CAPÍTULO 16 — El hombre que nadie vio moverse #4
—Leandro había hablado con Gabriel —continuó Delacroix—. Estaba preocupado por la carpeta azul. Quería hablar con usted.
Marina miró el mar.
—Eso dice Gabriel.
—Sí.
—Gabriel miente.
—Todos.
—Entonces por qué le cree.
—No le creo. Comparo.
Silencio.
—¿Leandro la confrontó esa noche?
—No.
—Miente.
—No.
—¿Le mostró la carpeta?
—No.
—¿Le dijo que sabía que usted investigaba?
—No.
—¿La amenazó?
Marina volvió la cabeza. La reacción fue pequeña. Pero suficiente. Montalbán se movió. Delacroix no.
—Sí.
—No.
—Ahí está.
—No.
—¿Qué dijo?
—Nada.
—Marina.
—Nada.
—¿Le dijo que había descubierto lo que estaba haciendo?
Silencio.
—¿Que podía acusarla de algo?
La mujer cerró los ojos. Delacroix lo vio. Algo. No todavía. Pero estaba allí.
—Váyase.
—Estamos en casa de Beatriz.
Marina abrió los ojos.
—Entonces me iré yo.
Pasó junto a él. Delacroix habló.
—La conversación no fue en la terraza.
La mujer se detuvo. Montalbán levantó la vista. Marina no se volvió.
—¿Qué?
—La que está ocultando.
Silencio.
—La verdadera última conversación ocurrió antes.
Nada.
—Quizá días.
Nada.
—Quizá semanas.
Marina permaneció inmóvil.
—Y desde entonces, Leandro le tenía miedo.
La mujer se volvió.
—Leandro no me tenía miedo.
—Sí.
—No.
—Pidió a Gabriel que moviera documentos sin pasar por usted.
—Eso no es miedo.
—Quería sacar la carpeta azul de Marbella.
—No lo sabía.
—Ahora sí.
Marina sostuvo la mirada. Delacroix continuó.
—Dijo que algunas personas tardaban años en descubrir lo que uno les había hecho.
Silencio.
—Y que algunas no perdonaban.
La mujer palideció. Por primera vez de manera visible. Montalbán no se movió. Delacroix bajó la voz.
—Eso no lo dijo pensando en Sofía.
Marina respiró.
—No sabe en quién.
—No.
—Entonces.
—Pero usted sí.
Silencio. Marina se acercó.
—Tenga cuidado.
Delacroix suspiró.
—Otra vez.
—No conmigo.
—¿Entonces?
—Con la historia que está construyendo.
Él la observó.
—¿Por qué?
—Porque necesita que Leandro haya tenido miedo de mí.
—No.
—Sí.
—Necesito saber de quién tenía miedo.
—Y yo encajo.
—Mucho.
—Demasiado.
Delacroix permaneció quieto. La frase era casi suya. Marina sonrió sin humor.
—También aprendo.
Después se marchó. La puerta se cerró. Montalbán esperó.
—Bueno.
Delacroix miró hacia la terraza.
—No.
—¿No qué?
—Todavía no.
El comisario soltó aire.
—Armand.
—Miente.
—Sí.
—Sobre la conversación.
—Probablemente.
—Tiene motivo.
—Sí.
—Acceso.
—Sí.
—Conocimiento médico suficiente.
—Sí.
—Leandro le tenía miedo.
—Parece.
—¿Qué falta?
Delacroix miró la hoja sobre la mesa. La frase rodeada. Marina afirma haber hablado con él. Tomó el lápiz. La tachó. Montalbán observó.
—¿Qué hace?
—Reconstruir sin ella.
Debajo de Gabriel escribió: Última conversación demostrada.
Después: Leandro aparece sentado en la terraza.
A continuación ordenó las observaciones posteriores.
Sofía lo ve, sin movimiento ni voz. Delacroix lo observa desde la biblioteca, sin movimiento ni voz.
Gabriel vuelve a verlo desde lejos, sin movimiento ni voz.
Andrés deja el agua, también sin escuchar una sola palabra. Montalbán leyó.
—Gabriel lo había visto vivo antes.
—Sí.
—Entonces puede morir después.
—Exactamente.
—¿Cuándo?
Delacroix señaló el espacio en blanco.
—Aquí.
—Eso sigue siendo amplio.
—Menos.
—¿Cuánto?
—Minutos.
—¿Y Marina?
Delacroix miró la frase tachada.
—Si dijo la verdad, Leandro seguía vivo.
—Sí.
—Si mintió...
—Entonces nadie lo vio moverse después de Gabriel.
Silencio. Montalbán contempló la hoja.
—El hombre que nadie vio moverse.
Delacroix levantó la vista.
—Exactamente.
El comisario caminó hasta la terraza. Miró la silla.
—Entonces la muerte pudo ocurrir antes de que empezáramos a observarlo.
—Sí.
—Y todos la retrasamos.
—Sí.
—Sofía porque creyó que quería estar solo.
—Sí.
—Andrés porque no quería molestar.
—Sí.
—Gabriel porque prefirió esperar.
—Sí.
—Usted porque tenía una cita para el día siguiente.
—Sí.
Montalbán volvió la cabeza.
—Y Marina.
Delacroix permaneció inmóvil.
—Marina es diferente.
—Porque dice que habló.
—Sí.
—Entonces todo depende de ella.
Delacroix miró la frase tachada.
—Casi todo.
—¿Qué falta?
El detective pensó en el cuerpo. La medicación. El estuche. La carpeta. El miedo. Los archivos. La conversación anterior que Marina seguía negando.
—Que el tiempo deje de ser compatible.
Montalbán frunció el ceño.
—¿Con qué?
—Con su versión.
El comisario lo observó.
—¿Puede Cervera hacerlo?
—Quizá.
—¿Otra vez?
—Sí.
Montalbán cerró los ojos. Delacroix guardó la hoja.
La reconstrucción había terminado. No con una solución.
Con una ausencia. Nadie había visto a Leandro beber después de Gabriel.
Nadie lo había visto girarse. Nadie lo había visto levantar una mano.
Nadie lo había oído toser. Reír. Insultar.
Respirar. Durante un periodo que todos habían tratado como los últimos minutos de su vida, Leandro Varela no había realizado una sola acción que pudiera ser demostrada.
Había sido visto. Nada más. Y ver, pensó Delacroix, era una de las actividades más sobrevaloradas del ser humano.
Las personas no veían lo que tenían delante.
Veían aquello que esperaban encontrar. Sofía vio a un hombre que no quería enfrentar.
Andrés vio a un invitado al que no debía molestar.
Gabriel vio una conversación que podía aplazar.
Delacroix vio una cita que todavía creía tener al día siguiente.
Todos habían visto a Leandro Varela. Ninguno había visto vida.
Solo Marina. Marina había oído una voz. Había visto ojos abiertos.
Había observado una respiración. Había recibido una respuesta.
Y, poco a poco, cuanto más intentaba demostrar aquella conversación, más detalles aparecían.
Un hombre cansado. Después un hombre que respiraba con dificultad.
Después una mirada. Después el movimiento del pecho.
La memoria no se volvía más precisa con el tiempo.
Por lo general hacía lo contrario. Delacroix salió a la terraza.
Montalbán permaneció detrás. La silla estaba vacía. El mar continuaba frente a ella.
—¿Cree que estaba muerto? —preguntó el comisario.
Delacroix miró hacia el horizonte.
—Sí.
Montalbán guardó silencio. Era la primera vez que respondía con tanta claridad.
—¿Antes del apagón?
—Sí.
—¿Antes de que Sofía lo viera?
Delacroix tardó.
—Creo que sí.
—¿Antes de que Andrés llevara el agua?
—Sí.
—¿Y Marina?
Delacroix volvió la mirada.
—Marina necesita que no.
El comisario comprendió.
—Porque si ya estaba muerto...
—Su conversación desaparece.
—Y ella se convierte en la persona que movió la hora de la muerte.
—Sí.
Montalbán respiró lentamente.
—Eso sigue sin demostrar que lo matara.
—No.
—Pero demuestra que sabía.
Delacroix miró la silla.
—Si podemos probarlo.
El comisario guardó silencio. Después preguntó:
—¿Qué hacemos?
Delacroix pensó en Cervera. En las muestras. En el frasco distinto. En la medicación que seguía sin aparecer. En una muerte escondida dentro de un corazón enfermo.
—Volvemos al cuerpo.
Montalbán frunció el ceño.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Por qué?
Delacroix miró hacia el mar.
—Porque los vivos ya han mentido bastante.
Y, por primera vez desde el comienzo de la investigación, la cronología de Leandro Varela dejó de estar construida sobre las personas que aseguraban haberlo visto. Quedó construida sobre algo mucho más difícil de manipular. Todo aquello que el muerto, durante demasiado tiempo, no había hecho.