Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 17 — Antes de las luces
65%

CAPÍTULO 17 — Antes de las luces

El cuerpo de Leandro Varela empezó a decir la verdad tres días después de morir.

No lo hizo con una revelación. Ni con una herida.

Ni con una sustancia exótica cuyo nombre pudiera convertir la investigación en algo sencillo.

Lo hizo mediante una suma de pequeñas incompatibilidades.

Delacroix desconfiaba de las grandes pruebas.

Tenían la desagradable costumbre de gustar demasiado a quien las encontraba.

Las pequeñas, en cambio, exigían paciencia, comparación y la aceptación de que una certeza podía tardar varios días en dejar de parecer una sospecha.

Montalbán lo llamó a las ocho y veinte de la mañana.

—Venga.

Delacroix estaba todavía en el hotel.

—Buenos días.

—No.

—Eso parece poco saludable.

—Cervera está aquí.

Delacroix dejó la taza.

—¿Resultados?

Silencio.

—Venga.

—Eso ya lo dijo.

—Armand.

—Media hora.

—Quince minutos.

—Veinte.

—Diez.

Delacroix sonrió.

—Empieza a negociar.

Montalbán colgó. Llegó en dieciocho. El comisario no comentó la diferencia. Eso preocupó a Delacroix más que si lo hubiera hecho. Cervera estaba en el despacho. No sentado. Caminaba. Sobre la mesa había varios informes y una caja pequeña de cartón. Delacroix se detuvo al verla.

—¿Qué es?

Montalbán señaló una silla.

—Siéntese.

—No.

El comisario lo miró.

—Naturalmente.

Cervera no sonrió. Aquello también era mala señal. Delacroix se acercó a la mesa.

—¿Qué han encontrado?

El médico apoyó ambas manos sobre el respaldo de una silla.

—No sé todavía cómo formularlo.

—Entonces empiece mal.

Cervera lo miró.

—No es un chiste.

—No.

—Leandro murió por un fallo cardíaco.

Montalbán permaneció inmóvil. Delacroix tampoco reaccionó.

—Eso ya lo sabíamos.

—No.

—¿No?

—Sabíamos que era compatible.

—¿Ahora?

—Ahora sabemos que el corazón falló.

—¿Por qué?

Cervera respiró.

—Por una alteración de su medicación.

El silencio llegó sin violencia. Eso lo hizo peor. Delacroix miró la caja.

—¿Han encontrado el estuche?

—No.

—Entonces.

El médico abrió uno de los informes.

—En sangre aparecen niveles compatibles con dos compuestos relacionados con su tratamiento habitual.

—¿Relacionados?

—Uno era el prescrito.

—¿Y el otro?

Cervera miró a Montalbán. Después a Delacroix.

—No debía estar ahí.

Delacroix no se movió.

—¿Veneno?

—No.

—¿Medicamento?

—Sí.

—¿Para qué?

—No importa exactamente.

—A mí sí.

—Armand.

—No necesito el nombre.

Cervera entendió.

—Puede alterar el ritmo cardíaco en determinadas condiciones.

—¿Por sí solo?

—No necesariamente.

—¿Combinado con su afección?

—Sí.

—¿Y con su medicación habitual?

—También.

Montalbán intervino.

—No estamos hablando de una sustancia imposible de conseguir.

—No —dijo Cervera.

—Ni de algo que una persona tenga que inyectar.

—No.

—Podía estar en una preparación.

—Sí.

Delacroix observó al médico.

—¿En el frasco?

—Podía.

—El frasco distinto.

Cervera cerró los ojos.

—Sí.

Montalbán miró a Delacroix.

—Entonces Leandro no estaba confundido.

—No necesariamente —dijo el médico—. Puede que el contenido se hubiera cambiado manteniendo un envase parecido. O el frasco podía ser otro. Sin recuperarlo, no podemos saberlo.

—Pero algo estaba alterado.

—Sí.

—¿De forma accidental?

Cervera tardó.

—Muy improbable.

Delacroix se apoyó en la mesa.

—Eso significa deliberado.

—Eso significa que no puedo explicar la combinación como parte de su tratamiento normal.

—¿Alguien pudo equivocarse?

—Tendría que haber sido una equivocación muy específica.

—Entonces no.

El médico guardó silencio. Montalbán habló.

—Tenemos una muerte provocada.

La frase permaneció en el despacho. No un fallo cardíaco. No una posibilidad. Una muerte provocada. Delacroix miró los informes.

—¿Cuándo tomó la medicación alterada?

Cervera soltó aire.

—Ahí está el problema.

—Siempre.

—No puedo fijarlo con precisión.

—¿Antes de hablar con Sofía?

—Probablemente.

—¿Antes de Gabriel?

—Sí.

—¿Cuánto antes de morir?

—Podían pasar minutos.

—¿Muchos?

—Depende.

—¿Media hora?

—Sí.

—¿Más?

—También.

Delacroix miró a Montalbán.

—Entonces pudo tomarla en la terraza principal.

—Cuando Marina le dio el frasco —dijo el comisario.

—O antes.

Cervera negó.

—La concentración sugiere una toma relativamente reciente.

—¿Cuánto?

—No voy a dar un minuto.

—No se lo he pedido.

—Armand.

—Una franja.

El médico pensó.

—Dentro de la hora anterior a la muerte.

Montalbán guardó silencio. Delacroix también. La noche regresó. Leandro. La fiesta. Marina con el estuche. La duda sobre el frasco. ¿Lo has cambiado? No. Este no es... Es el mismo. Después otra toma. Después molestias. Después Sofía. Después Gabriel. Después la terraza.

—¿Podía saber que iba a morir? —preguntó Delacroix.

Cervera frunció el ceño.

—¿Quién?

—La persona que alteró la medicación.

—Podía saber que corría un riesgo grave.

—¿Controlar el momento?

—No.

—Entonces el apagón no podía ser parte necesaria del mecanismo.

Montalbán lo observó.

—No.

Cervera miró de uno a otro.

—Eso ya lo pensaban.

—Sí —dijo Delacroix.

—Ahora lo sabemos.

—Todavía no.

Montalbán cerró los ojos.

—Armand.

Delacroix señaló los informes.

—Sabemos que la muerte fue provocada.

—Sí.

—Sabemos que la medicación estaba alterada.

—Sí.

—Sabemos que la toma ocurrió antes.

—Sí.

—Pero todavía no sabemos cuándo murió.

Cervera guardó silencio. Montalbán miró al médico.

—La otra parte.

Delacroix se volvió.

—¿Qué otra parte?

Cervera se sentó. Por primera vez. Eso hizo que el despacho pareciera más pequeño.

—He revisado otra vez la hora.

—Sí.

—Con los datos nuevos.

—Sí.

—Y con la reconstrucción que hicieron ayer.

Delacroix no habló.

—La estimación inicial estaba condicionada.

—Por los testigos.

—Sí.

—Que creían haberlo visto vivo.

—Sí.

—Y por Marina.

Cervera bajó la vista.

—También.

Montalbán permaneció junto a la ventana. El médico continuó.

—Cuando examiné el cuerpo, partí de la idea de una muerte reciente porque había varias personas diciendo que acababan de verlo.

—No de verlo vivo.

—Ahora lo sé.

Delacroix observó. Cervera no estaba defendiendo su error. Eso mejoraba la conversación.

—He revisado temperatura, rigidez inicial, estado de la piel, posición, condiciones ambientales y la evolución posterior.

—¿Y?

El médico respiró.

—Leandro podía llevar muerto más tiempo.

—Eso ya lo sabíamos.

—Más.

Silencio.

—¿Cuánto?

—No puedo fijar una hora exacta.

—No la quiero.

—Sí la quiere.

—Pero aceptaré una franja.

Cervera miró a Montalbán. El comisario asintió.

—Entre las diez y treinta y cinco y las diez y cincuenta, aproximadamente.

Delacroix no se movió. El apagón había empezado a las diez y cincuenta y siete. Montalbán habló.

—Antes.

Cervera asintió.

—Sí.

—¿Con seguridad?

El médico cerró los ojos.

—Con la seguridad razonable que puedo dar.

Delacroix permaneció inmóvil.

—¿Podía estar vivo a las diez y cincuenta y cinco?

—No es imposible en términos absolutos.

Montalbán soltó aire. Delacroix levantó una mano.

—Déjelo terminar.

Cervera continuó.

—Pero no es la hipótesis que mejor encaja.

—¿Cuál?

El médico miró los papeles.

—Que muriera varios minutos antes del apagón.

Silencio. Delacroix pensó en la silla. La silueta. El agua. Sofía. Andrés. Gabriel. Él mismo. Todos mirando una muerte que todavía no sabían que había ocurrido.

—¿Antes de que Andrés llevara el agua? —preguntó.

—Podía.

—¿Antes de que Sofía lo viera sentado?

—También.

—¿Antes de que yo lo viera?

—Sí.

—¿Antes de que Marina afirme haber hablado con él?

Cervera levantó la vista. Nadie respondió. La pregunta quedó. Montalbán fue hasta la mesa.

—Entonces la conversación de Marina es incompatible con la franja.

Cervera negó.

—No completamente.

Delacroix lo miró.

—Explíquese.

—La medicina no puede decirme que una persona murió a las diez y cuarenta y tres.

—No.

—Puede decirme que una muerte anterior encaja mejor que una posterior.

—Sí.

—Pero no puedo declarar imposible que estuviera vivo pocos minutos más.

Montalbán respiró con frustración.

—Entonces seguimos.

—No —dijo Delacroix.

Los dos lo miraron.

—¿No?

—La medicina no tiene que demostrar que Marina miente.

—¿Entonces?

—Solo tiene que destruir la necesidad de creerle.

Silencio. Cervera lo observó. Montalbán también. Delacroix continuó.

—Hasta ahora necesitábamos su conversación para mantener a Leandro vivo.

—Sí.

—Ahora no.

—No entiendo —dijo Montalbán.

—Antes pensábamos que el cuerpo obligaba a una muerte reciente.

—Sí.

—Entonces, si Marina decía haber hablado con él, su versión encajaba.

—Sí.

—Ahora el cuerpo permite que estuviera muerto antes.

—Sí.

—Y todas las observaciones posteriores también.

—Sí.

—Entonces la única razón para colocar la muerte más tarde es aceptar la palabra de Marina.

Silencio. Montalbán comprendió.

—Y ya sabemos que ha mentido sobre otras cosas.

—Sí.

—La hora.

—Sí.

—La carpeta.

—Sí.

—La confrontación.

—Probablemente.

Cervera intervino.

—Eso no la convierte en asesina.

—No —dijo Delacroix.

—Pero.

—La convierte en una cronología.

El médico frunció el ceño.

—¿Qué?

—Todo el caso ha utilizado a Marina como reloj.

Montalbán permaneció inmóvil. Delacroix miró los informes.

—Y un testigo nunca debería ser un reloj cuando tiene motivos para mover la hora.

Nadie habló. El despacho quedó quieto. Afuera, un teléfono sonó. Montalbán no lo atendió.

—Entonces —dijo finalmente—, ¿qué tenemos?

Delacroix se volvió hacia Cervera.

—Primero, la medicación.

—Sí.

—Alterada de forma deliberada.

—Sí.

—Tomada antes de la crisis.

—Sí.

—Leandro empieza a sentirse mal.

—Probablemente.

—Sofía lo ve vivo.

—Sí.

—Gabriel lo ve vivo después.

—Sí.

—Ya con síntomas.

—Sí.

—Luego sale o es llevado a la terraza.

Cervera asintió lentamente.

—Sí.

—Y muere.

Silencio. Montalbán miró hacia Delacroix.

—Antes del apagón.

El detective no respondió inmediatamente. No quería una frase brillante. No hacía falta.

—Sí.