CAPÍTULO 17 — Antes de las luces #3
Lucía apoyó las manos sobre la mesa.
—Eso la convierte en la única persona que sostiene una mentira necesaria.
Delacroix la miró.
—Eso es.
—Porque sin esa conversación, la muerte se desplaza antes.
—Sí.
—Y si sabía que estaba muerto...
—Tenía que construir una hora posterior.
—Exactamente.
Montalbán observó a ambos.
—Me alegra que disfruten.
Lucía lo miró.
—No.
Delacroix sonrió apenas.
—Está aprendiendo.
La periodista no respondió.
—¿Qué más? —preguntó.
Delacroix señaló la carpeta.
—Leandro podía haber tomado la medicación alterada antes de la fiesta.
—¿Cuánto antes?
—Poco.
—Entonces quien la manipuló no necesitaba el apagón.
—No.
—Ni siquiera la terraza.
—No.
—Solo acceso.
—Sí.
Lucía miró hacia la ventana.
—Marina.
Delacroix guardó silencio. La periodista volvió.
—¿Por qué sigue resistiéndose?
—Porque el caso quiere que sea ella.
—¿Y?
—Eso siempre me preocupa.
—Armand.
—Sí.
—A veces la persona que encaja es la persona.
Delacroix la observó.
—Sí.
Aquello la sorprendió.
—Entonces.
—Todavía necesito saber qué ocurrió en la terraza.
—¿No basta con la medicación?
—No.
—¿Por qué?
Delacroix pensó en Marina. En su pregunta. ¿Y si lo hubiera hecho? ¿Cambiaría algo saber por qué? En Leandro pidiendo ayuda. Todavía no demostrado. Todavía no conocido.
—Porque matar puede empezar mucho antes de que una persona muera.
Lucía frunció el ceño.
—No entiendo.
—La medicación pudo iniciar la crisis.
—Sí.
—Pero todavía no sabemos si alguien pudo salvarlo.
Silencio. Montalbán lo miró.
—¿Cree que pidió ayuda?
—No lo sé.
—Marina dijo que quería estar solo.
—Exactamente.
—Si la conversación es falsa...
—No sabemos qué dijo realmente.
Cervera, que había permanecido callado, habló.
—Una crisis de ese tipo puede dar tiempo.
Todos lo miraron.
—¿Cuánto? —preguntó Lucía.
—No puedo saberlo.
—Pero.
—Podía sentirse muy mal y seguir consciente.
—¿Pedir ayuda?
—Sí.
Delacroix observó. La pieza estaba ahí. Aún sin forma.
—Entonces el asesinato no termina al alterar el frasco —dijo.
Cervera guardó silencio.
—No necesariamente.
Lucía miró a Delacroix.
—¿Cree que alguien lo dejó morir?
El detective no respondió. Todavía no. Pero la pregunta había llegado.
A primera hora de la tarde, Montalbán ordenó una nueva inspección de Villa Almenara.
Esta vez no buscaban el lugar del asesinato.
Buscaban lo que alguien había hecho después.
El apagón. La puerta lateral. Los recorridos.
Los objetos. Delacroix caminó con Andrés por el corredor.
El muchacho parecía cansado de recordar.
—Otra vez —dijo.
—Sí.
—Voy a empezar a soñar con esta casa.
—Eso sería imprudente.
Andrés no sonrió. Se detuvieron en la puerta lateral.
—Aquí.
—Sí.
—Vio salir la figura.
—Sí.
—Algo brillante en la mano.
—Creo.
—No piense en el estuche.
—Bien.
—Ni en Marina.
—Bien.
—Ni en Sofía.
—Bien.
—¿Podía ser una llave?
Andrés frunció el ceño.
—Puede.
Delacroix lo miró. El joven cerró los ojos.
—No sé.
—Mejor.
Montalbán soltó aire detrás. Delacroix continuó.
—¿El objeto era pequeño?
—Sí.
—¿Metálico?
—Parecía.
—¿Podía ser un cierre?
—No sé.
—¿Un frasco de vidrio reflejando luz?
Andrés se quedó quieto.
—Puede.
Delacroix no lo corrigió. El muchacho seguía pensando.
—Había algo redondo.
Montalbán se acercó.
—¿Redondo?
—Creo.
—¿Una tapa?
Andrés cerró los ojos.
—No sé.
Delacroix observó.
—No importa.
El joven lo miró.
—Entonces por qué seguimos.
—Porque a veces una memoria no devuelve un objeto.
—¿Entonces?
—Devuelve una forma.
Andrés no parecía convencido. Siguieron.
Desde aquella puerta se podía llegar al jardín, a la zona de servicio y, por otro corredor, a la biblioteca.
Durante el apagón, una persona podía moverse.
Retirar algo. Entrar o salir. Pero si Leandro ya estaba muerto, la pregunta cambiaba.
¿Qué necesitaba ocultar? Montalbán se detuvo.
—El estuche.
—Quizá.
—Armand.
—Sí.
—Ahora sí.
Delacroix lo miró.
—Ahora sí qué.
—Ahora sí creo que era el estuche.
—¿Por qué?
—Porque la medicación estaba alterada.
—Eso aumenta la importancia.
—Y desapareció.
—Sí.
—Y alguien salió durante el apagón con un objeto.
—Sí.
—Entonces.
—Puede ser.
Montalbán cerró los ojos.
—Lo odio.
—Es saludable.
Andrés los miró.
—No sé cómo trabajan juntos.
Los dos respondieron al mismo tiempo.
—No trabajamos juntos.
Silencio. Andrés sonrió por primera vez.
—Claro.
Delacroix siguió caminando. La figura del apagón podía haber retirado el estuche.
O algo distinto. Pero incluso si había sido Marina, aquello ya no demostraba que hubiera aprovechado la oscuridad para matar.
Demostraba que pudo utilizarla para borrar.
Eso era más coherente. Y más peligroso. Porque explicaba por qué el apagón había parecido tan perfecto sin haber sido planeado por el asesino.
Simplemente había ocurrido. Y alguien había sabido aprovecharlo.
Marina no estaba en su oficina. Tampoco en su casa.
Montalbán la buscó oficialmente. No como sospechosa detenida.
Como persona a la que necesitaban localizar.
Delacroix recibió la noticia a las seis de la tarde. Estaba en el hotel. Lucía frente a él.
—No está.
—¿Desde cuándo?
—Esta mañana.
—¿Ha huido?
—No.
—Eso parece.
—No.
Lucía lo miró.
—Armand.
—Dejó ropa.
—Eso no significa nada.
—Su automóvil está en casa.
—Tampoco.
—No ha sacado dinero.
—Puede llevar efectivo.
—No lo sabemos.
—Exactamente.
Lucía cerró los ojos.
—Empiezo a entender por qué Montalbán parece siempre cansado.
—Es saludable.
—No.
El teléfono sonó. Delacroix respondió. Montalbán.
—La encontramos.
—¿Dónde?
—Villa Almenara.
Delacroix se quedó inmóvil.
—¿Qué hace allí?
—No lo sé.
—¿Con Beatriz?
—No.
—¿Entonces?
Silencio.
—En el despacho de Eugenio.
Delacroix dejó el auricular. Lucía lo miró.
—¿Qué?
—La carpeta azul.
—¿La tiene?
—Todavía no lo sé.
Se levantó. Marina estaba sentada en el despacho cuando llegaron.
No parecía una fugitiva. Eso fue lo primero.
Parecía una mujer que había vuelto a un lugar porque sabía que ya no tenía sentido fingir que no importaba.
Beatriz estaba en la puerta. Montalbán dentro.
Sobre el escritorio había una carpeta azul. Delacroix se detuvo. Marina lo miró.
—Por fin.
—¿Qué?
—Ha llegado.
—Eso parece.
Nadie sonrió. Montalbán señaló la carpeta.
—La encontramos en un compartimento del escritorio.
Delacroix miró a Marina.
—¿La estaba buscando?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quería verla otra vez.
—¿Otra vez?
Silencio. Montalbán se movió. Beatriz cerró los ojos. Marina respondió.
—Sí.
Delacroix entró.
—Entonces la conocía.
—Sí.
—La había leído.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace meses.
—¿Cuántos?
—Cuatro.
—Antes de consultar los archivos.
—Sí.
Delacroix observó. Eso cambiaba el orden.
—Entonces la carpeta fue el inicio.
—Sí.
—No los archivos.
—No.
—¿Cómo la encontró?
Marina miró a Beatriz.
—Buscando otra cosa.
—¿Qué?
—Una escritura.
—¿Para Leandro?
—Sí.
—¿Entró aquí con permiso?
Beatriz respondió.
—Sí.
Delacroix miró.
—¿Y encontró la carpeta?
—Sí.
—¿La abrió?
—Sí.
—¿Por qué?
Marina soltó una risa sin humor.
—Porque llevaba catorce años trabajando con un hombre que me enseñó que las carpetas cerradas son las únicas que importan.
Silencio. Aquello sonaba a Leandro.
—¿Qué leyó?
Marina miró la carpeta.
—Todo.
—¿Entonces supo que Leandro estaba implicado?
—Sí.
—¿Y Eugenio?
—Sí.
Beatriz bajó la mirada.
—¿Se llevó algo?
—Copias.
—¿Leandro lo descubrió?
Marina no respondió. Delacroix se acercó.
—Sí.
—No inmediatamente.
—¿Cuándo?
—Hace seis semanas.
—La misma época en que consultó archivos.
—Sí.
—¿Cómo lo supo?
—Preguntó por una carta que faltaba.
—¿La tenía usted?
—Una copia.
—¿Y el original?
Marina guardó silencio.
—Marina.
—Lo escondí.
—¿Dónde?
—No importa.
—Sí.
—Ya no.
—¿Por qué?
La mujer levantó la vista.
—Porque lo quemé.
Silencio. Montalbán dio un paso.
—¿Cuándo?
—Después de leerlo.
—¿Qué decía?
Marina miró a Delacroix.
—Lo suficiente.
—No.
—Sí.
—¿Leandro le preguntó?
—Sí.
—¿Lo confrontó?
Silencio. La mentira anterior cayó sin necesidad de más.
—Sí.
Beatriz cerró los ojos. Montalbán respiró lentamente. Delacroix permaneció inmóvil.
—¿Cuándo?
—Hace cinco semanas.
—¿Dónde?
—En su oficina.
—¿Qué ocurrió?
Marina miró hacia la ventana.
—Le pregunté si conocía a mi padre.
—¿Qué dijo?
—Que sí.
—¿Admitió las operaciones?
—Parte.
—¿El fraude?
—No lo llamó así.
—Naturalmente.
—Dijo que mi padre había aceptado los préstamos.
—¿Y usted?
—Le pregunté si sabía que no podría pagarlos.
—¿Qué respondió?
Silencio. Marina cerró los ojos.
—Que todos aceptaban riesgos.
Delacroix no habló.
—Le pregunté por Javier.
La voz cambió. Muy poco.
—¿Y?
—Dijo que el incendio había sido una desgracia.
—¿Le creyó?
—No.
—¿Tenía pruebas?
—No.
—¿Entonces?
—Le pregunté por qué había continuado después.
Silencio.
—¿Qué dijo?
Marina abrió los ojos.
—Que los negocios no se detenían porque alguien tuviera mala suerte.
Beatriz se llevó una mano a la boca. Montalbán bajó la mirada. Delacroix permaneció quieto. No necesitaba convertir a Leandro en un monstruo. Él mismo se había ocupado.
—¿Qué hizo después? —preguntó.
—Me fui.
—¿Leandro la amenazó?
Marina no respondió.
—Sí.
—No entonces.
—¿Cuándo?
—Días después.
—¿Qué dijo?
—Que había detectado irregularidades en sus cuentas.
Montalbán levantó la cabeza.
—¿Qué irregularidades?
—Ninguna.
—Entonces.
—Podía fabricarlas.
Silencio. Delacroix observó.
—Quería convertirla en culpable.
—Sí.
—¿De qué?
—De dinero. Documentos. Operaciones.
—Todo lo que usted administraba.
—Sí.
—Y si hablaba.
—Él hablaría primero.
Montalbán miró a Delacroix. Ahí estaba la amenaza. El motivo inmediato. No solo el pasado. El presente.
—¿Eso ocurrió cuándo? —preguntó.
—Hace tres semanas.
—¿Y después?
—Leandro empezó a apartarme.
—Documentos.
—Sí.
—Gabriel.
—Sí.
—La carpeta azul.
—Sí.
—¿Sabía que la había sacado el día de la fiesta?
Marina miró la carpeta.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me la mostró.
Silencio. Delacroix sintió que el aire cambiaba.
—¿Cuándo?
—Antes de la fiesta.
—¿Dónde?
—En su oficina.
—¿Qué dijo?
Marina levantó la vista.