CAPÍTULO 20 — La última conversación
Leandro Varela había preparado la caída de Marina Roldán con la misma tranquilidad con la que otros hombres preparaban una cena.
Eso fue lo primero que Delacroix comprendió al leer las tres cartas.
No estaban dirigidas a ella. Todavía. Una era para Gabriel Arístegui.
Otra para un abogado de Madrid. La tercera no tenía destinatario.
Era un borrador. En las tres aparecía la misma idea formulada de maneras distintas: irregularidades contables.
Delacroix dejó los papeles sobre la mesa.
Montalbán seguía de pie. Lucía, junto a la ventana de la comisaría, había dejado de escribir.
—¿Dónde estaban? —preguntó Delacroix.
El comisario señaló la carpeta.
—En una caja de seguridad.
—¿De quién?
—Leandro.
—¿Cómo la encontraron?
—El abogado de Madrid.
Lucía volvió la cabeza.
—¿Ha venido?
—No.
—Entonces.
—Llamó.
Delacroix miró a Montalbán.
—¿Por qué ahora?
—Porque recibió una carta.
Silencio.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—Leandro está muerto.
—Precisamente.
Montalbán se sentó.
—La carta había sido preparada para enviarse automáticamente si Leandro no confirmaba antes de una fecha.
Delacroix no se movió.
—¿Automáticamente?
—A través de su secretaria de Madrid. Instrucciones previas.
Lucía soltó aire.
—Hasta muerto seguía organizando problemas.
—Sí —dijo Delacroix.
Montalbán abrió la carpeta.
—El abogado recibió copia de documentos que supuestamente demostraban que Marina había desviado dinero durante años.
—¿Supuestamente?
—Los hemos revisado.
—¿Y?
—Están manipulados.
Delacroix observó.
—¿Cómo?
—Fechas alteradas. Movimientos atribuidos a cuentas bajo su control cuando la autorización final era de Leandro.
—Entonces no inventó las operaciones.
—No.
—Cambió quién parecía responsable.
—Exactamente.
Lucía se acercó.
—Eso es peor.
Delacroix la miró.
—No necesariamente.
—¿No?
—Una mentira completa puede desmontarse.
—¿Y esto?
—Utiliza verdad suficiente.
Silencio. Montalbán asintió lentamente.
—Eso dijo el perito.
Delacroix volvió a los documentos. Leandro no había preparado una acusación absurda.
Había preparado una versión. Marina había firmado.
Había autorizado pagos. Había trasladado dinero.
Había hecho todo lo que una administradora hacía cuando trabajaba para un hombre que se negaba a aparecer donde pudiera quedar una firma.
Solo hacía falta reorganizar las fechas.
Eliminar algunas instrucciones. Aislar sus actos de las órdenes que los explicaban.
Después, la historia podía escribirse sola.
—¿Cuándo preparó esto? —preguntó.
Montalbán señaló una fecha. Dos semanas antes de la fiesta. Delacroix permaneció inmóvil.
—Después de amenazarla.
—Sí.
—Entonces no era una amenaza vacía.
—No.
Lucía leyó uno de los borradores.
—«He descubierto con profundo pesar una serie de movimientos realizados sin mi conocimiento».
Cerró los ojos.
—Dios.
Delacroix no comentó.
—¿Qué? —preguntó Montalbán.
Lucía dejó la hoja.
—Es perfecto.
—No.
—Sí.
—Explíquese.
—Leandro aparece como víctima.
Silencio. Delacroix miró la carta. Exactamente. El hombre que había construido durante décadas una vida sobre deudas ajenas estaba preparando su propia inocencia por adelantado.
—¿Qué ocurriría si se enviaba? —preguntó.
Montalbán respondió.
—Investigación financiera.
—Marina perdería el trabajo.
—Sí.
—Su reputación.
—Sí.
—Podía ser procesada.
—Dependiendo de cuánto se creyera.
—Y si entonces acusaba a Leandro de lo ocurrido a su familia...
Lucía terminó.
—Parecería venganza.
Silencio. Delacroix cerró los ojos un instante.
Eso era. No bastaba con destruir a Marina.
Había que destruir primero su credibilidad.
Cuando hablara de los Roldán, ya no sería una mujer denunciando a Leandro.
Sería una empleada descubierta robando que intentaba vengarse de su jefe.
El pasado quedaría convertido en excusa. La verdad, en resentimiento.
—Era bueno —dijo Lucía.
Montalbán la miró.
—¿Quién?
—Leandro.
Delacroix abrió los ojos.
—Sí.
—Eso suena casi admirativo.
—No.
—Pero.
—Reconocer una habilidad no obliga a respetar su uso.
Lucía miró las cartas.
—¿Marina sabía que esto existía?
Montalbán guardó silencio. Delacroix levantó la vista.
—Eso es lo siguiente.
El abogado se llamaba Ignacio Valdés. Llegó de Madrid aquella misma tarde.
No por voluntad. Por miedo. Delacroix lo comprendió en cuanto lo vio entrar en el despacho de Montalbán con un maletín que parecía contener más preocupaciones que documentos.
Valdés tenía cincuenta y pocos años, traje oscuro, modales impecables y la expresión de un hombre acostumbrado a solucionar problemas ajenos sin convertirse nunca en uno.
Aquella tarde no lo estaba consiguiendo.
—No sabía que Leandro iba a morir —dijo.
Montalbán cerró la puerta.
—Nadie le ha acusado de saberlo.
—Entonces quiero que conste.
—Todavía no consta nada.
Valdés miró a Delacroix.
—¿Quién es?
—Una mala costumbre —dijo Montalbán.
Delacroix sonrió apenas.
—Armand Delacroix.
El abogado lo reconoció. Eso tampoco le gustó.
—Creía que no trabajaba para la policía.
—Sigue siendo cierto.
—Entonces.
—Hago preguntas.
Valdés miró a Montalbán.
—¿Es necesario?
—No.
El abogado esperó. Montalbán continuó:
—Por eso está aquí.
Delacroix casi sonrió. El comisario empezaba a hacerlo demasiado bien. Valdés dejó el maletín.
—Quiero explicar mi papel.
—Hágalo —dijo Delacroix.
—A usted no.
—Entonces hágalo peor.
Montalbán levantó una mano.
—Señor Valdés.
El abogado respiró.
—Leandro me pidió que preparara una estrategia de protección.
—¿Contra quién? —preguntó el comisario.
—Contra una empleada.
—Nombre.
Valdés miró hacia la mesa.
—Marina Roldán.
—¿Cuándo?
—Hace aproximadamente un mes.
Delacroix observó. Cinco semanas. La confrontación.
—¿Qué dijo?
—Que había descubierto irregularidades.
—¿Le creyó?
Valdés se tensó.
—Mi trabajo no consiste en creer.
—Qué alivio —dijo Delacroix.
—Armand.
—Sí.
Montalbán volvió al abogado.
—¿Qué le entregó?
—Documentación.
—¿Original?
—Parte.
—¿Manipulada?
Valdés guardó silencio.
—No lo sabía.
Delacroix lo observó.
—Miente.
—No.
—Sí.
—No sabía que estaba manipulada.
—Pero sabía que faltaba contexto.
Silencio. Valdés apartó la vista.
—Eso es distinto.
—Mucho.
—No tenía por qué conocer cada operación.
—No.
—Leandro era mi cliente.
—Sí.
—Me pidió preparar una defensa.
—No.
El abogado frunció el ceño.
—¿No?
—Le pidió preparar un ataque.
Silencio. Montalbán observó. Valdés cerró los ojos.
—Puede llamarlo como quiera.
—No.
—Monsieur Delacroix.
—Una defensa ocurre cuando alguien acusa.
—Sí.
—Marina todavía no había acusado públicamente a Leandro.
—No.
—Entonces Leandro se preparaba para desacreditarla antes.
El abogado permaneció inmóvil.
—Eso no es ilegal.
—No he preguntado.
—Pero.
—¿Qué sabía de los Roldán?
Valdés levantó la vista. Demasiado rápido.
—Nada.
—Miente.
—No.
—Leandro le habló de la familia.
—No.
—Entonces por qué acaba de reconocer el apellido.
Silencio. Montalbán se inclinó.
—Señor Valdés.
El abogado respiró.
—Mencionó un asunto antiguo.
—¿Cuál?
—Una operación inmobiliaria.
—¿Fraudulenta?
—No usó esa palabra.
—¿Cuál?
—Complicada.
Delacroix sonrió sin humor.
—Las palabras de los abogados tienen una capacidad extraordinaria para adelgazar los hechos.
Valdés lo miró.
—Y las de los detectives para engordarlos.
—Bien.
Montalbán cerró los ojos.
—No.
Delacroix casi sonrió.
—¿Qué dijo Leandro exactamente? —preguntó.
Valdés permaneció en silencio.
—No recuerdo.
—Sí.
—Fue una conversación larga.
—Entonces recuerde la parte que decidió no contar.
El abogado lo miró.
—No sabe nada de mí.
—No hace falta mucho.
Silencio. Valdés bajó la voz.
—Dijo que Marina había encontrado documentos antiguos.
—Sí.
—Que estaba interpretándolos de manera emocional.
—Naturalmente.
—Y que podía intentar utilizar su posición para perjudicarlo.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—¿Mencionó a su hermano muerto?
Valdés cerró los ojos.
—Sí.
—¿Cómo?
—Dijo que ella lo culpaba.
—¿Del incendio?
—Sí.
—¿Leandro negó relación?
—Sí.
—¿Y el fraude?
El abogado tardó.
—Dijo que había sido un negocio.
Delacroix no se movió. La misma versión. Siempre.
—¿Qué le pidió a usted?
—Preparar la documentación.
—¿Para denunciarla?
—Si era necesario.
—¿Necesario cuándo?
—Si hablaba.
Silencio. Montalbán se levantó lentamente.
—Entonces era exactamente eso.
Valdés lo miró.
—¿Qué?
—Una amenaza.
—No.
—Sí.
—Una estrategia preventiva.
Delacroix observó.
—Gracias.
El abogado frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Acaba de mejorarla.
Valdés cerró los ojos.
—No voy a seguir respondiendo sin representación.
Montalbán se sentó.
—Es abogado.
—Precisamente.
—Entonces represéntese mejor.
Delacroix miró al comisario.
—Eso sí ha sido bueno.
—Cállese.
Valdés se pasó una mano por el rostro.
—Hay algo más.
Nadie habló. El abogado abrió el maletín. Sacó un sobre.
—No sabía si entregarlo.
Montalbán lo tomó.
—Ahora sí.
—Leandro me lo dejó.
—¿Cuándo?
—Dos semanas antes de morir.
—¿Para qué?
—Dijo que si la situación con Marina empeoraba, debía abrirlo.
—¿Lo abrió?
—Después de su muerte.
—¿Por qué?
—Porque imaginé que la situación había empeorado.
Delacroix observó. Correcto. El sobre contenía una hoja.
Montalbán leyó. Su rostro no cambió. Eso hizo que Delacroix quisiera verla más.
El comisario se la entregó. La nota estaba escrita a máquina.
Firmada por Leandro. Breve. Si Marina Roldán intenta acusarme de asuntos relacionados con su familia, deberá considerarse que actúa bajo resentimiento personal después de haber sido confrontada por irregularidades financieras graves.
La documentación necesaria para demostrarlo se encuentra preparada.
Delacroix leyó otra vez. No había duda. Leandro había previsto la verdad.
Y había preparado una mentira para sobrevivirla.
—¿Marina sabía de este sobre? —preguntó.
Valdés negó.
—No.
—¿De los documentos preparados?
—Puede.
Delacroix lo miró. El abogado cerró los ojos.
—Sí.
—¿Cómo?
—Estuvo presente en una conversación.
Silencio. Montalbán levantó la cabeza.
—¿Cuándo?