Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 21 — El último intermediario #4
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CAPÍTULO 21 — El último intermediario #4

—Entonces el apagón ocultó la carpeta, no la medicación.

—Probablemente.

Montalbán abrió la boca. Delacroix levantó una mano.

—Sí.

El comisario respiró.

—Gracias.

La reconstrucción mejoraba. Marina acompaña o encuentra a Leandro.

Él muere. Ella retira el estuche antes de que nadie se acerque.

Tal vez lo guarda en su bolso. Después mueve el cuerpo o la silla mínimamente.

Sale. Sofía lo ve. Andrés lleva agua. Otros lo ven.

Llega el apagón. Marina corre al despacho y devuelve la carpeta azul al compartimento de Eugenio.

Por eso reaparece allí. Después regresa al servicio.

Más tarde inventa conversación. El apagón había servido para borrar la prueba del motivo. No el arma.

—Eso explica por qué la carpeta reapareció —dijo Lucía.

—Sí.

—Y por qué Marina fue a buscarla después.

—Quería recuperarla otra vez.

—O comprobar que seguía.

—Sí.

Montalbán miró hacia el corredor.

—Entonces el estuche pudo salir de la villa en su bolso.

—Sí.

—Y destruirlo después.

—Sí.

—No lo encontraremos.

—Probablemente no.

El comisario lo miró. Delacroix sonrió apenas.

—Puede decirlo.

—No quiero.

Lucía rió. El momento duró poco. Delacroix volvió a la silla.

La última prueba seguía faltando. Pero ahora el caso estaba limpio.

No había conspiración. No había otro asesino.

No había una ruta alternativa que necesitara mantenerse viva por cortesía.

Solo una mujer. Una preparación. Una víctima.

Y un último gesto que todavía no habían comprendido.

Delacroix miró la mesa. La copa. El agua.

Los fósforos. El cenicero. Leandro no fumaba aquella noche.

¿O sí? Había un cenicero. Eso podía ser de cualquiera.

Los fósforos. Marina podía haber quemado algo.

No en la terraza. Demasiado olor. No. La mano izquierda.

Cerca del regazo. ¿Qué había sujetado? Nada.

El médico encontró papeles doblados en bolsillo.

Llave. Reloj. No estuche. La carpeta azul ya no. Delacroix cerró los ojos.

La última persona que estuvo con él sabía algo que nadie más. No solo que pidió ayuda. Algo físico. Una frase. Una acción. Quizá Leandro intentó tomar otra dosis. Buscó el estuche. No estaba. O estaba. Pidió. Marina se lo quitó.

—La mano —dijo.

Montalbán se volvió.

—¿Qué?

Delacroix miró su propia mano izquierda.

—Cervera dijo que estaba cerca del regazo.

—Sí.

—¿Cerrada?

Montalbán pensó.

—No recuerdo.

—Informe.

El comisario abrió la carpeta que llevaba. Buscó. Leyó.

—«Dedos parcialmente flexionados».

—¿Había algo?

—No.

—Marcas.

Montalbán siguió.

—Una pequeña presión en la palma.

Silencio. Delacroix levantó la vista.

—¿De qué?

—No lo dice.

—Cervera.

—Mañana.

—Ahora.

Montalbán cerró los ojos.

—Naturalmente.

Lucía sonrió.

—Ha vuelto.

Delacroix miró la silla. Leandro había sostenido algo antes de morir.

Algo pequeño. Algo que después desapareció.

El estuche. O el frasco. Si la presión correspondía al borde o tapa, podía demostrar que lo tenía en la mano cuando la crisis empeoró.

Y quien lo retiró después tuvo que estar allí.

Marina ya había admitido estar. No bastaba.

Pero quizá dentro del estuche había otra cosa.

Una etiqueta arrancada. Una marca. Una pequeña pieza que hubiera quedado en la mano. La última prueba. Delacroix se levantó.

—Vamos.

Montalbán lo miró.

—¿Dónde?

—A ver a Cervera.

Lucía recogió el bolso.

—Yo también.

—No.

—Sí.

Montalbán caminó hacia la puerta.

—No voy a discutir.

Delacroix lo observó.

—Eso es preocupante.

—Mucho.

Salieron. Detrás quedó la terraza. La silla vacía.

La vista perfecta. La escena que había engañado a todos.

El último intermediario estaba muerto. Y con él empezaban a morir también las historias que había mantenido unidas.

Julián necesitaba sus acuerdos. Viktor su firma.

Gabriel sus documentos. Cervera su silencio.

Álvaro una negociación. Beatriz saber qué podía destruir a su hijo.

Sofía recuperar su pasado. Todos habían temido a Leandro.

Todos habían deseado, alguna vez, que desapareciera.

Pero casi todos necesitaban todavía algo de él.

Una firma. Una destrucción. Un favor. Una devolución.

Un último acuerdo. Marina no. Leandro ya no podía darle nada.

No podía devolverle a Javier. No podía devolverle las tierras.

No podía devolverle a su padre una muerte sin vergüenza.

No podía devolverle catorce años de lealtad ofrecidos al hombre equivocado.

Y, sobre todo, no estaba dispuesto a dejar de decidir quién sería ella después de descubrirlo.

Delacroix comprendió que ahí estaba la diferencia.

Leandro había pasado su vida haciendo que todos dependieran de él.

Marina Roldán había sido la última persona que consiguió dejar de hacerlo.

Y por eso, entre todos los que lo odiaban, había sido la única que pudo permitirse que muriera.