CAPÍTULO 21 — El último intermediario #2
Abrieron la carpeta. La carta que Álvaro había visto estaba allí. También documentos sobre Costa Serena. Cuentas. Préstamos. Sociedades. Nada que demostrara que Gabriel quisiera matar a Leandro. Todo lo contrario.
—¿Cuánto dependía de él? —preguntó Montalbán.
Gabriel permaneció de pie.
—Mucho.
—Otra vez.
—Era útil.
—No basta.
—Conectaba operaciones que nadie más podía conectar sin quedar expuesto.
Delacroix observó.
—Entonces su muerte dejó problemas.
—Muchos.
—¿Dinero?
—Sí.
—¿Documentos?
—Sí.
—¿Personas que ahora pueden hablar?
—Sí.
—¿Y usted?
Gabriel miró la carpeta.
—Ahora tengo que explicar cosas que antes explicaba él.
—Eso debe de ser desagradable.
—Mucho.
Montalbán señaló la carta sobre los Roldán.
—Pero usted podía temer que Leandro lo arrastrara.
—Sí.
—Motivo.
—No suficiente.
—Eso lo decidimos nosotros.
Gabriel sostuvo la mirada.
—Si quería protegerme, necesitaba que Leandro arreglara las operaciones.
—¿Podía?
—Sí.
—¿Muerto?
—No.
Silencio. Otra vez. El mismo patrón. Delacroix se levantó.
—¿Quién registró mi habitación?
Gabriel quedó inmóvil.
—No fui yo.
—Eso ya lo dijo.
—Y era verdad.
—¿Ramón Vidal?
La expresión cambió. Muy poco.
—¿Quién le dio el nombre?
—Ledesma.
Gabriel cerró los ojos.
—Idiota.
—Eso parece.
—Ramón trabajó para Leandro.
—¿Ahora?
—A veces para mí.
—Entonces.
—No le ordené entrar.
—Pero.
—Le pedí que averiguara si usted tenía documentos.
Silencio. Montalbán lo miró.
—Eso es distinto solo para usted.
—No sabía que entraría.
—¿Y ahora sabe que fue él?
Gabriel guardó silencio.
—Sí.
—Conveniente.
Gabriel soltó aire.
—Cuando Leandro murió, todo el mundo buscó lo que tenía.
—Sí.
—Usted también.
—Sí.
—Entonces.
Delacroix lo observó.
—Otra trama.
—¿Qué?
—Nada.
Gabriel miró hacia él.
—¿Eso me elimina?
—No.
—Pero.
—Necesitaba a Leandro vivo.
—Sí.
—Eso ayuda.
—¿A quién?
Delacroix miró la carpeta.
—A la verdad.
Gabriel no pareció satisfecho. Eso era normal. Viktor Halberg acudió sin abogado. Aquello pareció un desafío. Montalbán lo recibió como si no lo fuera.
—Costa Serena.
—Sí.
—Financiación.
—Sí.
—La operación se detuvo después de la muerte de Leandro.
—Sí.
—¿Cuánto perdió?
Viktor soltó aire.
—Todavía no lo sé.
—Estimación.
—Mucho.
Delacroix sonrió apenas.
—Otra vez.
Viktor lo miró.
—La riqueza es repetitiva.
—Eso ya lo dijo.
—Sigue siendo cierto.
Montalbán continuó.
—¿Amenazó a Leandro?
—Sí.
—¿Cuándo?
—La noche de la fiesta.
—¿Por qué?
—Porque estaba cambiando las condiciones.
—¿A favor de quién?
—De otra financiación.
—Entonces podía dejarlo fuera.
—Sí.
—Motivo.
—También razón para mantenerlo vivo hasta cerrar.
Silencio. Delacroix observó.
—¿Sabía que Leandro planeaba reordenar documentos?
—Sí.
—¿Huir?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Gabriel pensó que podía estar preparándose para perder control.
—No huir.
—Entonces.
Viktor se recostó.
—Leandro sabía que algo se había roto.
—Marina.
—No dijo nombre.
—Pero.
—Sí.
—La temía.
Viktor miró hacia la ventana.
—Leandro no temía morir.
—¿No?
—Temía dejar de controlar la versión.
Silencio. Eso era mejor.
—¿Qué hizo?
—Intentó asegurarse de que, pasara lo que pasara, los documentos hablaran por él.
—Marina culpable.
—Entre otras cosas.
Delacroix se quedó inmóvil.
—¿Qué otras?
Viktor miró a Gabriel, que seguía presente.
—No.
Montalbán golpeó suavemente la mesa.
—Ahora.
Viktor respiró.
—Tenía preparados documentos contra varios.
—¿Usted?
—Sí.
—Julián.
—Sí.
—Gabriel.
—Sí.
—Álvaro.
—Sí.
—Cervera.
Silencio. Delacroix levantó la vista.
—También.
Viktor asintió.
—Leandro construía salidas.
—¿A costa de otros?
—Siempre.
—Entonces todos podían querer matarlo.
—Sí.
—Pero.
Viktor sonrió sin humor.
—Todos necesitábamos saber primero qué había dejado preparado.
Delacroix sostuvo la mirada.
—Exactamente.
Un hombre con secretos no se volvía menos peligroso al morir. A veces más. Porque ya no podía negociar la destrucción de lo que había guardado.
—¿Entonces por qué Marina era distinta? —preguntó.
Viktor se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Usted podía negociar.
—Sí.
—Gabriel también.
—Sí.
—Julián.
—Sí.
—Álvaro.
—Quizá.
—Cervera.
—Sí.
—¿Marina?
Silencio. Viktor pensó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Leandro ya había decidido convertirla en culpable.
Delacroix no se movió.
—Eso sabía.
—Sí.
—¿Cómo?
—Me lo dijo.
Silencio. Montalbán se inclinó.
—¿Cuándo?
—Una semana antes de la fiesta.
—¿Qué palabras?
Viktor cerró los ojos.
—Que iba a tener que «sacrificar una pieza».
Delacroix sintió la frase.
—¿Marina?
—No dijo nombre.
—Pero.
—Dijo que era alguien que conocía demasiado.
—Y que podía desacreditar.
—Sí.
—¿Qué pensó usted?
Viktor soltó aire.
—Que era Gabriel.
Gabriel lo miró.
—Gracias.
—No es personal.
—Eso ayuda.
Delacroix observó.
—Entonces Leandro no estaba arrepentido.
—No.
—Estaba preparando la siguiente jugada.
—Sí.
—Hasta el final.
—Siempre.
Silencio. Delacroix comprendió entonces hasta qué punto Leandro había ejercido de intermediario hasta el último momento: entre dinero y propiedad, entre secreto y silencio, entre culpa y versión.
Incluso cuando comprendió que podía perder el control, había intentado intermediar con su propia caída, ofreciendo a unos la destrucción de otros, preparando documentos, moviendo carpetas y disponiendo las piezas necesarias para convertir a Marina en responsable antes de que ella pudiera hablar.
—¿Podía hacerlo? —preguntó Delacroix.
Viktor lo miró.
—Sí.
—¿Aun después de muerto?
—Con los documentos correctos.
Silencio.
—Entonces todos buscaban sus papeles porque no sabían si estaban a salvo.
—Exactamente.
—Y Marina.
Viktor no respondió.
—Ella sabía que no.
—Sí.
Montalbán miró a Delacroix. El círculo se estrechaba.
No porque Marina fuera la única con motivo.
Sino porque era la única para quien Leandro vivo ya no ofrecía una salida.
Los demás todavía podían negociar. Comprar.
Amenazar. Destruir documentos. Cambiar acuerdos.
Leandro era peligroso. Pero útil. Para Marina, había dejado de ser ambas cosas por separado.
Se había convertido en una amenaza que solo aumentaba mientras respirara.
—Puede irse —dijo Montalbán.
Viktor se levantó. Antes de salir, miró a Delacroix.
—Cuando todo termine, nadie hablará de esto.
—¿De qué?
—De las tierras.
—Lucía quizá.
—No todo.
—No.
—Entonces Leandro ganará una parte.
Delacroix lo observó.
—Los muertos suelen hacerlo.
Viktor se marchó. Cervera llegó último. Parecía peor que todos.
—Tengo pacientes.
—Lo sabemos —dijo Montalbán.
—Entonces.
—Siéntese.
El médico obedeció. Eso fue nuevo. Delacroix lo observó.
—Leandro tenía documentos contra usted.
Cervera cerró los ojos.
—Sí.
—Daniel Ocaña.
—Sí.
—¿Algo más?
Silencio.
—Sí.
—¿Qué?
El médico miró hacia la mesa.
—Información.
—De pacientes.
—No historiales.
—Ya lo dijo.
—Nunca le di documentos.
—Pero sí respuestas.
—A veces.
—¿Que podía utilizar?
—Sí.
Montalbán se inclinó.
—¿Podía denunciarlo?
—Sí.
—¿Destruir su carrera?
—Sí.
—Entonces motivo.
Cervera soltó una risa amarga.
—Todos tenían uno.
—Exactamente.
Delacroix lo observó.
—¿Por qué no lo mató?
El médico levantó la vista.
—Porque soy médico.
—Eso no basta.
—Para mí sí.
—No.
Cervera endureció el rostro.
—Entonces porque lo necesitaba vivo.
Silencio.
—Explíquese.
—Mientras Leandro vivía, podía devolverme documentos.
—¿Lo haría?
—Quizá.
Delacroix casi sonrió.
—No le queda bien.
—Cállese.
—Sí.
Montalbán levantó una ceja. Delacroix lo ignoró.
—¿Y muerto?
Cervera bajó la mirada.
—No sabía dónde estaban.
—Entonces su muerte aumentó el peligro.
—Sí.
—Como con Gabriel.
—Sí.
—Viktor.
—Sí.
—Julián.
—Sí.
Delacroix se levantó.
—Todos necesitaban al hombre.
—Sí.
—Aunque odiaran lo que sabía.
—Sí.
Cervera lo miró.
—¿Eso la deja sola?
Silencio. Montalbán observó. Delacroix no respondió inmediatamente.
—No.
El comisario cerró los ojos.
—Armand.
—No sola.
—Entonces.
—Única.
Silencio. Cervera frunció el ceño. Delacroix continuó.
—No es lo mismo.
—Explíquese.
—Los demás tenían razones para temer a Leandro.
—Sí.
—Y razones para mantenerlo vivo.
—Sí.
—Marina también lo había necesitado durante catorce años.
—Sí.
—Hasta que descubrió que toda esa relación estaba construida sobre una mentira.
Silencio.
—Y que él iba a destruirla.
—Sí.
—Entonces dejó de existir la segunda razón.
Montalbán asintió.
—Solo quedó el miedo.
Delacroix miró hacia él.
—Y algo más.
—¿Qué?
—La decisión.
Silencio. Eso era. No odio. No dolor. No siquiera venganza.
La diferencia entre todos los demás y Marina era que ella había cruzado la distancia.
Los otros podían imaginar la muerte de Leandro.
Quizá desearla. Quizá fantasear con una vida sin él.
Pero seguían dependiendo de su voz. De su firma.
De sus negociaciones. De su capacidad para borrar documentos.
Marina había comprendido que mientras Leandro siguiera vivo, él seguiría escribiendo la historia.
Y había decidido terminar la frase. Lucía llegó a última hora.
Otra vez sin permiso. Montalbán ya no protestó. Eso era preocupante.
—¿Entonces? —preguntó.
Delacroix estaba frente a la pizarra. Los nombres seguían allí. Álvaro. Gabriel. Sofía. Viktor. Marina. Andrés. Delacroix. Ahora había añadido otros. Julián. Cervera. Beatriz. Junto a casi todos, una palabra. Necesitaba a Leandro vivo. Lucía leyó.
—Álvaro.
—Necesitaba recuperar o renegociar.
—Gabriel.
—Necesitaba cerrar documentos y operaciones.
—Viktor.
—La financiación.
—Julián.
—Las tierras.
—Cervera.
—Recuperar pruebas.
—Beatriz.
—Proteger a Álvaro y saber qué tenía Leandro.
—Sofía.
—Evitar que el secreto de Daniel quedara suelto.
—Andrés.
—No tenía motivo.
Lucía miró el último nombre. Marina. No había frase.
—Y ella.
Delacroix no respondió. Montalbán sí.
—No necesitaba nada de Leandro después de la amenaza.
Lucía observó.
—Solo que dejara de hablar.
Silencio. Delacroix miró el nombre.
—Sí.
La periodista respiró.
—Entonces ya está.
—Casi.
Lucía cerró los ojos.
—Naturalmente.
—No abuse.
—¿Qué falta?
Montalbán respondió.
—Una prueba final.
—Tiene la compra.
—Sí.
—La medicación compatible.
—Sí.
—La anotación.
—Sí.