Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 16 — El hombre que nadie vio moverse #3
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CAPÍTULO 16 — El hombre que nadie vio moverse #3

—¿Recuerda verlo respirar o recuerda que una persona viva respira?

La mujer palideció. Muy poco.

—Lo vi.

—¿Seguro?

—Sí.

—Descríbalo.

—No voy a describir una respiración.

—Entonces describa el movimiento.

—El pecho.

—¿Subió?

—Sí.

—¿Una vez?

—Varias.

—¿Rápido?

—No.

—¿Lento?

—Sí.

—¿Profundo?

—No sé.

—¿Visible bajo la chaqueta?

Marina dejó de responder. Delacroix se acercó.

—Usted estaba de pie.

—Sí.

—Leandro sentado.

—Sí.

—Con chaqueta.

—Sí.

—La luz lateral.

—Sí.

—Y recuerda haber visto el pecho subir varias veces.

—Sí.

Silencio. Delacroix no dijo nada. No necesitaba. Montalbán observó a Marina. Gabriel también. Sofía bajó la mirada. La mujer respiró.

—Lo vi.

—Puede.

—No me cree.

—No.

La palabra fue limpia. Marina sonrió sin humor.

—Entonces para qué seguir.

—Porque todavía no sé si está mintiendo desde aquella noche o desde hace cinco minutos.

Silencio. Ella lo miró.

—¿Ha terminado?

—No.

—Naturalmente.

Delacroix señaló la silla.

—Si Leandro estaba vivo, ¿cuánto tiempo pasó desde que se fue hasta que Sofía lo vio?

Marina miró a la actriz.

—No sé.

Sofía negó.

—Yo tampoco.

—¿Y hasta que Andrés llevó el agua?

—No sé.

—¿Y hasta que yo lo vi?

—No sé.

—¿Y hasta el apagón?

Marina cerró los ojos.

—Pocos minutos.

—¿Cuántos?

—Cinco.

—¿Seguro?

—No.

—Entonces.

—Pocos.

Delacroix observó a todos.

—Ahí está.

Montalbán frunció el ceño.

—¿Qué?

—No tenemos tiempo.

—Tenemos una secuencia.

—No.

—Sí.

—Tenemos personas ordenadas.

—Es una secuencia.

—No si no sabemos cuánto hay entre ellas.

Delacroix caminó hasta la mesa, donde había colocado una hoja en blanco, y tomó un lápiz.

Escribió: Gabriel habla con Leandro. Vivo.

Debajo ordenó las observaciones posteriores tal como habían ocurrido.

Sofía lo ve sentado y no habla con él. Después, Delacroix lo observa desde la biblioteca sin acercarse.

Más tarde, Gabriel vuelve a verlo desde lejos, también sin hablar.

Finalmente, Andrés deja el agua y se marcha sin obtener respuesta.

Luego añadió la única afirmación que pretendía mantenerlo vivo después de todo aquello: Marina asegura haber hablado con él. Montalbán miró la hoja.

—El orden de Marina no está claro.

—Exactamente.

—Ella dice después de Gabriel.

—Sí.

—Antes del agua.

—Sí.

—Entonces colóquela.

Delacroix escribió la frase entre Gabriel y Sofía. Después la rodeó.

—¿Por qué?

—Porque todo depende de esto.

Marina lo miró.

—No.

—Sí.

—Gabriel lo vio vivo.

—Antes.

—Sofía lo vio.

—No vivo.

—Andrés.

—No vivo.

—Usted.

—No vivo.

Silencio. Delacroix señaló la frase rodeada.

—Quite esto.

Nadie habló.

—Y Leandro puede haber muerto en cualquier momento después de Gabriel.

Montalbán permaneció inmóvil.

—Incluso antes de que Sofía regresara.

—Sí.

—Antes del agua.

—Sí.

—Antes del apagón.

—Sí.

Delacroix miró a Marina.

—Mucho antes.

Ella sostuvo la mirada.

—Pero no lo hizo.

—Eso dice.

—Sí.

—Solo usted.

Marina bajó la vista hacia la hoja. Por primera vez desde que había llegado, pareció cansada de verdad.

—No puedo demostrar una conversación.

—No.

—Nadie puede.

—Exactamente.

—Entonces ha decidido que no existió.

—No.

—Miente.

Delacroix se acercó.

—He decidido que no puedo utilizarla para fijar la hora de muerte.

Silencio. Aquello era distinto. Montalbán lo comprendió.

—Entonces tenemos que reconstruir la hora sin Marina.

—Sí.

Marina levantó la vista.

—Eso es absurdo.

—¿Por qué?

—Porque yo estaba allí.

—Precisamente.

—Hablé con él.

—Entonces la reconstrucción terminará dándole la razón.

—¿Y si no?

Delacroix sostuvo su mirada.

—Entonces tendremos una pregunta mucho peor.

Cervera llegó a mediodía. No estaba de humor. Eso tampoco era nuevo.

—Tengo pacientes.

—Leandro ya no —dijo Delacroix.

El médico lo miró.

—Eso ha sido innecesario.

—Sí.

—Bien.

Delacroix levantó una ceja. Cervera cerró los ojos.

—No empiece.

El médico examinó la reconstrucción. Las posiciones. Las notas. La secuencia. Después se sentó.

—¿Qué quiere?

—La hora.

—Ya le dije que no puedo darla con precisión.

—No quiero precisión.

—Entonces.

—Quiero límites.

Cervera miró a Montalbán.

—Ya los tiene.

—No suficientes.

—Media hora a una hora antes de examinarlo.

—Eso fue una estimación inicial.

—Sí.

—¿Puede ampliar?

Cervera dudó.

—Puede.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Cuánto?

—No me gusta hacer esto.

—A mí tampoco.

—Miente.

Delacroix casi sonrió.

—Está aprendiendo todo el mundo.

Cervera apoyó las manos sobre las rodillas.

—La temperatura corporal no sirve como reloj exacto en esas condiciones.

—Calor.

—Sí. La noche era cálida. Había brisa en la terraza. El cuerpo estaba parcialmente protegido. La ropa también influye.

—Posición.

—También.

—¿La afección cardíaca?

—Puede influir en el proceso previo. No en un reloj mágico después.

—Entonces.

El médico miró la hoja.

—Cuando lo examiné, mi primera impresión fue reciente.

—¿Por qué?

—Porque todos me dijeron que acababan de verlo vivo.

Silencio. Montalbán levantó la vista. Delacroix no. Cervera continuó.

—Eso condiciona.

—Sí.

—A un médico también.

—Sí.

—No me mire así.

—¿Cómo?

—Como si le alegrara.

—No.

—Miente.

Delacroix sonrió apenas.

—¿Después?

Cervera soltó aire.

—Después, al revisar, la ventana se amplió.

—¿Podía llevar muerto cuarenta minutos cuando lo encontró Marina?

—Sí.

—¿Cincuenta?

—Posiblemente.

—¿Una hora?

—También.

Sofía cerró los ojos. Andrés bajó la cabeza. Gabriel permaneció inmóvil. Marina no reaccionó. Delacroix la observó.

—Eso situaría la muerte...

Montalbán hizo el cálculo.

—Antes del apagón.

—Sí.

—Incluso antes de algunas observaciones.

—Sí.

Cervera levantó una mano.

—Compatible no significa demostrado.

—Lo sabemos.

—No parece.

—Siga.

El médico lo miró con irritación.

—El estado del cuerpo no contradice una muerte anterior.

—¿Cuánto anterior?

—No voy a dar un minuto.

—No lo quiero.

—Entonces.

—¿Podía haber muerto poco después de hablar con Gabriel?

Cervera miró al financiero. Gabriel endureció el rostro.

—Sí.

La palabra quedó. Delacroix no se movió.

—¿Antes de que Sofía lo viera en la terraza?

—Sí.

Sofía cerró los ojos.

—¿Antes de que Andrés llevara el agua?

—Sí.

—¿Antes de que yo lo viera?

—Sí.

—¿Antes del apagón?

—Sí.

Silencio. Marina miró hacia la terraza. Delacroix continuó.

—¿Había algo en la escena que obligara a pensar que había muerto poco antes de encontrarlo?

Cervera pensó.

—No.

—La copa de agua.

—No había bebido.

—Exactamente.

—La de whisky.

—Tampoco fija hora.

—La posición.

—No.

—La temperatura de la piel.

—Compatible con una ventana amplia.

—Entonces.

El médico lo miró.

—Entonces cometimos el error de utilizar los testigos para fijar la medicina y después la medicina para confirmar a los testigos.

Montalbán permaneció inmóvil. Delacroix observó al médico. Aquello era exactamente.

—Sí.

Cervera se pasó una mano por el rostro.

—Dios.

Nadie comentó. Delacroix miró la hoja. Gabriel. Después la frase rodeada. Marina afirma haber hablado con él. Todo el caso descansaba allí.

—¿La crisis podía haber comenzado mientras Gabriel hablaba con él? —preguntó.

Cervera asintió.

—Sí.

—¿Podía seguir caminando?

—Sí.

—¿Llegar a la terraza?

—Sí.

—¿Sentarse?

—Sí.

—¿Morir poco después?

—Sí.

—¿Sin pedir ayuda?

El médico dudó.

—Puede.

—¿Y si había alguien con él?

Silencio. Cervera miró a Marina. Ella volvió la cabeza.

—También.

Delacroix no insistió. Todavía.

—¿Cuánto tarda una crisis así?

—No hay una duración única.

—¿Minutos?

—Sí.

—¿Puede ser gradual?

—Sí.

—¿Puede una persona sentirse cada vez peor y aun así permanecer consciente?

—Sí.

—¿Puede pedir ayuda?

—Claro.

La palabra quedó. Marina no se movió. Delacroix la observó.

—Gracias.

Cervera se levantó.

—¿Ya está?

—Por ahora.

—Odio esa frase.

—También está de moda.

El médico tomó su maletín. Antes de marcharse, se detuvo junto a Marina.

No dijo nada. Ella tampoco. Pero Delacroix vio algo.

Cervera sabía cuánto dependía Leandro de ella.

Y empezaba a preguntarse lo mismo. No si Marina podía haber alterado una medicación.

Eso ya era posible. Sino si había estado junto a un hombre que moría.

Y había elegido no llamar. Gabriel se marchó primero.

No pidió permiso. Montalbán no lo detuvo.

Sofía fue después. Antes de salir, se acercó a Delacroix.

—Entonces estaba muerto.

—No lo sabemos.

—Cuando lo vi.

—Puede.

—Armand.

—Sí.

—No vuelva a decir que no hice nada.

Delacroix la observó.

—No hizo nada.

—Exactamente.

—Porque no sabía.

Sofía apretó los labios.

—Eso no cambia cómo se siente.

—No.

Ella asintió.

—Bien.

Delacroix la miró. Sofía sonrió apenas.

—Esta vez sí.

Se marchó. Andrés permaneció junto a la puerta.

—¿Puedo irme?

Montalbán asintió. El muchacho respiró. Antes de salir, miró la silla.

—Señor.

Delacroix volvió la cabeza.

—¿Sí?

—Hay algo que no entiendo.

—Eso sigue siendo bueno.

Andrés no sonrió.

—Si estaba muerto cuando le llevé el agua...

—Sí.

—La señora Roldán me mandó.

Marina permanecía a unos metros. El muchacho la miró. Después bajó la vista.

—¿Ella sabía?

El silencio se hizo inmediato. Montalbán miró a Delacroix. Delacroix miró a Marina. Ella no apartó la mirada.

—No lo sabemos —dijo.

Andrés asintió. No parecía satisfecho. Pero era la verdad. Se marchó. Quedaron tres. Montalbán. Delacroix. Marina. La silla vacía. La mujer caminó lentamente hacia la terraza. No se sentó. Miró el mar.

—Ha hecho un buen espectáculo.

Delacroix permaneció dentro.

—No era la intención.

—Miente.

—No.

—Todos han salido convencidos de que Leandro podía estar muerto.

—Podía.

—No lo estaba.

—Entonces ayúdeme.

Marina cerró los ojos.

—Ya lo hice.

—No.

—¿Qué quiere?

Delacroix caminó hasta ella.

—Algo que demuestre la conversación.

—No existe.

—Una frase.

—Ya se la di.

—Una frase que Leandro no hubiera podido decir antes.

Marina volvió la cabeza.

—No entiendo.

—Algo sobre Gabriel.

—No.

—Sofía.

—No.

—La carpeta.

Silencio.

—Ahí.

Marina lo miró.

—No.

—Sí.

—No habló de la carpeta.

—Entonces por qué acaba de reaccionar.

—Porque lleva días preguntando.

—Marina.

La mujer apretó los labios. Montalbán permaneció en la biblioteca. No intervino.