CAPÍTULO 19 — La primera Marbella #4
—¿Sin todavía?
—Todavía falta cerrar.
Montalbán cerró los ojos.
—Naturalmente.
Delacroix casi sonrió. Lucía esperaba en el hotel cuando volvió.
—Tiene cara de haber encontrado algo.
—Eso parece insultante.
—Lo es.
Delacroix se sentó.
—Leandro sabía tres días antes que algo no iba bien con la medicación.
Lucía quedó inmóvil.
—¿Y Marina?
—También.
—¿Qué hizo?
—Esperó.
Silencio.
—¿Literalmente?
—Sí.
—Dios.
Delacroix no comentó. Lucía miró hacia el mar.
—Entonces ya lo había decidido.
—Sí.
—Antes de la fiesta.
—Sí.
—No fue una decisión al verlo morir.
—No.
—Lo de no llamar...
—Fue una segunda decisión.
Silencio. La periodista cerró los ojos.
—Eso es peor.
—Sí.
—¿Tiene prueba?
—Compra. Registro. Anotación. Acceso. Mentira. Composición compatible.
—Entonces.
—Casi.
Lucía abrió los ojos.
—¿Qué falta ahora?
Delacroix pensó en la carpeta azul. En las cartas. En el patrón de Leandro. En todo lo que la primera Marbella había construido debajo de la segunda.
—Entender qué hizo Leandro después de descubrir que Marina sabía.
—¿No lo sabemos?
—La amenazó.
—Sí.
—Preparó documentos falsos.
—Sí.
—Movió carpetas.
—Sí.
—Pero falta el último movimiento.
Lucía frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Qué iba a hacer.
—Con Marina.
—Sí.
—¿Importa?
Delacroix la miró.
—Mucho.
—¿Por qué?
—Porque Leandro no estaba simplemente protegiéndose.
—Entonces.
—Estaba reorganizando.
Lucía guardó silencio. Delacroix continuó.
—Gabriel dijo que movía dinero y documentos.
—Sí.
—Viktor dijo que seguía cerrando negocios.
—Sí.
—Álvaro estaba a punto de perder tierras.
—Sí.
—Marina iba a ser incriminada.
—Sí.
—Leandro no estaba huyendo del pasado.
—No.
—Estaba intentando conservar el futuro.
Lucía observó.
—Hasta el final.
—Exactamente.
La periodista miró las luces que empezaban a encenderse.
—Entonces no se arrepintió.
—No.
—Nunca.
—No lo sabemos.
—Armand.
—No.
—Todo lo que hizo...
—No es lo mismo que saber lo que sintió.
Lucía soltó aire.
—A veces usted hace esfuerzos extraordinarios por no odiar a los muertos.
Delacroix la miró.
—No.
—¿No?
—Hago esfuerzos por no necesitar odiarlos.
Silencio. Lucía no respondió. Delacroix volvió la vista hacia la ciudad.
La primera Marbella no había desaparecido.
Ese era el error. Seguía debajo. Bajo los hoteles.
Las carreteras. Las villas. Los restaurantes.
Las fortunas. Las propiedades que habían cambiado de manos tantas veces que ya nadie recordaba quién había sido el primero en perderlas.
Leandro había construido parte de su poder allí.
No necesariamente con un solo crimen. Con algo más duradero.
Un método. Había descubierto que una deuda podía ser más útil que una amenaza.
Que una ayuda podía convertirse en una cuerda.
Que una persona avergonzada era más fácil de controlar que una persona asustada.
Que los documentos no necesitaban mentir si se conseguía que cada uno contara solo una parte.
Y que, cuando alguien finalmente comprendía lo que había ocurrido, quizá ya hubieran pasado demasiados años para hacer algo.
Marina había tardado veintitrés. Eso no convertía el asesinato en justicia.
Pero explicaba por qué, cuando abrió la carpeta azul, no encontró únicamente un motivo.
Encontró una vida completa. La de su padre muriendo convencido de haber fracasado.
La de su madre culpándolo. La de Javier ardiendo dentro de una casa que pronto dejaría de pertenecerles.
La suya. Catorce años organizando la existencia del hombre que había considerado el dolor de su familia una dificultad financiera. Lucía habló.
—¿Qué piensa?
Delacroix miró hacia el mar.
—Que Leandro no destruyó a los Roldán en un día.
—No.
—Y Marina tampoco lo mató en uno.
La periodista frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Delacroix permaneció en silencio. La medicación. La compra. La espera. La mentira. La terraza. La ausencia de ayuda. El estuche. La falsa conversación. No había habido una sola decisión. Había habido muchas. Y eso era precisamente lo que convertía la muerte en premeditada.
—Que el asesinato empezó mucho antes de que Leandro pidiera ayuda.
Lucía no respondió. Delacroix miró las luces de Marbella.
La ciudad brillaba sobre una tierra que había pertenecido a otras personas.
Quizá esa era la verdadera continuidad. Los edificios cambiaban.
Los nombres también. El mecanismo, no. Alguien necesitaba.
Otro ofrecía. Una deuda crecía. Una propiedad cambiaba de manos.
Y años después todos preferían hablar de progreso.
Leandro había entendido aquella Marbella antes que muchos.
Quizá por eso había prosperado. También por eso, al final, no había comprendido el peligro.
Había pasado la vida convencido de que todo podía convertirse en una deuda.
Dinero. Favores. Silencio. Miedo. Gratitud.
Hasta que una mujer descubrió que lo único que él jamás podría devolverle era el pasado. Y decidió cobrarlo de otra manera.