Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 21 — El último intermediario
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CAPÍTULO 21 — El último intermediario

Julián Ferrer recibió a Delacroix en una obra.

No en una oficina. No en un hotel. No en una terraza frente al mar.

Una obra. Aquello le pareció apropiado. El edificio todavía no tenía ventanas y ya había un cartel con una imagen de cómo sería cuando terminara.

Delacroix observó el dibujo, después la estructura de hormigón y finalmente a Julián.

—Optimista.

El constructor miró el cartel.

—Vendo futuro.

—Eso explica muchas cosas.

Julián llevaba camisa blanca, pantalones oscuros y polvo en los zapatos. Dos hombres se acercaron con planos. Él levantó una mano y siguieron de largo.

—Montalbán me ha dicho que quería hablar conmigo.

—Sí.

—También ha dicho que no estoy obligado.

—Correcto.

—Entonces tiene cinco minutos.

Delacroix miró el edificio.

—Eso parece poco para terminarlo.

Julián no sonrió. Caminaron hacia una zona donde unas tablas improvisaban sombra. El ruido de las máquinas quedaba detrás.

—Costa Serena —dijo Delacroix.

Julián endureció la expresión.

—¿Qué pasa?

—Usted está vinculado.

—A muchas sociedades.

—Eso no era una negación.

—Tampoco una confesión.

—Bien.

Julián cruzó los brazos.

—¿Qué quiere?

—Saber qué perdía si Leandro moría.

El constructor lo miró.

—¿Perdía?

—Sí.

—Pensé que la policía buscaba quién ganaba.

—Ese fue uno de nuestros errores.

Julián soltó una risa breve.

—No parece gustarle admitirlos.

—No.

—Por fin algo honesto.

Delacroix esperó. El constructor miró hacia la obra.

—Costa Serena iba a adquirir parte de unas tierras de los Almenara.

—Sí.

—La operación estaba avanzada.

—No tanto para Álvaro.

—Álvaro no tenía que entenderla.

—Eso parece una buena definición de su modelo de negocio.

Julián volvió la cabeza.

—No fui yo quien creó sus deudas.

—No.

—Ni quien le hizo firmar.

—No.

—Entonces.

—Pero estaba dispuesto a comprar cuando ya no pudiera elegir.

Silencio. Julián respiró.

—Eso es legal.

—No he preguntado.

—Empieza a cansarme esa respuesta.

—También es popular.

El constructor miró hacia el mar, visible entre dos edificios.

—Leandro controlaba la operación.

—¿Cómo?

—Álvaro debía aceptar una reestructuración.

—Que terminaría en cesión.

—Probablemente.

Delacroix lo observó. Julián cerró los ojos.

—Sí.

—Gracias.

—No abuse.

Aquello hizo que Delacroix casi sonriera.

—¿Podía cerrarse sin Leandro?

—No.

—¿Por qué?

—Porque las deudas estaban repartidas.

—Entre sociedades.

—Sí.

—¿Y él sabía quién controlaba cada una?

—Sí.

—¿Usted no?

Julián soltó una risa.

—Sabía algunas.

—Gabriel otras.

—Sí.

—Viktor financiaba.

—Parte.

—Y Álvaro no sabía nada.

—Eso ayudaba.

Delacroix observó. El mecanismo de los Roldán. Otra vez. Más sofisticado. Más limpio. Pero el mismo.

—Entonces si Leandro moría antes de cerrar...

—Todo se detenía.

—¿Cuánto dinero perdía?

Julián lo miró.

—Mucho.

—Otra vez.

—Lo suficiente para no matarlo.

Silencio. La frase llegó directa. Delacroix sostuvo la mirada.

—¿Eso quiere que crea?

—No.

—¿No?

—Es lo que ocurrió.

Julián se acercó un paso.

—Leandro era un hijo de puta.

—Eso parece.

—Me había engañado más de una vez.

—Sí.

—Me cobraba por resolver problemas que a veces había creado él mismo.

—Sí.

—Y aun así.

El constructor miró la estructura.

—Lo necesitaba.

—Exactamente.

Silencio. Delacroix sacó una copia de una carta. No la entregó.

—¿Sabía de los Roldán?

Julián miró el papel.

—Ahora.

—¿Antes?

—Conocía rumores.

—¿Qué clase?

—Que algunas de las primeras tierras de Leandro no habían llegado a él de manera limpia.

—¿Le importó?

Julián soltó aire.

—No compré a los Roldán.

—Compró después.

—Mucho después.

—Sabiendo.

—No todo.

—Suficiente.

Julián lo miró.

—¿Está investigando un asesinato o intentando decidir si soy una buena persona?

—Lo primero.

—Entonces deje lo segundo.

Delacroix guardó la copia.

—No estaba haciéndolo.

El constructor permaneció en silencio.

—¿Por qué discutió con Leandro la noche de la fiesta?

—Porque quería cambiar el reparto.

—¿A favor de quién?

—De sí mismo.

—¿Cómo?

—Había encontrado otro comprador para una parte.

—¿Viktor?

—No.

—¿Gabriel?

—No.

—Entonces.

—Un grupo extranjero.

—¿Y usted quedaba fuera?

—En parte.

—Motivo.

Julián sonrió sin humor.

—Sí.

—Pero.

—Si Leandro moría, la operación entera podía caer.

—Exactamente.

—Entonces no me convenía.

—No.

Delacroix lo observó.

—¿Lo amenazó?

—Sí.

—¿Con qué?

—Con contar cosas.

—¿Cuáles?

—Negocios.

—¿Ilegales?

—Algunos.

—¿Graves?

—Suficiente.

—Entonces también tenía miedo.

—Sí.

—Pero lo necesitaba vivo.

Julián miró hacia el edificio.

—Ese era el talento de Leandro.

—¿Cuál?

—Conseguir que uno deseara que desapareciera y rezara al mismo tiempo para que siguiera respirando.

Silencio. Delacroix asintió. Muy bueno.

—¿Dónde estaba cuando se apagaron las luces?

Julián lo miró.

—En la terraza principal.

—¿Todo el tiempo?

—Sí.

—Testigos.

—Muchos.

—¿Vio a Marina?

—Antes.

—¿Después?

—Sí.

—¿Durante?

—No.

Delacroix guardó silencio. Julián cruzó los brazos.

—¿Ya está?

—Casi.

—Naturalmente.

—¿Quién es el hombre del traje claro?

El constructor no reaccionó. Demasiado tarde.

—¿Qué hombre?

—El que me siguió.

—No sé.

—Pagó mi hotel.

—No sé.

—Entró en mi habitación.

Julián levantó la vista.

—Eso no.

Silencio. Delacroix observó.

—Entonces sabe algo.

—No del registro.

—Pero sí del hombre.

Julián cerró los ojos.

—Arturo Ledesma.

—¿Quién?

—Abogado.

—De Costa Serena.

—Sí.

—¿Trabaja para usted?

—Para la sociedad.

—Eso es una forma elegante de decir que trabaja para quien paga.

—En este caso, varios.

—Usted.

—Sí.

—Viktor.

—Sí.

—Gabriel.

—No directamente.

—¿Qué quería de mí?

Julián respiró.

—Que dejara de preguntar por las tierras.

—¿Por qué?

—Porque la investigación estaba abriendo operaciones en curso.

—¿La primera nota?

—No sé.

—Miente.

—No.

—Usaba la misma frase que la segunda.

Silencio.

—Entonces sí.

Julián apartó la vista.

—Fue una estupidez.

—Mucho.

—Pretendía asustarlo.

—No funcionó.

—Eso ya lo sabemos.

—¿Y pagar el hotel?

—Otra estupidez.

—¿Registrar mi habitación?

—No fui yo.

—Ledesma.

—No lo sé.

Delacroix sostuvo la mirada. Julián volvió a cerrar los ojos.

—No lo ordené.

—Eso no es lo mismo.

—No.

—¿Cree que lo hizo?

—Puede.

Delacroix lo miró. Julián sonrió sin humor.

—Ahora yo.

—Mal.

—Pero sirve.

Delacroix guardó silencio. La amenaza. El hombre del traje claro. El hotel pagado. El registro. No asesinato. Negocios. Otra vez. Otra trama que parecía proteger al asesino y solo protegía dinero.

—Dígale a Ledesma que quiero verlo.

—No creo que quiera.

—Precisamente.

Delacroix se volvió. Julián habló.

—Monsieur Delacroix.

Se detuvo.

—¿Sí?

—¿Fue Marina?

Delacroix no respondió.

—Todo el mundo lo dice.

—Todo el mundo dice muchas cosas.

—Pero usted ya lo sabe.

Delacroix miró la obra.

—Sé que usted necesitaba a Leandro vivo.

—Sí.

—Eso basta por ahora.

Se marchó. Arturo Ledesma tenía la cortesía de parecer culpable incluso cuando decía la verdad.

Delacroix lo encontró dos horas después en un despacho pequeño alquilado cerca del centro.

El traje claro. El mismo sombrero. El mismo rostro que había visto cerca del hotel, el archivo y la casa de Lucía. Ledesma cerró la puerta.

—No entré en su habitación.

—Buenos días.

El abogado cerró los ojos.

—Julián me llamó.

—Eso explica la rapidez.

—No registré su habitación.

—Entonces alguien más.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Miente.

—No.

—Bien.

Ledesma lo miró.

—¿Bien?

—No importa.

—¿Cómo que no importa?

—Porque usted hizo suficiente.

El abogado se sentó.

—No hice nada ilegal.

—Pagó mi hotel sin permiso.

—Eso no es ilegal.

—Siguió a una periodista.

—Tampoco.

—Envió amenazas.

—Advertencias.

Delacroix sonrió.

—Las palabras de los abogados.

—No soy el primero que se lo dice.

—No.

Ledesma cruzó las manos.

—Costa Serena estaba preocupada.

—¿Por qué?

—Porque usted empezó a preguntar por Inversiones del Sur.

—Una empresa antigua.

—Con conexiones.

—A operaciones actuales.

—Sí.

—Entonces temían que el fraude Roldán contaminara la compra de las tierras de Álvaro.

—Sí.

—¿Y Leandro?

—Era la conexión.

—¿Necesitaban protegerlo?

—Mientras vivía, sí.

Silencio.

—¿Después?

—Necesitábamos encontrar sus documentos.

Delacroix observó.

—¿Entró en mi habitación buscando documentos de Leandro?

—No.

—¿Alguien de Costa Serena?

Ledesma no respondió.

—Sí.

—No lo sé.

—Eso es peor.

El abogado soltó aire.

—Había personas nerviosas.

—Nombres.

—No.

—Entonces Montalbán.

Ledesma se tensó.

—No hace falta.

—Sí.

—Arístegui tenía gente buscando.

Delacroix quedó inmóvil.

—Gabriel dijo no saber nada.

—Puede no saber cada movimiento.

—¿Quién?

—Un empleado suyo. O antiguo empleado de Leandro. No sé.

—Nombre.

—Ramón Vidal.

Delacroix guardó el nombre.

—¿Fue él?

—No sé.

—Otra vez.

—Es la verdad.

Delacroix observó. Podía ser. No importaba demasiado. La habitación había sido registrada. Nada robado. Buscaban papeles. No matarlo. Otra vez.

—¿La primera nota fue suya?

—Sí.

—¿La segunda?

—También.

—¿Las llamadas de la madrugada?

—También.

—¿Y la llamada al archivo preguntando quién había consultado la caja cuarenta y siete?

—También.

—¿Por qué repetir la frase?

Ledesma se encogió de hombros.

—Pensé que entendería.

—Entendí.

—No se fue.

—Exactamente.

—Eso fue irritante.

—Para ambos.

El abogado soltó aire.

—¿Va a denunciarme?

—No sé.

—Eso no parece una respuesta suya.

—Me estoy adaptando.

Ledesma lo miró.

—¿Ya encontró lo que buscaba?

Delacroix se levantó.

—No.

—Miente.

El detective sonrió apenas.

—Está aprendiendo todo el mundo.

Salió. El hombre del traje claro dejó de importar antes de que la puerta terminara de cerrarse.

No porque fuera inocente. Porque era culpable de otra cosa.

Aquel caso parecía sostenerse entero sobre esa frase.

Gabriel Arístegui llevó la carpeta negra a la comisaría.

Lo hizo sin entusiasmo. Montalbán la recibió con la expresión de un hombre que llevaba días esperando que alguien obedeciera una sola vez.

—Gracias.

Gabriel lo miró.

—No se acostumbre.

Delacroix sonrió.

—Se contagia.

—Cállese.