto a una pared. No intervenía.

—Era una suposición lógica. La casa queda a oscuras durante noventa segundos. Cuando vuelve la luz, varias personas han cambiado de lugar. Poco después aparece un muerto.

Gabriel bajó la mirada. Sofía también.

—El apagón parecía el centro.

Delacroix caminó hacia la biblioteca.

—No lo era.

Silencio.

—Leandro ya estaba muerto.

Nadie reaccionó. Todos lo sabían ahora. Excepto quizá Andrés, que bajó la cabeza.

—Murió antes de que Álvaro cortara la electricidad.

Álvaro levantó la vista.

—Entonces.

—Sí.

Delacroix lo miró.

—Usted no provocó la oscuridad que mató a Leandro.

El heredero soltó aire.

—Eso ya lo sabía.

—No.

Álvaro frunció el ceño.

—¿No?

—Sabía que no lo había matado. No sabía que su apagón había ocurrido después.

Silencio. La diferencia lo alcanzó.

—Entonces cuando entré al despacho...

—Leandro ya estaba muerto.

Álvaro miró hacia la terraza. Por primera vez, su expresión no tuvo defensa.

—Dios.

Nadie comentó. Delacroix continuó.

—Lo ocurrido aquella noche empezó mucho antes de las diez y cincuenta y siete.

Se volvió hacia Marina. Ella sostuvo la mirada.

—Empezó meses antes.

Silencio.

—Cuando Marina Roldán encontró una carpeta azul.

Beatriz cerró los ojos. Delacroix caminó hasta una mesa donde había colocado una copia vacía, solo para representar el objeto.

—Dentro encontró la historia de su familia.

—No toda —dijo Marina.

Su voz fue la primera en interrumpir. Delacroix la miró.

—No.

—Parte.

—Sí.

—La parte que ellos quisieron conservar.

Beatriz bajó la mirada. Delacroix asintió.

—Sí.

Marina no esperaba la concesión. No dijo nada más.

—Encontró cartas.

Delacroix señaló la carpeta.

—Préstamos diseñados para hacerse impagables. Sociedades conectadas. Presiones. La participación de Eugenio de Almenara.

Beatriz permaneció inmóvil.

—Y la de Leandro.

Silencio.

—Descubrió que el hombre para quien había trabajado catorce años conocía a su familia desde antes de conocerla a ella.

Marina miró hacia la terraza.

—Había contribuido a llevar a su padre a la ruina. Había continuado la operación después de la muerte de Javier. Y había considerado aquella muerte un problema que no justificaba detener un negocio.

Julián apartó la vista. Viktor no. Gabriel permanecía completamente quieto.

—Marina investigó.

—Sí —dijo ella.

—Consultó archivos.

—Sí.

—Encontró más.

—Sí.

—Y Leandro lo descubrió.

Marina no respondió.

—La confrontó.

Silencio.

—Después preparó una acusación contra ella.

Montalbán observó.

—Movimientos reales, reorganizados para convertir a Marina en responsable de operaciones que él había dirigido.

Lucía miró hacia la mujer. Marina seguía sin moverse.

—Si ella hablaba de los Roldán, Leandro hablaría primero.

Delacroix caminó lentamente.

—Una empleada descubierta robando.

—No robé —dijo Marina.

—No.

—Entonces.

—He dicho la versión que Leandro preparó.

Silencio. La mujer cerró los ojos. Delacroix continuó.

—Eso fue lo que él hacía mejor.

Miró a todos.

—No necesitaba que una mentira fuera completa. Solo necesitaba que tuviera suficiente verdad para resultar incómoda.

Gabriel bajó la mirada. Cervera también.

—Con Marina había más que suficiente.

Delacroix volvió hacia ella.

—Firmas.

—Sí.

—Transferencias.

—Sí.

—Órdenes ejecutadas.

—Sí.

—Y un hombre muerto que ya no tendría que explicar quién había dado las instrucciones.

Marina sostuvo la mirada.

—Entonces decidió que no tendría oportunidad de hacerlo.

Silencio. Montalbán se tensó ligeramente. Delacroix no dijo todavía la palabra matar. No hacía falta.

—Cinco días antes de la fiesta —continuó—, Marina obtuvo un nuevo frasco de la medicación de Leandro.

La mujer no reaccionó.

—Dijo que el anterior se había roto.

—Sí.

—No se había roto.

Silencio.

—Preguntó si podía trasladar el contenido de un envase a otro.

—Sí.

—Tres días antes volvió a la farmacia.

Marina cerró los ojos.

—Leandro estaba notando diferencias.

—Sí.

—La medicación le sentaba distinta.

—Sí.

—Y usted compró otro medicamento.

Marina no respondió.

—Uno compatible con la sustancia que no debía estar en su sangre.

Cervera miró al suelo. Delacroix continuó.

—No voy a describir cómo se hizo.

Marina levantó la vista.

—No podría.

—No necesito.

—No.

—Porque la forma exacta no cambia la secuencia.

Silencio.

—Usted alteró la medicación.

La frase llegó. Limpia. Sin gritos. Sin sorpresa. Marina la recibió como si hubiera estado esperándola desde hacía semanas.

—Sí.

Beatriz cerró los ojos. Álvaro volvió la cabeza. Sofía dejó escapar aire. Nadie habló. Montalbán permaneció inmóvil. La confesión ya había avanzado antes. Pero escucharla allí, en la casa, fue distinto.

—No sabía exactamente cuándo moriría —dijo Delacroix.

—No.

—Al principio quizá ni siquiera sabía si moriría.

Marina lo miró.

—No.

—Quería una crisis.

—Sí.

—Que tuviera miedo.

—Sí.

—Que comprendiera que podía perder el control.

—Sí.

—Pero Leandro no se detuvo.

Silencio.

—Siguió preparando documentos contra usted.

—Sí.

—Siguió amenazándola.

—Sí.

—Y usted continuó.

La mujer cerró los ojos.

—Sí.

Delacroix miró a todos.

—La muerte no fue una sola decisión.

Marina abrió los ojos.

—No.

—Fue una serie.

—Sí.

—Primero alterar.

—Sí.

—Después observar.

—Sí.

—Después comprobar que Leandro empezaba a notar algo.

—Sí.

—Y, aun así, continuar.

Silencio.

—Sí.