Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 20 — La última conversación #2
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CAPÍTULO 20 — La última conversación #2

—Hace dos semanas.

—¿Dónde?

—En el despacho de Leandro.

—¿Usted estaba?

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

Valdés respiró.

—No debía oír.

—Pero oyó.

—Sí.

Delacroix se inclinó.

—Cuente.

La conversación había ocurrido un martes. A última hora. Valdés estaba en una sala contigua esperando unos documentos. La puerta entre ambos despachos no cerraba bien. No había intentado escuchar. Eso dijo. Delacroix decidió no discutir una mentira secundaria.

—Leandro y Marina discutían —continuó el abogado.

—¿Quién levantó la voz?

—Ella.

—¿Qué dijo?

Valdés pensó.

—Que no iba a permitir que la convirtiera en culpable.

Montalbán anotó.

—¿Leandro?

—Se rió.

Delacroix permaneció inmóvil.

—¿Después?

—Dijo que no tenía que convertirla en nada.

—Exactamente.

—Que había firmado suficientes papeles como para que la gente creyera lo que él quisiera.

Silencio. Lucía, que había conseguido permanecer en la habitación bajo la promesa de no publicar nada sin autorización, dejó de escribir.

—¿Qué hizo Marina?

—No la veía.

—Pero.

—Se quedó callada.

—¿Y Leandro?

Valdés respiró.

—Dijo algo.

—¿Qué?

El abogado miró hacia la mesa.

—No recuerdo exacto.

—Inténtelo.

Silencio.

—«Si quiere hablar del pasado, tendrá que hacerlo desde una celda».

Nadie se movió. La frase quedó. No hacía falta adornarla. Delacroix sintió que la secuencia se cerraba. Leandro sabía. Marina sabía. Ambos sabían que el otro sabía. Y ya no había espacio para fingir.

—¿Qué respondió ella? —preguntó.

Valdés cerró los ojos.

—«Antes tendrá que conseguir que llegue viva hasta ella».

Silencio. Montalbán levantó la vista. Lucía dejó de respirar un instante. Delacroix no se movió.

—¿Exactamente?

—Más o menos.

—No.

Valdés lo miró.

—¿No?

—Esa frase puede cambiarlo todo según una palabra.

El abogado pensó.

—Dijo: «Antes tendrá que conseguir que llegue viva hasta allí».

Delacroix observó. No amenaza de muerte. Miedo. Marina temía que Leandro pudiera destruirla antes de que hablara. O algo peor.

—¿Qué respondió Leandro?

Valdés tardó.

—«No dramatice».

Silencio. Aquello también parecía él.

—¿Y después?

—Ella dijo que Javier había muerto.

—¿Leandro?

—Que Javier llevaba muerto veintitrés años.

Lucía cerró los ojos. Montalbán dejó la pluma. Delacroix permaneció quieto.

—¿Algo más?

—Sí.

Valdés tragó saliva.

—Marina dijo: «Para usted».

Silencio. Una frase pequeña. Pero quizá la más importante. Para Leandro, Javier llevaba muerto veintitrés años. Para Marina, no. El pasado no había terminado. Solo había esperado.

—¿Cómo acabó la conversación? —preguntó Montalbán.

—Leandro le dijo que descansara.

—¿Qué?

—Que se tomara unos días.

—¿La despidió?

—No oficialmente.

—¿La apartó?

—Sí.

—¿Y ella?

—Se fue.

—¿Dijo algo al salir?

Valdés cerró los ojos.

—No.

Delacroix lo miró.

—Miente.

El abogado respiró.

—Dijo una cosa.

—¿Qué?

—Muy bajo.

—Entonces cómo la oyó.

—La puerta.

—¿Qué dijo?

Valdés permaneció inmóvil. Después:

—«No volverá a decidir cuándo termina esto».

Nadie habló. La frase se quedó en el despacho.

No era confesión. No era una amenaza explícita.

Pero era una frontera. Marina había pasado veintitrés años viviendo dentro de una historia que otros habían escrito para ella.

Su padre había fracasado. Su hermano había muerto por accidente.

Las tierras se habían perdido por deudas.

Leandro había sido un empleador. Ahora sabía que nada de aquello era tan simple.

Y Leandro, al descubrir que sabía, había intentado escribir también el final.

Una celda. Una acusación. Una mujer resentida.

Una culpable conveniente. Marina había respondido: No volverá a decidir cuándo termina esto.

Delacroix miró a Montalbán. El comisario entendió.

—Premeditación.

—Todavía no por sí sola.

Montalbán cerró los ojos.

—Armand.

—Pero unida a lo demás.

—Sí.

—Sí.

El comisario lo miró. Delacroix repitió:

—Sí.

Esta vez no quedaba espacio. Marina aceptó hablar con Delacroix esa noche. No porque él lo pidiera. Porque ella. El mensaje llegó a través de Montalbán.

—Quiere verlo.

—¿Sola?

—Sí.

—No.

El comisario levantó una ceja.

—¿No?

—Usted estará detrás.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que después ninguna palabra dependa solo de mí.

Montalbán sonrió apenas.

—Está aprendiendo.

Delacroix lo miró.

—No abuse.

Entró. Marina estaba sentada. No llevaba la misma ropa del día anterior. Había dormido poco. Eso se notaba. Sobre la mesa no había nada. Ni papeles. Ni café. Ni agua.

—Encontró a Valdés —dijo.

—Sí.

—Habla demasiado.

—Ahora.

Marina sonrió sin humor.

—Todos hablan ahora.

Delacroix se sentó frente a ella.

—Sí.

—Porque Leandro está muerto.

—Sí.

—Si estuviera vivo, seguirían callados.

—Probablemente.

Ella lo observó.

—No le queda bien.

—Lo sé.

Silencio. Delacroix esperó. Marina miró sus manos.

—Quiero contarle la conversación.

—¿Cuál?

—La de hace dos semanas.

—Valdés ya lo hizo.

—No toda.

Delacroix no se movió.

—Entonces.

La mujer respiró.

—Leandro me llamó.

—¿A su despacho?

—Sí.

—¿Sabía que Valdés estaba al lado?

—No.

—¿Qué quería?

—Mostrarme los documentos.

—Los falsos.

—Sí.

—¿Por qué?

—Para que entendiera.

—¿Qué?

Marina levantó la vista.

—Que podía destruirme cuando quisiera.

Silencio.

—¿Se lo dijo?

—No necesitaba.

—Pero.

—Sí.

—¿Qué palabras?

Ella cerró los ojos.

—Dijo que había cometido errores.

—¿Usted?

—Sí.

—¿Cuáles?

—Confiar en que una firma era solo una firma.

Delacroix observó. Leandro. Siempre la misma arquitectura. Nada completamente falso. Todo utilizable.

—¿Y después?

—Me preguntó qué pensaba hacer con las cartas.

—¿Qué respondió?

—Que decir la verdad.

—¿A quién?

—No sabía.

—¿Policía?

—Quizá.

—Prensa.

—También.

—Lucía.

Marina abrió los ojos.

—No todavía.

—Pero había pensado.

—Sí.

—¿Leandro lo sabía?

—Sí.

—¿Cómo?

—Porque había seguido mis consultas.

Silencio.

—Entonces sabía todo.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Semanas.

—¿Y la dejó seguir?

Marina soltó una risa breve.

—Le gustaba saber cuánto sabía.

Delacroix la observó. Eso también era Leandro. No actuar hasta medir el peligro.

—¿Qué ocurrió después?

Marina miró hacia la pared.

—Le pregunté por Javier.

—Sí.

—Le pregunté si sabía quién provocó el incendio.

—¿Qué dijo?

—Que no.

—¿Le creyó?

—No.

—¿Tiene pruebas?

—No.

—Entonces.

—No importa.

Delacroix la miró.

—Sí importa.

La mujer volvió la cabeza.

—Para usted.

—Para la verdad.

Silencio.

—No sé si Leandro provocó el incendio.

—Bien.

Marina endureció la expresión.

—No diga bien.

—Es importante.

—Mi hermano murió.

—Sí.

—Y usted necesita que yo admita que quizá el hombre responsable de todo lo demás no encendió el fuego.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si no, convertirá una sospecha en una justificación.

Marina lo miró.

—¿Y qué?

—Que no necesito que Leandro haya incendiado una casa para saber que fue culpable de destruir a su familia.

Silencio. La mujer apartó la vista.

—Siguió después.

—Sí.

—Eso es lo que nunca pude...

Se detuvo. Delacroix esperó.

—¿Qué?

—El incendio ocurrió.

—Sí.

—Javier murió.

—Sí.

—Mi padre pidió tiempo.

—Sí.

—Y Leandro dijo que no.

Delacroix permaneció inmóvil.

—Eso fue lo que encontró en las cartas.

—Sí.

—Más que el plan.

—Sí.

Marina cerró los ojos.

—Podía haber parado.

—Sí.

—Podía haber dicho que era suficiente.

—Sí.

—Podía haber esperado.

—Sí.

—Y no.

—No.

La mujer respiró.

—Eso fue lo que lo condenó para mí.

Silencio. La frase llegó. No legal. No moralmente universal. Para ella.

—¿Cuándo decidió matarlo?

Marina abrió los ojos. No respondió. Delacroix esperó.

—No lo sé.

—Sí.

—No.

—No fue en la terraza.

—No.

La primera admisión limpia. Montalbán, detrás de la pared, escuchaba.

—¿Fue después de hablar con Valdés?

—No exactamente.

—¿Después de la amenaza?

—Antes.

Delacroix permaneció quieto.

—¿Cuándo?

Marina miró sus manos.

—Cuando encontré la nota.

—¿Cuál?

—La de mi hermano.

Delacroix frunció el ceño.

—No conozco esa.

—Nadie.

—¿Dónde estaba?

—En la carpeta azul.

Silencio.

—¿Escrita por Javier?

—Sí.

—¿A quién?

—A mi padre.

La voz cambió.

—¿Qué decía?

Marina cerró los ojos.

—Que tenía miedo.

Delacroix no habló.

—Que unos hombres habían ido a la finca.

—¿Leandro?

—No lo sabía.

—¿Nombres?

—No.

—¿Qué más?

—Que si ocurría algo, no creyera que había sido un accidente.

Silencio. Delacroix sintió el peso.

—¿La carta estaba fechada antes del incendio?

—Dos días.

—¿Dónde está?

Marina no respondió.

—¿La quemó?

—Sí.

Delacroix cerró los ojos. Otra prueba perdida. No por el crimen actual. Por dolor. O por miedo.

—¿Por qué?

Marina lo miró.

—Porque Leandro iba a utilizarla.

—¿Cómo?

—Para decir que Javier era inestable.

Silencio.

—¿Se lo dijo?

—Sí.

—¿Cuándo?

—En la conversación con Valdés.

—Entonces Valdés no oyó todo.

—No.

—¿Qué dijo Leandro?

Marina apretó los labios.

—Que una carta escrita por un hombre asustado podía interpretarse de muchas maneras.

Delacroix permaneció inmóvil.

—Y que una acusación sin nombres...

—No probaba nada.

—Sí.

—¿Entonces usted destruyó la carta?

—Sí.

—¿Antes o después de decidir matarlo?

Silencio. Marina lo miró.

—Después.

Ahí. No había vuelta. Delacroix no reaccionó.

—Entonces ya había decidido.

—Sí.

La palabra fue baja. Pero limpia. Desde detrás de la pared no se oyó ningún movimiento.

—¿Cuándo?

Marina cerró los ojos.

—Cuando comprendí que iba a hacer conmigo lo mismo que había hecho con mi padre.

—¿Convertirla en culpable.

—Sí.

—¿Eso fue después de la primera confrontación?

—Sí.

—¿Antes de la farmacia?

—Sí.

—Entonces la medicación.

Marina abrió los ojos.

—No voy a explicarlo.

—No necesito que lo haga.

—Bien.

—No le queda.

Ella sonrió sin humor. Por un instante, algo de la Marina anterior regresó.

—No.

Delacroix continuó.

—Compró un segundo frasco.

Silencio.

—Preguntó cómo trasladar el contenido.

Nada.

—Compró una medicación que no era para Leandro.

Nada.

—Tres días antes él dijo que algo le sentaba distinto.

Marina cerró los ojos.

—Usted escribió esperar.

La mujer respiró.

—Sí.

—¿Esperar qué?

Silencio.

—Marina.

—Que pasara.

Delacroix no se movió.

—¿Qué?

—La molestia.

—Miente.

—Sí.

La palabra llegó. Casi agotada.

—¿Qué esperaba?

Marina abrió los ojos.

—Saber si había funcionado.