CAPÍTULO 17 — Antes de las luces #2
La palabra quedó. Por primera vez sin quizá.
Sin todavía. Sin una salida cómoda. Leandro Varela ya estaba muerto cuando Villa Almenara quedó a oscuras.
Montalbán se sentó. Cervera miró hacia la ventana.
Delacroix permaneció de pie. Nadie parecía satisfecho.
Eso también era importante. Las respuestas reales rara vez tenían la cortesía de resultar agradables.
—Dios —dijo Cervera.
Delacroix no comentó. El médico lo miró.
—Gracias.
—Por nada.
Montalbán abrió una carpeta nueva.
—Entonces tenemos que rehacer todo.
—Sí.
—Álvaro.
—Su apagón no mató a Leandro.
—No.
—Pero manipuló la escena indirectamente.
—Sin saberlo.
—Gabriel.
—Retiró documentos durante la oscuridad.
—Sí.
—Sofía.
—Ocultó su posición.
—Sí.
—Viktor.
—No sabemos todavía qué hizo.
—Julián.
—También.
—Marina.
Delacroix no respondió. Montalbán lo miró.
—Ahora sí.
—Ahora más.
—¿Por qué más?
—Porque si Leandro ya estaba muerto, su conversación no es un error.
Silencio.
—Es una decisión.
Cervera se volvió. Montalbán quedó inmóvil. Delacroix continuó.
—No confundió cinco minutos.
—No.
—No recordó mal.
—No.
—No se equivocó con la hora.
—No.
—Inventó vida donde ya no la había.
Montalbán cerró lentamente la carpeta.
—Eso significa que sabía.
—Sí.
—Que estaba muerto.
—Sí.
—Porque lo vio.
—O porque estaba allí.
El silencio se hizo más profundo. Cervera bajó la vista.
—Armand.
—Sí.
—No sabemos que estuviera con él cuando murió.
—No.
—Entonces.
—Pero sabemos que construyó una conversación después.
—Si podemos demostrar que era falsa.
—La medicina acaba de convertirla en innecesaria.
—No falsa.
Delacroix observó al médico.
—Tiene razón.
Cervera parecía sorprendido. Montalbán también.
—No podemos decir todavía que sea imposible.
—Exactamente.
—Entonces.
Delacroix miró hacia la caja pequeña.
—Por eso necesitamos el frasco.
Montalbán soltó aire.
—No está.
—No.
—Lo hemos buscado.
—No suficiente.
—¿Dónde?
Delacroix pensó. Marina. La oficina. Villa Almenara. El trayecto. La figura del apagón. Andrés viendo objetos distintos. La carpeta azul. La mano. Algo pequeño.
—No lo sé.
Montalbán cerró los ojos.
—Otra vez.
—Sí.
—¿Y qué propone?
Delacroix miró a Cervera.
—Dígame cómo sería.
—¿Qué?
—La sustitución.
El médico se tensó.
—No voy a explicarle cómo matar a alguien.
—No se lo he pedido.
—Entonces.
—¿Necesitaba conservar el frasco original?
Cervera pensó.
—No necesariamente.
—¿Y el alterado?
—Tampoco.
—¿Podía cambiar solo el contenido?
—Sí.
—¿Podía reemplazar un envase y después retirarlo?
—Sí.
—¿Podía volver a dejar un estuche vacío?
—Sí.
—Pero el estuche desapareció.
—Sí.
Delacroix observó.
—Entonces no solo ocultaron el contenido.
—No.
—Ocultaron la posibilidad de comparar.
—Exactamente.
Montalbán se inclinó.
—Eso requiere que alguien supiera que el frasco era importante.
—Sí.
—La persona que lo manipuló.
—Sí.
—O alguien que lo descubrió después.
—También.
Delacroix pensó en Leandro preguntando si lo habían cambiado. Tal vez había notado algo. Tal vez no lo suficiente.
—¿Podía haber comprendido que la medicación estaba mal? —preguntó.
Cervera asintió.
—Podía sospechar.
—¿Por el aspecto?
—Sí.
—¿Por cómo se sintió?
—También.
—Entonces quizá supo que algo no encajaba antes de morir.
Silencio. Montalbán miró al detective.
—Eso explicaría por qué quería hablar con usted.
Delacroix no respondió. Leandro había dicho que quería enseñarle documentos. Había empezado a desconfiar. Había dicho que algunas personas tardaban años en descubrir lo que uno les había hecho. Quizá también había empezado a comprender que alguien había hecho algo contra él. Demasiado tarde.
—¿La alteración podía haber empezado antes de la fiesta? —preguntó.
Cervera pensó.
—Sí.
—Leandro dijo que últimamente la medicación le sentaba peor.
El médico quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Durante la fiesta.
—¿Exactamente?
—Algo parecido.
—Eso importa.
Montalbán lo miró.
—¿Por qué?
Cervera respondió.
—Porque si había habido manipulaciones previas, el episodio final puede no haber sido el primero.
Delacroix observó.
—Ensayo.
Cervera lo miró con dureza.
—No use esa palabra.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos.
—No.
—Podía haber sido una sustitución progresiva.
—O un error.
—Sí.
—Pero la dosis final.
—Pudo ser la decisiva.
Montalbán respiró lentamente.
—Entonces el asesinato pudo prepararse antes de Villa Almenara.
—Sí.
Delacroix se apartó de la mesa. Eso cambiaba otra cosa. El apagón no era solo innecesario. Toda la fiesta podía haber sido únicamente el lugar donde el plan terminó de actuar.
—La persona no necesitaba saber dónde moriría.
—No —dijo Cervera.
—Solo que tomaría la medicación.
—Sí.
—Y Marina controlaba cuándo la tomaba.
Silencio. El médico no respondió. Montalbán sí.
—Sí.
Delacroix miró hacia la ventana. Demasiado claro. Otra vez. Eso seguía molestándole.
—¿Quién más podía acceder al estuche antes de la fiesta?
Cervera no sabía. Montalbán abrió notas.
—Según declaraciones, Marina. Leandro. Personal de su casa. Quizá su chófer.
—Gabriel.
—No.
—Álvaro.
—No.
—Sofía.
—No.
—Cervera.
El médico lo miró.
—No.
—Viktor.
—No sabemos.
—Julián.
—Tampoco.
Delacroix asintió.
—Entonces Marina tiene el acceso más directo.
—Sí.
—Pero no exclusivo.
—No.
—Eso importa.
Montalbán soltó aire.
—Siempre encuentra una salida.
—No.
—Sí.
—Encuentro una duda.
—Es peor.
Delacroix miró al comisario.
—Todavía falta algo.
Montalbán cerró los ojos.
—Naturalmente.
—La figura del apagón.
—Andrés no sabe quién era.
—No.
—Podía ser Sofía.
—Sí.
—Marina.
—Sí.
—Otra persona.
—Sí.
—Entonces.
—Si Leandro ya estaba muerto, ¿qué hacía esa figura?
Silencio. Cervera miró a Delacroix. Montalbán también.
—Retirar algo —dijo el comisario.
—Quizá.
—El estuche.
—Quizá.
—Entonces sí importa.
—Mucho.
—Pero no para matar.
—Para borrar.
Montalbán se levantó.
—Entonces quien salió por esa puerta durante el apagón sabía que había algo que ocultar.
—Puede.
—Armand.
—Sí.
—Deje de decir puede.
—No.
El comisario lo miró. Delacroix sonrió apenas.
—Ahora no.
Montalbán sostuvo la mirada. Después, contra toda expectativa, sonrió también. Muy poco.
—Bien.
Cervera los observó.
—Empiezan a preocuparme los dos.
—Es saludable —dijeron casi al mismo tiempo.
Silencio. Montalbán cerró los ojos. Delacroix miró al médico.
—Eso sí ha sido preocupante.
Lucía Barral llegó a la comisaría a las once. No estaba invitada. Eso no la detuvo.
—No puede estar aquí —dijo Montalbán.
—Ya estoy.
Delacroix la miró.
—Empieza a parecerse a mí.
—No me insulte.
Montalbán se pasó una mano por el rostro.
—¿Quién la llamó?
Lucía miró a Delacroix.
—Nadie.
El detective sostuvo la mirada. Ella sonrió apenas.
—Elena.
—¿Elena sabe?
—Elena sabe cuando alguien importante entra en una comisaría temprano.
Montalbán cerró los ojos.
—Esta ciudad.
—Sí —dijo Delacroix.
Lucía dejó una carpeta sobre la mesa.
—Tengo algo.
—Nosotros también —dijo Montalbán.
—Entonces empiece usted.
—No.
—Perfecto.
Delacroix la miró.
—No le queda bien.
—Cada vez mejor.
Lucía abrió la carpeta.
—He encontrado el nombre del abogado que representaba a las sociedades en las operaciones Roldán.
—Ya lo teníamos.
—No esto.
Sacó una copia.
—Trabajó con Leandro antes.
Delacroix se inclinó.
—¿Cuánto antes?
—Dos años.
—Entonces la conexión existe.
—Sí.
—¿Prueba que Leandro diseñó las operaciones?
—No.
—Pero.
—El abogado recibió pagos de una empresa relacionada con Leandro.
—¿Oficialmente?
—No.
—Entonces.
—Una empresa intermediaria.
Delacroix observó.
—¿Fecha?
Lucía la señaló. Meses antes del primer préstamo a los Roldán. Montalbán se acercó.
—Eso es serio.
—Sí.
—¿Publicable?
—Todavía no.
Delacroix la miró.
—Está aprendiendo.
Lucía ignoró el comentario.
—Hay más.
—Siempre.
—Marina consultó estos documentos cuatro meses atrás.
—Sí.
—Pero volvió hace seis semanas.
Delacroix se quedó inmóvil.
—¿Qué buscó?
—Correspondencia privada asociada a la sociedad.
—¿Encontró?
—No sé.
—Registro.
—Firmó salida de copias.
Silencio. Montalbán levantó la vista.
—¿Copias de qué?
Lucía sacó una hoja.
—Tres cartas.
—¿De Leandro?
—Dos.
—¿La tercera?
—De Eugenio.
Delacroix observó.
—Entonces Marina no encontró solo una carta.
—No.
—Encontró un conjunto.
—Sí.
—¿Qué decían?
Lucía cerró la carpeta.
—Las copias completas ya no están disponibles.
Montalbán soltó aire.
—Otra vez.
—Pero hay un índice.
Delacroix levantó la vista. Lucía leyó.
—Correspondencia sobre renegociación de deuda. Presión a propietarios. Reordenamiento de garantías. Y una referencia a «incidente nocturno».
Silencio.
—¿El incendio? —preguntó Montalbán.
—Probablemente.
—No basta.
—No.
Delacroix observó a Lucía.
—¿Marina sabía que Leandro estaba detrás?
—Después de leer eso, difícil que no.
—Sí.
Montalbán cruzó los brazos.
—Entonces seis semanas antes de la muerte ya tenía la prueba.
Delacroix miró hacia el informe médico.
—Y Leandro empezó a mover documentos.
—Sí.
—A desconfiar.
—Sí.
—A decir que algunas personas habían descubierto demasiado.
—Sí.
Lucía observó.
—¿Qué han encontrado?
Montalbán miró a Delacroix. El detective respondió.
—Leandro fue asesinado.
La periodista se quedó inmóvil.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Cómo?
—La medicación estaba alterada.
Silencio. Lucía cerró los ojos. No dijo nada durante varios segundos.
—Marina.
—No necesariamente.
Ella abrió los ojos.
—Armand.
—Tiene acceso.
—Sí.
—Motivo.
—Sí.
—Y descubrió la verdad seis semanas antes.
—Sí.
—Entonces.
—No basta.
Lucía soltó aire.
—Nunca basta.
—Exactamente.
Montalbán intervino.
—Hay más.
La periodista lo miró.
—Murió antes del apagón.
Silencio. Lucía dejó de moverse.
—¿Qué?
—Varios minutos antes —dijo Delacroix.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces...
La comprensión llegó. Rápida.
—Todo estaba mal.
—Sí.
—Álvaro.
—No mató durante el apagón.
—Sofía.
—No.
—Gabriel.
—Tampoco.
—La figura.
—No sabemos qué hacía.
Lucía miró a Delacroix.
—Y Marina.
Silencio.
—Su conversación.
—Exactamente.
La periodista se sentó.
—Dios.
—También.
Montalbán miró a Delacroix. Él no reaccionó. Lucía pensó.
—Entonces nadie vio morir a Leandro.
—No.
—Y todos lo vieron después.
—Sí.
—Pero ya muerto.
—Sí.
—Excepto Marina.
—Según Marina.