Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 18 — El apagón perfecto #2
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CAPÍTULO 18 — El apagón perfecto #2

—Ya se la entregó a Delacroix.

—Temporalmente.

—Ahora la policía la requiere.

—Consiga una orden.

El comisario se acercó.

—No juegue.

—No lo hago.

Delacroix levantó una mano.

—Gabriel.

El financiero lo miró.

—¿Qué?

—La carta.

Silencio.

—¿Qué carta?

—La de Leandro a Eugenio sobre los Roldán.

Gabriel no reaccionó. Demasiado tarde.

—La tiene.

—No.

—Sí.

—No.

Delacroix sonrió apenas.

—Está perdiendo facultades.

Gabriel se sentó.

—La encontré durante el apagón.

—¿En el despacho?

—Sí.

—¿Por qué la tomó?

—Porque mi nombre aparecía.

—¿Dónde?

—En una anotación posterior.

—¿Fecha?

—Mucho más reciente.

—Explíquese.

Gabriel guardó silencio. Montalbán intervino.

—Ahora.

El financiero miró hacia la pizarra.

—Leandro había utilizado aquella operación antigua como modelo.

Delacroix permaneció inmóvil.

—Eso ya lo sospechaba.

—No.

—¿No?

—La repitió varias veces.

Lucía dejó de escribir.

—¿Con Julián?

—Entre otros.

—¿Costa Serena?

Gabriel asintió.

—Sí.

—¿Las tierras de Álvaro?

—Sí.

—Entonces Leandro estaba intentando hacer a los Almenara lo mismo que había hecho a los Roldán.

Silencio. Beatriz. Álvaro. Las deudas. Las garantías. La sociedad. El patrón. Leandro había vuelto al mismo mecanismo. Como si el tiempo no enseñara nada cuando el método seguía funcionando.

—¿Su nombre por qué aparecía? —preguntó Delacroix.

—Porque financié una de las sociedades.

—¿Sabía el origen del modelo?

—No.

—Miente.

—No.

—Entonces cuándo lo descubrió.

Gabriel cerró los ojos.

—Durante la fiesta.

—¿Leandro se lo dijo?

—No.

—La carta.

—Sí.

—Entonces la leyó en el despacho.

—Sí.

—¿Y la tomó para protegerse?

—Sí.

—No para proteger a Leandro.

—No.

—Ni a Álvaro.

—No.

—Ni a Beatriz.

—No.

Delacroix asintió.

—A usted.

Gabriel sostuvo la mirada.

—Sí.

Lucía miró la pizarra.

—Uno.

Montalbán la observó.

—¿Qué?

—Una persona protegiéndose.

Delacroix sonrió apenas.

—Exactamente.

Gabriel se levantó.

—¿Ya está?

—No.

—Naturalmente.

—Durante el apagón, ¿vio a alguien salir del despacho?

—No.

—¿Entrar?

—No.

—¿Oyó pasos?

—Sí.

—¿De quién?

—No sé.

—¿Mujer?

—No sé.

—¿Marina?

—No sé.

—¿Sofía?

—No.

—¿Cómo puede saber?

—Llevaba tacones.

—Y.

—No los oí.

Sofía podía haberse quitado los zapatos. O no haber pasado por allí. No servía.

—¿Dónde estaba la carpeta azul?

—No la vi.

—¿El estuche de Leandro?

—Tampoco.

—¿La puerta lateral?

—No pasé por ella.

Montalbán lo miró.

—Entonces puede irse.

Gabriel se detuvo.

—Mi carpeta.

—Tráigala.

—No.

—Gabriel.

El financiero miró a Delacroix.

—¿Se la entregará?

—Sí.

—Traidor.

—No somos amigos.

—Eso explica muchas cosas.

Se marchó. Lucía escribió junto a su nombre: Salvarse. Montalbán la miró.

—No toque la pizarra.

—Ya la toqué.

—Lucía.

—Rafael.

El comisario respiró. Delacroix la observó.

—Se están haciendo amigos.

—No —dijeron los dos.

Delacroix sonrió.

—Preocupante.

Sofía llegó con gafas oscuras. Se las quitó antes de entrar.

—Quiero terminar rápido.

—Todos —dijo Montalbán.

—No todos tienen una carrera que perder.

Lucía levantó una ceja. Sofía la vio.

—No empiece.

—No he dicho nada.

—Se le nota.

Delacroix señaló la pizarra.

—Durante el apagón.

—Jardín.

—Sí.

—Llorando.

—Sí.

—¿Todo el tiempo?

Sofía cerró los ojos.

—No.

Montalbán levantó la vista.

—¿Qué?

La actriz respiró.

—Volví a entrar.

Silencio. Delacroix no reaccionó.

—¿Por dónde?

—La puerta lateral.

Andrés. La figura. El objeto brillante. Montalbán se acercó.

—¿Cuándo?

—Durante el apagón.

—¿Por qué mintió?

—Porque entré a buscar algo.

—¿Qué?

Sofía miró a Delacroix.

—Una carta.

—Otra.

—Sí.

—¿De quién?

—Daniel.

Silencio. La muerte antigua. La actriz continuó.

—Leandro guardaba una carta de Daniel.

—¿Cómo lo sabía?

—Me lo dijo años atrás.

—¿Qué contenía?

—Nombres.

—De la noche de la caída.

—Sí.

—¿Dónde estaba?

—Creía que en la biblioteca.

—¿La encontró?

—No.

—¿Entonces qué llevaba en la mano?

Sofía frunció el ceño.

—¿Qué?

—Andrés vio una figura salir por la puerta lateral con algo brillante.

La actriz pensó. Después abrió el bolso. Sacó un pequeño espejo metálico.

—Esto.

Montalbán cerró los ojos. Delacroix lo tomó. El tamaño. La forma. El brillo. Podía encajar.

—¿Lo llevaba esa noche?

—Sí.

—¿En la mano?

—Cuando salí, sí.

—¿Por qué?

—Había estado llorando.

Lucía la miró. Sofía continuó.

—Quería verme la cara antes de volver.

Montalbán se sentó.

—Dios.

Delacroix observó el espejo. La figura del apagón. El objeto brillante. La puerta lateral. Todo podía pertenecer a Sofía.

—¿Andrés la vio?

—No sé.

—¿Se detuvo cuando alguien habló?

Sofía pensó.

—Sí.

—Yo —dijo Delacroix.

—Puede.

El detective no corrigió. Era probable.

—Entonces usted era la figura.

—Sí.

Montalbán soltó aire.

—Tres días.

Sofía lo miró.

—¿Qué?

—Tres días persiguiendo una figura misteriosa.

—No me preguntaron por espejos.

Delacroix observó. Otra vez. No era una mentira brillante. Era una pregunta mal formulada.

—¿Vio a Marina durante el apagón? —preguntó.

—No.

—¿Antes?

—Sí.

—¿Después?

—Sí.

—¿Dónde?

—Con el servicio.

—¿Podía haber ido a la terraza?

—Claro.

—¿La vio?

—No.

Sofía miró la pizarra.

—¿Puedo irme?

Montalbán señaló su nombre. Lucía escribió: Carta de Daniel. Después añadió: Salvarse. Sofía la observó.

—Eso parece poco elegante.

—La verdad suele serlo.

La actriz sonrió sin humor.

—Entonces sí.

Salió. Montalbán miró a Delacroix.

—La figura era Sofía.

—Probablemente.

—Armand.

—Sí.

—Era Sofía.

Delacroix sostuvo el espejo.

—Sí.

El comisario respiró.

—Gracias.

—Por nada.

—Eso elimina el estuche.

—De la figura.

—Sí.

—No de la noche.

Montalbán cerró los ojos.

—Naturalmente.

Viktor Halberg no llegó. Eso tampoco sorprendió. Mandó a un abogado. Montalbán lo devolvió. Una hora después, Viktor apareció personalmente.

—Tengo veinte minutos.

—Quince —dijo Delacroix.

El empresario lo miró.

—No trabaja para mí.

—Por eso.

Montalbán señaló la silla.

—Siéntese.

Viktor lo hizo.

—Durante el apagón estaba en el jardín inferior.

—Sí.

—Con un representante de Costa Serena.

Silencio. Viktor miró a Delacroix.

—Lucía.

—No.

—Entonces Elena.

—Ambas.

El empresario soltó aire.

—Esta ciudad necesita menos personas con tiempo libre.

—No parece posible.

Montalbán continuó.

—¿Qué negociaban?

—Negocios.

—No basta.

—Financiación.

—De las tierras de Almenara.

—Sí.

—¿Leandro estaba implicado?

—Sí.

—¿Necesitaba que siguiera vivo?

Viktor se quedó quieto.

—Mucho.

—¿Por qué?

—Porque era el único que podía cerrar las cesiones.

—Entonces su muerte le perjudicó.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Mucho.

—Eso empieza a ser repetitivo.

Viktor sonrió sin humor.

—La riqueza también.

Delacroix lo observó.

—¿Sabía de las operaciones antiguas con los Roldán?

—No.

—¿De Leandro utilizando el mismo modelo?

—No.

—Miente.

—No.

—Gabriel sí.

—Gabriel sabe cosas que no debería.

—Eso también parece una profesión.

Viktor miró la pizarra.

—¿Qué quieren de mí?

—Saber qué ocultaba.

—Una negociación.

—¿Ilegal?

—No.

—¿Secreta?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si Álvaro sabía quién financiaba Costa Serena, podía negarse.

Delacroix frunció el ceño.

—¿Por qué?

Viktor lo miró.

—Porque me odia.

—Eso parece una razón pequeña.

—Para personas ricas, las razones pequeñas suelen ser las más caras.

Lucía escribió. Viktor la vio.

—No publique.

—No pensaba.

—Miente.

Lucía sonrió.

—Se contagia.

Montalbán señaló la puerta.

—Puede irse.

Viktor se levantó. Antes de salir, miró a Delacroix.

—Leandro me dijo algo hace un mes.

—¿Qué?

—Que estaba rodeado de personas que confundían deberle la vida con tener derecho a cobrársela.

Silencio. Delacroix lo observó.

—¿A quién se refería?

—No lo dijo.

—Marina.

Viktor no reaccionó.

—Puede.

Delacroix casi sonrió.

—No le queda bien.

El empresario se marchó. Lucía escribió: Negocio clandestino. Salvarse. Montalbán observó la pizarra.

—Cuatro.

—Sí —dijo Delacroix.

—Álvaro.

—Sus deudas.

—Gabriel.

—Sus documentos.

—Sofía.

—Daniel.

—Viktor.

—Costa Serena.

Lucía miró el nombre de Andrés.

—Él ya sabemos.

—El dinero —dijo Montalbán.

—Y el miedo.

Delacroix asintió. Lucía escribió: Soborno. Salvarse. Quedaban dos nombres. Marina. Delacroix. Montalbán miró al detective.

—Su turno.

—No.

—Sí.

Lucía sonrió.

—Esto puede ser divertido.

—No.

Montalbán se sentó.

—Durante el apagón, ¿qué hizo?

Delacroix permaneció de pie.

—Escuché.

—Eso es amplio.

—Mucho.

—¿Qué ocultaba?

—Nada.

Lucía levantó la ceja. Montalbán también.

—No.

Delacroix los miró.

—¿Qué?

—Nadie en esa fiesta ocultaba nada —dijo Lucía.

—Precisamente.

—Entonces usted también.

Delacroix pensó. No quería. Eso ya era una respuesta.

—Había recibido la nota anónima.

Montalbán se quedó inmóvil.

—¿Qué nota?

Silencio. Lucía lo miró.

—Armand.

Delacroix sacó la primera tarjeta del bolsillo interior. La llevaba todavía. Montalbán la tomó. Leyó. Disfrute de Marbella, monsieur Delacroix. Aquí resulta de mala educación preguntar de dónde viene el dinero. El comisario levantó la vista.

—¿Desde cuándo tiene esto?

—Desde antes de la fiesta.

—¿Y no me lo dijo?

—No.

—¿Por qué?

Delacroix pensó.

—Porque no quería que alguien decidiera mi investigación antes de empezar.

—Eso es una respuesta elegante.

—Sí.

—También es una mentira.

Silencio. Lucía lo observó.

—¿Por qué de verdad?

Delacroix miró hacia la ventana.

—Porque me molestó.

Montalbán frunció el ceño.

—¿La amenaza?

—Que alguien supiera que estaba aquí antes de que yo supiera quién era.

—Orgullo.

—Sí.

Lucía sonrió.

—Por fin.

Delacroix la miró.

—No se acostumbre.

Montalbán tomó la tiza. Escribió junto a Delacroix: Orgullo. El detective observó.

—Eso es innecesario.

—Mucho.

Lucía añadió debajo: Salvarse. Delacroix la miró.

—Debería irse.

—No.

—Naturalmente.

Montalbán se apoyó en la mesa. Quedaba Marina. La palabra parecía más pesada que los demás nombres.

—Y ahora ella.

Delacroix observó la pizarra.

—No vendrá.

—Está detenida.

—Precisamente.

—Entonces la interrogamos allí.

—No todavía.

Montalbán cerró los ojos.

—Armand.

—Ya sabemos lo suficiente sobre el apagón.

—¿Qué?