Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 19 — La primera Marbella #3
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CAPÍTULO 19 — La primera Marbella #3

Delacroix pensó. Entonces la diferencia de envase no demostraba sustitución. Eso era importante. Y peligroso. La prueba parecía desvanecerse.

—¿Marina preguntó algo más?

Elisa pensó.

—Sí.

—¿Qué?

—Si podía pasar el contenido de un frasco a otro.

Montalbán dejó de escribir. Delacroix permaneció inmóvil.

—¿Por qué?

—Dijo que Leandro estaba acostumbrado al anterior y se ponía nervioso con los cambios.

Silencio.

—¿Qué respondió?

—Que, si el envase anterior estaba limpio y era adecuado, podía hacerlo.

Delacroix la observó.

—Pero había dicho que se había roto.

Elisa frunció el ceño.

—Sí.

—¿Lo notó entonces?

—No.

—Ahora.

—Sí.

Montalbán se inclinó.

—¿Le entregó algo más?

—No.

—¿Compró otro producto?

Elisa negó.

—No conmigo.

—¿Pudo hacerlo otro día?

—Sí.

—¿Con receta?

—Depende.

Delacroix levantó una mano.

—No necesitamos detalles.

Montalbán lo miró.

—Necesitamos saber si...

—Necesitamos saber qué hizo Marina.

—Exactamente.

Delacroix volvió a Elisa.

—¿Volvió?

La mujer pensó.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Dos días después.

—Tres días antes de la muerte.

—Sí.

—¿Por qué?

—Dijo que el señor Varela notaba diferencias.

Silencio.

—¿Qué diferencias?

—Que la medicación le sentaba distinta.

Delacroix no se movió. Ahí estaba.

—¿Qué pidió?

—Quería saber si el lote podía variar.

—¿Y?

—Le dije que no de esa manera.

—¿Parecía preocupada?

Elisa pensó.

—No.

—¿Segura?

—Parecía... atenta.

Delacroix sostuvo la mirada.

—¿Qué significa?

—Como si ya supiera la respuesta y quisiera saber qué iba a decir yo.

Silencio. Montalbán miró a Delacroix. Él no respondió.

—¿Leandro vino alguna vez en persona?

—No.

—¿Llamó?

—No que yo sepa.

—¿Marina compró algo más esos días?

Elisa dudó.

—No puedo hablar de clientes.

Montalbán mostró su identificación otra vez.

—Ya está hablando.

La mujer cerró los ojos.

—Un medicamento distinto.

Silencio.

—¿Para Leandro?

—Dijo que no.

—¿Para quién?

—No dijo.

—¿Podía explicar lo encontrado en sangre?

Montalbán miró a Delacroix. Él no quiso responder.

—Necesito el nombre —dijo el comisario.

Elisa se lo dio. Montalbán lo anotó. Delacroix no necesitaba saber más.

Cervera sí. La línea se había completado.

No con química. Con conducta. Cinco días antes: reposición extraordinaria.

Pregunta sobre transferir contenido entre frascos.

Tres días antes: vuelta a la farmacia porque Leandro notaba diferencias.

Compra de otro medicamento. Noche de la fiesta: Leandro pregunta si el frasco ha sido cambiado. Marina dice que no. Después muere.

—¿Conservan registros? —preguntó Montalbán.

—Sí.

—Los quiero.

Elisa asintió. Delacroix miró al comisario.

—Ahora sí.

Montalbán levantó una ceja.

—¿Qué?

—Premeditación.

Silencio. Elisa no entendió. Montalbán sí.

—Todavía Cervera tiene que comparar.

—Sí.

—Entonces no diga ahora sí.

Delacroix sonrió apenas.

—Está aprendiendo demasiado.

Cervera tardó dos horas. Esta vez nadie lo apresuró. Cuando volvió, llevaba una sola hoja. La dejó sobre la mesa.

—Es compatible.

Montalbán se inclinó.

—¿El producto comprado?

—Sí.

—¿Con lo encontrado en sangre?

—Sí.

Delacroix permaneció inmóvil.

—¿Puede asegurar que fue ese?

—No.

—¿Puede explicar la combinación?

—Sí.

—¿Era parte del tratamiento de Leandro?

—No.

—¿Marina tenía una razón legítima para comprarlo?

—No lo sé.

—Entonces.

Montalbán golpeó suavemente la mesa.

—Tenemos la compra.

—Sí.

—El acceso.

—Sí.

—La sustitución posible.

—Sí.

—La mentira sobre el frasco.

—Sí.

—Y el resultado.

—Sí.

Cervera cerró los ojos.

—No necesito que me lo repitan.

Delacroix miró la hoja. No era una prueba absoluta por sí sola.

Pero ya no estaba sola. El caso había dejado de depender de una historia.

Ahora tenía una secuencia. Marina descubre el pasado.

Leandro la amenaza. Cinco días antes de la fiesta consigue un nuevo frasco.

Pregunta cómo trasladar contenido. Tres días antes vuelve porque Leandro nota diferencias.

Compra una medicación compatible con la sustancia no prescrita.

La noche de la fiesta controla el estuche.

Leandro ve un frasco distinto. Pregunta.

Ella niega haberlo cambiado. Él toma. Empieza a empeorar. Marina sabe.

Más tarde lo encuentra vivo. Él pide ayuda.

Ella no la llama. Después retira el estuche.

Y miente para mover la muerte hasta el apagón.

Premeditación. Decisión. Encubrimiento. Ya no faltaba mucho.

Pero todavía faltaba una cosa. La prueba que conectara el objeto desaparecido con Marina. El estuche. Siempre el estuche.

—¿Dónde lo destruyó? —preguntó Montalbán.

Delacroix miró hacia la ventana.

—No sé.

—Mar.

—Puede.

—Basura.

—Puede.

—Fuego.

—Puede.

El comisario lo miró.

—Otra vez.

—No necesitamos encontrarlo.

—Sí.

—No.

—Armand.

Delacroix señaló los registros.

—La ausencia ya tiene explicación.

—Pero un juez...

—Querrá más.

—Exactamente.

—Entonces buscaremos más.

Montalbán soltó aire.

—¿Dónde?

Delacroix pensó en Marina. Una mujer precisa.

Metódica. Que había llevado catorce años organizando cada detalle de la vida de Leandro.

No era una persona que improvisara una compra sin registrar nada.

Pero tampoco era una persona que conservara una prueba evidente.

Salvo que necesitara algo del objeto. No el estuche.

Algo dentro. Una nota. Una etiqueta. Un número.

Delacroix cerró los ojos. Leandro había preguntado: ¿Lo has cambiado?

Este no es... Quizá no hablaba solo del frasco. Quizá había notado otra cosa.

—La agenda —dijo.

Montalbán frunció el ceño.

—¿Qué?

—Marina.

—¿Su agenda?

—No.

Delacroix volvió hacia Cervera.

—¿Leandro llevaba registro de la medicación?

—No.

—¿Marina?

El médico pensó.

—Sí.

Silencio.

—¿Cómo lo sabe?

—A veces me llamaba con fechas.

—¿Anotaba tomas?

—Sí.

—Cambios.

—Sí.

—Síntomas.

—También.

Delacroix miró a Montalbán.

—Ahí.

El comisario se levantó.

—Su oficina.

—Sí.

—Ya registramos.

—Buscando el estuche.

—Sí.

—No una rutina.

Montalbán tomó la chaqueta.

—Vamos.

La agenda no estaba. Eso fue lo primero. Había calendarios. Libretas. Registros de reuniones. Pero no la pequeña libreta médica que Cervera describía. Montalbán miró alrededor.

—Se la llevó.

—Probablemente.

—Armand.

—Sí.

—Voy a prohibir esa palabra.

Delacroix abrió un cajón. Vacío. Otro. Papeles. Nada.

—¿Cómo era? —preguntó.

Cervera había dicho: Pequeña. Cubierta gris. Año actual. Notas breves. Delacroix miró el escritorio. Marina había organizado todo. Demasiado bien. La ausencia destacaba.

—La destruyó.

—Puede.

Montalbán lo miró. Delacroix levantó una mano.

—Sí.

—Gracias.

Siguieron. Un archivador. Otro. Una caja.

Nada. Hasta que Delacroix encontró una hoja suelta.

No la agenda. Una copia de una página. Probablemente arrancada con papel carbón.

Fecha de tres días antes de la fiesta. Una anotación.

L. vuelve a decir que la dosis le sienta distinta.

Dice que el frasco no es igual. Insiste en llamar a E.C.

Esperar. Delacroix se quedó inmóvil. Montalbán leyó. Silencio.

—Esperar.

—Sí.

—Ella lo escribió.

—Probablemente.

El comisario lo miró. Delacroix cerró los ojos.

—Sí.

—Gracias.

Montalbán tomó la hoja con cuidado.

—Esto es.

Delacroix no respondió. La palabra era pequeña. Esperar. No llamar. Observar. Marina sabía tres días antes que Leandro notaba algo. Sabía que quería consultar a Cervera. Y escribió esperar. Eso podía tener explicaciones. Pero junto a todo lo demás, la palabra adquiría otro peso.

—¿Por qué conservar una copia? —preguntó Montalbán.

Delacroix miró el cajón.

—No la conservó.

—Entonces.

—La olvidó.

El comisario observó.

—Eso parece impropio.

—Precisamente.

—Entonces puede haber más.

—Sí.

Buscaron. Una hora. Dos. Nada. Pero la hoja bastaba para algo.

No para todo. Delacroix la miró una vez más.

Leandro ya sospechaba. Tres días antes. Marina sabía.

Y no llamó. La decisión no había empezado en la terraza.

Había empezado antes. Mucho antes. Quizá en la farmacia.

Quizá al leer la carta. Quizá la noche en que comprendió que el hombre para quien trabajaba había ayudado a destruir a su familia.

Eso era lo que necesitaban. No el instante emocional. La secuencia. La elección repetida.

—Ahora sí —dijo Montalbán.

Delacroix lo miró.

—Sí.

El comisario pareció sorprendido.

—¿Sí?

—Sí.