Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 18 — El apagón perfecto #4
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CAPÍTULO 18 — El apagón perfecto #4

Nada.

—Algo que Leandro había llevado durante toda la noche.

Marina cerró los ojos. Montalbán no se movió.

—El estuche.

Silencio.

—¿Dónde está?

Nada.

—Marina.

La mujer abrió los ojos.

—No lo encontrará.

Montalbán se puso de pie. Delacroix permaneció inmóvil. La frase había llegado. No confesión. Pero demasiado cerca.

—Entonces lo retiró.

Marina sostuvo la mirada.

—He dicho que no lo encontrará.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Dónde?

Silencio.

—¿Lo destruyó?

Nada.

—¿Lo arrojó al mar?

Nada.

—¿Se lo dio a alguien?

Nada.

—¿Qué hizo?

Marina volvió la vista.

—No.

Delacroix no insistió. Ya tenía algo. No suficiente para un tribunal. Sí para el mapa.

—Gracias.

Ella lo miró.

—¿Por qué?

—Porque por fin ha dejado de negar la única cosa que importa.

—No he admitido nada.

—No.

—Entonces.

—Pero ha empezado a elegir las palabras.

Silencio. Marina sonrió sin humor.

—Siempre las elijo.

—No cuando está cansada.

Montalbán se acercó.

—La conversación ha terminado.

Delacroix se levantó. Antes de salir, volvió hacia Marina.

—Una cosa.

Ella cerró los ojos.

—Naturalmente.

—Cuando se apagaron las luces, ¿qué sintió?

Montalbán frunció el ceño. Marina abrió los ojos.

—¿Qué?

—No qué hizo.

—Entonces.

—Qué sintió.

La mujer lo miró. La pregunta parecía haberla sorprendido.

—Nada.

—Miente.

Silencio.

—Alivio.

La palabra llegó tan baja que casi no existió. Montalbán quedó inmóvil. Delacroix tampoco se movió.

—¿Por qué?

Marina cerró los ojos.

—Porque durante unos segundos nadie podía ver nada.

Silencio. Eso era todo. No dónde. No cómo. Pero sí la verdad esencial. La oscuridad no había sido planeada. Había sido recibida. Como un regalo. Delacroix salió.

Esa noche, Lucía encontró a Delacroix en la terraza del hotel. No preguntó si podía sentarse. Ya habían superado aquella fase.

—¿Confesó?

—No.

—Entonces.

—Admitió alivio.

Lucía frunció el ceño.

—¿Por el apagón?

—Sí.

—Porque pudo retirar el estuche.

—Probablemente.

Ella lo miró. Delacroix levantó una mano.

—Sí.

Lucía sonrió.

—Progreso.

—No abuse.

La periodista miró el mar.

—Entonces ese fue el apagón perfecto.

Delacroix negó.

—No.

—Armand.

—No.

—La ayudó.

—Sí.

—Desvió la investigación.

—Sí.

—Hizo parecer que todos podían haber matado.

—Sí.

—Le permitió borrar algo.

—Sí.

—Entonces.

Delacroix tomó café.

—Fue perfecto para todos.

Lucía lo miró.

—Explíquese.

—Álvaro consiguió entrar en el despacho.

—Sí.

—Gabriel recuperar una carta.

—Sí.

—Sofía buscar la suya.

—Sí.

—Viktor ocultar una reunión.

—Sí.

—Marina retirar lo que necesitaba.

—Sí.

—Cada uno salió de la oscuridad creyendo haber protegido su propio secreto.

Lucía permaneció callada.

—Y después —continuó Delacroix— cada uno mintió para conservarlo.

—Creando una conspiración que no existía.

—Exactamente.

La periodista sonrió sin humor.

—Eso es muy Marbella.

—Mucho.

—Todos juntos sin estar juntos.

—Sí.

—Todos cómplices sin saber de qué.

—Sí.

—Todos culpables de algo distinto.

Delacroix miró hacia el mar.

—Eso fue lo que protegió a Marina.

—No ella.

—No.

—Ellos.

—Tampoco.

Lucía frunció el ceño. Delacroix volvió la cabeza.

—Nadie protegió al asesino.

Pausa.

—Todos se protegieron a sí mismos.

La periodista permaneció inmóvil. Después miró hacia las luces de la ciudad.

—Eso es peor.

—Sí.

—Porque significa que no hace falta una conspiración.

—Nunca suele hacer falta.

—Solo gente con miedo.

—Y algo que perder.

Lucía guardó silencio. Durante unos minutos, ninguno habló. La noche avanzaba. Las terrazas volvían a llenarse. Música. Automóviles. Risas. Marbella continuaba. Siempre. Lucía preguntó:

—¿Qué falta?

Delacroix miró la taza.

—Demostrar la premeditación.

—La medicación.

—Sí.

—El estuche.

—Sí.

—Marina lo retiró.

—Probablemente.

Lucía cerró los ojos.

—Lo ha hecho a propósito.

—Sí.

Ella rió.

—Entonces qué más.

—Saber cuándo alteró la medicación.

—¿Y cómo?

—No necesito saber todos los detalles.

—¿Entonces?

—Necesito demostrar que ocurrió antes de que Leandro empezara a morir.

Lucía asintió lentamente.

—Porque dejarlo sin ayuda puede haber sido una decisión del momento.

—Sí.

—Pero cambiar la medicación.

—Es otra cosa.

Silencio.

—Premeditación.

—Exactamente.

La periodista miró hacia él.

—¿Cree que la encontrará?

Delacroix observó las luces. Pensó en las oficinas de Leandro. En las notas. En la agenda de Marina. En los movimientos de medicamentos. En una mujer que había organizado catorce años de vida ajena con precisión. Una persona así podía borrar un estuche. Pero quizá no una rutina.

—Sí.

Lucía sonrió.

—Otra vez sin quizá.

—Sí.

—Eso empieza a preocuparme.

—Es saludable.

Ella cerró los ojos.

—No.

Delacroix miró hacia el mar. El apagón ya estaba resuelto.

No había sido el arma. Ni el plan. Ni el centro.

Había sido un accidente convertido en oportunidad.

La oscuridad perfecta no existía porque nadie pudiera ver.

Existía porque, cuando volvieron las luces, todos estaban demasiado ocupados comprobando si sus propios secretos seguían ocultos.

Nadie miró al muerto. Nadie preguntó cuánto tiempo llevaba allí.

Nadie recordó que una persona inmóvil no era necesariamente una persona viva.

Y nadie imaginó que el único ser humano que conocía la verdad exacta sobre aquellos noventa segundos no había necesitado organizarlos.

Solo había necesitado comprender, en el instante en que la casa quedó a oscuras, que durante un minuto y medio Marbella entera acababa de darle permiso para desaparecer.