CAPÍTULO 18 — El apagón perfecto #3
Delacroix se acercó. Tomó la tiza. Dibujó una línea vertical.
A la izquierda escribió: ANTES DEL APAGÓN.
A la derecha: DURANTE EL APAGÓN. Después colocó el nombre de Leandro a la izquierda.
Debajo: Medicación alterada. Crisis. Terraza.
Pide ayuda. Muere. Montalbán permaneció inmóvil.
Lucía también. Después Delacroix señaló el lado derecho.
Álvaro. Gabriel. Sofía. Viktor. Andrés. Delacroix.
—Todos estos movimientos ocurren después.
—Sí —dijo Montalbán.
—No forman parte del asesinato.
—No.
—Pero todos parecían sospechosos.
—Sí.
—¿Por qué?
Lucía respondió.
—Porque mintieron.
—Exactamente.
Delacroix escribió: MENTIRAS SIN RELACIÓN CON LA MUERTE. Montalbán leyó.
—Entonces la investigación estaba atrapada por delitos y secretos secundarios.
—Sí.
—Cada uno protegía algo.
—Sí.
—Y eso hacía parecer que todos protegían al asesino.
—Exactamente.
Lucía miró la pizarra.
—Pero nadie lo hacía.
Delacroix se volvió.
—Nadie protegió al asesino.
Silencio.
—Todos se protegieron a sí mismos.
La frase quedó. Montalbán dejó la tiza. Lucía no escribió. No hacía falta.
—Eso es lo que creó la conspiración —dijo ella.
—Sí.
—Álvaro apaga la luz por sus deudas.
—Sí.
—Gabriel roba documentos por sus negocios.
—Sí.
—Sofía entra a buscar una carta por Daniel.
—Sí.
—Viktor mantiene una reunión clandestina.
—Sí.
—Andrés acepta dinero después.
—Sí.
—Y usted oculta una amenaza porque le hiere el orgullo.
Delacroix la miró.
—No abuse.
Lucía sonrió apenas. Montalbán observó la columna izquierda.
—Marina.
—Sí.
—Ella es la única cuyo secreto pertenece al muerto.
—Exactamente.
Silencio. El apagón no había sido una operación.
Había sido una coincidencia. Una coincidencia extraordinaria.
Álvaro necesitaba oscuridad. Los demás no.
Pero cuando llegó, todos encontraron algo útil dentro.
Un corredor sin miradas. Una puerta que podía abrirse.
Un despacho que podía registrarse. Un jardín donde desaparecer.
Una carta que podía buscarse. Una reunión que podía continuar sin ser vista.
Y una muerte cuyo momento podía desplazarse.
—Entonces Marina no preparó el apagón —dijo Montalbán.
—No.
—Ni sabía que ocurriría.
—No necesariamente.
—Álvaro dice que nadie sabía.
—Sí.
—¿Le cree?
—En eso, sí.
—Entonces fue suerte.
Delacroix miró la pizarra.
—No.
Lucía frunció el ceño.
—¿No?
—Fue oportunidad.
—Eso es lo mismo.
—No.
Montalbán soltó aire.
—Naturalmente.
Delacroix continuó.
—La suerte es algo que ocurre.
—Sí.
—La oportunidad es algo que alguien reconoce.
Silencio. Montalbán comprendió.
—Marina no necesitó planear la oscuridad.
—No.
—Solo utilizarla.
—Sí.
Lucía miró el nombre.
—¿Para retirar el estuche?
—Probablemente.
Montalbán abrió la boca. Delacroix levantó una mano.
—Sí.
El comisario se detuvo.
—¿Sí qué?
—Esta vez puede decirlo.
—¿Probablemente?
—Sí.
Montalbán cerró los ojos. Lucía rió. Delacroix ignoró a ambos.
—El problema es que Sofía era la figura de la puerta lateral.
—Entonces Marina tuvo otra ruta —dijo Montalbán.
—Puede.
—Armand.
—Sí.
—No empiece.
—No.
—¿Dónde?
Delacroix tomó el plano. La biblioteca. La terraza. El corredor de servicio. La zona donde Marina había sido oída dando órdenes.
—No tenía que salir al jardín.
Montalbán se acercó.
—¿Entonces?
—Podía entrar en la biblioteca desde dentro.
—¿Durante el apagón?
—Sí.
—¿Retirar el estuche del cuerpo?
—Sí.
—¿Y regresar?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Treinta segundos.
—La ventana en la que no la vieron.
—Exactamente.
Lucía observó.
—Entonces Andrés nunca la vio.
—No.
—La figura era Sofía.
—Sí.
—Y eso fue otra distracción.
—Sí.
Montalbán señaló el plano.
—¿Quién la vio antes del apagón?
—Varios.
—¿Después?
—También.
—Entonces puede haber desaparecido treinta segundos.
—Sí.
—Suficiente.
—Sí.
—¿Y el estuche?
Delacroix miró la biblioteca imaginaria.
—En el bolsillo de Leandro.
—Cervera no lo encontró.
—No.
—Entonces alguien lo retiró.
—Sí.
—¿Por qué no hacerlo antes del apagón?
Silencio. La pregunta era buena. Delacroix pensó. Marina había encontrado a Leandro vivo. Había pedido ayuda. Ella no llamó. Después murió. ¿Por qué dejar el estuche hasta el apagón?
—Porque todavía había gente mirando.
Montalbán asintió.
—Sofía.
—Sí.
—Andrés.
—Sí.
—Gabriel.
—Sí.
—Usted.
—Sí.
—Entonces espera.
—No.
—¿No?
Delacroix miró el plano.
—No espera el apagón.
—Entonces.
—Espera un momento.
—Y el apagón llega.
—Exactamente.
Lucía soltó aire.
—Perfecto.
Delacroix la miró.
—No.
—Esta vez sí.
—No existe el apagón perfecto.
—¿No?
—No.
Delacroix dejó la tiza.
—Existe una ciudad llena de personas demasiado ocupadas ocultando sus propios secretos como para mirar lo que otra persona estaba haciendo.
Silencio. Lucía observó la pizarra.
—Eso es peor.
—Mucho.
Montalbán se sentó.
—Entonces no hubo conspiración.
—No.
—No hubo coordinación.
—No.
—Nadie ayudó a Marina.
—No conscientemente.
—Pero todos la ayudaron.
Delacroix lo miró.
—Sí.
La frase quedó. No porque hubieran querido.
No porque supieran. No porque la protegieran.
Sino porque cada uno había colocado su mentira encima de la anterior hasta enterrar la verdad bajo una montaña de secretos ajenos.
Álvaro había dado al crimen un apagón. Sofía, una figura misteriosa.
Gabriel, documentos desaparecidos. Viktor, una reunión clandestina.
Andrés, una desaparición. Cervera, un pasado comprometedor.
Beatriz, un fraude antiguo. Delacroix, incluso, una amenaza oculta.
Cada elemento parecía pertenecer a una única trama.
No era así. Había demasiadas tramas. Ese era el engaño.
—Ahora entiendo a Leandro —dijo Lucía.
Delacroix la miró.
—¿Qué?
—Cómo pudo vivir tantos años así.
—Explíquese.
—No necesitaba controlar a todos.
—No.
—Solo necesitaba que cada uno tuviera algo que perder.
Silencio. Delacroix observó. Muy bueno.
—Sí.
Lucía miró hacia la pizarra.
—Por eso nadie podía decir toda la verdad.
—Exactamente.
—Porque hacerlo obligaba a contar primero la propia.
—Sí.
Montalbán soltó aire.
—Y ahora tenemos que explicárselo a un juez.
Delacroix sonrió apenas.
—Buena suerte.
El comisario lo miró.
—Usted viene conmigo.
—No.
—Sí.
—No.
Lucía cerró los ojos.
—Dios.
—También —dijeron Montalbán y Delacroix al mismo tiempo.
Silencio. Los tres se miraron. Lucía negó con la cabeza.
—Esto ya es insoportable.
La interrogación de Marina empezó a las cinco. Delacroix no entró. Montalbán sí. Aquello sorprendió al comisario.
—¿No viene?
—No.
—Ha insistido durante días.
—Precisamente.
—No entiendo.
—Ella espera mis preguntas.
—¿Y?
—Quiero escuchar sus respuestas a las suyas.
Montalbán lo miró.
—Eso ha sonado insultante.
—No.
—Sí.
—Entre.
El comisario cerró la puerta. Delacroix permaneció en la habitación contigua. No había cristal. No había dispositivos especiales. Solo una puerta y una pared demasiado delgada. Escuchó. Montalbán fue directo.
—¿Retiró el estuche de medicación del cuerpo de Leandro durante el apagón?
Silencio.
—No.
La respuesta llegó limpia. Delacroix cerró los ojos.
—¿Lo retiró antes?
—No.
—¿Después?
—No.
—Entonces, ¿dónde está?
—No lo sé.
—Miente.
Silencio. Delacroix casi sonrió. Montalbán estaba aprendiendo.
—No.
—Usted sabía que la medicación estaba alterada.
—No.
—Tenía acceso.
—Sí.
—Conocía la afección.
—Sí.
—Sabía cuándo la tomaba.
—Sí.
—Leandro notó que el frasco era diferente.
Silencio.
—¿Lo cambió?
—No.
—¿Manipuló el contenido?
—No.
—¿Quién entonces?
—No sé.
Montalbán hizo una pausa.
—Encontró a Leandro vivo.
—Sí.
—Pidió ayuda.
—Sí.
—No llamó.
—No.
—¿Por qué?
Silencio.
—No voy a responder.
—¿Porque quería que muriera?
Nada.
—¿Porque ya había provocado la crisis?
Nada.
—¿Porque sabía que llamar a Cervera podía salvarlo?
La respiración de Marina cambió. Muy poco. Delacroix la oyó.
—No sé si podía salvarlo.
—Pero podía intentarlo.
—Sí.
—Y no lo hizo.
—No.
—¿Por qué?
Silencio. Montalbán esperó. No insistió. Bien. Después cambió.
—Durante el apagón desapareció de la vista unos treinta segundos.
—No.
—Sí.
—Estaba con el servicio.
—La oyeron.
—Sí.
—No la vieron todo el tiempo.
—Había oscuridad.
—Exactamente.
Silencio.
—¿Entró en la biblioteca?
—No.
—¿Fue a la terraza?
—No.
—¿Retiró algo del cuerpo?
—No.
—Entonces.
—No.
Montalbán soltó aire.
—Está diciendo no a preguntas distintas.
—Porque la respuesta es la misma.
—¿Dónde estaba?
—En el corredor.
—¿Haciendo qué?
—Buscando velas.
—¿Con quién?
—Sola.
—Entonces nadie puede confirmarlo.
—No.
Delacroix abrió los ojos. La ruta. Corredor. Biblioteca. Treinta segundos. Posible. No probado. Montalbán continuó.
—Sofía era la figura de la puerta lateral.
Silencio.
—Eso elimina una sospecha.
Marina no respondió.
—¿Lo sabía?
—No.
—Entonces.
—No entiendo.
—Durante días pensamos que podía ser usted.
—Sí.
—Y no lo negó con fuerza.
—Lo negué.
—No demasiado.
Marina soltó una risa breve.
—¿Ahora mide la intensidad de los no?
—Empiezo.
Silencio. Delacroix sonrió apenas.
—¿La oscuridad la ayudó? —preguntó Montalbán.
Nada.
—No a matar.
Silencio.
—Eso ya había ocurrido.
Nada.
—A borrar.
La respiración cambió. Ahí.
—No.
—¿Qué retiró?
—Nada.
—¿El estuche?
—No.
—¿Un frasco?
Nada. Montalbán no insistió.
—¿La carpeta?
—No.
—¿La carta?
—No.
—¿Qué?
Silencio. Delacroix se levantó. Abrió la puerta. Montalbán volvió la cabeza. Marina también.
—Le dije que no entrara.
—No.
El comisario cerró los ojos.
—Naturalmente.
Delacroix se sentó frente a Marina. Ella lo miró. Cansada. Más que antes.
—El apagón no estaba en su plan.
Silencio.
—No.
La respuesta llegó. Montalbán levantó la vista. Delacroix no.
—No sabía que ocurriría.
—No.
—Álvaro nunca se lo dijo.
—No.
—Entonces la oscuridad fue una sorpresa.
—Sí.
—Y aun así la utilizó.
Marina sostuvo la mirada.
—No.
—Sí.
—No.
—No para matar a Leandro.
Silencio.
—Ya estaba muerto.
Nada.
—No para mover el cuerpo.
Nada.
—No para buscar documentos.
Nada.
—Para retirar algo que no podía quedar allí cuando llegara Cervera.
La mujer no respondió. Delacroix continuó.
—Algo que él buscaría.
Silencio.
—Algo que la policía buscaría después.