Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 17 — Antes de las luces #4
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CAPÍTULO 17 — Antes de las luces #4

—Que si algo le ocurría, la carpeta me destruiría.

Montalbán se quedó inmóvil. Beatriz cerró los ojos. Delacroix no.

—¿Cómo?

—Había añadido documentos.

—¿Qué clase?

—Movimientos de cuentas.

—Falsos.

—Sí.

—A su nombre.

—Sí.

—Entonces preparaba una acusación.

—Sí.

—¿Por qué llevar la carpeta a Villa Almenara?

—Porque quería dejarla donde pudiera aparecer.

Silencio. Delacroix pensó. Leandro había estado reorganizando poder. No confesando. No arrepintiéndose. Protegiéndose. Atacando. Hasta el final.

—¿Eso fue lo que discutieron la noche de la fiesta?

Marina no respondió. La pregunta estaba demasiado cerca.

—No.

Delacroix sostuvo la mirada.

—Miente.

—No.

—La vio con la carpeta azul después de Sofía.

Silencio.

—Leandro se la entregó.

—No.

—¿La tomó?

—No.

—¿Entonces?

Marina miró la carpeta sobre el escritorio.

—La encontré en el pasillo.

Montalbán soltó aire.

—¿Encontró una carpeta que Leandro había sacado del despacho?

—Sí.

—¿Y no dijo nada?

—No.

—¿Por qué?

—Porque sabía qué era.

Delacroix observó.

—¿La abrió?

—Sí.

—¿Allí?

—Sí.

—¿Qué vio?

—Los documentos falsos.

—¿Y?

Marina cerró los ojos.

—Comprendí que iba a destruirme.

Silencio.

—¿Dónde estaba Leandro?

—En la biblioteca.

—¿Vivo?

—Sí.

Delacroix no se movió.

—¿Habló con él después?

—Sí.

—¿Cuándo?

Marina abrió los ojos.

—Antes de Gabriel.

Delacroix quedó inmóvil. Montalbán también. La cronología acababa de cambiar otra vez.

—Antes.

—Sí.

—Entonces su supuesta conversación en la terraza...

Marina guardó silencio. No hacía falta.

—No ocurrió.

Silencio. Beatriz cerró los ojos. Montalbán se acercó un paso.

—Señora Roldán.

Ella levantó una mano. No hacia él. Hacia el aire. Como si necesitara un segundo.

—No ocurrió.

La frase fue baja. Pero suficiente. Delacroix sintió que todo el caso, por fin, perdía su última falsa columna.

—Entonces mintió.

—Sí.

—Desde el principio.

—Sí.

—Dijo que Leandro estaba vivo después de Gabriel.

—Sí.

—¿Por qué?

Marina lo miró. La respuesta tardó.

—Porque cuando lo encontré después...

Se detuvo. Delacroix no se movió.

—¿Qué?

—Ya estaba muerto.

Silencio. Montalbán respiró. Beatriz se sentó. La frase quedó suspendida. Por fin.

—¿Cuándo lo encontró? —preguntó Delacroix.

Marina miró hacia la puerta. Como si viera la terraza.

—Antes del apagón.

—¿Cuánto antes?

—No sé.

—Cinco minutos.

—Quizá.

—¿Estaba sola?

Silencio.

—Sí.

—¿Qué hizo?

Marina cerró los ojos.

—Nada.

Delacroix la observó.

—No.

La mujer abrió los ojos.

—¿Qué?

—No hizo nada no es una respuesta.

Silencio.

—¿Estaba muerto cuando llegó?

Marina no respondió. Aquello fue diferente. Montalbán lo vio. Delacroix también.

—Marina.

—No sé.

—Sí.

—No sé.

—¿Respiraba?

Silencio.

—¿Estaba consciente?

Nada.

—¿Le habló?

Marina cerró los ojos. La respiración se quebró. Muy poco.

—Sí.

Delacroix permaneció inmóvil.

—¿Qué dijo?

La mujer no respondió.

—¿Qué dijo Leandro?

Silencio. Montalbán se acercó.

—Señora Roldán.

Marina abrió los ojos. Por primera vez no había control. No del todo.

—Pidió ayuda.

Nadie habló. La frase fue más fuerte que cualquier acusación. Delacroix sintió que el caso acababa de cruzar una frontera.

—¿Estaba vivo? —preguntó.

Marina cerró los ojos.

—Sí.

Silencio. Montalbán bajó la mirada. Beatriz empezó a llorar sin ruido. Delacroix no se movió.

—Entonces sí hubo una última conversación.

Marina abrió los ojos.

—Sí.

—Pero no la que contó.

—No.

—¿Qué dijo?

La mujer miró hacia la carpeta.

—Mi nombre.

—¿Algo más?

—Que llamara a Emilio.

Silencio. Cervera. El médico. La ayuda.

—¿Y usted?

Marina no respondió. Delacroix ya sabía. No todo. Pero suficiente.

—No llamó.

—No.

La palabra fue casi inaudible. Montalbán cerró los ojos. Beatriz se llevó ambas manos al rostro. Delacroix miró a Marina. No con triunfo. No había ninguno.

—¿Por qué?

La mujer sostuvo su mirada.

—Todavía no.

Delacroix permaneció quieto. La frase era suya. En otra boca sonó distinta.

—No.

Marina respiró.

—No voy a decirlo ahora.

Montalbán dio un paso.

—Señora Roldán.

Delacroix levantó una mano. El comisario lo miró.

—No.

—Ha admitido...

—Que mintió.

—Y que lo dejó sin ayuda.

—Sí.

—Eso basta para...

—No sabemos aún qué hizo con la medicación.

Marina lo miró. Demasiado rápido. Montalbán lo vio. Delacroix también.

—Pero usted sí —dijo el detective.

Silencio. Marina no respondió. La habitación quedó inmóvil. Delacroix miró la carpeta azul. Después a la mujer.

—El apagón ocurrió después.

—Sí.

—Usted ya sabía que Leandro estaba muerto.

—Sí.

—Y entonces alguien salió por la puerta lateral con un objeto.

Nada.

—¿El estuche?

Marina cerró los ojos. No respondió. Eso también era una respuesta. Montalbán habló.

—No se va.

La mujer abrió los ojos.

—¿Estoy detenida?

—Sí.

Silencio. Beatriz levantó la cabeza. Marina no protestó. Eso fue peor. Delacroix observó al comisario. Montalbán sostuvo la decisión.

—Por obstrucción, alteración de la investigación y ocultación de información esencial. El resto dependerá de lo que encontremos.

Marina sonrió sin humor.

—El resto.

—Sí.

Ella miró a Delacroix.

—Todavía no puede demostrar que lo maté.

—No.

—Entonces.

—Pero ahora sé que estaba allí cuando murió.

Silencio. Marina apartó la vista. Montalbán llamó a un agente. No hubo esposas. No todavía. La mujer caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo. Volvió la cabeza.

—Monsieur Delacroix.

—¿Sí?

—No fue el apagón.

—Lo sé.

Marina lo miró durante un segundo.

—Eso era lo único que quería que supiera.

Delacroix sostuvo la mirada.

—No.

Ella frunció el ceño.

—¿No?

—Eso era lo único que necesitaba que creyéramos.

Silencio. Marina salió. La noticia no salió de Villa Almenara. Todavía. Montalbán se ocupó personalmente. Lucía recibió una llamada de Delacroix antes de que pudiera enterarse por otro lado.

—No publique.

—Eso significa que sí pasó algo.

—Marina está detenida.

Silencio.

—¿Por asesinato?

—No todavía.

—Armand.

—Mintió sobre la última conversación.

—Eso ya lo sabíamos.

—Ahora lo admitió.

Silencio.

—¿Y?

Delacroix miró hacia la terraza.

—Encontró a Leandro vivo antes del apagón.

—¿Vivo?

—Sí.

—Entonces la hora...

—Murió minutos después.

—¿Ella estaba?

—Sí.

Lucía guardó silencio.

—¿Qué hizo?

—No llamó a Cervera.

La periodista dejó escapar aire.

—Dios.

—Sí.

—¿Leandro pidió ayuda?

Delacroix no respondió. Lucía comprendió.

—Sí.

Silencio.

—Entonces lo dejó morir.

—Sí.

—¿Y la medicación?

—Todavía no.

—Armand.

—No tenemos el estuche.

—Pero.

—Todavía no.

La periodista soltó aire.

—Esta vez entiendo la palabra.

—Bien.

—No le queda bien.

Delacroix sonrió apenas. Colgó. Volvió a la terraza.

La silla estaba vacía. El mar seguía allí.

Todo parecía igual. Nada lo era. Durante días habían buscado un asesinato dentro de noventa segundos de oscuridad.

Ahora sabían que Leandro había muerto antes.

Sabían que Marina había mentido para mover la hora.

Sabían que lo había encontrado todavía vivo.

Sabían que había pedido ayuda. Y sabían que ella no la había pedido.

Pero todavía faltaba la diferencia esencial entre dejar morir y haber preparado la muerte.

La medicación. El frasco. El estuche. El objeto retirado.

La premeditación. Montalbán apareció detrás.

—La interrogaré esta noche.

Delacroix no se volvió.

—No confesará.

—Ya ha confesado bastante.

—No lo esencial.

—¿Qué es lo esencial?

Delacroix miró la silla.

—Cuándo decidió.

El comisario permaneció en silencio.

—¿Antes de la fiesta? —preguntó.

—Sí.

—¿Al ver la carpeta?

—Puede.

—¿Al encontrarlo muriendo?

—También.

—Entonces la diferencia es enorme.

—Exactamente.

Montalbán se apoyó en el marco de la puerta.

—¿Cree que alteró la medicación?

Delacroix miró hacia el mar.

—Sí.

El comisario guardó silencio.

—Otra vez sin quizá.

—Sí.

—¿Por qué?

Delacroix pensó en todo. Acceso. Conocimiento. El frasco distinto. Las molestias previas. La amenaza. Las cartas. El miedo de Leandro. La mentira de la hora. El estuche desaparecido. La oportunidad accidental del apagón. Y, finalmente, la ausencia de ayuda.

—Porque ya no necesito una historia que la convierta en culpable.

Montalbán frunció el ceño.

—No entiendo.

Delacroix volvió la cabeza.

—La historia ya estaba ahí antes de que empezáramos a buscarla.

Silencio.

—¿Y la prueba?

—Todavía falta.

Montalbán cerró los ojos.

—Naturalmente.

Delacroix sonrió apenas.

—Pero ahora sabemos dónde mirar.

El comisario observó la terraza.

—Antes de las luces.

—Sí.

—Todo ocurrió antes.

—Casi todo.

—¿Qué quedó después?

Delacroix pensó en los noventa segundos. Álvaro entrando en el despacho. Gabriel retirando una carpeta. Sofía ocultando su llanto. Viktor reuniéndose con alguien. Andrés viendo una figura. Marina aprovechando la oscuridad. Todos. Cada uno protegiendo algo.

—Las mentiras.

Montalbán guardó silencio. Delacroix volvió a mirar el mar.

Villa Almenara había quedado a oscuras durante noventa segundos.

Y durante tres días todos habían creído que aquella oscuridad contenía el asesinato.

Ahora sabían la verdad. Cuando se apagaron las luces, Leandro Varela ya no necesitaba ver nada.

Ya no podía hablar. Ya no podía pedir ayuda.

Ya no podía señalar a nadie. El crimen había terminado.

Lo que empezó en la oscuridad fue otra cosa.

Ciento veinte personas intentando salvarse de secretos que no tenían relación con la muerte.

Álvaro corriendo hacia un despacho. Gabriel recuperando documentos.

Sofía escondiendo una conversación. Viktor protegiendo negocios.

Andrés aceptando dinero. Marina retirando algo que no debía quedar junto al cuerpo.

Nadie había conspirado. Nadie había trabajado junto.

Y, sin embargo, todos habían contribuido a destruir la verdad. Delacroix permaneció frente al mar. Por fin podía decirlo sin dudas. Leandro Varela había muerto antes de las luces. El apagón no había ocultado el asesinato. Había ocultado a todos los demás.