CAPÍTULO 24 — Los que siguen bailando #3
—Mucho.
Ella se marchó. Delacroix subió al tren.
Cuando el tren empezó a moverse, Marbella quedó atrás sin ofrecer ninguna conclusión.
Eso le pareció apropiado. No hubo una última imagen perfecta.
Ni la villa. Ni el mar. Ni la terraza. Solo edificios que desaparecían poco a poco.
Carreteras. Terrenos. Construcciones. Una ciudad alejándose.
Delacroix se acomodó junto a la ventana.
En el asiento de enfrente había un hombre leyendo el periódico.
En la página interior aparecía una fotografía de Leandro Varela.
Pequeña. El titular hablaba de la investigación de una muerte ocurrida durante una recepción privada.
Todavía durante. Los periódicos también llegaban tarde.
Delacroix no corrigió. Mañana sería distinto.
O no. La verdad oficial avanzaba con una lentitud distinta a la verdad.
Marina sería procesada. La acusación tendría documentos. Registros. Testimonios.
El frasco. La confesión. Montalbán haría su trabajo.
Cervera respondería por el suyo. Gabriel protegería lo que pudiera.
Viktor reorganizaría negocios. Julián encontraría otras tierras.
Álvaro intentaría conservar parte de lo que había heredado y quizá, durante un tiempo, fingiría haber aprendido.
Beatriz abriría cajas. Lucía publicaría.
Andrés seguiría mirando. Y Marbella. Marbella continuaría.
Aquella noche volverían a encenderse las terrazas.
Los hoteles llenarían mesas. Alguien llegaría por primera vez y pensaría que todo era nuevo.
Otro vendería una propiedad. Otro pediría dinero.
Alguien ofrecería ayuda. Una deuda empezaría.
Una conversación terminaría sin testigos.
Una persona sabría algo. Otra preferiría no preguntar.
La ciudad no había sido culpable de la muerte de Leandro Varela.
Las ciudades no mataban. Eso era demasiado cómodo.
Mataban las personas. Mentían las personas.
Callaban. Firmaban. Compraban. Esperaban.
Miraban hacia otro lado. Después construían ciudades alrededor de esas decisiones y fingían que la piedra no recordaba.
Delacroix observó el paisaje. Pensó en Marina.
No como asesina. No únicamente. Eso también habría sido demasiado fácil.
Una mujer podía ser culpable y haber sido víctima antes.
Podía haber sufrido una injusticia y cometer otra.
Podía tener motivos terribles y seguir siendo responsable.
Nada de aquello se anulaba. Ese era quizá el problema de la verdad.
No elegía una sola versión para facilitar las cosas.
Las mantenía todas. Leandro había destruido.
Marina había matado. Javier había muerto sin una explicación completa.
Beatriz había callado demasiado. Eugenio había participado.
Álvaro había repetido. Cervera había cedido.
Gabriel había ocultado. Viktor había financiado.
Julián había comprado. Sofía había mentido.
Andrés había aceptado dinero. Montalbán había aprendido a mirar donde sabía que podía costarle.
Lucía había decidido publicar lo demostrable.
Y Delacroix había llegado tarde. Como siempre.
El tren avanzó. Un camarero pasó por el pasillo.
—¿Café, monsieur?
Delacroix miró la taza.
—Sí.
—¿Solo?
—Naturalmente.
El hombre sirvió. Delacroix pagó. Después miró otra vez por la ventana.
En algún punto detrás quedaba Villa Almenara.
La terraza. La silla. El lugar donde todos habían visto a un hombre vivo porque nadie había querido acercarse lo suficiente para descubrir que estaba muerto.
Aquello seguiría pareciéndole importante durante mucho tiempo.
No solo para el caso. Para todo. Las personas vivían rodeadas de cosas que creían comprender porque las miraban desde la distancia correcta para no tener que comprobarlas.
Una familia respetable. Un negocio legítimo.
Un hombre generoso. Una deuda necesaria.
Una muerte natural. Una mujer leal. Una ciudad feliz.
Desde lejos, casi todo podía parecer vivo.
Delacroix bebió café. El tren siguió alejándose.
Y en Marbella, esa misma noche, alguien encendió la música. Después otro. Después las luces.
Las terrazas volvieron a llenarse. Las copas chocaron.
Los automóviles llegaron. Los nombres importantes entraron por puertas importantes.
Algunas personas ya conocían la noticia.
Otras fingían no conocerla. Unas hablaron de Marina.
Otras de Leandro. Alguien dijo que siempre había sospechado.
Alguien más aseguró que aquello no podía ocurrir allí.
Y, antes de medianoche, una nueva historia empezó a sustituir a la anterior.
Marbella siguió bailando. No porque hubiera olvidado.
Sino porque recordar nunca había sido requisito para continuar.