Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 20 — La última conversación #3
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CAPÍTULO 20 — La última conversación #3

Silencio. No hacía falta nada más. Montalbán abrió la puerta. Marina no se sorprendió. Lo sabía. Quizá desde el principio. El comisario entró.

—Queda incorporado.

Ella asintió. Delacroix permaneció sentado. No había triunfo. Ninguno.

—Entonces hubo una prueba previa —dijo Montalbán.

Marina lo miró.

—No.

—Acaba de decir...

—No fue una prueba.

—¿Entonces?

—No sabía exactamente qué ocurriría.

Delacroix intervino.

—Pero quería que ocurriera algo.

Silencio.

—Sí.

—¿Una crisis?

—Sí.

—¿La muerte?

Marina cerró los ojos. Esa pregunta tardó más.

—Al principio, no sé.

Montalbán frunció el ceño.

—¿Qué significa?

Delacroix levantó una mano.

—Déjela.

Marina respiró.

—Pensé que si se asustaba...

—¿Qué?

—Que dejaría de amenazarme.

—¿Y después?

La mujer miró hacia la mesa.

—No dejó.

—Entonces aumentó.

Silencio.

—Sí.

La premeditación no había sido un instante.

Había crecido. Como había dicho Delacroix.

Decisiones. Una detrás de otra. Primero alterar.

Después observar. Después continuar. Después preparar la dosis final.

Después esperar. Después verlo morir. Después no llamar.

Después ocultar. Cada paso permitía detenerse. Marina no lo hizo.

—La noche de la fiesta —dijo Delacroix—, ¿sabía que podía morir?

—Sí.

—¿Antes de darle el estuche?

—Sí.

—¿Y aun así?

—Sí.

Montalbán bajó la mirada. Delacroix sostuvo la de Marina.

—Entonces no fue la terraza.

—No.

—Ni la petición de ayuda.

—No.

—Ya había decidido.

Silencio.

—Sí.

La palabra cayó entre ambos y terminó de cerrar una parte de la historia, pero no el caso.

Aún quedaban documentos, personas vinculadas a la red de Leandro, el estuche y una última prueba concreta.

Sobre todo, Delacroix necesitaba comprender algo antes de enfrentarse a Marina por última vez: no por qué lo odiaba, que ya estaba claro, sino por qué, después de decidir matarlo, había seguido trabajando para él con la misma precisión durante días.

—Una última pregunta —dijo.

Marina cerró los ojos.

—Siempre.

—Después de decidirlo, ¿por qué no se fue?

La mujer lo miró. La respuesta no llegó inmediatamente.

—Porque si me iba, ganaba.

Delacroix frunció el ceño.

—Estaría viva.

—No es lo mismo.

—Explíquese.

Marina sostuvo su mirada.

—Leandro había decidido quién era mi padre.

Silencio.

—Había decidido que Javier era una desgracia.

—Sí.

—Había decidido que mi madre debía vivir creyendo que su marido nos arruinó.

—Sí.

—Y ahora iba a decidir que yo era una ladrona.

Delacroix no se movió.

—No quería escapar de otra historia escrita por él.

Silencio.

—Quería que fuera la última.

La frase quedó. Delacroix comprendió. No justificaba. Explicaba. Siempre la diferencia. Montalbán se acercó a la puerta.

—Hemos terminado.

Marina miró a Delacroix.

—No.

El comisario se detuvo.

—¿Qué?

Ella no apartó la vista.

—Él todavía no.

Delacroix permaneció sentado.

—¿Qué quiere decir?

Marina respiró.

—Quiere saber dónde está el estuche.

Silencio. Montalbán volvió.

—¿Dónde?

Marina sonrió sin humor.

—No lo encontrarán.

—Eso ya lo dijo.

—Sí.

Delacroix la observó.

—Pero lo conserva.

La mujer dejó de sonreír. Montalbán se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Delacroix continuó.

—No el estuche entero.

Silencio.

—Algo.

Marina no respondió.

—Una parte.

Nada.

—¿La etiqueta?

La respiración cambió. Muy poco. Delacroix lo vio.

—No.

—Sí.

—No.

—Necesitaba conservar algo.

—¿Para qué?

Delacroix la observó.

—Para recordar.

Marina cerró los ojos. Ahí. No prueba todavía. Pero dirección.

—¿Qué conservó? —preguntó Montalbán.

La mujer no respondió.

—Marina.

Nada. Delacroix se levantó.

—No importa.

El comisario lo miró.

—Sí importa.

—Mucho.

—Entonces.

—Lo encontraremos.

Marina abrió los ojos.

—No.

Delacroix sostuvo la mirada.

—Sí.

Por primera vez, fue ella quien pareció no creerlo.

La búsqueda volvió a empezar. No en la oficina.

No en Villa Almenara. En la casa de Marina.

Montalbán obtuvo la autorización. No fue difícil después de la confesión parcial.

Delacroix llegó más tarde. Encontró agentes revisando armarios, cajones y papeles.

Nada. La casa era pequeña, ordenada y sin lujo.

Había libros y unas pocas fotografías. Una era de Javier, la misma que había visto en la oficina.

En una caja de documentos familiares apareció también la fotografía que Marina se había negado a enseñar: Sebastián Roldán junto a un Leandro mucho más joven, delante de la casa familiar.

Montalbán la apartó para incorporarla al expediente.

No demostraba qué había ocurrido después, pero confirmaba que Leandro conocía a la familia antes del primer préstamo.

Delacroix volvió a la fotografía de Javier, se detuvo y la tomó, no por el rostro, sino por el marco.

Detrás había un papel pequeño y doblado. Montalbán se acercó.

—¿Qué?

Delacroix abrió. No era una etiqueta. Era una nota. Dos palabras. Frasco nuevo. Debajo, una fecha. Cinco días antes de la fiesta. Y una hora. Montalbán frunció el ceño.

—¿Qué es?

Delacroix miró la fotografía de Javier. La nota estaba escondida detrás. No como registro médico. Como recuerdo.

—No lo sé.

—Armand.

—Todavía.

El comisario cerró los ojos.

—Naturalmente.

Siguieron. En un cajón del dormitorio encontraron una caja pequeña. Vacía. Demasiado limpia. Montalbán la observó.

—¿Medicamentos?

—Puede.

Delacroix levantó una mano.

—Sí.

El comisario lo miró.

—Gracias.

Dentro había una marca. Un círculo tenue. Como el fondo de un pequeño frasco. Nada más.

—No basta —dijo Montalbán.

—No.

—Pero.

—Estuvo aquí.

—¿El frasco?

—Uno.

—¿El alterado?

—No sabemos.

Delacroix volvió a mirar la nota. Frasco nuevo. Fecha. Hora. ¿Por qué conservarlo? ¿Por qué detrás de Javier? No como prueba. Como unión. El momento en que pasado y decisión se tocaron.

—Ella no guardó la etiqueta —dijo.

Montalbán lo miró.

—¿Entonces?

—Guardó el momento.

—Eso no sirve ante un juez.

—No.

—Entonces.

—Pero sirve para entender.

El comisario soltó aire.

—Siempre vuelve a eso.

—Sí.

—¿Por qué?

Delacroix miró la fotografía. Javier sonriendo. Veintiún años. Antes del incendio. Antes de convertirse en motivo.

—Porque resolver quién mató es solo una parte.

Montalbán no respondió. Delacroix dejó la nota en una bolsa de prueba.

La última conversación entre Marina y Leandro no había ocurrido en la terraza.

Ni siquiera había sido una sola. Habían hablado durante semanas.

A través de cartas. Amenazas. Silencios.

Frascos. Documentos. Cada movimiento de uno había sido una respuesta al otro.

Leandro preparando una acusación. Marina preparando una muerte.

Leandro moviendo la carpeta. Marina cambiando la medicación.

Leandro sintiendo que algo no iba bien. Marina escribiendo esperar.

Leandro llegando a la fiesta con miedo. Marina sabiendo que aquella noche podía terminar.

Y cuando finalmente él había pronunciado su nombre frente al mar y pedido ayuda, la conversación ya llevaba demasiado tiempo abierta.

La respuesta de Marina no había sido una palabra.

Había sido no llamar. Delacroix miró por la ventana de aquella casa sencilla.

A lo lejos, Marbella seguía brillando. Montalbán habló.

—Entonces ya está.

Delacroix no se volvió.

—No.

El comisario cerró los ojos.

—¿Qué falta ahora?

—Los demás.

—¿Qué demás?

—Leandro no estaba moviendo solo documentos contra Marina.

—No.

—Estaba reorganizando todo.

—Sí.

—Álvaro. Gabriel. Viktor. Julián.

—Sí.

Delacroix volvió la cabeza.

—Necesito cerrar sus secretos.

—¿Para qué?

—Para saber quién necesitaba realmente a Leandro muerto.

Montalbán frunció el ceño.

—Ya lo sabemos.

—Sí.

—Marina.

—Sí.

—Entonces.

—Quiero demostrar que todos los demás necesitaban exactamente lo contrario.

Silencio. El comisario comprendió.

—Eliminar alternativas.

—No.

—Armand.

—Entenderlas.

Montalbán soltó aire.

—Es lo mismo.

Delacroix miró la fotografía de Javier.

—Nunca.

Porque un caso no terminaba cuando una historia parecía correcta.

Terminaba cuando las otras dejaban de poder sostenerse.

Y Leandro Varela había pasado su vida construyendo demasiadas.

Antes de acusar a Marina Roldán por última vez, Delacroix quería desmontarlas todas.

No para protegerla. Ni para proteger al muerto.

Para que, cuando llegara la verdad, no pudiera esconderse detrás de ninguna otra.