CAPÍTULO 19 — La primera Marbella
La primera Marbella no tenía hoteles suficientes para esconder todo lo que vendría después.
Lucía Barral lo dijo mirando una fotografía en blanco y negro.
Delacroix observó la imagen. Una carretera estrecha.
Unos pocos edificios. Terrenos. Mar. Mucho espacio.
Era difícil reconocer en aquella extensión casi vacía la ciudad que ahora parecía empeñada en construir algo sobre cada lugar desde el que todavía pudiera verse el horizonte.
—¿De qué año? —preguntó.
—Veinticinco atrás.
—Entonces no es la primera.
Lucía lo miró.
—No empiece.
—No.
—Todo el mundo llama primera Marbella a la que existía antes de los hoteles.
—Eso parece injusto para quienes vivieron antes de los hoteles.
—Probablemente estaban más tranquilos.
—Entonces quizá no necesitaban nombre.
Lucía volvió a la fotografía. Estaban en la redacción del periódico, aunque el director había insistido en que aquello no era una investigación oficial, no comprometía al diario y, sobre todo, no debía terminar con policías preguntando de dónde habían salido determinados documentos.
Lucía había respondido que, si alguna vez los policías empezaban a preguntar de dónde salían las cosas, Marbella podía considerar cerrada la mitad de sus negocios.
El director había dejado de discutir. Sobre la mesa había fotografías antiguas, copias de escrituras, recortes, notas y un mapa en el que Lucía había marcado las tres propiedades que habían pertenecido a la familia Roldán.
Delacroix observó. No estaban juntas. Eso importaba.
—Creía que era una sola finca dividida.
—No.
—Entonces el mecanismo fue más complejo.
—O más sencillo.
Lucía señaló.
—Esta era la principal.
Una extensión cercana a la costa. No directamente sobre ella. Pero lo bastante cerca.
—La segunda.
Más interior.
—Y la tercera.
Junto a un camino que años después se convertiría en una vía importante. Delacroix miró las fechas.
—Perdieron primero la más pequeña.
—Sí.
—Después la interior.
—Sí.
—La principal al final.
—Sí.
—Entonces no los arruinaron de una vez.
Lucía negó.
—Los fueron debilitando.
Delacroix permaneció inmóvil. Aquello ya lo habían sospechado. Pero verlo sobre un mapa era distinto. El plan no había sido quitar tres propiedades. Había sido convertir cada pérdida en la causa de la siguiente.
—Primer préstamo —dijo.
Lucía abrió una carpeta.
—El padre, Sebastián Roldán, necesitaba dinero después de dos temporadas malas.
—¿Agricultura?
—Olivos, algo de vid, alquileres pequeños. Nada enorme.
—Entonces tenía patrimonio.
—Sí.
—Pero poca liquidez.
—Exactamente.
Delacroix miró.
—El tipo de persona ideal para un préstamo.
—Y para alguien que quiera una propiedad.
Lucía sacó la copia.
—La primera deuda no era especialmente alta.
—Entonces podía pagar.
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Cambio de condiciones.
—¿Legal?
Lucía hizo una mueca.
—Lo suficiente.
—Eso no significa nada.
—En Marbella significa bastante.
Delacroix la observó.
—¿Quién cambió las condiciones?
—La sociedad.
—Que controlaba.
—Un abogado.
—Que trabajaba para Leandro.
—Sí.
—Antes de las operaciones.
—Sí.
Delacroix miró el mapa.
—Entonces Leandro ya estaba detrás antes del primer préstamo.
Lucía asintió.
—Eso parece.
—No basta.
—No.
—Pero.
—Tenemos pagos.
Sacó otra copia. Un movimiento contable. No a nombre de Leandro. A una empresa que, meses después, le había transferido dinero.
—¿Cantidad?
—La necesaria para financiar la primera sociedad.
Delacroix permaneció quieto.
—Entonces puso capital.
—Indirectamente.
—Y después.
—Entró Eugenio de Almenara.
—Como garante.
—Sí.
—¿Por qué?
Lucía soltó aire.
—Ahí se vuelve interesante.
—Pensé que ya lo era.
—Eugenio no puso dinero por los Roldán.
—Entonces.
—Puso el apellido.
Delacroix la miró.
—Explíquese.
—La sociedad necesitaba crédito.
—Sí.
—Un Almenara detrás hacía que todo pareciera más sólido.
—Y menos sospechoso.
—Exactamente.
Delacroix pensó en Beatriz. En Villa Almenara. En una familia que había creído utilizar a Leandro. Quizá había sido al revés.
—¿Eugenio sabía el objetivo?
—No al principio.
—Eso dice Beatriz.
—Y algunas cartas lo apoyan.
—¿Cuándo lo comprendió?
Lucía pasó varias hojas.
—Después de la segunda deuda.
—Demasiado tarde.
—Pero antes del incendio.
Silencio. Delacroix la miró.
—Entonces sí tuvo tiempo de retirarse.
—Sí.
—Y no lo hizo.
—No.
—Porque ya había dinero dentro.
—Sí.
Delacroix no dijo nada. La historia empezaba a parecer demasiado humana. Eso era siempre peor. Los grandes crímenes no necesitaban grandes monstruos. A veces bastaban personas que habían avanzado demasiado como para aceptar el precio de retroceder.
—¿Y Leandro?
—Siguió.
—Aun después del incendio.
Lucía asintió.
—Sí.
—¿Sabemos que no lo provocó?
—No.
—¿Sabemos que sí?
—Tampoco.
—Entonces no lo convertimos en algo que no podemos probar.
Lucía lo observó.
—Marina sí cree que tuvo relación.
—Marina necesita creer muchas cosas.
La periodista frunció el ceño.
—Eso ha sonado cruel.
—No.
—Sí.
Delacroix miró la fotografía.
—El dolor también construye versiones.
—¿Y usted?
—También.
—Entonces.
—Por eso necesitamos documentos.
Lucía permaneció en silencio. Después señaló otra carpeta.
—Tengo algo peor.
—Naturalmente.
—El incendio no fue el final.
Delacroix levantó la vista.
—¿Qué?
—Después de la muerte de Javier, Sebastián Roldán pidió una prórroga.
—Lógico.
—La rechazaron.
—Leandro.
—No firma.
—¿Quién?
—El abogado.
—Pero.
Lucía sacó una carta. No el original. Una copia mecanografiada.
—La encontramos en un archivo privado.
Delacroix la tomó. Leyó. No había firma completa. Solo iniciales. Pero el lenguaje era demasiado parecido al resto de la correspondencia. No conviene permitir que la situación familiar retrase la transferencia. La emoción no mejora las garantías. Delacroix permaneció inmóvil. Lucía lo observó.
—¿Qué?
—Nada.
—Miente.
—No.
Volvió a leer. La emoción no mejora las garantías. Leandro. Treinta y un años. Un joven muerto. Una familia destrozada. Y una operación que debía continuar.
—¿Puede demostrarse que la escribió él?
—No.
—Entonces.
—Pero el papel estaba en un archivo de Eugenio.
—Eso no demuestra autoría.
—No.
Delacroix dejó la copia.
—¿Marina la vio?
Lucía guardó silencio.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace seis semanas.
—Entonces esta era una de las cartas.
—Probablemente.
—No.
Lucía lo miró.
—¿No?
—Si la vio, sabe exactamente qué leyó.
—Sí.
—Y no quiso contarlo.
—No.
Delacroix permaneció quieto. Eso podía explicar mucho. El odio. La confrontación. La sensación de haber trabajado durante catorce años para un hombre que no solo había participado en la ruina de su familia, sino que había considerado la muerte de su hermano una molestia financiera.
—¿Hay más?
Lucía sacó otra hoja.
—Siempre.
—Empieza a gustarle.
—No.
—Miente.
Ella sonrió.
—Esta está firmada.
Delacroix la tomó. Leandro Varela. Completo.
Veintitrés años antes. No mencionaba directamente a los Roldán.
Hablaba de una transferencia. De plazos.
De la necesidad de impedir una renegociación.
Y de una frase: Si la familia conserva la finca principal, las operaciones anteriores no habrán servido de nada.
Delacroix leyó otra vez. Ahí estaba. No una confesión criminal. Algo más frío. Una estrategia.
—Entonces no era un intermediario secundario.
—No.
—Era el arquitecto.
Lucía asintió.
—Sí.
La palabra quedó. Durante días habían buscado cuánto había participado Leandro. Ahora ya podían responder. Mucho. Quizá no en el incendio. Quizá no en cada amenaza. Pero sí en la operación que había llevado a la familia Roldán hasta el punto de no tener salida.
—¿Quién encontró esto?
Lucía guardó silencio.
—Su fuente.
—Sí.
—¿En qué archivo?
—Privado.
—¿De quién?
—No.
—Lucía.
—No.
Delacroix la observó. Ella sostuvo la mirada.
—Si digo el nombre, esa persona pierde el trabajo.
—Entonces no lo diga.
Lucía frunció el ceño.
—¿Así de fácil?
—No.
—Pero.
—No necesito saber quién para saber que alguien está arriesgando demasiado.
La periodista lo miró.
—Gracias.
—No.
—¿Qué?
—No me agradezca algo que todavía puede causarnos problemas.
—Eso sí suena más a usted.
Delacroix volvió a las cartas.
—Necesito saber quién compró finalmente la finca principal.
—Una sociedad.
—Ya lo sé.
—Después se vendió.
—¿A quién?
Lucía sacó el mapa.
—Tres años más tarde, a otra empresa.
—¿Relación?
—Leandro.
—Directa.
—No.
—Naturalmente.
—Pero el abogado era el mismo.
—Sí.
—¿Y después?
—La tierra pasó por dos manos más.
—¿Hasta?
Lucía señaló.
—Julián Ferrer.
Delacroix levantó la vista.
—¿Cuándo?
—Muchos años después.
—Entonces Julián no participó en la ruina original.
—No.
—Pero se benefició de la cadena.
—Sí.
—¿Sabía de dónde venía?
Lucía pensó.
—Probablemente.
—No basta.
—No.
Delacroix observó. El gran sospechoso de las tierras no era el autor del fraude inicial. Julián era una generación posterior. Había comprado un terreno cuyo origen quizá conocía y quizá no. Eso lo hacía menos inocente moralmente. Pero no asesino.
—Entonces Leandro usó el mecanismo primero con los Roldán.
—Sí.
—Después lo repitió.
—Muchas veces.
—Hasta llegar a Álvaro.
—Sí.
Delacroix miró el mapa. La historia no era solo el pasado de Marina.
Era la plantilla de Leandro. Su modo de construir poder.
Tomar a alguien que necesitaba dinero. Ofrecer ayuda.
Crear dependencia. Adquirir deuda. Esperar.
Presionar. Transferir. Guardar documentos.
Y, años después, poder decir que todo había sido voluntario.
—No destruía personas —dijo Lucía.
Delacroix levantó la vista.
—No.
—Las llevaba hasta un lugar donde podían destruirse solas.
Silencio.
—Sí.
La periodista miró las cartas.
—Eso es peor.
—Mucho.