Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 18 — El apagón perfecto
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CAPÍTULO 18 — El apagón perfecto

A las diez de la mañana, Montalbán escribió seis nombres en una pizarra. Álvaro. Gabriel. Sofía. Viktor. Marina. Andrés. Después retrocedió.

—Falta usted.

Delacroix estaba sentado junto a la ventana del despacho.

—No.

—Estaba allí.

—Sí.

—Se movió durante el apagón.

—Poco.

—Entonces.

—No ocultaba nada.

Montalbán lo miró.

—Eso dice.

Delacroix sonrió apenas.

—Empieza a gustarme.

—No.

El comisario añadió un séptimo nombre. Delacroix.

—Mejor.

—No.

—Precisamente.

Sobre la mesa había declaraciones. Horarios. Planos de Villa Almenara. La reconstrucción de los movimientos. La confesión parcial de Marina. Y, aparte, los informes sobre la medicación. Montalbán observó la pizarra.

—Noventa segundos.

—Sí.

—Siete personas.

—Más.

—Estas son las que importan.

—Eso todavía no lo sabemos.

El comisario cerró los ojos.

—Por una vez, déjeme terminar una frase.

—No he dicho nada.

—Lo estaba pensando.

—Eso complica la convivencia.

Montalbán volvió a la pizarra.

—Álvaro corta la electricidad.

—Sí.

—Gabriel entra en el despacho de Eugenio.

—Sí.

—Sofía está en el jardín.

—Eso dice.

—Andrés se mueve hacia la cocina.

—Sí.

—Marina da órdenes al servicio y desaparece de la vista durante parte del corte.

—Sí.

—Viktor.

Silencio. El comisario miró a Delacroix.

—No sabemos.

—Exactamente.

—Y usted.

—Estaba cerca de la biblioteca.

—¿Todo el tiempo?

Delacroix pensó.

—No.

Montalbán levantó una ceja.

—Interesante.

—No mucho.

—Eso lo decidiré yo.

Delacroix casi sonrió.

—Está aprendiendo demasiado.

—¿Dónde estuvo?

—Me moví hacia el corredor cuando se apagaron las luces.

—¿Por qué?

—Porque escuché una puerta.

—¿Cuál?

—No lo sabía.

—¿Y después?

—Andrés habló de una figura.

—Sí.

—Entonces fui hacia allí.

—¿Vio a alguien?

—No.

Montalbán escribió una pequeña flecha junto a su nombre.

—Perfecto.

—No.

—Esta vez sí.

Delacroix miró la pizarra.

—El problema sigue siendo Viktor.

—Lo encontraremos.

—No.

—¿No?

—Ya sabemos dónde estaba.

Montalbán se volvió.

—¿Desde cuándo?

—Desde anoche.

—Armand.

—No era importante todavía.

El comisario dejó la tiza.

—Lo odio.

—Eso es saludable.

—¿Dónde?

Delacroix sacó una nota.

—En el jardín inferior.

—Eso ya lo sabíamos.

—Con un hombre.

—También.

—Ahora sé quién.

Montalbán se acercó.

—¿Quién?

—Un representante de Costa Serena.

Silencio.

—La sociedad.

—Sí.

—La que quería las tierras de Álvaro.

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

—Lucía.

El comisario cerró los ojos.

—Naturalmente.

—Elena también ayudó.

—Peor.

—Viktor estaba negociando la financiación.

—¿Con Leandro?

—A través de él.

—Entonces el hombre del jardín...

—Quería saber si la operación seguiría adelante.

Montalbán respiró lentamente.

—Mientras Leandro estaba muerto.

—Sí.

—Y ellos no lo sabían.

—No.

—Entonces Viktor también necesitaba que Leandro siguiera vivo.

—Mucho.

El comisario volvió a la pizarra. Escribió junto a Viktor: Negocio clandestino. Después miró los demás nombres.

—Entonces todo el mundo hacía algo.

—Sí.

—Pero nada relacionado con matar a Leandro.

—Casi nada.

Montalbán volvió la cabeza.

—Marina.

—Sí.

—Ella sabía que estaba muerto.

—Sí.

—Y tenía algo que ocultar.

—Sí.

—El estuche.

—Probablemente.

El comisario soltó aire.

—Otra vez.

Delacroix permaneció sentado.

—Todavía no lo tenemos.

—Pero Andrés vio una figura con un objeto.

—Sí.

—Marina desaparece de la vista.

—Sí.

—Después el estuche no aparece.

—Sí.

—Entonces.

—Probablemente.

Montalbán cogió la tiza con más fuerza.

—Un día voy a romper algo.

—Eso también sería una forma de avanzar.

El comisario escribió junto a Marina: ¿ESTUCHE? Se alejó.

—Ahora.

Delacroix observó la pizarra.

—Ahora reconstruimos sin buscar un asesino.

Montalbán lo miró.

—¿Qué?

—Ese fue nuestro error.

—Ya sabemos quién es la principal sospechosa.

—Sí.

—Entonces.

—No quiero reconstruir los noventa segundos para demostrar que Marina es culpable.

—¿Por qué?

—Porque los noventa segundos no la hicieron culpable.

Silencio. El comisario entendió.

—Solo la ayudaron.

—Exactamente.

—Entonces quiere saber qué hizo cada uno por sí mismo.

—Sí.

—¿Para qué?

Delacroix miró los siete nombres.

—Para demostrar que no hubo una conspiración.

Montalbán soltó una risa breve.

—Eso ya lo sabemos.

—Nosotros.

—¿Y?

—Marbella no.

El comisario frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver la ciudad?

Delacroix se levantó.

—Todo.

La teoría de la conspiración tardó menos de un día en aparecer.

Nadie sabía exactamente quién la había inventado.

Eso era normal. Las mejores teorías siempre parecían no tener autor.

Según una versión, Leandro había sido eliminado por un grupo de empresarios.

Según otra, por políticos. Según una tercera, había muerto porque sabía demasiado sobre dinero extranjero.

Alguien aseguró que el apagón había sido preparado desde semanas antes.

Otro dijo que los invitados más importantes habían desaparecido de Marbella aquella misma noche.

Era falso. Pero funcionaba. Lucía llegó a la comisaría con tres rumores escritos en una libreta.

—La ciudad se está divirtiendo.

Montalbán la miró.

—No.

—Sí.

—Un hombre ha muerto.

—Precisamente.

Delacroix observó.

—¿Qué dicen?

Lucía leyó.

—Que Leandro tenía una lista.

—Probable.

—Que esa lista contenía nombres.

—También probable.

—Que media fiesta se puso de acuerdo para recuperarla.

—Falso.

—¿Seguro?

—Sí.

Lucía levantó la vista.

—¿Cómo?

Delacroix señaló la pizarra. Ella leyó.

—Eso parece peor.

—Lo es.

—Álvaro, Gabriel, Viktor, Marina.

—Sí.

—Todos ocultando algo.

—Sí.

—¿Y no trabajaban juntos?

—No.

Lucía sonrió sin humor.

—Eso va a ser difícil de vender.

—No estamos vendiendo nada.

—Marbella sí.

Montalbán se cruzó de brazos.

—No publicará esto.

—No pensaba.

Delacroix la miró.

—Miente.

—Todavía.

—Mejor.

Lucía se acercó a la pizarra.

—Entonces, ¿qué hizo exactamente cada uno?

Montalbán soltó aire.

—Eso estamos intentando reconstruir.

—Excelente. Me quedaré.

—No.

—Ya estoy.

El comisario cerró los ojos. Delacroix sonrió apenas. Álvaro llegó primero. No protestó. Eso resultó sospechoso.

—Estoy cansado —explicó.

—Eso parece sano —dijo Delacroix.

—No empiece.

Montalbán señaló la pizarra. Álvaro leyó.

—¿Por qué está mi nombre primero?

—Porque apagó la casa —dijo el comisario.

—Justo.

Se sentó.

—Otra vez.

Delacroix lo observó.

—Esta vez no quiero saber por qué cortó la luz.

—Bien.

—Quiero saber qué esperaba encontrar.

Álvaro miró hacia la ventana.

—Ya lo dije.

—No todo.

—Sí.

—No.

El heredero cerró los ojos.

—La carpeta azul.

—Y.

—Mis pagarés.

—Y.

Álvaro permaneció en silencio. Delacroix esperó.

—Cartas.

—De su padre.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería saber qué sabía Leandro.

—¿Sobre los Roldán?

Silencio.

—Sí.

Lucía levantó la cabeza. Montalbán miró al heredero. Álvaro continuó.

—Después de oír aquel apellido años atrás, no volví a pensarlo. Hasta que Leandro empezó a preguntar por documentos de mi padre.

—Entonces recordó.

—Sí.

—Y quiso buscar.

—Sí.

—¿Para proteger a su madre?

Álvaro soltó una risa amarga.

—En parte.

—¿Y la otra?

—A mí.

—¿Cómo?

—Si mi padre había utilizado sociedades para operaciones ilegales y yo había firmado después documentos relacionados con esas propiedades, podía quedar implicado.

—Aunque no supiera.

—Eso no siempre importa.

Delacroix asintió.

—Entonces durante el apagón no estaba intentando encontrar algo para matar a Leandro.

—No.

—Estaba intentando encontrar algo para salvarse.

—Sí.

—¿Y encontró?

Álvaro dudó.

—No.

—Nada.

—Una carta.

Silencio. Montalbán se acercó.

—¿Qué carta?

Álvaro cerró los ojos.

—No me la llevé.

—Eso no responde.

—Estaba en un cajón.

—¿De quién?

—De Leandro a mi padre.

Delacroix observó.

—¿Fecha?

—Antigua.

—¿Roldán?

—Sí.

Lucía no se movió.

—¿Qué decía?

Álvaro respiró.

—Que las propiedades debían pasar antes de que «la situación sentimental» complicara la operación.

Silencio. Montalbán frunció el ceño.

—¿Situación sentimental?

—El incendio.

Delacroix comprendió. Leandro llamando sentimental a la muerte de un joven. No había mejor manera de explicar quién era.

—¿Por qué no se la llevó?

Álvaro miró al suelo.

—Escuché pasos.

—Andrés.

—Puede.

Delacroix no corrigió.

—¿Y la dejó?

—Sí.

—¿Dónde está ahora?

—No sé.

—¿Montalbán la encontró?

El comisario negó.

—No.

Delacroix miró a Álvaro.

—Entonces alguien la retiró después.

—Yo no.

—Eso dice.

—Armand.

—Sí.

—Ya ha decidido que no maté a Leandro.

—No significa que haya empezado a confiar.

Álvaro sonrió sin humor.

—Eso sería demasiado.

Montalbán no señaló todavía la salida.

—Antes de que se vaya, la cuña.

Álvaro dejó de sonreír.

—¿Qué cuña?

—La que bloqueó el sistema auxiliar durante noventa segundos —dijo el comisario—. Llevamos tres días buscando a una segunda persona.

Álvaro miró a Delacroix.

—No había ninguna.

El silencio cambió.

—La puse yo.

Lucía dejó la libreta sobre la mesa. Montalbán no se movió.

—Nos dijo que esperaba que el sistema auxiliar entrara inmediatamente.

—Mentí.

—Eso ya lo habíamos notado —dijo Delacroix.

Álvaro soltó aire.

—Necesitaba tiempo. Un minuto, quizá algo más. Sabía que el auxiliar podía devolver la luz antes de que llegara al despacho, así que coloqué la cuña cuando fui al cuadro.

—¿Por qué no lo admitió? —preguntó Montalbán.

Álvaro miró hacia la pizarra.

—Porque, cuando apareció un muerto, reconocer que yo había preparado también la duración del apagón hacía que pareciera que había organizado cada segundo.

Delacroix asintió.

—Así que no hubo un segundo plan.

—No.

—Ni otra persona que supiera que la casa iba a quedar a oscuras.

—No.

Montalbán sostuvo su mirada durante unos segundos. Montalbán señaló la puerta.

—Puede irse.

El heredero se levantó. Antes de salir, miró la pizarra.

—¿Quién sigue?

—Gabriel.

Álvaro sonrió.

—Entonces sí me quedaría.

—No.

—Qué pena.

Salió. Lucía miró a Delacroix.

—Esa carta.

—Sí.

—Si desapareció durante el apagón...

—Puede estar en la carpeta negra de Gabriel.

Montalbán se volvió.

—¿La revisó completa?

—No.

—¿Por qué?

—Porque era larga.

—Armand.

—Y porque sabía que volveríamos a Gabriel.

El comisario cerró los ojos.

—Naturalmente.

Gabriel no llevó la carpeta negra. Eso molestó a Montalbán.

—La necesito.

—No.