Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 19 — La primera Marbella #2
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CAPÍTULO 19 — La primera Marbella #2

El nombre de Sebastián Roldán aparecía en un registro de defunción siete años después del incendio.

Delacroix lo encontró esa misma tarde. Causa: Insuficiencia respiratoria.

Nada extraordinario. La madre, Carmen Roldán, había muerto cinco años después.

Javier primero. Sebastián después. Carmen más tarde.

Marina sola. La familia no había desaparecido de golpe.

Se había ido vaciando. Eso explicaba mejor que cualquier discurso por qué un motivo podía tardar veintitrés años en convertirse en una decisión.

No era un momento. Era una acumulación. Delacroix se encontraba en la hemeroteca con Lucía cuando una anciana se acercó.

—¿Son ustedes los que preguntan por los Roldán?

Lucía levantó la cabeza.

—Depende.

La mujer sonrió.

—Eso es de periodista.

Delacroix la observó. Setenta y muchos años. Vestido oscuro. Bastón. Ojos atentos.

—¿Quién es usted? —preguntó Lucía.

—Amalia Ponce.

El nombre no significó nada. La mujer lo notó.

—Vivía cerca.

Delacroix se levantó.

—¿De la finca?

—De una.

—¿Conoció a la familia?

—Sí.

Lucía cerró la libreta.

—¿Podemos hablar?

Amalia la miró.

—Eso es lo que estoy haciendo.

Se sentó sin que la invitaran. Delacroix pensó que Lucía tenía competencia.

—Sebastián era orgulloso —dijo la anciana—. Demasiado.

—¿Tenía deudas? —preguntó Lucía.

—Todo el mundo tenía alguna.

—¿Problemas antes de los préstamos?

—Sí.

—¿Graves?

Amalia pensó.

—No para perderlo todo.

Delacroix observó.

—¿Entonces qué cambió?

La mujer miró hacia él.

—Aparecieron hombres.

—¿Quiénes?

—No sabía nombres.

—¿Leandro?

Amalia frunció el ceño.

—Más joven.

Delacroix no dijo nada.

—Elegante —continuó—. Siempre bien vestido. Demasiado para ir a ver olivos.

Lucía se inclinó.

—¿Varela?

La anciana pensó.

—Puede.

Delacroix no corrigió.

—¿Iba solo?

—A veces.

—¿Con Eugenio de Almenara?

Amalia reconoció el apellido.

—Sí.

Silencio.

—¿Cuántas veces?

—No sé.

—¿Antes del incendio?

—Sí.

—¿Después?

La mujer cerró los ojos.

—Una vez.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Leandro volvió después del incendio?

—El elegante.

—Sí.

—Sí.

—¿Para qué?

—Hablar con Sebastián.

—¿Oyó?

Amalia negó.

—No.

—¿Vio cómo terminó?

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

La anciana pensó.

—Sebastián le pegó.

Lucía dejó de escribir. Delacroix observó.

—¿A Leandro?

—Sí.

—¿Está segura?

—Lo vi salir con sangre en la boca.

Silencio.

—¿Y Leandro?

—No hizo nada.

—¿Nada?

—Sonrió.

Delacroix permaneció inmóvil. Eso parecía Leandro. Demasiado.

—¿Qué pasó después?

Amalia miró sus manos.

—Dos semanas más tarde, perdieron la finca.

Silencio. Lucía preguntó:

—¿Sebastián dijo por qué le pegó?

La anciana tardó.

—Una vez.

—¿Qué dijo?

—Que aquel hombre había venido a ofrecer ayuda después de haber encendido la mecha.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Exactamente?

—Algo así.

—¿La mecha del incendio?

Amalia lo miró.

—No lo sé.

—¿De las deudas?

—Tampoco.

—Entonces.

—Sebastián bebía mucho después de Javier.

Lucía bajó la voz.

—¿Creía que Leandro había provocado el fuego?

—Sí.

Silencio.

—¿Tenía pruebas?

—No.

—¿Usted?

—No.

Delacroix asintió.

—Entonces no podemos decirlo.

La anciana lo miró.

—Eso no significa que no ocurriera.

—No.

—Solo que usted no puede escribirlo.

—Yo no escribo.

Lucía sonrió.

—Por suerte.

Amalia la miró.

—¿Quién es usted?

—La que sí.

La anciana asintió.

—Entonces tenga cuidado.

Lucía cerró los ojos.

—Otra vez.

Delacroix casi sonrió.

—Se vuelve popular.

Amalia se levantó con dificultad.

—Una cosa más.

Delacroix esperó.

—La hija.

—Marina.

—Sí.

—Era la más lista.

—¿La conoció?

—De niña.

—¿Qué recuerda?

La mujer sonrió con tristeza.

—Que miraba demasiado.

Lucía y Delacroix guardaron silencio.

—Después del incendio se fue.

—Con una tía.

—Sí.

—¿Volvió?

—A veces.

—¿Leandro la conoció entonces?

Amalia pensó.

—No creo.

—¿Está segura?

—No.

Delacroix observó. Eso importaba menos. La tragedia de Marina no era que Leandro hubiera reconocido a una niña años después y decidido contratarla.

Era peor. Quizá nunca supo quién era. Había destruido a tanta gente que podía encontrarse con una de sus hijas catorce años después y no recordar el apellido.

—Gracias —dijo Lucía.

Amalia la miró.

—No publique mi nombre.

—No.

La anciana se alejó. Delacroix observó.

—Otra fuente.

Lucía guardó la libreta.

—No.

—¿No?

—Una persona.

Delacroix la miró. Lucía sostuvo la mirada.

—A veces ocurre.

—Sí.

Aquello sí le gustó. No lo dijo. Montalbán leyó las cartas en silencio.

No todas. Las suficientes. Estaban en su despacho.

La puerta cerrada. La tarde avanzada. Sobre la mesa, la pizarra del apagón había sido sustituida por un nuevo esquema.

No de personas. De años. Veintitrés atrás.

Primer préstamo. Segunda deuda. Incendio.

Negativa de prórroga. Transferencia. Pérdida de las propiedades.

Años después. Muerte de Sebastián. Muerte de Carmen.

Marina entra a trabajar con Leandro. Catorce años.

Cuatro meses atrás. Carpeta azul. Seis semanas.

Archivos. Cinco semanas. Confrontación. Tres semanas.

Amenaza de incriminación. Noche de la fiesta. Muerte. Montalbán dejó la carta.

—Es suficiente.

Delacroix lo miró.

—¿Para qué?

—Para el motivo.

—Sí.

—Para demostrar que Leandro organizó el fraude.

—Probablemente.

El comisario cerró los ojos.

—Armand.

—Sí.

—Está firmado.

—Parte.

—Hay pagos.

—Sí.

—Cartas.

—Sí.

—Un testimonio.

—Sí.

—¿Qué más quiere?

—No quiero más.

Montalbán frunció el ceño.

—Entonces.

—El fraude está claro.

—Sí.

—El incendio no.

—No.

—Y no necesitamos convertirlo en homicidio para comprender a Marina.

—No.

El comisario se reclinó.

—Entonces Leandro destruyó a su familia.

—Sí.

—Ella lo descubre.

—Sí.

—Él la amenaza.

—Sí.

—Ella manipula la medicación.

—Creemos.

—Armand.

—Sí.

—¿De verdad sigue ahí?

—Sí.

Montalbán se levantó.

—Ha admitido que lo dejó morir.

—Sí.

—Retiró probablemente el estuche.

—Sí.

—Tenía acceso.

—Sí.

—Y motivo.

—Sí.

—Entonces.

Delacroix lo observó.

—Todavía falta demostrar que la muerte empezó antes de la terraza.

Silencio. Montalbán se sentó otra vez.

—Premeditación.

—Exactamente.

—¿Por qué importa tanto?

Delacroix pensó.

—Porque Marina puede haber encontrado a Leandro muriendo y decidido no ayudar.

—Eso ya es grave.

—Mucho.

—Pero.

—No es lo mismo que haber preparado la muerte.

Montalbán lo miró.

—Para el muerto, sí.

—Para la verdad, no.

Silencio. El comisario cerró los ojos.

—Un día voy a dejar de discutir.

—No.

—Miente.

Delacroix sonrió apenas. Montalbán volvió a la cronología.

—Entonces necesitamos saber cuándo alteró la medicación.

—Sí.

—¿Cómo?

—Rutina.

—Otra vez.

—Marina organizaba todo.

—Sí.

—Compras.

—Sí.

—Farmacia.

—Sí.

—Reposición.

—Sí.

—Entonces tuvo que dejar alguna huella.

—No si lo hizo fuera.

—Puede.

Montalbán lo miró. Delacroix levantó una mano.

—Sí.

—Gracias.

—No abuse.

El comisario abrió una carpeta.

—Ya pedí información a la farmacia.

Delacroix levantó una ceja.

—Está aprendiendo demasiado.

—Cállese.

—¿Y?

—Leandro recogía la medicación una vez al mes.

—¿Él?

—No.

—Marina.

—Casi siempre.

—¿Última vez?

Montalbán buscó.

—Ocho días antes de la muerte.

Delacroix quedó inmóvil.

—¿Cantidad?

—La habitual.

—¿Alguna anomalía?

—No.

—Entonces.

—Tres días después volvió.

Silencio.

—¿Por qué?

—Dijo que un frasco estaba defectuoso.

Delacroix no se movió.

—¿Lo devolvió?

—No.

Montalbán levantó la vista.

—Dijo que se había roto.

Silencio. Ahí estaba. No todavía la prueba completa. Pero una huella.

—¿Pidió otro?

—Sí.

—¿La farmacia registró?

—Sí.

—¿Quién atendió?

—Una empleada.

—¿Recuerda?

—Estamos localizándola.

Delacroix observó la fecha. Cinco días antes de la muerte.

—Entonces Marina obtuvo un segundo frasco.

—Sí.

—Y el primero desapareció.

—Sí.

—¿Leandro sabía?

—No sabemos.

Delacroix pensó. La sustitución. La preparación. El frasco distinto. La pregunta de Leandro. ¿Lo has cambiado? Marina diciendo no. Pero sí lo había cambiado. Al menos el envase.

—Ahí está la primera mentira material.

Montalbán lo miró.

—¿Material?

—No sobre una conversación.

—Sí.

—Sobre un objeto.

—Sí.

—Leandro preguntó si había cambiado el frasco.

—Sí.

—Ella dijo que no.

—Sí.

—Pero había pedido uno nuevo cinco días antes.

Silencio. Montalbán se levantó.

—Eso basta.

Delacroix no respondió.

—Armand.

—No.

El comisario cerró los ojos.

—¿Qué falta ahora?

—Saber qué ocurrió con el frasco anterior.

—Dijo que se rompió.

—Miente.

—Probablemente.

Delacroix lo miró. Montalbán sonrió.

—Ahora yo.

—Mal.

—Pero sirve.

Delacroix volvió a la cronología. Cinco días. Tiempo suficiente para preparar. Para sustituir. Para esperar.

—¿La medicación alterada podía estar en el frasco nuevo?

—Cervera tendrá que responder.

—Sí.

—Entonces mañana.

—No.

—Armand.

—Hoy.

Montalbán cerró los ojos. La empleada de la farmacia se llamaba Elisa Moreno. Treinta y nueve años. Memoria excelente. No porque recordara a Marina. Porque recordaba la discusión.

—No fue una discusión —aclaró.

Estaban en una pequeña sala detrás de la farmacia. Montalbán tomaba notas. Delacroix observaba.

—¿Entonces?

—La señora Roldán estaba molesta.

—¿Por qué?

—Dijo que el frasco anterior tenía un problema.

—¿Cuál?

—Que el cierre estaba defectuoso.

—¿Lo trajo?

—No.

—¿Por qué?

—Dijo que se había caído y roto.

—¿La medicación también?

—Sí.

—¿Pidió reposición?

—Sí.

—¿Fue normal?

Elisa pensó.

—Sí.

—¿Entonces por qué la recuerda?

La mujer miró a Montalbán. Después a Delacroix.

—Porque preguntó si el frasco nuevo era exactamente igual.

Silencio.

—¿Qué respondió?

—Que el proveedor había cambiado ligeramente el envase.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Ligeramente?

—Sí.

—¿Cómo?

—La tapa.

—¿Color?

—Sí.

—¿Y la etiqueta?

—Un poco.

Montalbán levantó la cabeza.

—Entonces Cervera estaba equivocado.

—No —dijo Delacroix.

El comisario lo miró.

—¿No?

—Cervera preguntó después si la farmacia había cambiado el envase habitual.

—Sí.

—Quizá le dijeron que no en general.

Elisa intervino.

—El producto no cambió.

—Solo ese lote.

—Sí.